martes, 7 de junio de 2016

RETO EN VESPA. MARRUECOS 2016: Madrid-Ciudad Real

Para mí, empezar un viaje, un buen viaje, ha de significar abrir una puerta hacia algo completamente diferente y que, por más que lo hayas planeado, tenga siempre algunas concesiones a la incertidumbre.

Muchos de los viajes que he hecho desde que se me despertó en mí la enfermedad de viajar, han sido tachados de locura por parte de mucha gente con sentido común cuando los planteé.

Recuerdo que algo tan sencillo como pillar un coche e ir a visitar a mis amigos de Belgrado, y de paso ver Sarajevo y Dubrovnik, fue considerado como una idea de bombero por parte de mi compañera de piso (por cierto, mis saludos al sacrificado colectivo de los bomberos que han de sufrir día a día el uso de esta expresión cruel que no hace justicia a la labor que desempeñan y a lo buen profesionales que son, también un abrazo cariñoso a Ana, la que era mi compañera de piso allá en 2005). Sin embargo yo hacía el siguiente razonamiento: si el padre de mi amigo Ángel me ha contado que fue en los setenta hasta Dubrovnik en coche (y no es la única noticia similar que me han contado), ¿cómo no voy a poder repetir yo treinta años después con un coche y unas carreteras que no tienen nada que ver con las capacidades y condiciones de hace tres décadas?

Ya no dudaron en mí cuando repetí a Montenegro en 2007, o cuando planteé un coast to coast en Estados Unidos en 2008; aunque sí con el Mongol Rally (enambulancia desde Elche hasta Ulán Bator) en 2011, o Atenas (para ir a una boda en Santorini) en 2013. Y ya no os cuento cuando, una vez propietario de una Vespa urbanita, decidí en 2014 y 2015 hacer mis viajes de vacaciones entre Madrid y Elche, recorriendo La Mancha con la moto. Aunque demostré que podía hacerlo, que son nimiedades tanto para hombre como para máquina si comparamos con otros grandes viajes que se han hecho por carretera; no queráis saber la que me montaron cuando anuncié que me iba a Marruecos con la Vespa como parte de la organización del Desafío en las Dunas 2016 (iniciativa de la asociación de la que formo parte: Aventureros Solidarios). Yo les respondía que conocía a gente que había ido en moto de 125 hasta Mongolia, así que ir aquí al lado a Marruecos no debería suponer ninguna complicación.

Como miembro de Aventureros Solidarios, en 2013 y 2014 había hecho el viaje en mi coche, para llevar material escolar a la ONG Camino al Sur junto con más voluntarios que querían dar a sus vacaciones un carácter solidario. En esta ocasión también tendría una componente de aventura.

Llevaba un tiempo rumiándolo, pero no terminaba de convencerme puesto que había muchos condicionantes que habían de cuadrar: planificación temporal, necesidad de transporte de material y distribución de amigos en coches.

Y al final las circunstancias concurrieron y decidí irme en Vespa a Marruecos desde Madrid, llegando más al sur del Atlas, enfrentándome a puertos de montaña en estado cuestionable, ciudades caóticas y tráfico menos disciplinado que el español.

En cada uno de mis viajes siempre ha habido algún elemento que, además de significar el descubrimiento de un lugar nuevo, suponía una incertidumbre, un reto que superar, enfrentarse a alguna circunstancia inédita. Y esto de ir a otro país en una scooter de 125 cc, aunque controlada, no dejaba de ser una locura como no paraban de recordarme familiares y algunos amigos. 



DÍA 1. Jueves 17 de marzo

UNA TARDE MANCHEGA



Esta primera etapa, la más corta del viaje, fue mi primera carrera contra el sol a lomos de la moto. En los viajes previos en la Vespa nunca llegué a tener la preocupación de que se me hiciera de noche, pero en esta ocasión comenzaba mi periplo un jueves por la tarde al salir del trabajo con el único objetivo de llegar lo más al sur posible, acercándome a Tarifa, desde donde cruzaríamos el sábado el estrecho de Gibraltar.

