martes, 18 de agosto de 2015

VIAJE EN MOTO: Madrid-CUENCA-VALENCIA-Elche (2 de 3)

EL VIAJE

(Día 1: Madrid-Cuenca)

(Día 2: Cuenca-Valencia)



Quedarse sin gasolina es un mal asunto. A mí sólo me ha pasado una vez, con un viejo Opel Corsa que tenía mi madre al que se le estropeó el marcador de combustible en el depósito y que tampoco tenía la luz testigo de la reserva. Íbamos de 2.000 en 2.000 pesetas calculado los kilómetros a los que había que volver a parar a darle de comer al coche. Una vez el cálculo me falló, pero era en las calles de Elche. Y bueno, también estuvimos cerca de que nos pasara en el Mongol Rally en mitad de la nada kazaja, pero íbamos pertrechados de una jerry can que por poco nos ahorró el problema.

Quizá uno de los pocos inconvenientes de viajar en Vespa (el otro puede ser el espacio limitado para el equipaje) es el tema del tamaño de su depósito de gasolina y por tanto su autonomía. Sin contar la reserva tiene una capacidad que no llega a los 6 litros, lo que le da una vida de 165 km. Durante mi viaje del año pasado, a dos meses de comprarme la moto, los clavaba. Más que suficiente para moverte por ciudad e ir al trabajo todos los días (me da justo para una semana si no hiciera otros desplazamientos fuera de los recurrentes entre el trabajo y casa). Sin embargo durante los últimos meses se han ido estirando las prestaciones del motor, llegando a hacer con algún depósito hasta 185 km (más los 10 ó 20 adicionales de M-30 hasta llegar a mi gasolinera habitual). Ésos eran los kilómetros que le hice al último depósito antes de repostar en Pozo de Guadalajara el día anterior; con lo que salí de Cuenca esa mañana de sábado pensando que aún me quedaban unos 40 kilómetros para entrar en la reserva más los de gracia. Decidí no rellenar el depósito en Cuenca y avanzar un poco más para retrasar el siguiente repostaje a cuando me hallara en la provincia de Valencia, donde sabía que en la CV-35 tendría bastantes gasolineras (desconocía a qué me enfrentaba en las carreterillas secundarias perdidas entre Cuenca, Teruel y el Rincón de Ademuz). Sin embargo parece que el día anterior le apreté más de la cuenta al puño y la luz de la reserva se me encendió 10 kilómetros antes de lo previsto.

Habían pasado 20 desde que salí de Cuenca, iba por una carretera nacional en la que se observaba cierto tráfico, así que supuse que no tardaría en encontrar una gasolinera, y efectivamente así fue. A los 5 kilómetros apareció la señal tranquilizadora que me anunciaba una estación de servicio. La tranquilidad me duró los mil metros hasta que descubrí que la gasolinera estaba desmantelada (el año pasado me ocurrió lo mismo en las cercanías de Jumilla una vez abandonada esa población). Decidí seguir adelante confiando en que sería imposible que los alrededores de una capital de provincia estuvieran desabastecidos... Pues bien, cuidado con estas suposiciones alegres porque una vez que dejas Cuenca camino de Teruel son 44 los kilómetros que hay sin gasolineras. Hice 25 en la reserva (creo que es mi récord) viendo cómo la aguja seguía bajando y bajando casi consumiendo la última raya del marcador. Ya me veia yo haciendo autoestop para que me llevaran a por gasolina cuando vi de nuevo la señal de estación de servicio en la aproximación a Carboneras de Guadazaón.

Estaba tan aliviado que quise compadrear un poco con el gasolinero, contándole el apuro que había pasado al decirle que le iban a caber más de los 6 litros habituales del depósito y que pensaba que me quedaría tirado. Pasó de mí como de la mierda (sin embargo con los lugareños sí que intercambió algunas palabras). La próxima vez iré preparado para no repostar en Carboneras de Guadazaón, que vale que no esperaba un abrazo consolador por mi sufrimiento, pero sí alguna chanza o una explicación de las circunstancias del lugar, o una mera respuesta. Pero ni una palabra del paisano...

En fin, tras esta anécdota, vayamos a la ruta:


La ruta de hoy es de 225 kilómetros descendiendo desde la Meseta hasta el Mediterráneo por en medio del Sistema Ibérico. Un camino muy variado, con mucha montaña hasta llegar a la llanura litoral valenciana.

