domingo, 9 de marzo de 2014

La mujer bala


Primera frase tomada del concurso de microrrelatos en cadena de la SER.



Todo el mundo, supo que era una mujer bala, y encima estaba cañón, pero eso de poco serviría.

Atravesó la ventana del living de Esperanza, la del quinto, un jueves mientras merendábamos. La vieja, que guardaba unas provisiones considerables de chocolate a la taza en su despensa, pensó que aquella mujer bala era en realidad un “ángel de Charlie” que venía a rescatarnos. Preferimos no corregirla: cuando se enfadaba nos dejaba sin merienda, y las provisiones empezaban a escasear.

La nueva inquilina de nuestro edificio pasó entre la mesa y la lámpara del techo en un alarde de habilidad que arrancó los aplausos entusiasmados de los niños y del repartidor del Mercadona. Yo protegí mi chocolate sin dejar de admirar los muslos enmallados de aquella mujer voladora que desapareció por la puerta del dormitorio. Afortunadamente estaba abierta, y ahora la mujer bala, su casco, su capa y esas mallas brillantes se levantaban de la cama de la vieja Esperanza. Sonreí: los invitados imprevistos escaseaban.

Había perdido ya la cuenta de los días que llevábamos atrapados en aquel edificio en el que una buena mañana, a la hora de preparar la comida, la escalera se convirtió en un bucle infinito en el que desde el primero bajábamos al quinto y desde el quinto subíamos al primero. Fuera no nos escuchaban, las ventanas seguían bloqueadas y el chocolate de Esperanza se acababa.

Instintivamente miré los cristales rotos de la ventana del living… Una caída demasiado grande… La mujer bala se quitó el casco al salir de la habitación.

Recapacité: lo mejor que podía hacer era hacerle una visita guiada por el edificio, quizá le gustara mi habitación.

domingo, 23 de febrero de 2014

NO FUNCIONÓ (El origen de todo esto)

Fue un 22 de enero de 2008. Era festivo en Valencia y me levanté tarde, a la hora en la que empezaba en la radio el concurso de microrrelatos. Lo escuché y decidí participar. El relato debía comenzar con la frase «No funcionó».

Y vaya si funcionó. El 4 de julio siguiente estaba en La casa encendida de Madrid participando en la primera final anual del Certamen de Microrrelatos de la SER.

Gracias a esto publiqué mis dos libros y abrí este blog. Ahí va:


No funcionó. Horas después el tipo con cara de imbécil, corona de plástico y caballo de cartón seguía junto a la charca, escrutando bajo los nenúfares, intentando localizarme.
 
Después de pedir auxilio durante años por fin apareció alguien, pero no quien yo esperaba, sino un loco reglamentario que me pilló despistada, dándome un asqueroso y sonoro beso en los labios. Por Dios, qué asco.
 
Aterrorizada pude escapar de un salto y ocultarme tras los juncos, esperando que se cansara y se largara de allí. Pero las horas estipuladas al caso pasaron y no pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando.

sábado, 8 de febrero de 2014

El sol, el mar...

Invierno, 7:30 de la mañana. Parado de pie, resistiendo al frío en un semáforo de una gran avenida de Madrid. A 671 m por encima del nivel del mar, a 305 kilómetros del punto costero más cercano (precisamente el lugar donde meses atrás yo tenía un huerto).

El cielo que asoma delante de mí entre los edificios aún está oscuro. Hace meses que salgo de casa de noche, llego al trabajo de noche y vuelvo a salir de la oficina cuando hace rato que el sol se ha escondido.

Sin embargo esta mañana, parado delante de ese semáforo, tan lejos del mar, no sé por qué motivo me he dado la vuelta y he mirado hacia el Este. He visto entonces que el cielo clareaba, que el alba estaba ya bastante adelantada allí a mis espaldas. Y me he acordado en ese momento de que durante casi toda mi vida, tanto por la mañana como por la tarde, he caminado con el sol de frente.

