martes, 10 de diciembre de 2013

La Literatura erótica y Anaïs Nin

Confieso, y sin rubor, que durante mucho tiempo fui miembro activo de los foros de la web petardas.com.

Entré allí invitado a participar en un certamen de relatos de lo imaginario y lo fantástico, y me metí sin pensármelo, sin saber de qué se trataba ese foro al que me inscribía (fue después cuando supe el asunto principal de la web en sí). Y he de decir que en aquella comunidad petarda encontré un grupo de escritores notables, gentes ingeniosas y libidinosos sanamente desvergonzados.
 
Gracias a este ingreso en aquel foro, me di a la escritura, más bien con poca fortuna, de relatos eróticos, de los que poco había leído hasta aquel momento. Y ahora, los miembros del mismo hemos sido invitados a participar en una antología de relatos eróticos, cuyos detalles iré desvelando en los próximos meses.
 
Así que, queriendo rendir homenaje a la literatura erótica, recuperé el siguiente artículo que hace unos años escribí para 100P una publicación mensual que vivió en Elche durante los años 2011 y 2012.
 
Informándome sobre los hitos de la Literatura erótica del s. XX, este articulista accidental que les escribe descubrió que entre la breve biblioteca que ha ido coleccionando en casa, guarda algunos de los títulos imprescindibles del género erótico. ¡Y yo sin saberlo!
Mi primera intención era hablar de Marguerite Duras, autora de El amante, un libro sugerente y turbador que se desarrolla en el siempre prometedor mundo colonial. Pero no quería pecar de francófilo, porque en el primer número hablamos de Blasco Ibáñez, que escribió su principal obra en París y murió en Francia; y en la segunda entrega nos dedicamos a un autor francés, y con bastantes referencias a autores de la misma nacionalidad. Así que me decanté por el irreverente escritor neoyorquino de Manhattan Henry Miller, autor de Trópico de Cáncer. Pero repasando su biografía me topé con su amante, la aún más interesante Anaïs Nin, y de nuevo hemos vuelto a París. Al fin y al cabo, y ya que estamos con el erotismo, un francés no es mala forma de empezar.
 
 
Anaïs Nin, francesa de nacimiento, pero de padres cubanos, con abuelos maternos franceses y daneses, y abuelos paternos catalanes.
 
De tanta mezcla seguro que no sale nada aburrido y convencional. Y así fue: un padre que desaparece a los 11 años, modelo y bailarina de flamenco en La Habana a los 20, casada con un banquero que la lleva a vivir a París, donde el aburrimiento de casada bon vivant de entreguerras le lleva a leer a uno de los referentes del erotismo y la irreverencia de las décadas anteriores: D.H. Lawrence.
 
Con estas lecturas, nuestra protagonista se inicia en el camino de la sexualidad en la literatura, hasta el punto que empieza a escribir sus propias experiencias y termina por convertirse ella misma en otro referente de la literatura erótica, influyendo con sus diarios en el neoyorquino Henry Miller, que malvivía en París. Era tal la fascinación de Miller, que se convertiría en el amante de Anaïs Nin, al mismo tiempo que la mujer de aquél inicia a nuestra protagonista en el vouyerismo y las prácticas lésbicas.
 
Los felices 20...
 
Quien haya leído Suave es la noche, de Scott Fitzgerald, o haya visto la película de Woody Allen: Medianoche en París, seguro que siente, como yo, el deseo de vivir en primera persona aquellos años locos de la capital cultural del mundo, y quién sabe si encontrarse con estos vanguardistas.
 
 
Pero, ¿eso es todo? No. Tras 20 años de abandono, nuestra protagonista vuelve a encontrarse con su padre, Joaquín Nin, que fue miembro de la Academia Española y condecorado con la Legión de Honor de Francia.
 
Con él vive una relación incestuosa. Con este bagaje, no tiene otra que iniciarse en el psicoanálisis de mano de uno de los discípulos de Sigmund  Freud.
 
Pero en 1939, cuando las cosas empiezan a ponerse feas en Europa, emigra a Estados Unidos y junto con Miller empieza a escribir narrativa erótica y pornográfica para un coleccionista anónimo, a razón de un 1$ por página. De esta forma se convierte prácticamente en la primera escritora en publicar relatos eróticos, fundando su propia editorial de andar por casa en Nueva York, gracias al dinero de su marido, el banquero Hugo Guiler con quien sigue casada.
 
