jueves, 26 de enero de 2017

RETO EN VESPA. MARRUECOS 2016: Fez - Errachidia

UN DÍA EN LA NIEVE




La travesía del Rif deja bien claro que Marruecos, por muy al sur que esté, no responde a la imagen tópica del desierto. Eso es algo que aprendes en la primera vez que cruzas el estrecho de Gibraltar en barco. En la jornada de hoy, en la que realmente llegaríamos a las puertas del Sahara, el mayor desierto seco del mundo; muchos de los participantes del Desafío en las Dunas, y primerizos en el país, iban a descubrir de nuevo otra realidad muy alejada de la imagen de dunas y oasis que podrían traer preconcebida.

Hoy sería el día de la Tormenta. aunque en este vídeo grabado antes de salir no tuviéramos la más mínima sospecha de lo que nos íbamos a encontrar.

Sí, sí... Quizá...

Pena que no recibiera el mensaje de mi amiga María, del equipo Corazones Solidarios«Nieva en Ifrane», hasta que llegamos allí mismo.

Ellos, junto con otros equipos sevillanos habían pasado la noche en esa estación invernal del Atlas Medio, 70 km al sur de Fez. Se trata de una población a la que llaman la Suiza de Marruecos, con sus casas de tejados inclinados a dos aguas en medio del bosque de cedros.

La primera vez que estuve allí fue en verano de 2010, en medio de una ola de calor, y la siguiente en marzo de 2013. En esa segunda ocasión hacía fresco y en la altiplanicie que hay más al sur vimos algo de nieve, pero nada preocupante. En la tercera, en abril de 2014, hacía un tiempo fantástico. 

¿Qué podía salir mal?

Tras el desayuno los primeros en iniciar el camino fuimos los Sas Pneumàtics y un servidor. Ellos me escoltarían y yo sería su guía. Habían reservado hotel al lado del mío en Errachidia, así que compartiríamos ruta hasta el sur del Atlas.

Como dos años antes, me despisté al salir de Fez, dos veces… Vaya guía. Al menos no fueron los 15 km de más de aquella vez, sólo un par de calles y en la rotonda de acceso al aeropuerto, que no estaba en aquella ocasión.

En los bulevares del sur de la ciudad nos pilló una lluvia constante que no cesó hasta pasada la variante del aeropuerto. A partir de ahí mejoró el tiempo. Delante de nosotros teníamos la larga recta de 10 km que sube ligeramente (poco más del 2%) hacia las primeras estribaciones del Atlas Medio. Al final de ese tramo, en el cruce donde está la primera barrera de nieve para cortar el tráfico en caso de temporal, siempre hay un control de la Gendarmería. Así que les lancé el saludo protocolario y ahora sí, hacia arriba. Eran otros 10 km hasta llegar a Imouzzer-Kandar.

Los cultivos del valle donde se encuentra Fez dan paso a bosques de cedros y aterrazamientos con olivos. Con este escenario fuimos serpenteando carretera arriba con una pendiente media del 4,5%. Aquí fuimos dejando atrás a muchos vehículos pesados y viejas furgonetas. A nuestra derecha, abajo en el valle, se veía a lo lejos la aglomeración urbana de Fez; y a nuestra izquierda las laderas desde las que descienden algunos ruiachuelos.

En esa ascensión ya se empezó a notar el frío. Imouzzer-Kandar está a 1.350 m de altitud, e Ifrane (25 km más allá) a 1.650 m. Este tercer tramo, mucho más suave, discurre en gran parte por un páramo sin vegetación, adelanto de lo que nos esperaba el resto del día.

Paramos en Ifrane para entrar en calor, tomándonos un té en el bar del hotel Chamonix, en la plaza donde está el León de Ifrane, uno de sus mayores atractivos. Aquí todo parece alpino: los bosques, las casas con tejados a dos aguas, muy inclinados, la limpieza de las calles, lo cuidado de los jardines, los esquíes apoyados en las paredes del bar. Era como si estuviéramos en un hotel que se quedó en la primera mitad del siglo XX, nada que ver con las sensaciones que tuve en el verano de seis años antes, en plena ola de calor.

