miércoles, 25 de enero de 2017

RETO EN VESPA. MARRUECOS 2016: Xaouen - Volubilis - Fez


UN DÍA EN EL RIF



Cuando llegas a otro país, una de las primeras precauciones a tomar en cuenta es saber en qué hora vives. No estoy diciendo que hayamos de estar constantemente pendientes del reloj durante las vacaciones, pero por un error de 60 minutos puedes perder un vuelo o que ya no te den de comer en ningún sitio; o levantarte pronto para desayunar y preguntarte por qué tus compañeros de viaje siguen durmiendo como marmotas.

Eso le pasó a una de las integrantes de Las Priscillas, que no tenía claro que en Marruecos se rigen por el huso horario de Greenwich. Aunque cuando el Ramadán cae en verano hay que llevar cuidado con esto, puesto que hay lugares donde modifican el horario para hacer el ayuno más llevadero, y ahí es ya un lío porque no sabes quién se rige según qué huso. Al menos eso me pasó a mí el verano de 2010 durante un viaje a Fez en pleno Ramadán, con ola de calor incluida.

Poco a poco van despertando...

Chefchaouen se haya inserto en mitad de las montañas del Rif, rodeada de campos de cultivo donde impera el color verde, en contraste con el azul que decora gran parte de sus construcciones. Al despertar subí a la azotea del riad para contemplar ese paisaje y escuchar cómo se iba desperezando la ciudad . Un lugar hermoso que se aleja mucho de la imagen tópica que pueden tener de Marruecos aquellos que no lo hayan visitado y piensen en un país desértico.

 Las azoteas de Chefchaouen. Y un servidor en pijama en plimer plano...

Es quizá el lugar más característico del norte de Marruecos junto con Assilah, enclaves que tras la llegada de los exiliados andalusíes y sefardíes mantuvieron cierto vínculo con la península ibérica, aunque sólo fuera la nostalgia por la tierra perdida, y que se reforzó durante la época del Protectorado español. Ese pasado parece normalizarse hoy en día gracias al turismo, dejando su impronta en los nombres de restaurantes, hoteles y riads regentados por españoles o por rifeños que aseguran que sus apellidos tienen origen español. Chefchaoeun, o Xauen para la administración del Protectorado, creció a partir de una aldea bereber con la llegada de esos exiliados que huyeron de España al finalizar la Reconquista. Hoy en día aún se pueden leer en algunas paredes placas con el nombre español de la calle, e incluso los juzgados de primera instancia de la ciudad lucen su nombre en árabe, francés y castellano.


En sus calles azules, estrechas y reviradas como las de muchos pueblos de las sierras béticas andaluzas, se escucha con facilidad cualquier lengua de Europa Occidental, tanto por aquellos foráneos que han decidido asentarse en este pueblo como por el turismo. Y esta atracción que ejerce Xaouen no es sólo sobre los europeos (especialmente andaluces, que la tienen a tiro de piedra para pasar el fin de semana), sino sobre los propios marroquíes, que desde otras zonas del país vienen a visitar esta ciudad tan diferente del resto de paisajes y sitios diversos que se pueden visitar en el país.
Uno de los mejores lugares para ver en la ciudad son las terrazas sobre el río, donde fuimos a desayunar por recomendación de Enkar, una amiga de la ONG Camino al Sur, a quien confié la reserva de gran parte de los lugares donde dormiría durante el Desafío en las Dunas.

Creo que en el post del día anterior ya comentaba esto...

Tras el desayuno con algunos de mis compañeros de ruta comencé la etapa con Sílvia y Tolo hacia Fez. Ellos me escoltarían durante gran parte del viaje. Manuel Rubio seguiría por otro camino, y algunos del grupo con el que compartía hoteles se quedaría a dar un paseo diurno por el zoco. Por delante tenía 240 km incluyendo una visita a las ruinas de Volubilis, Patrimonio de la Humanidad.

Tras el susto del día anterior, inicié el descenso desde Xaouen con prudencia. Los 6 km hasta volver a la carretera N2 tienen unas cuantas curvas bastante cerradas tras largas rectas cuesta abajo. Hubieran sido motivo de disfrute de no haber sido porque la calzada estaba mojada con agua sucia, que parecía barro. Mejor no volver a arriesgarse. Así que cuando llegamos al desvío hacia Uezán, paré y dije a Tolo que siguieran a su ritmo o se aburrirían siguiendo la estela relajada de mi Vespa.

