lunes, 23 de septiembre de 2013

Crítica literaria: "HISTORIAS MUERTAS"

HISTORIAS MUERTAS, de Fran Mateu
 
 


Éste es el último libro que he leído, Historias muertas, la primera aventura editorial del ilicitano Fran Mateu. Se trata de una colección de relatos macabros en los que el nexo de unión entre todos ellos es la muerte.
 
Sin duda, y tras ver el primer cortometraje dirigido por el mismo Mateu, corto del que este libro coge el nombre (Historia muerta, 2011), no me cabe duda de que la mente de Fran Mateu es un laberinto oscuro, sinuoso y tortuoso donde acechan mil terrores, sangre, miedos, vísceras y venganzas. Pero no sólo eso, también hay hueco para que alumbre una mínima esperanza en la justicia, también hay cine, garitos oscuros y canallas, y mucha acción.
 
Mientras leía estas Historias muertas he visto cómo su autor visualizaba la historia en un tiempo cinematográfico. Eso se ve perfectamente en los callejones sombríos de La brigada del bastón o en la claustrofóbica soledad del soldado de Búnker 3.03.38; también brilla la acción casi frenética de Mentes dementes y ciertos tramos de La condesa De Lorre. No me extrañaría que las historias que conforman esta colección de relatos estén luchado en la cabeza de Fran Mateu por cobrar movimiento y saltar a la pantalla del cine.
 
Por ahora están encerradas en estas Historias muertas, mostrándonos que su autor sabe, no sólo de cine, sino de cine de terror, y eso nos lo dice sutilmente, y con cierta ironía, en los "Qué típico" que de vez en cuando va soltando la protagonista de Un regalo para Halloween, donde Fran Mateu se ríe de lo obvio, de lo trivial (como muy bien nos dice en el subtítulo del relato).
 
Hablando de lo trivial, no puedo dejar de hablar de cosas que quizá pudieran parecerlo pero que no lo son y que desafortunadamente lastran un tanto el libro, pero no sólo éste. Últimamente he leído varios libros en los que por desgracia se nota la falta de un editor que tutele al autor novel (a mí mismo me ha pasado), un editor que aconseje no sólo en la maquetación, sino en la ortotipografía y la corrección de estilo. Cuando releemos lo que hemos escrito nosotros mismos, seguimos leyendo lo que queríamos escribir y no lo que realmente hemos escrito; por eso es necesario que unos terceros ojos experimentados relean y pulan ciertas cosas que los que escribimos no somos capaces de ver, cegados por la idea de lo que queríamos escribir (como la proliferación de adjetivos precediendo al sustantivo en lugares donde la agilidad de lectura aconseja que vayan detrás, por poner un caso del que pecamos mucho los que escribimos). Repito que esto lo he visto demasiado en los últimos libros que he leído, y que incluso me ha pasado a mí con mi segundo libro, donde la labor del editor no fue más que ejecutoria, sin ninguna intervención literaria. Y esto es signo de que los escritores nos tenemos que batir el cobre para sacar nuestras historias a la luz, sumergirnos en la aventura de la edición low cost, recurso al que hemos de ir a morir quienes no tenemos padrino.
 
Pero dejando de lado estos detalles que sólo la experiencia o el dinero corrigen, he de aplaudir a Fran Mateu por tener las ideas fantásticas y oscuras que tiene, por su capacidad de viajar por diferentes escenarios, épocas y estilos sin amedrentarse en ningún momento, con el desparpajo de quien sabe que tiene algo que contar y lo mismo puede hacerlo en otro tiempo y otro lugar, o bien en el presente y con unas localizaciones bien reconocibles.
 
No dejéis de leer y sobrecogeros con las terribles Historias muertas.
 