El primer tramo sería por la N-420 (carretera que une Córdoba con Tarragona aprovechando el camino descrito por una antigua calzada romana). Se trata de un tramo en general bastante monótono, con variantes de población alejadas de los centros de los pueblos y con trazado renovado. Este tramo no empieza a ser divertido hasta que en torno al kilómetro 483 (a 50 de Cuenca) alcanza el curso sinuoso del río Cabriel y la carretera comparte el valle excavado por éste. Es un paraje bonito con vegetación de ribera por el que la carretera y el río circulan juntos en el fondo del pequeño cañón. Pude ver pescadores metidos en el río. Como quería llegar a almorzar con un antiguo compañero de trabajo a Chelva (Valencia) no consideré pararme a preguntar: «¿Qué, pican?»

Poco antes del desvío hacia Boniches la carretera se aleja del río y asciende para saltar a otro valle, pero nosotros nos salimos de la nacional y descendemos para buscar la CM-2250 cruzando el río Mayor del Molinillo aguas arriba de la confluencia con el Cabriel (del que es afluente) para continuar de nuevo junto a su curso.




Esta zona se caracteriza por tener un bellísimo rodenal (una formación de arenisca de un color rojo muy llamativo y que con la erosión adquiere siluetas muy peculiares) entre el que el Cabriel ha excavado su cauce. Me recordó mucho a los dedos de mono de la garganta del Dadès en Marruecos.

En este tramo del camino de apenas 7 kilómetros volvemos a encontrar curvas cerradas en una carretera estrecha. Me divertí aquí, pero es un tramo complicado porque hay gravilla en los bordes con la que hay que llevar precaución.

En la entrada a Boniches encontré la siguiente estampa. Sin duda un lugar donde cuidan de sus infantes.



Entre Boniches y Landete la ruta circula por la CM-215, una carretera autonómica en perfecto estado y trazado por la que me crucé con mucho remolque para caballos (una curiosidad); y luego una recta de casi 6 kilómetros de la N-330, una carretera que une Alicante con la frontera francesa en Somport y que recorre parajes bellísimos tanto en la provincia de Valencia como en Aragón después de haber subido por las tierras áridas y agrestes de las riberas del valle del Vinalopo alicantino.

Una vez dejada la N-330 se baja de una forma casi súbita a Santa Cruz de Moya y al cauce del río Turia. Éste es sin duda uno de los tramos más revirados (junto con el de la Carrasqueta en Alicante) de todo el viaje. A quien le gusten las curvas disfrutará este descenso desde Landete hacia Santa Cruz de Moya. Aquí, ya al lado del Turia aunque aún muy en el interior, se encuentran las primeras indicaciones kilométricas a la ciudad donde muere este río que en Teruel es conocido como Guadalaviar.




El tramo en el que la carretera CM-9221 circula encajada en el cañón del Turia es espectacular, con un viaducto asombroso sobre el río justo antes de pasar a ser la CV-35 que desde aquí baja directa hacia Valencia.




A partir de este punto entramos por fin en la provincia de Valencia, pero aún lejos del mar. Todo son montañas, bosques y carreteras reviradas que nos descubren que en el Mediterráno, al igual que en las provincias del Cantábrico, las montañas se asoman al mar.



Por lo que más tarde me contó un amigo en Chelva, la CV-35 en este tramo es muy frecuentada por motoristas debido a las características de su trazado. Y así fue durante todo el recorrido donde la carretera es más accidentada. Incluso a la salida de Titaguas me encontré con unos suizos en motos ya talluditas y más adelante un club de Montesas y Bultacos en sentido inverso al mío. Sin duda una zona para disfrutar del camino hasta que, en Casinos, esta carretera que parece al principio un camino vecinal mal asfaltado va mejorando sus prestaciones para convertirse en la Autovía del Turia para dar servicio al área metropolitana de Valencia (conocida allí como la Pista de Ademuz, destino último de esta ruta desde la capital).

Afortunadamente, al igual que durante el día anterior, el sol apenas hizo acto de presencia (llegaron a caerme incluso unas gotas cuando paré a echar gasolina en La Pobla de Vallbona) con lo que este recorrido contra el sol de la mañana no llegó a ser el infierno de calor que se espera de un viaje en moto en agosto.


CONTINÚA...

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