Mientras me ponía alguna prenda de ropa adicional (no llevaba tantas capas desde el 10 de julio de 2012 en Cabo Norte) aparecieron los equipos sevillanos que habían pasado la noche en Ifrane. Nos tomamos con ellos un té caliente e intercambiamos impresiones de nuestros primeros días en Marruecos. Estos momentos siempre son muy agradecidos.

Y aquí recibí el mensaje de mi amiga María, advirtiendo de que nevaba...

Al salir del restaurante comenzaba a nevar, aunque con suavidad. ¡Qué contentos de ver algo así…!



Nuestra próxima parada era el cedro Gouraud, con fama de ser el más viejo y alto de Marruecos. Unos 3 km antes de llegar a Azrou sale a la izquierda una pista pavimentada y estrecha que con una pendiente media del 6,2% sube durante 4 km hasta los 1.750 m de altitud. Poco antes de llegar al lugar donde está el árbol, ya muerto pero mantenido como monumento nacional, unos mojones marcan la finalización del asfalto y el comienzo de una pista llena de baches y piedras de tamaño medio. Aquí ya no está permitida la circulación de turismos. Nosotros pasamos con las motos a hacernos las fotos de rigor bajo el cedro milenario y con los macacos que viven en estos bosques. En algunos rincones bajo los árboles se veía nieve acumulada, aunque había dejado de nevar cuando salimos de Ifrane.



A continuación nos quedaban otros 4 km por esa pista para llegar de nuevo a la carretera nacional. Sílvia y Tolo se adelantaron para disfrutar con su BMW de trail un poco más del camino, mientras que yo me las apañaba para sortear con las pequeñas ruedas de la Vespa el barro congelado y las piedras. El paisaje era hermoso.



En la campa que hay donde esta pista se encuentra con la carretera N13, cuando hace buen tiempo, suele haber turistas intentando intimar con los monos. Nosotros sólo nos encontramos a algunos lugareños esperando que apareciera alguien a quien venderles algo de artesanía. También había unos turistas españoles en un Golf que se me quedaron mirando con asombro: no todos los días ves aparecer a un tipo en Vespa por entre los cedros del Atlas Medio.

Les dije a Sílvia y Tolo que no era necesario que siguieran a mi ritmo cansino y que se dieran alguna alegría. Unos 25 km más adelante, al otro lado del alto de Habri, yo debería repostar en Timahdite, así que quedamos en vernos allí.

Un par de kilómetros después la carretera abandonó el bosque y me hallaba de nuevo en un páramo cubierto de una fina capa de nieve. Al llegar al alto (1.980 m) comenzó a nevar, así que paré a grabar el espectáculo, y de paso echar una meada.



Los paisanos del Golf pasaron en ese momento, y me los volví a encontrar al otro lado de un cambio de rasante, donde estaban esperándome para hacerme una foto. Me había convertido en la atracción de las inmediaciones…

Y el espectáculo empezó en ese momento. La nevada arreció y el viento comenzó a mover la nieve sobre la carretera. Se me empañaba la visera del casco, entonces la subía, pero los copos de nieve me golpeaban la cara y me llenaban las gafas de agua, con lo que volvía a quedarme a ciegas. Intentaba solucionarlo quitándomelas, pero para protegerme los ojos del golpeo de la nieve, bajaba la visera interior oscura, la que protege del sol. Y lo veía todo negro en mitad de aquel paisaje blanquísimo. Por fortuna apenas me crucé con unos pocos vehículos en los 10 km durante los que tuve que lidiar con la ventisca en esas condiciones.

En Timahdite, aún a 1.820 m de altitud, ya no había tormenta aunque seguía haciendo frío. Sílvia y Tolo se quedaron de piedra al verme aparecer. La nieve que se había ido acumulando en mi pecho se convirtió en hielo. Jamás me había visto en una de éstas.



El siguiente reto era cruzar el Col du Zad, uno de los pasos de montaña asfaltados más altos de África con 2.178 m (y creo que el segundo de Marruecos), justo a mitad de camino de Zaida, donde pararíamos a comer 60 km más allá. Aunque seguí pasando frío, ya no tuve que luchar contra la tormenta. Sílvia y Tolo iban pacientemente detrás de mí, teniendo todo el tiempo del mundo para disfrutar del paisaje nevado y desolado. En la bajada del puerto, por fortuna no encontramos los típicos perros del Atlas cruzando la carretera.