 

martes, 17 de septiembre de 2013

Tardes de septiembre

La borrosidad de un verano que termina
Todas las tardes de septiembre son como tardes de domingo que anuncian el fin de la fiesta, son como el viaje de regreso de unas vacaciones, la estampa amenazante de un despertador de lunes por la mañana, son la interfaz entre el juego y la realidad.
Septiembre siempre me ha despertado sentimientos enfrentados, que a veces son irreconciliables. No me gusta despertar de la siesta para ir a trabajar, pero necesito tener un nuevo proyecto en la cabeza, una nueva meta que dé sentido a los días. Y al fin y al cabo eso es septiembre y sus tardes, siempre comienzo de nueva temporada, de nuevas ilusiones, momento de establecer nuevos proyectos que marquen el camino hacia el que girar el volante.
Yo era buen estudiante (qué otra cosa iba a hacer, uno de mis peores pecados siempre fue ser demasiado oficialista), y por tanto todo el mundo presuponía que me gustaba estudiar y que la vuelta al cole era una buena época en mi calendario personal. ¡Error! No sabéis cómo odiaba los anuncios de El Corte Inglés y su maldita vuelta al cole. ¡Horror!
Sin embargo, por otro lado, siempre tenía curiosidad por saber de las nuevas cosas que iba a aprender (estudiar y aprender no siempre van juntos), de los nuevos libros de texto, nuevos compañeros y profesores.
Y esto hacía que las tardes de septiembre, cuando las vacaciones agonizaban, fueran una mezcla de nostalgia por la libertad del verano y por el sol que cada vez desaparecía antes; y de ilusión por lo nuevo, y por la meta que automáticamente aparecía el primer día de clase: las vacaciones del próximo verano. Ahora, las vacaciones son más intensas, no puedes permitirte recrearte en ellas (tres semanas no son tres meses), y por tanto hay que inventarse otro tipo de metas. Cada uno las suyas (aunque las metas compartidas configuran caminos invernales más llevaderos, menos fríos).
Esta tarde volvía desde el trabajo hacia casa por estas avenidas de Madrid, tan empeñadas en ningunearme, e iba escuchando en la radio una entrevista que hacía Carles Francino a Dani Martín (sí, el de El canto de loco) y me han sorprendido agradablemente las reflexiones que ambos hacían sobre la vida, cuando ésta se empeña en no ser lo que esperabas de ella, o cuando a base de cambios de dirección te hace ver que te estás haciendo mayor, que esto no es un juego, que las vacaciones han terminado, que agosto está completamente tachado en el calendario y que septiembre te advierte de que el otoño está emboscado detrás de la próxima esquina. Y lo que es peor, de que por mucho que echemos de menos las suaves tardes en un porche frente al jardín o sobre la arena templada de una playa tranquila de última hora de la tarde, Winter is coming.
Y por tanto, mi pequeño señor, las responsabilidades que hemos de soportar sobre nuestras cabezas probarán si merecemos o no la posición que detentamos, y nos harán más fuertes.
Elegid vuestras metas, vuestros proyectos, y dejad que se conviertan en momentos prometedores estas tardes de septiembre para no echar de menos nada.

viernes, 6 de septiembre de 2013

De dragones, dinosaurios y ballenas.

Colaboración con la guitarrista Sivan Ben Sasson para la lectura del relato El sueño de la paleontóloga, incluido en el libro Heroico catálogo de hazañas y estados de ánimo.


 





martes, 27 de agosto de 2013

«CENIZAS», UN ROAD COMIC ENTRAÑABLE (Crítica)