Poco después me pilló Pau y ya seguimos circulando juntos durante el resto del día. El primer tramo es entre montes no muy elevados, siguiendo los valles y pequeños cañones de ríos afluentes del Lucus. Se trata de un paisaje tranquilo de curvas suaves y diferentes tonalidades de verdes, con poco tráfico. Tan solo en la travesía de Laghdir, donde quedan los restos de la antigua aduana de la frontera del Protectorado (el puente del Lucus), hay actividad aunque se trate de una población pequeña.

Hicimos una parada breve tras 50 km de ruta para repostar, y el empleado de la gasolinera, que miraba con curiosidad la Vespa, me preguntó por la abolladura que lucía la moto en el lateral. Por ahora no he visto ninguna en Marruecos, así que llama bastante la atención.

Poco a poco, conforme las montañas quedan atrás, el paisaje va tornándose menos verde y comienzan a aparecer los tonos ocres al sur de Ain Defali (donde tres años antes paramos a tomar un refresco en el primer viaje exploratorio que hicimos a Marruecos). El paisaje se torna aburrido y en la carretera comienzan a sucederse rectas más largas, especialmente al sur del río Ouerrha. Ya hemos abandonado el Rif.

Es aquí donde volvimos a encontrarnos con Sílvia y Tolo. Estaban en la orilla de la carretera junto a un poblado y rodeados de niños. A los pocos minutos me pillaron y les libré de una multa por exceso de velocidad. Tras dos años viendo un control de carretera en el mismo punto, solté el puño al reconocer el lugar. Se trata de una recta larga que tras una curva te invita a correr. Al fondo la carretera se eleva hacia un cambio de rasante donde hay una pequeña población. Allí esperan los gendarmes con su radar móvil. Aunque no los vi sabía que estaban allí y cumplí estrictamente con los límites de velocidad de aproximación al pueblo.

Los policías marroquíes de carretera suelen responder al saludo que les lanzas cuando se te quedan mirando el coche o la moto llenos de pegatinas. Y eso hice, demostrarles que soy un buen ciudadano que saluda y respeta los límites de velocidad.

Pau haciéndose extrañas fotos.

Más adelante, en el cruce entre la N13 y la N4 paré a esperar al coche de Pau, que se había quedado detrás de algún camión. Allí Sílvia me comentó que si no llego a frenar en el control, se lo hubieran comido de lleno. En general es habitual encontrarse con controles de carretera a la entrada o salida de poblaciones, con lo que conviene ser prudente y respetuosos con las normas de circulación. Dos años atrás me pararon un par de veces cuando intenté seguir con mi coche a los moteros con los que hacía el viaje. La cosa quedó en nada, pero es mejor ser escrupuloso con los límites de velocidad en las zonas pobladas. Hay mucha gente circulando por los márgenes de la carretera, o el arcén cuando lo hay, bien caminando, bien en bicicleta o en burro; y te puedes llevar un susto si no vas con prudencia.

A partir de este punto, en lugar de seguir hacia Fez, nos desviamos hacia el oeste por la N4 en busca de Volubilis, Patrimonio de la Humanidad. Tras el ascenso a Zegota, adelantando a tráfico lento, giramos de nuevo al sur hacia Mulay Idrís. A nuestra derecha se veían extensos campos de cereales y otros cultivos de secano como olivos. Esta llanura rica fue la que alimentó a Volubilis, la capital de la provincia romana de Mauritania Tingitana.

Los Comuna Cabra Again estaban saliendo del recinto cuando llegamos (habían sido los más madrugadores y no habían desayunado con nosotros).

Después de tres horas de camino, con dos pequeñas paradas, no venía mal el paseo por los restos de la ciudad romana. Algunos de nosotros contratamos los servicios de un guía, que mezclaba el inglés con el italiano y el castellano, y nos dio una buena vuelta por todo el recinto, disfrutando del día soleado y tranquilo.







Cuando salíamos para ir a comer a Mulay Idrís, ciudad santa marroquí, que se veía en la falda de la colina a unos 3 km, nos relevaron el turno de visita los equipos Aititana, Priscillas y Sandra Bullock, que llegaban en ese momento al lugar.

Mulay Idrís, a 5 minutos del yacimiento arqueológico, es un pueblo animado con una plaza y una calle llena de restaurantes donde huele a carne condimentada con comino y otras especias. Las carnicerías callejeras se alternan con los bares: tan solo hay que elegir uno y esperar que sea bueno. Eso hicieron los Comuna Cabra, y la jugada no les salió bien, así que cuando llegamos nosotros pudieron advertirnos de dónde no debíamos entrar a comer.