Siendo niño iba al colegio desde el barrio de Carrús de Elche hacia más allá del Parque Municipal, al Luis Cernuda, viendo el sol saliendo entre las palmeras, y cuando regresaba a casa por la tarde lo volvía a ver delante de mí, enrojeciendo el cielo cuando se escondía tras la sierra de Crevillente.

Llegaron los años de universidad y trabajo en Valencia, y ocurrió lo mismo. Por las mañanas enfilaba por la calle Doctor Zaragozá, la del tranvía a la Malvarrosa, hacia la playa, para ver el amanecer en ese paisaje donde lo urbano se mezcla con la huerta, donde el olor del mar y del campo aplastan al de la ciudad. Mientras que por las tardes regresaba el oeste, a terminar el día hacia el mismo lugar donde el sol concluía el suyo.

Nunca fui consciente de eso hasta esa mañana parado en un semáforo de la calle Serrano de Madrid, donde he caído en la cuenta de que aquí hago al contrario, recorriendo sentidos inversos de los que he caminado casi toda mi vida.

Y he pensado en el BlueMonday. Una fecha fatídica, el día más deprimente del año según la web mentalhealth. Suele ser a finales de enero, es decir, hace poco que lo hemos pasado, y aunque ya estamos en febrero, mes que en Valencia ya promete los olores preprimaverales de Fallas y que en Elche tengo asociado a las tardes de vientos recalentados de poniente que anuncian que el simulacro de invierno del sureste ha terminado; aquí en Madrid parece alargarse interminablemente hasta el famoso 40 de mayo (al menos así ocurrió el año pasado).

Y entonces me parece que siempre llueve y siempre hace frío, pero que cuando llegue el calor mesetario el mar no estará aquí al lado para refrescarme con su brisa nocturna. Y mi cerebro se reirá de mí cuando, subiendo por María de Molina y avenida de América, me traiga al recuerdo ese momento mágico en el que por primera vez divisaba la playa de Arenales del Sol desde el Renault 9 de mis padres. Era en la avenida de Menorca, que sube a lo alto de la duna. Sabías que allí al otro lado estaba el horizonte azul del mar, pero el cambio de rasante no te lo permitía ver hasta que coronabas la calle y de repente allí aparecía la playa, allí abajo, al final del asfalto: la arena y las olas.
 
Mil veces bajaré por esa calle y mil veces me emocionaré cuando aparece la playa.
 
 
Han sido tantísimas tardes con esa secuencia de imágenes grabándose en mi mente durante la niñez, que mi cerebro traicionero me las trae las jornadas soleadas en las que aún es de día cuando subo por avenida de América, y el cambio de rasante del asfalto se recorta contra el cielo. Y además, para más inri, me hace recordar el olor de la brisa marina y la luz difuminada en la bruma que desde la playa avanzaba por la huerta norte de Valencia hacia ese camino que yo recorrí durante 17 años todos los días.
 
Allí me di cuenta de que me no me importaría que mi vida fuera como un cuadro de Sorolla.
 
 
 
Allí detrás no está la playa...
 
Y en esos momentos recuerdo las tardes del verano del 94 en Santa Pola, cuando aquella muchacha de pelo largo y rizado se cansaba de estar tumbada y se quedaba durante minutos quieta en la orilla, con el agua hasta los tobillos, bikini azul y pareo marrón, de espaldas a nosotros mirando a la bahía. Lo hacía todos los días regularmente. Recuerdo que con mis amigos Dani y Álex le pusimos el mote de Mirando al mar.
 
 

Será que me estoy integrando con el sentir madrileño, que cada vez que hay ocasión intentan escapar fuera de esta ciudad hacia el mar. ¿Cómo pretenden que no quiera volver al mar si durante 35 años he visto cómo los madrileños atascaban las carreteras que venían a los lugares donde yo he vivido?
 
 
Al mar!
 
 
El sol y el mar... Algo tienen, y ese algo sin duda no está en los largos inviernos del interior.

sábado, 1 de febrero de 2014

El Género Fantástico

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Aprovechando que a finales del mes de febrero (21 y 22) se celebra en Elche la segunda edición de Fanta Elx, el Festival de Cine Fantástico de Elche, en su segunda edición, vamos a investigar un poco en los géneros tanto cinematográficos como literarios de lo fantástico, el horror y el terror.