No hace mucho tiempo que mi hermano me regaló dos libros: Brooklyn Follies, de Paul Aster, y la novela gráfica Cenizas, de Álvaro Ortiz. Eligió esta selección porque, además de gustarle, ambas están relacionadas, haciéndose mención en la segunda a la novela de Auster. He tenido tiempo de leer Cenizas durante mi último viaje, en apenas tres sentadas en el ferry de Barcelona a Roma y en las noches de hotel de la capital italiana.
Y me encantó, me quedé con ganas de más, cosa que considero elogiable de una creación literaria (sí, los cómics también son Literatura, espero que esta afirmación no pille desprevenido a nadie hoy en día). Cuando llegué a la conclusión de Cenizas, me quedé con ganas de haber visto algo más del desarrollo de la nueva vida de los tres personajes (y un mono) en torno a los que gira esta historia. Pero claro, ya no hubiera seguiro como el road comic que es Cenizas.
Porque eso es esta historia, un hábil road comic en el que tres amigos han de cumplir con la última voluntad de un cuarto amigo común. Un viaje en el que vamos a conocer a tres personajes entrañables, cada uno a su manera (y un mono que es todo un hallazgo), y algunos otros elementos turbios que se cruzarán por su camino, además de multitud de cuadros de ciervos.
La presentación que Álvaro Ortiz hace de cada uno de ellos me parece fantástica: Sencilla en el planteamiento pero efectiva, y que además se irá completando a lo largo del desarrollo de la historia, dándoles movimiento y personalidad de una forma que pocas veces antes había percibido en un cómic (es cierto que mi principal bagaje en la historia gráfica es “sólo” el maestro Ibáñez). El autor logró que me encariñara con ellos, incluso con los que en principio parecen ser los malos, ésa es una de sus grandes habilidades.
Otra es la forma ágil en la que se desarrollan las conversaciones, su espontaneidad y cotidianeidad. Son diálogos (y no sólo los diálogos, sino incluso lo que en ocasiones nos presenta el narrador) que te hacen soltar constantemente alguna sonrisa a pesar de que no siempre se habla de cosas alegres; pero es una narración cercana, ágil y rápida.
Otra gran cualidad es como consigue integrarlo todo con el viaje, no sólo el de la historia, sino el de la vida de cada uno de los personajes. La plasmación del movimiento por la carretera y por la vida está muy conseguido. Ortiz logra un gran dinamismo.
Por último, el trasfondo de la historia, la exaltación final de la amistad, del buen rollo, del laissez faire, de la búsqueda de una vida sencilla a través de tus sueños (esto es la conexión con Brooklyn follies de Paul Auster), es lo que te deja un gran sabor de boca al terminar de leer esta historia, aunque quizá eso es porque yo también sería feliz teniendo mi propio Existencia.
¿Queréis saber qué es Existencia? Tendrés que leer la historia y descubrirlo al final de la misma. Y espero que os guste tanto como a mí.