También en esta época da por terminada su relación de amante con Henry Miller, pero... Se casa con Rupert Pole, 16 años menor que ella y a quien conoce en un ascensor. Anaïs Nin mantuvo la bigamia, con sus dos maridos, uno en Nueva York y el otro en California, viviendo temporadas con cada uno de ellos y publicando sus diarios. Y sólo cuando el éxito puede ser motivo para que su delito salga a la luz, se divorcia de Rupert Pole, con quien seguirá viviendo a pesar de todo en California.
Esta mujer excepcional, pionera en la libración femenina, aclamada por la crítica, musa de muchos y vanguardista del surrealismo francés e incluso de la llamada Generación Beat, aún consiguió que tras su muerte, sus dos maridos se conocieran y fueran amigos.
De su obra, además de los Diarios de Anaïs Nin, entre los que podemos destacar Henry, su mujer y yo o la polémica Incesto, tenemos En una campana de cristal o El delta de Venus.
 
 

 
 
¿Por qué la literatura erótica?
Nunca ha tenido, oficialmente, buena prensa. En un mundo que ha comenzado a librarse de los tabúes religiosos en los últimos 100 años, es difícil encontrar una producción constante o reconocida de este género. Por eso sus autores, incluyendo al premio Nobel Mario Vargas Llosa con su Elogio de la madrastra, más que la depravación con la que muchas veces se les tachó, han de considerarse vanguardistas, adelantados de la libertad de pensamiento y de acción, almas libres e inocentes que ven en una de las pulsiones más humanas del día a día, un motivo para rebelarse contra los bienpensantes que se ponen nerviosos en un mundo fuera de sus normas domesticadas y predecibles.
 
No he leído las famosas 50 sombras de Grey, por lo que me dicen he de congratularme por ello, aunque si con ese libro se ha conseguido que hay lectores y lectoras que vayan olvidando los tapujos, pues bienvenido sea, aunque han de seguir el camino por otros títulos más alimenticios.
 
 
Trópico de Cáncer, de Henry Miller (1934)
 
 
Censurada durante 24 años en Estados Unidos por ser considerada obscena, esta pseudoautobiografía que fluye entre el monólogo interior y la descripción de anécdotas de su vida parisina, es parte de la batalla que Miller libra contra el puritanismo de la sociedad norteamericana. Como ejemplo, en el primer párrafo del libro podemos leer:
 
“Aquí estamos todos solos y muertos”.
 
Le seguiría en 1939 Trópico de Capricornio.
 
 
 
 
 
 
 
Delta de Venus, de Anaïs Nin (póstumo)
Recopilación de relatos eróticos que la autora escribió a partir de la década de 1940 para un coleccionista anónimo. Como el libro anterior, se ambienta en París, y hasta la década de 1970, junto con su otra colección Pájaros, no autoriza que se publiquen.
 
El amante, de Marguerite Duras (1984)
 
 
Con 70 años, esta autora nacida en la Indochina Francesa, publica los recuerdos de cuando a sus 15 años tuvo un amante, mayor que ella y de otra raza: chino, hijo de un rico hombre de negocios. Rompe así los tabúes de clase, interraciales y generacionales, con una sensualidad y un dramatismo brutal en los recuerdos de aquella habitación a orillas del río Mekong.
 
«Se vuelve brutal, su sentimiento es desesperado, se arroja encima de mí, como los pechos infantiles, grita, insulta. Cierro los ojos a un placer tan intenso. Pienso: lo tiene por costumbre, eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso.»
 
 
 
 
 
 
Lolita, de Vladimir Nabokov (1955)
 
 
«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse , en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
 »Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita.»
Así empieza este referente de  la Literatura del s. XX que ha dado nombre a todo un fenómeno y categoría del erotismo de nuestro tiempo. Una historia que se mueve en lo ficticio, en la percepción de un hombre condicionado por una fijación amorosa y sexual. Contado además con la asombrosa prosa de este ruso que hablaba inglés y francés.
 
El jardín perfumado, del Jeque Nefzawi (1535)
 
 

En Túnez en el s. XVI, alguien se atrevió a escribir un manual de amor y sexo. Con sentido del humor, el autor aconseja al hombre para que sea un amante atento y eficaz.
Comienza con la siguiente alabanza:
 
«¡Loado sea Dios, que ha situado la fuente del mayor placer del hombre en las partes naturales de la mujer, y la fuente del mayor placer de la mujer en las partes naturales del hombre!»
 
Toda una invitación a seguir leyendo.
 
Yo os dejo aquí algunas sugerencias mías:
 
 
 

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