Pero claro, primero habría que intentar buscar las líneas divisorias, entre estos géneros, cosa complicada ya que en muchas ocasiones se superponen. Si intentáramos hacer una representación de cómo se relacionan, incluyendo también a la ciencia ficción, y valiéndonos de conjuntos, lo tendríamos bastante complicado (estoy trabajando actualmente en ello), puesto que los cuatro intersectan dos a dos, tres a tres y por supuesto existe la intersección total de todos ellos. Aunque es cierto que en muchas ocasiones, se etiqueta a prácticamente todos estos estilos dentro del cajón desastre del cine fantástico o la literatura fantástica.

Pero esto no es correcto: no olvidemos el terror psicológico y puro que tan bien se le daba a Alfred Hitchkock, ni por supuesto la ciencia ficción más o menos realista basada en predicciones técnicas posibilistas, donde hay más ciencia que fantasía.
 
Mientras duermes
En este punto he de citar a Jaume Balagueró, uno de los directores españoles más destacados dentro del género fantástico y de suspense. Además de firmar títulos como [REC], Frágiles o Los sin nombre, es capaz de hacer trabajos inquietantes como Mientras duermes, donde no son necesarios los efectos especiales ni lo sobrenatural para agobiarte de terror.

Pero volviendo a la fantasía, ésta suele incluir otros subgéneros como la Fantasía heroica o el de Espada y brujería. Sin duda todo esto daría para un máster muy interesante. Pero en general sus rasgos comunes son los elementos mágicos y extraordinarios así como sobrenaturales, que pueden o no estar presentes en los otros géneros mencionados.

De todas las definiciones que he encontrado, al que más me gusta es ésta de Dostoievski: “Lo fantástico debe estar tan cerca de lo real que uno casi tiene que creerlo”. Ésa es para mí la esencia de la literatura fantástica, que te metas en ella sin cuestionar lo que te están contando.
 
Y es que la fantasía hunde sus raíces en las leyendas y poemas épicos que desde antes de la escritura transmitieron de generación en generación la explicación del mundo. Prácticamente se diferencia de las cosmogonías en que éstas se convirtieron en objeto de fe e institucionalizadas por la creencia en “hombres del espacio” que nos crearon a su imagen y semejanza, mientras que con el resto de historias se asumió que eran objeto de la imaginación humana. Así, en el género de lo fantástico se asume que todo lo sobrenatural, todo lo insólito, monstruoso y que escape a la lógica humana es precisamente eso: fantasía, no algo divino contra lo que no se puede, o no se debe luchar.

 

Seguro que Dios es sobrenatural, porque con lo caro que está el recibo de la luz, no hay humano que pague ese gasto.

Pero eso sí, el "Hombre del Espacio", para hacernos ver lo malo que nos habíamos vuelto gracias al libre albedrío que nos regaló, envió a su hijo a que lo matáramos.
 
 


Pero si buscamos la obra a la que los entendidos atribuyen ser el primer título de literatura fantástica moderna (porque si nos remontamos a la antigüedad tendríamos El poema de Gilgamesh en Sumeria, de hace sólo 4.000 años…), debemos irnos a 1772 para leer El diablo enamorado, del francés Jacques Cazotte. Se trata de la historia de un joven que invoca al demonio y éste se enamora de él. Así que el diablo lo que hace es transformarse en mujer y entrar al servicio del joven humano como si fuera su paje, a ver si así con la cercanía consigue camelárselo. El problema es que el tipo resulta ser muy celosos de su virginidad, con lo que el diablo lo tiene complicado. La verdad es que es un tema muy curiosos y divertido, aunque según algunos este argumento esconda tras de sí cierta misoginia. Habría que leerlo para saber realmente qué carácter da Cazotte al héroe de esta historia.
 
Si el diablo fuera Elizabeth Hurley, habría que pensárselo, ¿no? ¿Verdad Hugh Grant?