lunes, 26 de agosto de 2013

Una frontera y las malas compañías


Parecían dos tipos inofensivos, y sin duda lo serían. Una parejita de jóvenes mochileros franceses y de aspecto un tanto bisoño haciendo autoestop cerca de una de las pocas fronteras que aún quedaban en Europa. Sin embargo su aspecto desaliñado y sucio podría darles algún problema en la aduana: los guardas de las fronteras exteriores de la Unión solían ser bastante desconfiados con aquellos que, entrando desde terceros países menos “civilizados”, no tenían el aspecto de turistas de manual, como era mi caso.
Pero igualmente, tenía que parar a recogerlos, no podía dejarlos allí tirados, aunque eso supusiera perder más tiempo en la frontera con, seguramente, algún registro de sus grandes mochilas: sucias y sospechosas.
Ella era guapa, mucho, con el pelo recogido en un moño estrambótico que dejaba a la vista su cuello grácil, esbelto como ella y, por qué no decirlo, apetecible. Sus ojos claros miraban con un desparpajo más joven que salvaje. Y el acento francés con el que adornaba su correcto y pintoresco castellano aprendido en Sudamérica eran el aliciente perfecto para preguntarse cómo sonaría su voz en un cuarto con poca luz. Él, sin embargo, era un pardillo con suerte, el típico jovencillo del que no sabes si te ha de caer bien o mal por la suerte de estar dándose un viaje mítico con una muchacha como aquella. También es cierto que el sesgo de mi visión me impedía pensar que quizá era ella quien tenía suerte de haber encontrado un hombre así: de menor estatura, pelo rapado desnudando la redondez de su cabeza de cerilla, nariz aguileña y ojos oscuros como el tizón.
El caso es que los subí en mi coche y nos encaminamos a la frontera, cinco kilómetros más allá. Les dio tiempo a contarme, sobre todo ella, ya que él apenas sí se manejaba siquiera en inglés; que habían cruzado la frontera sólo para comprar tabaco (benditos vicios, pensé, que os han cruzado con mi camino), ya que a este lado era mucho más barato, sin los impuestos, abusivos y/o disuasorios del interior de la Unión.
También pudieron contarme que estudiaban Bellas Artes y estaban haciendo un viaje de inspiración, buscando iglesias, frescos, paisajes y esculturas que hubieran escapado a los catálogos canónicos que les enseñaban en la Facultad. Les dije, con afectada pesadumbre, que yo no tenía ni idea de arte cuando me hablaron, entusiasmados, de los iconos paleocristianos que aún permanecían escondidos y desconocidos en los valles perdidos de aquellas montañas agrestes de la Europa más exterior.
Cuando llegamos al puesto fronterizo, pude comprobar que en la aduana estaban registrando aproximadamente uno de cada cinco vehículos, y que aunque estadísticamente no nos tocaba, seguramente nosotros levantaríamos alguna sospecha.
Efectivamente, los guardias, predecibles hasta el aburrimiento, preguntaron nada más ver nuestros pasaportes de distinta nacionalidad si íbamos juntos todo el camino: mi aspecto de turista playero, el sombrerito de paja, el mapa de carreteras sobre el salpicadero y el folleto de un hotel caro, no cuadraban nada ni con sus pelos revueltos, sus mochilas sucias ni sus pies descuidados de kilómetros de patearse los caminos y carreteras.
Inocente, declaré a los guardias que a ellos los había recogido cinco minutos antes y que yo venía de dos fronteras más allá, de un tour con mi coche por las costas de Grecia. Mis pasajeros, convencidos también de su inocencia, reconocieron que sólo habían cruzado ese mismo día para comprar tabaco, pero en una cantidad menor a la que había que declarar. Los guardias, no del todo convencidos, me hicieron aparcar el coche en un lateral y ordenaron que nos bajáramos del vehículo. La desconfianza de estos funcionaros fronterizos es, como ya he dicho, predecible casi al milímetro.
Un guardia joven con cara de sabueso, seguramente recién licenciado y con los bríos propios de los comienzos, se puso a mirar por encima lo que llevábamos en los bolsillos, mientras otro más mayor y de aspecto un tanto más despreocupado me preguntó que cómo pensaba volver a España en coche. Le conté los ferries que tenía reservados y que ya había hecho este viaje en ocasiones anteriores, añadiendo a mi relato las ganas que tenía por fin de entrar de nuevo en la Unión para olvidarme de las carreteras infernales del otro lado de la frontera. Dijo algo en su idioma ininteligible a su compañero más joven y se fue. Él daba por concluido su trabajo de primera criba.
El otro pidió a la pareja francesa que vaciaran sus mochilas. Yo, solícito, les ayudé a sacarlas del maletero y mostré también una mochila, que llevaba como equipaje auxiliar a la maleta más grande donde transportaba el grueso de mis pertenencias. Pregunté voluntarioso si vaciaba mi bolsa. El funcionario negó con la cabeza y señaló al maletero para que la guardara. Ya había elegido a sus presas y no quería que le hiciera perder más tiempo: la cola de vehículos que esperaban para el control de pasaportes iba aumentando.
El proceso no fue muy largo, pero mis pasajeros me pedían, apurados, perdón tanto en inglés como en castellano, lo que hizo que el guardia joven se relajara un tanto. Aunque cuando terminó de revisar uno a uno todos los objetos del interior de sus mochilas, incluyendo libros y bolsas de tabaco de liar, me llevó aparte y me preguntó si me habían dado alguna cosa. Con los ojos abiertos y con cara de sorpresa le dije que no me habían dado nada y le invité complaciente a que mirara lo que quedaba de sus pertenencias, un par de chaquetas y una bolsa, dentro del coche; explicándole detalladamente qué era mío y qué era de ellos.
Mientras acometía su registro, me adviritó, muy serio, de que la próxima vez no cometiera el error de principiante de pasar a dos desconocidos una frontera, puesto que me podrían poner en un aprieto. Que una vez dentro del país hiciera lo que quisiera, pero no para cruzar de un lado a otro del puesto fronterizo. Apesadumbrado le di la razón y, tras un par de trámites más, que incluyó la asistencia de una guardia para cachear a fondo a la chica, para mi solace más sátiro, mientras el joven sabueso hacía lo mismo con su asustado novio, terminaron sus pesquisas.
Como era de esperar no encontraron nada, así que, tras desearme un buen viaje y no dirigirles ni una sola palabra a ellos, nos dejaron continuar.
Iniciamos la marcha más relajados y echamos algunas risas recordando las caras de extrañeza de los guardias cuando ellos me pedían perdón. En su bisoñez, no se explicaban que alguien pudiera pensar que ellos fueran sospechosos de tráfico ilegal de cualquier cosa. Les di la razón, bendita inocencia.
El calor apretaba fuera (al pasar la frontera no sólo habíamos cambiado de país, sino de lado de la montaña, clima, y vegetación), las chicharras cantaban desesperadas recordando que habíamos vuelto al Mediterráneo, y los pinos amables del linde de la carretera invitaban a pararse bajo alguna sombra a contemplar las vistas del mar que aquí y allá se asomaba en cada curva del camino. No nos pareció mala idea detenernos a hacer algunas fotos, puesto que la altura del sol era la ideal para conseguir unos juegos de colores magníficos, según dijo ella. Yo asentí diciendo que quienes sabían de arte eran ellos, así que me desvié por el primer camino que se metía hacia el acantilado cercano, dispuesto a perder otro rato más con aquella encantadora pareja.
Les abrí el maletero para que sacaran las cámaras fotográficas de sus mochilas, y en un movimiento poco afortunado él arrastró mi maleta tras su bolsa, cayendo fuera del coche y abriéndose. Sus caras de asombro fueron impagables al descubrir toda una colección de ricas tallas de madera policromada representando vírgenes y santos. Lo mejor y más valioso que había podido distraer o comprar a precios irrisorios en las desprotegidas iglesias del país que acabábamos de dejar.
-Pero, ¿tú no decías que no sabías de arte? -preguntó ella inquisitiva, consciente del valor de mi cargamento.
 -Bueno -respondí culpable-, lo suficiente como para saber que esto que llevo aquí vale mucho dinero.
 -¡Ilegal! -acertó por fin a decir él en inglés.
Yo, con una tranquila sonrisa culpable, acaricié en mi bolsillo la empuñadura de mi revólver, pensándome qué hacer con él. Y con ella también, claro.