Aunque tarden en prepararte la comida, porque hasta que no la pides no empiezan a cortarla y a hacer el fuego, la espera siempre se hace llevadera si te sacan olivas condimentadas y algo de pan y aceite. Y a sentarse a ver la vida en la calle. Era domingo y los cafés estaban dando en pantallas gigantes el Villarreal – Barcelona, con la mitad de la población masculina del pueblo disfrutando del 2-2 con que terminó el partido.



Después de la comida aún nos quedaban 70 km hasta Fez, de los que los primeros 18, a través del monte Zerhoun, fueron por carreteras y pistas en un estado mejorable. En este primer tramo la señalización era inexistente, y los caminos se bifurcaban con demasiada frecuencia, con lo que tuve que parar en varias ocasiones a comprobar en el Maps nuestra ubicación para saber si íbamos bien. Aunque no tenía datos, sí que había guardado en la caché las zonas donde podría tener más posibilidades de desorientarme. En una de estas paradas llegó una pareja española en un Dacia Duster de alquiler, que en cuanto nos vieron supieron quiénes éramos. Resultaron ser amigos de nuestros amigos, y por tanto amigos nuestros: Rosana y Vicente.

Poco a poco íbamos confluyendo los diferentes participantes del Desafío en las Dunas.

Los últimos 5 km hasta llegar por fin a la carretera nacional fueron de lo más divertido, con dos tandas de seis y catorce curvas muy cerradas de bajada por una de las estribaciones del monte; a través de un paisaje de olivares y bosquecillos. Tras todo el día en la moto, aquí ya iba más relajado que durante la bajada desde Xauen, y lo pasé muy bien curva tras curva.

En Nzala Beni Ammar nos incorporamos de nuevo en la N4, que va rodeando el monte Zerhoun por el este a través de un terreno accidentado y con bastante más tráfico del que habíamos tenido durante la mañana. Afortunadamente esta carretera está en mejor estado, aunque no deja de tener un trazado muy sinuoso hasta que se deja atrás el wadi del Mikkes y se llega a la llanura en la que se asienta Fez. Antes de ese punto, el tráfico de vehículos pesados era lento, con lo que las dos motos nos fuimos despegando adelantamiento a adelantamiento de los dos turismos que nos seguían.

A unos 23 km de Fez hice la última parada a repostar. Esto me valdría para subir al día siguiente hasta el altiplano del Atlas Medio.

En el último tramo, por la carretera N6 que une Meknes con Fez, el tráfico era intenso, especialmente los 6 km últimos con multitud de rotondas y cruces. Al fin y al cabo se trata de la unión entre dos de las principales áreas urbanas del país. ¡Bienvenidos al tráfico caótico de las grandes ciudades marroquíes!

El hotel que había reservado era el Jardin Public, junto a Bab Boujloud (la puerta Azul). Sílvia y Tolo, que no tenían reserva también pudieron alojarse allí.

Tras el típico lío para saber dónde y por cuánto puedes aparcar (es dejar tu vehículo en cualquier sitio y que venga un paisano con chaleco amarillo a darte instrucciones) fueron llegando poco a poco el resto de compañeros de ruta. Y aunque quedamos para cenar todos juntos, nos dimos una hora libre para deambular cada uno por su cuenta por la laberíntica medina vieja de Fez.



Junto con mi grupo conseguí llegar a la puerta de Bab Rcif, aunque cuando intentamos volver a Bab Boujloud terminamos por perdernos. La anécdota se dio cuando quisimos seguir a alguien que caminaba muy seguro, pensando que nos sacaría de aquellos callejones. De vez en cuando miraba hacia atrás, viendo con preocupación que le seguía un grupo de casi diez personas. El tipo terminó por meterse en su casa cuando llegó a un callejón sin salida, y nosotros nos quedamos con cara de tontos. Finalmente tuvimos que preguntar a unos chavales jóvenes que se reían de los pardillos españoles que la estaban liando en la entrada a sus casas.

Afortunadamente conseguimos llegar a tiempo al lugar de encuentro para la próxima aventura: la negociación de dónde cenar un grupo tan grande con la condición inexcusable de que nos dieran cerveza.

¿Quién quiere una cerveza?

Y no se dio mal... Aunque hubo algún malentendido entre lo que nos había prometido el conseguidor de nuestro hotel y lo que nos querían cobrar luego, la terraza a la que subimos era uno de los mejores sitios para cenar junto a la puerta azul.

No sin mi cerveza.

Tras reponer fuerzas después de nuestro primer día entero en Marruecos, mañana nos esperaba una buena jornada.

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