Pero el estallido de la literatura fantástica se da el siglo siguiente con la llegada de los románticos y el terror gótico. El gran hito es sin duda Frankestein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Esta obra es considerada como el primer título de ciencia ficción, como ya he dicho alguna vez en este espacio, y fue escrita durante 1815, el año sin verano. Se da la maravillosa circunstancia de que ese año, en el que la erupción del volcán Tambora cubrió los cielos de Europa de cenizas privándola de verano, un niño llamado Edgar Allan Poe, también un referente del terror y de la fantasía, hizo uno de sus dos únicas travesías en barco. Quizá este viaje bajo un cielo oscuro por las cenizas del volcán, las mismas que ayudaron a Mary Shelley a crear su Frankestein, es posible que ayudaran a que creciera en la imaginación de Poe su única novela, La narración de Arthur Grodon Pym (1838), otra de las historias fundadoras de la ciencia ficción y el terror.



Precisamente en esta novela se inspiraron más tarde otros clásicos en estos géneros como Julio Verne con  La esfinge de los hielos (1897) y Howard Phillips Lovecraft con En las montañas de la locura (1931), desarrolladas todas estas obras en la Antártida, uno de los últimos rincones desconocidos de la superficie terrestre en aquella época, y tanto campo abonado para el desarrollo de la fantasía.

Lovecraft, junto con Poe, son los grandes pilares de la fantasía y del terror en la cultura norteamericana, la que más nos ha influido. El primero creo incluso una mitología propia con los mitos de Cthulhu que aún hoy en día son un referente en todos los autores que profundizan en el género de lo fantástico.


Enlazando con la creación de mitologías propias, en las que los dioses tienen ciclos temporales y espaciales que escapan a las edades del hombre, no podría dejar de hablar de Tolkien y toda su cosmogonía alrededor de la Tierra Media, que recoge elementos tanto de la Fantasía Heroica como de Espada y brujería. Me atrevería a afirmar sin miedo que El Silmarillion (1977) y El señor de los anillos (1954) son, junto con las famosas Crónicas de Narnia (1949 a 1954) los grandes referentes de toda la fantasía épica que ha venido después, desde las aventuras de Harry Potter a las obras de la valenciana Laura Gallego, una auténtica superventas infantil y juvenil con las Crónicas de la Torre y Memorias de Idhún. Sabed que la envidio profundamente… Con 22 años, en 1999, ganó su primer premio de El barco de vapor, y dos años después lo ganó de nuevo. También ha ganado el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. ¡Quiero ser como ella!

Y no puedo dejar de hablar de las Historias muertas de Fran Mateu (organizador de Fanta Elx), una colección de relatos que muestra la perturbada mente de su autor, toda la oscuridad que hay ahí dentro.


El equipo de Historia muerta, la película de la que salieron las Historias muertas.

Toda esta literatura, como no, ha dado pie a innumerables películas, algunas originales, y otras muchas basadas en los relatos previos, tanto fantásticos, como de terror, horror y ciencia ficción, siendo los géneros de mayor impacto en el público.

Desde la muda Viaje a la Luna, pasando por todas las versiones de Drácula (otra novela fantástica en los dos sentidos de la palabra), King Kong, los Alien, La historia interminable (libro de Michel Ende que todo niño debería leer), las de Indiana Jones, La guerra de las galaxias, Willow, La princesa prometida, Transformers, Regreso al futuro, El mago de Oz, Conan, Dentro del laberinto, Las aventuras del barón de Munchaussen, e incluso series como Juego de Tronos donde también hay elementos sobrenaturales fantasía.
Quién sabe, quizá algunos de los participantes de la edición 2014 de Fanta Elx llegue algún día a dirigir películas que quedarán para siempre dentro de esta lista.


 Este año Fanta Elx rinde homenaje a Colin Arthur, maestro de los efectos especiales y creador, entre otros, de algunos de los personajes de La historia interminable. 

Y por último no me quiero olvidar de obras cumbres de la fantasía y del terror como son los programas electorales del PP y del PSOE.

martes, 31 de diciembre de 2013

2013: El año que no debió existir

Recuerdo que una vez escuché decir a alguien que los años impares eran peores que los pares. Sin duda, tal afirmación no se basaba en ningún estudio, puesto que ningún estudio sería capaz de resolver de forma objetiva qué año fue mejor que otro: nacimientos, muertes, catástrofes (universales o personales), rupturas, declaraciones de amor correspondidas, grandes aventuras, fracasos estrepitosos, el paro, ascensos...
 