En este punto, cuando se desciende desde el Atlas Medio, se puede observar uno de los paisajes más sobrecogedores del viaje: 50 km más allá se ven las estribaciones orientales del Alto Atlas, y en medio una llanura desolada y desnuda drenada por la rambla del río Muluya y sus afluentes.

Conseguimos llegar sin más complicaciones a Zaida, donde el Muluya se cruza con nuestra ruta. Necesitaba echarme algo caliente al cuerpo tras tanta nieve. Nos metimos en el típico bar de carretera marroquí, donde el camarero nos aseguró que el cordero que nos ofrecía era bueno de verdad, y a un precio que no tenía nada que ver con el de España. Como había hambre y pocas ganas de discutir le hicimos caso. Y no fue mal. Al rato aparecieron por allí otros equipos del Desafío que se sentaron a la mesa con nosotros. Las fotos que nos enseñaron de su parte del camino eran espectaculares.

Sílvia entrando en calor junto a la barbacoa.

Fotografía de Elena Tato en el alto de Hadri.

De nuevo, dejamos a nuestros amigos comiendo y reiniciamos la marcha. Nos quedaban 168 km hasta Errachidia y apenas una hora de sol. Mientras más al sur, más rápido es el atardecer.



En esta zona, especialmente tras Midelt, donde paré a repostar, hay algunas rectas larguísimas en la llanura, con el Alto Atlas cubierto de nieve como decorado de fondo.



También nos tropezamos con una rambla con el agua saltando por encima de la carretera. Menos mal que aún era de día y pude ver bien que había vehículos vadeando con cuidado. Algunos equipos que pasaron por allí de noche se llevaron un buen susto cuando se vieron  atravesando de repente una gran balsa de agua.

Desde aquí, la ruta va buscando las brechas por la que colarse a través de las diferentes elevaciones de la cordillera, con lo que en lugar de atacar en línea recta desde Zaida, va girando hacia el este para encontrar los puntos débiles de esta pared que llega a elevarse a más de 3.000 m en algunos puntos.

Primero subimos sepenteando el puerto de Tizi n’Talghaumt (1.894 m), unos 7 km al 4,7%. La carretera estaba limpia de nieve aunque muy mojada.



A continuación, en un terreno más llano pero a más de 1.400 m de altura, fuimos cruzando los fantásticos desfiladeros que el río Ziz ha ido abriendo para bajar hacia el Sahara. Primero el de Ait Kharrou y a continuación el de Tilicht, donde ya se nos hizo de noche. Llevábamos sólo 100 km desde la parada para comer, pero en los puertos de montaña la Vespa no da más de sí, con lo que la noche se nos echó encima.

En Tilicht paramos brevemente para que yo me recuperara del frío y del entumecimiento que se me han metido en el cuerpo. En cuanto oscureció había empazo a temblar del frío, así que no tuve más remedio que bajarme de la moto y darme una carrera y unos saltos para volver a saber dónde estaba cada parte de mi cuerpo.

¡Joder, qué frío! Menos mal que el jueves anterior decidí no quitarle la manta a la Vespa.

Y por fin, aunque a oscuras, ya estábamos a una tirada sencilla de Errachidia. Unos 70 km por el cañón del Ziz. Una pena que fuera de noche y Sílvia y Tolo no pudieran maravillarse del espectáculo. Dos años atrás lo atravesé aún de día, y sin duda era un paisaje digno de recrearse. Además, la temperatura se fue elevando progresivamente conforme nos acercábamos a la salida del cañón, con lo que mi ánimo también volvía a calentarse. Qué alegría me dio cuando al sobrepasar el embalse que hay en la cara sur de las montañas vi las luces de la ciudad en la llanura.

Llegábamos al mismo borde del Sahara después de haber atravesado bosques de cedros y sufrido tormentas de nieve y frío alpino.

Una vez en el hotel, de tipo kashbah y regentado por una señora alemana con la que me entendí en italiano (Auberge Tinit), fui recibiendo al resto de equipos que se alojaban conmigo. A pesar de todo lo sufrido, éramos los primeros en llegar. Y allí, junto al desierto, fui recibiendo noticias de que algunos equipos no llegarían esa tarde porque se encontraron con los puertos del Atlas Medio cerrados por la nieve. Por poco...

Por fin en el hotel (yonquis del wifi)

Menudo día…


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