viernes, 16 de agosto de 2013

Un viaje a Santorini (escalas de ánimo mediterráneo)



Cuando empiezo un viaje siempre me asaltan sensaciones opuestas. Si viajo es porque quiero, porque lo estaba deseando, porque lo necesitaba. Y habré estado semanas e incluso meses (alguna vez años enteros) planeando ese viaje.

Sin embargo, en el momento de comenzar siempre hay una vocecita en mi interior que, aunque floja, logra hacer notar sus dudas sobre las incertidumbres del viaje, me interpela tirándome de la manga y preguntándome por qué no me quedo tranquilamente en casa, descansando en un sitio conocido, aprovechando mi tiempo para los innumerables proyectos que tengo en la cabeza o por terminar; asegurando que ahí fuera van a aparecer imprevistos y dolores de cabeza indeseados.


En el viaje en el que me encuentro inmerso ahora mismo, y que además estoy haciendo parcialmente solo (luego explicaré esto), también han aparecido esas dudas. A veces no aparecen necesariamente al principio, sino cuando llevo un par de jornadas o cuando de verdad me enfrento a "territorio desconocido".

Escribo desde una habitación de hotel en el centro degradado de Atenas, y para llegar hasta aquí he conducido mi coche desde Madrid a Barcelona, he montado en un ferry hasta Civitavecchia, me he perdido buscando mi hotel en Roma, he deambulado por las calles, ya conocidas, de la capital italiana; he continuado viaje hasta Bari y Brindisi en el Adriático, he dormido unas pocas horas en un camarote de un ferry con unos desconocidos, y me he enfrentado a las carreteras griegas durante toda una madrugada para encontrarme con parte de mi familia en Atenas.


Es cierto que parte de ese viaje lo he hecho acompañado (una ingeniera agrónoma israelí que toca la guitarra me acompañó desde Madrid hasta Bari, y un italiano que quiere montar un albergue rural en Camboya hizo camino conmigo entre Roma y Brindisi, las maravillas de internet). Pero cuando te enfrentas solo a una taquilla de check-in donde no sabes en qué idioma te atenderán o si darán por bueno el correo electrónico en el que te confirma la reserva una tercera parte; cuando vas por una carretera donde las indicaciones son inexistentes, o te vas a dormir con las dudas de si a la mañana siguiente estará tu coche donde lo dejaste aparcado; pues en ese momento la vocecita impercitente te dice: "¿No estarías más tranquilo en casa?".


Sin embargo, el placer de volver a mirar hacia arriba en el Panteón de Agripa, de observar el atardecer desde la cubierta multinacional de un ferry que sale de un puerto lejano, el encontrar el camino para llegar a un punto clave de la ruta, marcado en rojo en tu mapa; o el paseo curioso y descubridor por una ciudad antigua y castigada pero orgullosa como Atenas, donde los olores y los paisajes te llevan a sitios aún más lejanos; todo esto hace que las dudas se disipen y que a ratos tengas que detenerte y decir: "Estoy de vacaciones y estoy disfrutando, que la emoción no te haga olvidar eso".