Es cierto que aún incluso dentro de la dinámica de crisis en la que estamos inmersos, y donde los informativos se ceban con las malas noticias (la política del miedo que nos hace ciudadanos inmóviles, atenazados por la preocupación, incapaces de pensar o de rebelarnos, que tanto conviene a los gobernantes y a los medios de comunicación), no ha dejado de haber buenas noticias.
 
Para ser justos con 2013, el año que no debió existir puesto que según las interpretaciones catastrofistas del calendario maya el mundo se terminó el pasado 21 de diciembre de 2012 (¿quién sabe si todo lo que estamos viviendo ahora no es más que un sueño, o pesadilla, que está dentro de mí al escribir estas líneas, o de ti, lector de las mismas?), deberíamos ser sinceros con nosotros mismos y repasar la lista de acontecimientos, noticias y vivencias de los últimos 365 días cuando estemos de buen humor, para evitar que el recuerdo de lo malo nuble lo bueno de este año que, personalmente, para mí no ha sido el mejor.
 
Lo que para mí parecía comenzar como un año más de la vida placentera que llevaba en Valencia: mi grupo de amigos con los que salir a tomar una copa por las mil veces pateadas calles mediterráneas, ver el fútbol en el Wooden de Paula y Sebas con Luis y Pablo, las mañanas de sábado en el huerto de Alboraya, los 20 minutos a pie para ir al trabajo atravesando el barrio de Benimaclet, las dos horas cortas entre Valencia y los fines de semana ilicitanos, el olor del mar, las carreras por el Jardín del Turia, las tardes piscineras de verano en la piscina de la urbanización... Todo eso se ha venido abajo, se ha esfumado: El grupo de amigos está disperso por medio mundo, el Wooden ha cerrado (al menos queda el Café Infinito de Silvia y Frankie, que espero sigan esperando nuestra vuelta hasta el infinito y más allá), el vergel de la huerta valenciana al lado de casa es ahora una parcela  de verano a 30 km en la algo más dura vega del Jarama, he de caminar más de media hora por avenidas ninguneantes y contaminadas, comerme atascos kilométricos en las autovías que confluyen en este gran agujero negro o puerta del cielo que es Madrid, en el metro huele a estrés, la M30 es la peor compañía para correr por un parque y los veranos son duros lejos del mar...
 
Objetivamente he perdido en calidad y nivel de vida durante 2013.
 
Pero...
 
Siempre hay un pero, incluso para bien: el convencimiento de retomar proyectos literarios que dormían un sueño que no les correspondía, la puesta en marcha del proyecto de Aventureros Solidarios, la buena gente encontrada y reencontrada en Madrid (lo mejor de esta ciudad), el convencimiento de que hay que hacer algo para salir de esta situación, los viajes realizados, la nueva comunidad de la RCP, los proyectos viajeros alumbrados... La visualización de un camino por el que escapar hacia lugares y estados más plácidos... Eso está en el HABE de 2013.
 
Mejor no hacer balance entre DEBE y HABE, sino quedarse con lo bueno y esperar que 2014 nos dé la luz que buscamos.
 
 

martes, 17 de diciembre de 2013

ESE EXTRAÑO OLOR (1er finalista concurso relatos TR 2013)

El siguiente relato, presentado al concurso de relatos cortos de la empresa donde trabajo, ha sido galardonado con el segundo premio (es la segunda vez que escribo un segundo premio, tengo vocación de segundón). Vosotros me diréis si podría haber sido premiado ganador.


ESE EXTRAÑO OLOR



Estornudé como si no hubiera otro medio de comunicación entre la Tierra y los planetas más allá del cinturón de asteroides y saqué el último pañuelo de papel que me quedaba. Intenté economizar rácanamente el clínex, consciente del desastre incoming por la carestía de este adminículo. Así que con cierta aprensión volví a meterlo en el bolsillo de mi americana: guardaba la esperanza ilusoria de que me quedaran centímetros cuadrados para los próximos usos.

