jueves, 9 de febrero de 2017

RETO EN VESPA. MARRUECOS 2016: Errachidia - Merzouga

UN DÍA CON LA CHAVALADA DEL DESIERTO


Nada comparable a que, tras una jornada de nieve y frío, amanezca un día soleado con cielo azul radiante. Además, éste era el gran día que da sentido al Desafío en las Dunas: la entrega del material que cada uno de los equipos participantes había traído para la ONG Camino al Sur.



Aquí en Errachidia empieza el desierto del Sahara. Al norte veíamos las cumbres nevadas del Alto Atlas, mientras que al sur se extendía la llanura pedregosa y aparentemente vacía. El desierto no es sólo dunas de arenas, el Sahara es, en su mayor parte,  hamada, esa llanura de apariencia estéril llena de piedras. Es más, según la Wikipedia la mayor hamada del mundo es ésta en cuyo borde se asienta la ciudad de Errachidia.

En esta ocasión no hubo, como dos años antes, baño en la piscina.

Tras desayunar y repostar, me dirigí hacia el punto de encuentro en el que habíamos convocado a todos los equipos. Queríamos hacer una entrada triunfal en forma de caravana que llegara de una sola vez al colegio donde se desarrollaría el acto de entrega de material; así que saldríamos todos los equipos juntos para recorrer los 10 km hasta la escuela.

Antes de salir del hotel supe que un par de motos y un coche se habían quedado al otro lado del Atlas debido a que cuando intentaron pasar los puertos ya estaban cerrados. Intentarían alcanzarnos a lo largo del día.

Poco a poco el resto de coches y motos fue juntándose en la glorieta de salida hacia el sur de la ciudad, muy cerca del aeropuerto. Y alrededor de nosotros se iban arremolinando algunos chavales a los que era imposible no llamar la atención. Unas 8 motos y 10 coches con pegatinas taponando un camino eran motivo para que tanto ellos, como el gendarme que esperaba tener una mañana tranquila y aburrida en aquella rotonda, terminaran por acercarse a ver qué era aquel circo.

Cuando por fin estuvimos todos, yo me encargué de guiar la comitiva durante los 10 km de carretera nacional. A la izquierda la planicie desierta, a la derecha una sucesión constante de edificaciones humildes de adobe. Al otro lado de esas casas, se intuían los huertos que crecen gracias al río Ziz, el gran eje que da vida a esta zona del borde del desierto.





En la escuela, descargamos los aproximadamente 1.700 kg de material que traíamos, incluyendo los de una de las motos y el coche que se quedaron atrás (consiguieron llegar a tiempo). Con el equipo de motoristas franceses, que tuvo problemas y decidió quedarse al norte del Atlas, tuve que gestionar la entrega del material a Camino al Sur unas horas más tarde en Zaida.

El acto siguió con normalidad y tras los discursos, los alumnos nos dedicaron algunas canciones, incluyendo alguna que todos conocíamos de cuando éramos críos.




Después el pequeño refrigerio con el que nos agasajaron, aún teníamos 120 km por delante hasta llegar a comer a Merzouga, así que a mediodía reiniciamos la macha. Nos esperaban unos paisajes impresionantes.

A 16 km de la escuela la carretera se acerca al cañón del río Ziz. Ante nosotros, unos 100 m más abajo, se desveló una lengua verde oscura crispada de palmeras y flanqueada por las paredes rojizas del cañón.

El mirador sobre el valle del Ziz. 

Buen sitio para hacerse fotos.


¡Allá vamos!



A continuación, durante 30 km la carretera zizaguea siguiendo el curso del río, ofreciendo esos dos paisajes tan diferentes entre sí, hasta que poco a poco el terreno circundante va descendiendo y el cañón se difumina. Luego le siguen unos 9 km en el desierto, con el río encajado en un cauce más discreto, y acto seguido la carretera se interna primero en el oasis de Erfoud, y otros 9 km después en el palmeral histórico de Sijilmasa y Rissani.

En este tramo, a excepción de la zona de los grandes hoteles en forma de kashbah al sur de Erfoud, el camino se convierte en una carretera estrecha que serpentea entre huertos de palmeras. Es un paisaje evocador en el que de repente, entre la frondosidad, aparecen fortificaciones como la de Ksar Maadid, que te hacen viajar en el tiempo unos cuantos siglos atrás, como si el reloj de arena del desierto se hubiera atascado entre las palmeras y las dunas.

En Rissani, a pesar de que los muros de adobe de las fortificaciones invitan a parar y deambular entre las callejas de la medina, continué entre el tráfico caótico de la ciudad en busca de la salida hacia Merzouga. Quedaban 40 km de camino y ya apretaba el hambre. Además, a las cinco de la tarde nos esperaban los camellos.

Después de 4 km de carretera estrecha y curvas casi en ángulo recto, dejamos atrás el oasis y volvimos a salir al desierto. Los siguientes 32 km serían por en medio de la hamada lisa en la que sobresalían a lo lejos las dunas. El viento soplaba del norte empujando la Vespa a 100 km/h. Y allí me lancé, aprovechando que la visibilidad es total y la carretera vuelve a estar en buenas condiciones.

Poco a poco en el horizonte, tanto delante como a mi izquierda, fueron apareciendo las dunas del erg Chebbi: un mar de arena que te llena los ojos con su inmensidad, un paisaje de dunas en forma de olas elevándose hasta 150 m sobre el resto de la hamada: El Sahara tal y como lo tenemos interiorizado en nuestra imaginación.

Y al fondo, recortándose frente a las dunas, la villa bereber de Merzouga.

La calle principal del pueblo es un hervidero de todoterrenos y motos de trial. Si Marruecos es como una especie de patio de recreo del suroeste de Europa, Merzouga es el arenero de ese patio de recreo, donde los aficionados al motor vienen a darle a sus monturas un divertido baño de arena. Servidor, con su Vespa, se limitaría a dejarla aparcada en la puerta de la kashbah Le Touareg, y dejarse llevar en camello hasta el otro lado del erg Chebbi.

La puerta de Le Touareg

Durante la comida, compartiendo mesa con muchos de los participantes del Desafío en las Dunas, el tiempo se nos echaba encima, pero el propietario del restaurante no consintió en parar las comandas ante nuestra insistencia de que lo dejara porque teníamos que irnos o perdíamos el camello de las 17:00. Si habíamos pedido comida bereber, ese día probaríamos comida bereber; y abundante.

Vistas sobre la calle principal de Merzouga, sobre la azotea del restaurante donde comimos, al fondo las dunas.

 Algunos participantes esperando la comida.

Y para finalizar la etapa, los últimos 4 km a lomos de un camello, sin duda el tramo más relajado y fascinante de todo el viaje.

En el último tramo, cambiaba el casco por el turbante.







Esa noche dormiríamos en jaimas al pie de las dunas y a 18 km de la frontera con Argelia.


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