Me había fijado Ciudad Real como posible destino, aunque dependería de la hora a la que saliera del trabajo y el tiempo que me demorara en casa recogiendo el equipaje y distribuirlo en la moto. El extraño runrún previo a todo viaje que me había asaltado la noche anterior desapareció por completo cuando salí de la oficina y enfilé hacia la M-30, pensando en las rectas y las soledades del sur del Atlas. Me moría de ganas de estar ya en Merzouga.

La primera pregunta me surgió antes de llegar a casa: ¿quitaba la manta que me protegía del frío matutino en la Meseta o seguía con ella hasta que atravesara la cordillera del Atlas? Con las prisas, y viendo que me estaba entreteniendo demasiado en casa, decidí no perder el tiempo quitando la manta. Ya se la colocaría a mi hermano en su coche cuando me sobrara en los calores marroquíes.

Así que con el saco de dormir sobre el sillín, la mochila a cuestas, el top case y el espacio bajo el asiento llenos, y la manta protegiéndome las piernas salí pasadas las cinco y media de la tarde hacia la autovía de Toledo, atestada con el tráfico de cualquier tarde en hora punta en cualquiera de los accesos de Madrid.

Bailé entre ese tráfico hasta más o menos la M-50, cuando la carretera se despejó un poco y ya me tocó lidiar con los camiones y autobuses que iban a velocidades cercanas a la mía.

Viajar con scooter de 125 por autovía es un poco peñazo: te pasan casi todos los coches y según vayas hacia arriba o hacia abajo vas más lento o rápido que los vehículos pesados. Por eso cuando comenzó la bajada hacia el Tajo por Toledo me alegré. Hacía un año y pico que hice esa ruta para ir a Jaén, y la carretera N-401 por la que bajaría hasta la provincia de Córdoba recorriendo todo el borde oeste de La Mancha es un camino interesante.

Pare a echar gasolina a unos 20 km al sur de Toledo, metiéndome en Sonseca. Estaba aún a casi 100 km de Ciudad Real, me quedaba algo menos de una hora de luz y hacía frío: tuve que ponerme una sudadera más bajo el forro polar y la chaqueta de la moto. Elegí llevar la de verano en lugar de la de invierno, demasiado calurosa para Marruecos.

Pero estaba disfrutando: ¡Empezaba un viaje de diez días recorriendo Marruecos en una Vespa!

El resto del camino no tenía mucho truco: una carretera nacional con poco tráfico en la que se suceden las estribaciones más orientales de los Montes de Toledo, algo de dehesa brillando bajo el sol del atardecer, más bien anochecer, y un único pueblo atravesado por la ruta: Fuente el Fresno (donde paré hace un año a almorzar y repostar camino de Jaén); el resto de pueblos estaban rodeados por las variantes de la carretera.

El incendio del atardecer en el oeste se difuminaba en la oscuridad de la noche cuando, a 10 km de Ciudad Real, se me hizo de noche entre los mosquitos que siempre hay en el cruce sobre el río Guadiana. ¡Eso ya estaba hecho!

Por fin en Ciudad Real, tras ver en un buscador qué hoteles tenían plazas libres a un precio razonable, aún fui motivo de admiración de un paisano que en un semáforo se puso a hablar conmigo.

‑Tú no eres de aquí –me dijo desde su Renault Express al verme con la mochila y el saco de dormir.
‑Desde Madrid vengo –le respondí. Y al ver su sorpresa rematé‑: Y a Marruecos que me voy.
‑¡Vaya par de huevos!
‑Los dos que tengo.

Me alojé en el hotel Almanzor, donde tuve la mala suerte de coincidir con un grupo de adolescentes de Santa Pola (casi paisanos míos) que por la noche darían algo de faena.

Camino de tierra de infieles y en mi primera noche dormiría en manos de Almanzor...

En mi paseo nocturno por Ciudad Real terminé cenando en la plaza Mayor y luego tropecé con los ensayos de una procesión de semana santa. Curioso.

Al día siguiente me esperaba una jornada larga hasta Tarifa, y los santapoleros llegaron al hotel al mismo tiempo que yo. Menos mal que los profesores se apostaron en sillas en el pasillo a vigilar los posibles movimientos de sus alumnos. El follón no fue muy prolongado.


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