Seguidamente empezó a llover, por lo que con un mal humor arreciando protegí como pude el rollo de planos con mi cuerpo y me dirigí a paso vivo hacia la mole de Nuevos Ministerios. No había rastro del hombre que solía vender pañuelos en los semáforos de la Castellana, por lo que no tuve otra que encomendarme a la vitamina C del zumo de naranja del desayuno (intuyo que nula por tratarse de un zumo caducado dos días atrás, problemas de hacer seguidismo a un ministro tragaldabas). Y, con el seno nasal derecho saturándose nuevamente, esquivé los coches que por arte de birlibirloque se aparecen mágicamente cual mocos mecánicos congestionando Madrid cada vez que asoman las famosas cuatro gotas de lluvia: soy de la opinión de que a cada una de estas gotas habría que llamarlas como cada uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

El caso es que llegué a la arcada ciclópea de los Nuevos Ministerios, donde con la excusa de protegerme de la lluvia recuperé el aliento: respirar por media nariz, luchando además para que el moco que satura la otra media no deslice bigote abajo tiene un arte poco reconocido pero muy sacrificado. En ese momento mi teléfono móvil sonó alegre con el tono de los mensajes recibidos, inocente de la mañana de perros que se pronosticaba. Temía que, como muchas otras veces, la reunión se hubiera cancelado y por tanto mis divagaciones congestionadas entre el tráfico y bajo la lluvia hubieran sido vanas, pero no. Era mejor aún. Mucho mejor: mi jefe se descolgaba de la reunión, así que me tocaría defender, en una reunión a la que básicamente acudía sólo para llevar planos, un proyecto al que acababa de incorporarme.

El mal humor quedó sepultado por una ola de frustración, o por la falta de oxígeno, puesto que mi nariz estaba a punto de colapsar.

Y además se hacía tarde.

Salí nuevamente a la lluvia preguntándome por la sonoridad del arameo y, sorbiéndome los mocos discretamente, me dirigí hacia Fomento. En la puerta, y al mismo tiempo que estornudaba tirando por tierra toda la labor de contención nasal, tropecé con un mensajero con casco incorporado que salía corriendo del edificio. Quise disculparme por llenarle la visera de mocos, pero el tipo no se dio por aludido ni por salpicado, y continuó su camino dejando tras de sí un olor penetrante que incluso atravesó la barrera de mucosas de mi nariz.

No di al asunto más importancia de la que le daba el perjudicado y entré usando mi último trozo de clínex disponible para limpiarme el desbordamiento del último estornudo.

El vigilante no estaba, sólo una bedel que seguramente llevaba allí desde antes de que levantaran la mole ministerial y que, a pesar del trasiego de la calle, dormitaba plácidamente en el mostrador del vestíbulo. Le enseñé mi DNI soltando un buenos días gangoso y al borde de otro estornudo eyaculatorio. La señora abrió los ojos como platos y sonrió alegre mirando el documento.

–¡Es como tú! –exclamó entusiasmada señalando la foto.

Sonreí indiferente (mejor no llevarle la contraria a un bedel ministerial) y esperé a que hiciera las gestiones para darme el pase. Por dar conversación, aunque mi nariz taponada lo desaconsejaba, saqué a colación el extraño olor que vagamente percibía.

–¡Yo no he sido! –se limitó a decir mientras aporreaba esforzadamente el teclado.

Visto el éxito, y con mi nariz a punto de desbordar, dejé el tema y le pregunté por un pañuelo de papel.

–¡Entonces has sido tú, pilluelo!

Abrí los ojos al mismo tiempo que me ponía colorado sin ningún motivo y miraba a ambos lados para saber si había allí alguien más en quien apoyarme, pero mi soledad era total en aquel vestíbulo.

–Tranquilo rey, que no se lo diré a nadie –aclaró guiñándome un ojo al darme mi acreditación.