Tras dos días turisteando con la familia en Atenas, he vuelto a quedarme solo, y mañana vuelo a Santorini para estar allí dos días (veré de nuevo, por unas horas, a la familia durante la boda de mi primo). Y a continuación seguiré viaje por mi cuenta hacia la desconocida Albania (quién sabe qué sorpresas o decepciones me esperan en Tirana, por ejemplo), y hacia la más conocida costa de Montenegro y Croacia.

Supongo que durante todo este periplo que aún he de recorrer, mis estados de ánimo subirán y bajarán, pero pienso que todo viajero, en sus nuevas travesías, sobre todo en soledad, es víctima de las dudas y las incertidumbres. Tengo ganas de vivirlas y de atesorar nuevos recuerdos y nuevas experiencias.

lunes, 29 de julio de 2013

VIAJES: Breve e incompleto listado de libros viajeros

  Podríamos partir de la premisa de que "todo libro es un viaje", y bien cierto que es: mis primero viajes literarios fueron con Julio Verne al cono sur, tras los pasos de Los hijos del capitán Grant y siguiendo luego a Miguel Strogoff, el correo del zar, por las estepas rusas camino de Irkustk.
 
  Sin embargo, aprovechando que el verano está en pleno apogeo y que ésta es una de las épocas del año en las que, aprovechando las vacaciones, más se viaja; hablaré de viajes literarios por partida doble. Quiero daros un pequeño e incompleto listado de libros de viajes improbables, relatos de viajeros, de gentes que hicieron grandes rutas, imaginadas o reales, y de cuya lectura podemos sacar muchas lecciones de lo que es un viaje. Para viajar leyendo libros de viajes, dándole una vuelta de tuerca a la premisa del principio.
 
  Sin duda, y con el bagaje que tengo gracias al Rally Mongol, he de empezar hablando de Asia Central, la calle principal de los primeros "viajes organizados" de la Humanidad: las expediciones comerciales y caravaneras de la Ruta de la Seda, algunos de cuyos caminos transité en 2011.
 
  Por eso, el primer libro de viajes que os cito no puede ser otro que El libro de las maravillas del croata-veneciano Maro Polo.
 
La colección Tus libros de Anaya es para mí una de las mejores y más didácticas
 
  Se trata de un compendio comercial, diplomático, cultural y etnográfico de las tierras atravesadas por Marco Polo en sus viajes, conectando el mundo cristiano medieval con la civilización nómada de los tártaros, de cuyo emperador, el Gran Khan, llega a ser enviado diplomático.
 
Imaginar que ya no se pueden hacer viajes de ese calibre y con ese significado (a no ser que los extraterrestres nos lleven a otro planeta) me produce un gran desconsuelo.

Incluso Cristóbal Colón tenía una copia del libro de Marco Polo.
 
  Siglo y medio después, y siguiendo los pasos del mercader y diplomático veneciano tras el Gran Khan, tenemos a Ruy González de Clavijo y su Embajada a Tamorlán.
 
 
  
   Es la narración del viaje que inició en 1403 el madrileño Ruy González de Clavijo para intentar establecer una relación diplomática con los mongoles y aliarse con éstos contra los otomanos que amenazaban a Europa en los Balcanes.

La ruta de Clavijo hasta Samarcanda, con la que nos cruzamos, o seguimos, durante nuestro viaje a Mongolia en 2011.

 
  Clavijo, en su narración, nos cuenta las impresiones que recibe de ciudades mediterráneas, de la mítica Bizancio, donde pasa el invierno de 1404 esperando mejores condiciones para navegar por el mar Negro; nos narra las inseguridades de las tierras donde cada reyezuelo o mercenario impone sus normas a los comerciantes, los horrores del desierto en Irán y Afganistán, las diferencias religiosas dentro del cristianismo, la corte exuberante de Tamerlán, sus dificultades en los recibimientos que le ofrecían debido a su condición de abstemio... En resumidas cuentas, una crónica detallada y asombrada de lo que le iba saliendo por el camino a este primer gran viajero castellano.


Mientras Pau juega con unos niños mongoles en la frontera con Rusia en Tashanta, podéis ver en la guantera de la ambulancia como asoma la Embajada a Tamorlán, que nos acompañó en el viaje.
 
 
  
Más reciente, tenemos Tierra de hombres, de Antoine de Sain Exupéry. El autor de El principito nos cuenta en este libro sus experiencias vitales y sus impresiones del mundo en el que vive a partir de una accidente que sufrió en 1935 en el desierto de Libia cuando volaba entre París y Saigón tratando de establecer un récord de navegación aérea.
 


  Otro viajero incansable en Asia Central fue el sueco Sven Hedin, a quien los Aventureros solidarios no descartamos emular en el futuro (sólo en su vertiente viajera, ojo)
 
 Los viajes del sueco. Ni Marco Polo
 
  Algunos de sus libros de viajes son A través de Asia (1898), La conquista del Tíbet (1935) y Mi vida como explorador (1926), donde relata las expediciones que hizo en aquella difícil región, en lo geográfico y lo geopolítico, donde los imperios rusos, chino y británico chocaban por hacerse con el control del corazón de Asia (la guerra de Afganistán no es más que una continuación de la que ya mantuvieron los británicos en el siglo XIX y en las que empiezan las andanzas del doctor Watson en las aventuras de Sherlock Holmes), y donde cualquier extraño podía ser un espía del enemigo en aquellos valles perdidos y esas llanuras interminables.

Si no creéis lo de los espías en la estepa, leed las aventuras de Miguel Strogoff, de Julio Verne. Disfrutaréis atravesando los Urales bajo la tormenta, haciendo equilibrios en los hielos del lago Baikal o enviando telegramas desde una estación telegráfica perdida en mitad de la estepa.
 
También en esta región podéis leer Viaje a Oxiana de Robert Byron, que nos cuenta cómo en los años 30 del siglo XX busco los orígenes de la arquitectura islámica.


 
Y terminando ya con Asia Central, deberíais leer a Freya Stark, una viajera y aventurera británica que en el primer tercio del siglo XX buscó en las montañas al sur del Caspio (el actual Irán) el valle de los Asesinos, Valley of the Assassins, una secta del Islam que pervivió durante siglos en esa región escondida del mundo gracias a la política de asesinatos selectivos que mantenían para continuar en su puesto. Si sois lectores y/o seguidores de Juego de tronos, seguro que podéis sacar la relación del nombre de esta exploradora con dos de las casas de los Siete Reinos. Y si lo relacionáis con el título del libro y la forma de perpetuarse de los Assassins... Os podría fastidiar con un spoiler de la serie... Pero eso es otra historia.

Los Frey, los Stark, asesinatos...
 


Cambiamos de continente y nos vamos a África, para hablaros de dos norteamericanos locos que en 1936 atravesaron África desde Lagos (Nigeria, golfo de Guinea) hasta el mar Rojo, al este.
 
 
En sidecar.
 
 
Decidieron hacerlo porque cuando el barco en el que viajaban hacia la India hizo escala en Lagos, escucharon la historia de alguien que acababa de llegar desde el otro lado del continente en coche. Y ellos preguntaron "¿En moto lo ha hecho alguien esto de atravesar África? ¿No? Pues lo hacemos nosotros".
 
Eran James C. Wilson y Francis Flood, y las pasaron canutas en desiertos y pantanos, pero disfrutaron de un África amable que empezaba a ser conocida, pasaron la Nochebuena y Nochevieja con regimientos coloniales franceses, y eran esperados, gracias al telégrafo o a caravaneros, en cada pueblo por el que pasaban.
 
Contaron su aventura en el libro Three-wheeling through Africa. Algún día me gustaría seguir sus pasos.
 


Si os gustan los largos viajes en moto, podéis buscar inspiración en esta lista, o seguir los pasos de Miquel Silvestre, leyendo Un millón de piedras. En este libro, Silvestre nos habla de su viaje por África en moto, las impresiones de esa experiencia: el camino, un continente inmensamente diferente, sus gentes y él. Y si le seguís la pista descubriréis que con sus viajes en moto intenta rescatar del olvido a exploradores olvidados, viajeros y aventureros del pasado, que como Ruy González de Clavijo, se vieron en los confines de su mundo.
 
 
 
 
 
Como os dije al principio, todo libro es un viaje, pero en estos libros hay muchos viajes. ¿Cuál es el vuestro?