Aún impactado por la actitud de la bedel, me dirigí a los ascensores limpiándome indisimuladamente la nariz con el dorso de la mano derecha. Desde el otro lado de la puerta del ascensor llegaban voces y risas que se colaban desde las plantas superiores. Nunca había escuchado tanto jaleo en el Ministerio, y nunca había visto a dos personas jugando al tute en un ascensor, puesto que eso es lo que vi en cuanto las puertas se abrieron. Un técnico de Puertos y el Subdirector General de Transporte Aéreo me miraron sonrientes y me invitaron a entrar con cuidado para no tirar la pila de tomos de Recomendaciones de Obras Marítimas, que habían usado como mesa.

–Pase usted, buen hombre. Póngase aquí –me indicó el Subdirector–. ¡Arrastro!

–¡Qué suerte tiene el jodío! –se quejó el de Puertos–. Los hay que la flor les viene con el cargo, ¿eh? –y me guiñó un ojo antes de echarse a reír.

Sonreí tímidamente mientras las puertas se cerraban y pulsé al primer piso para bajarme lo antes posible. Aquellos dos se pusieron a contar sus triunfos sin hacerme caso, hasta tal punto que aunque un estornudo traicionero me sorprendió repentinamente sin que pudiera volver la cabeza, mis compañeros de viaje se limitaron a reír cuando el vendaval de mocos y saliva voló las cartas que descansaban sobre las Recomendaciones del diseño y ejecución de las Obras de Abrigo.

–¡Toma ya! Esto sí que es un Jet stream –se limitó a afirmar eufórico el Subdirector General mientras el otro recogía naipes del suelo.

Las puertas se abrieron y salí con unas goteras considerables en la nariz. En el primer piso era aún más fuerte el extraño olor que ya se notaba en el vestíbulo, pero no me dio tiempo a pensar qué era, puesto que el Jefe de la Oficina del Plan de Carreteras, con quien había quedado dos plantas más arriba, se me lanzó como si me estuviera esperando tras la puerta del ascensor y me arrebató los planos.

–¡Tú la llevas! –gritó como un crío travieso al mismo tiempo que salía corriendo por el pasillo.

–¡Las cuarenta en bastos! –escuché a mi espalda, con la puerta del ascensor ya cerrada.

Y eso pensé yo, que pintaban bastos y que ya no sabía si volverme por donde había venido y que le dieran por saco a la reunión, o si seguir la pista de mis planos a pesar de la congestión y la paranormalidad que parecía haberse instalado en el Ministerio. Fuera llovía y hacía frío, y además debía intentar sacar algo en claro de la reunión, ya que mi jefe no venía, así que decidí perseguir al funcionario con mis planos, que se había metido por una puerta en mitad del pasillo.

Antes me di una tregua nasal parando en el cuarto de baño en busca de papel higiénico, pero me encontré con la señora de la limpieza emboscada tras la puerta y amenazándome con el mocho.

–¡Atrás loco! –gritó agitando la fregona.

–Señora, necesito papel –imploré señalándome los lamparones que me volvían a colgar.

–¡No puedes pasar! –insistió golpeando el suelo con el palo de la fregona.

–Pero… ¿Qué demonios está pasando aquí? –logré gangosear.

–Algo huele a podrido en…–comenzó a decir mientras giraba la cabeza. Pero se calló y miró al urinario que había detrás de ella. Parecieron unos segundos eternos en los que esperé a que me señalara algo, que me diera un indicio de lo que ocurría, pero en lugar de eso hizo un movimiento rápido con el palo del mocho, ensartó un rollo de papel higiénico que había junto al lavabo y me lo lanzó furiosa a la cara.

–¡Corre, insensato! –y desapareció de mi vista dando un portazo.

Vencido por las circunstancias me dirigí a paso calmo por el pasillo, sin hacer excesivo caso a la fila de funcionarios que avanzaban sobre sus sillas de ruedas siguiendo las instrucciones del Subdirector General de Recursos Humanos.

–¡Boga de ataque! –gritaba desde lo alto de una cajonera enganchada a la última silla de la fila.

Lo saludé, por cortesía, con un arqueo de cejas. Saludo que fue respondido con una digna inclinación de cabeza, y continuó arengando a su muchachada. Sin darle más vueltas al tema me metí en la sala por donde habían desaparecido mis planos.

–Adelante, le estábamos esperando –me dijo el ladrón desde el otro lado del escritorio.

Le flanqueaban, como si se tratara de un tribunal, un conserje de la tercera planta y el cocinero del bar del Ministerio. Éstos observaban los planos atentamente y anotaban garabatos en sus márgenes.

– Y, ¿a dónde va esta carretera? –preguntó el conserje.

–Es una variante de población –declaré.

– ¡Localidad, pueblo, municipio…! –enumeró con entusiasmo el del bar.

– ¡Ciudad! –puntualizó el Jefe de Carreteras.

–No un sinónimo –atajé–. Es la circunvalación de Villar del Río.

–¿Y adónde va? –inquirió de nuevo el conserje.

– ¿La carretera?

–¡No, el río!

–Qué sé yo –empecé a perder la calma, y el aliento porque volvía a congestionarme–, al Ebro.

–Mi primo tenía un furgón Ebro –declaró el Jefe de Carreteras–, pero yo no vi ningún río.

–¿Y la carretera? –continuó el conserje sin hacerle caso.

–¿La carretera qué? –pregunté gangoseando.

–¿Adónde va?

–A ningún sitio, ¡es una variante, una circunvalación! –estaba perdiendo la serenidad, y el aire–. ¡Va al principio!

–¿Y de dónde viene? –siguió el conserje sin inmutarse.

–¡De freír espárragos, la dichosa carretera viene de freír espárragos! –solté impaciente antes de sacar el rollo de papel higiénico y sonarme ruidosamente, sin pudor ninguno.

–¿Sabes con qué están muy buenos? –se interesó el cocinero–. Con reducción de Jerez.

–¡Jerecito! –exclamó el de Carreteras.

–¡Ole! –aprobó el otro.

–¡Espárragos fritos con jerecito! ¿Le parece bien? –me preguntó el funcionario mientras lo anotaba en el plano.

–Venga, vale –me di por vencido–. Y dos huevos duros.

–¡Ea, ya tenemos nombre para el restaurante! –sentenció.

–¿Restaurante?

– Sí –aclaró el conserje–, no irá usted a proyectar una carretera sin restaurante.

–Y oiga –intervino el cocinero–, ¿usted cree que yo podría trabajar allí?

–Bueno… depende –dudé valorando las posibilidades de un restaurante en las Tierras Altas de Soria–. Es una zona de buena gastronomía.

–¿Duda de mi valía, truhan?

–En absoluto señor –me puse en guardia

–Un modificado de doscientos mil euros a cambio de pintar la mancha para el restaurante de aquí mi primo en este plano –me espetó el Jefe de Carreteras señalando en el papel el lugar donde debería ubicarse.

–Más allá, más allá –sugirió el cocinero señalando otro punto–, que me dan miedo los dinosaurios.

– El caso es que… recapacité.

–Ni pa ti ni pa mí –volvió a tomar la palabra el conserje–, quinientos mil y no se hable más.

– ¡Hecho! –grité ufano.

–Ole, ole –celebró con júbilo el cocinero–. Os quiero un huevo.

Y se levantó bailando mientras improvisaba una chirigota. Los otros dos le siguieron y, tras rodearme un par de veces a modo de festejo con una reducida conga, en la que yo participé lanzando a modo de confeti trozos del rollo de papel higiénico, salieron por la puerta abordando la fila de funcionarios del Subdirector General de Recursos Humanos.

Yo, exaltado por las muestras de alegría y cariño, además de satisfecho por el trato, volví a sonarme ruidosamente mientras les seguía con los planos enrollados.

Mi móvil sonó, pero no hice caso al mensaje de mi jefe advirtiéndome de que no entrara al Ministerio por no sé qué historia de un detenido con un casco lleno de mocos. Era más divertido repetir las órdenes del Subdirector General usando los planos a modo de altavoz mientras los dos hacíamos equilibrios en lo alto de la cajonera.

Además, ese extraño olor… ¡era tan agradable!