lunes, 26 de enero de 2015

El año de McFly

2015 es el año de Marty McFly.

Aquí estamos haciendo nuestro viaje en el tiempo, a una velocidad media de 30,42 días/mes, consumiendo ya un 7% del año y los coches siguen sin volar.

Hace veintiséis años que algunos estamos esperando que llegara ese futuro, desde 1989, cuando se estrenó la segunda película de la saga Regreso al futuro. La primera es de 1985, cuando Marty McFly, el personaje interpretado por Michael J.Fox, ese esencial del cine de los ochenta, le dice al doctor Emmett Brown una de las frases míticas que todo friki que se precie ha de conocer:

Visto a las afueras de Banyeres de Mariola el 1 de marzo de 2009


Y efectivamente, el próximo 21 de octubre del presente, Marty, su novia Jennifer y Doc llegarán a Hill Valley para evitar que el hijo de los dos primeros se meta en problemas.

Sin duda es la película más famosa de viajes en el tiempo, un tema que ha dado para mucho, y desde hace mucho. ¿Quién no intentaría cambiar algo que hizo en el pasado? ¿Quién no querría volver atrás para evitar errores de los que aún se arrepiente? ¿O quién no querría viajar al futuro para saber cómo serán las cosas, si los coches volarán, si exploraremos el Universo, si nos mataremos en una Tercera Guerra Mundial, si haremos contacto con seres de otros planetas que nos enseñarán cosas fantásticas o que quizá nos esclavicen…? ¿Qué no darían arqueólogos e historiadores para confirmar sus teorías y sus estudios?

Recuerdo cuando era niño, aún en la pubertad, y en Historia estudiaba los diferentes pueblos que habían pasado cerca de Elche. Me preguntaba cómo serían muchos siglos atrás los campos en los que ahora estaba mi casa, si habría por allí algún asentamiento, si las columnas de elefantes de Aníbal habrían pasado muy cerca de allí cruzando el Vinalopó. Según dicen los historiadores ya se ha desmentido que pasara exactamente por la antigua Helike y que su yerno Amílcar Barca muriera ahogado y envenenado por una fleca allí en el exiguo Vinalopó. Pero yo pensaba que sería una pasada estar escondido en un rincón, viendo llegar a los primeros comerciantes fenicios y griegos, a esas columnas de elefantes de Aníbal atravesando el río camino de Roma… No me digáis que ver eso de primera mano no es deseable.

Por todos estos motivos se ha escrito tanto sobre los viajes en el tiempo y, como dije antes, desde hace tanto. La primera obra de la que se tiene noticia que aborda este tema es Año 7603, del noruego Johan Herman Wessel, en 1781 (sólo 234 años, un rato…). Mientras que para la primera máquina del tiempo hemos de esperar a que la imaginara un escritor español: Enrique Gaspar y Rimbau, autor de El anacronópete de 1887, en pleno estallido de los grandes autores de ciencia ficción del XIX como Verne, Wells, Conan Doyle…

 

Esta máquina que imaginó Gaspar y Rimbau no sólo viajaba en el tiempo sino que también lo hacía en el espacio, porque llevaba a sus pasajeros a diferentes épocas y lugares. Saliendo desde la Exposición Universal de París de 1860 van primero a la batalla de Tetuán, de allí pasan por Granada en el momento de la conquista delos Reyes Católicos, por la China del siglo III, Pompeya y los tiempos de Noé… Un buen circuito turístico, ¿no? Y lo mejor de esta obra son los pasajeros de la máquina. A saber, el inventor de Zaragoza don Sindulfo García, su ayudante Benjamín, la sobrina Clarita, la sirvienta, el capitán Luis, algunas mujeres franceses de vida alegre y unos cuantos húsares, imagino que también franceses. Habría que leer el libro para saber si los húsares se suben a la máquina detrás de las mujeres de vida alegre o si fue al contrario… Me lo anoto

Pero siguiendo con el repaso de los viajes en el tiempo. Sin duda la novela más popular de este tema fue La máquina del tiempo, de H.G. Wells, una obra de la que se han hecho muchísimas películas y que tiene multitud de referencias en obras posteriores, además de tener varias lecturas que se van descubriendo en las nuevas visitas que haces al libro.

Los chicos de The big bang Theory compraron por ebay una máquina del tiempo a tamaño real pensando que era un juguete a escala.

Esta máquina de Wells, a diferencia de la de El anacronópete, viaja en el tiempo sin moverse de la localización en la que se encuentra, así que el protagonista del libro nunca sale de Londres.

Aunque bueno, sobre esto de viajar en el tiempo sin moverse en el espacio hay todo un debate físico-friki de gran interés donde entra en juego el movimiento de la Tierra, no sólo en el Sistema Solar, sino en la Vía Láctea y de nuestra propia galaxia y el grupo local en el que se encuentra. Habría que hablar de sistemas inerciales y de considerar las ecuaciones de la cinemática de la superficie del planeta con un punto de referencia fijo a nivel del Universo conocido para asegurar que cuando das un salto temporal no apareces más allá de la nube de Oort o dentro de una estrella.

Dejando la Física y volviendo a la ficción, precisamente en el Londres decimonónico se desarrollan otras dos obras de viajes en el tiempo, una de ellas, del gaditano Félix J. Palma, es Mapa del tiempo, (2008) ambientada en el siglo XIX y en la que el protagonista viaja para evitar la muerte de su novia a manos de Jack el Destripador, contando incluso con la ayuda del mismo H.G. Wells. La otra, es Las puertas de Anubis (1983) de Tim Powers. En esta novela, en la que unos estudiosos en literatura viajan al Londres de principios del siglo XIX para asistir a una conferencia de un poeta de la época, los protagonistas se ven envueltos en conspiraciones de hechiceros egipcios que quieren acabar con el imperio británico, viajando también al siglo XVII a la época de la revuelta de James Scott contra Carlos II de Inglaterra, coincidiendo con el primer pico de la Pequeña Edad de Hielo.

 

El método que tenían los viajeros en el tiempo del siglo XX de reconocerse era silbar las primeras notas de la canción Yesterday de Los Beattles.

Además autores como, Asimov, Lovecraft y Mark Twain han escrito de este tema. La de este último, Un yanqui en la corte del rey Arturo es divertidísima.

Y referente a libros, tampoco puedo dejar de hablar de una de las sagas de viajes en el tiempo por excelencia: Caballo de Troya del español J.J. Benítez. Son un total de diez libros en los que el autor nos cuenta la vida de Jesús de Nazaret de boca de un miembro de las Fuerzas Aéreas estadounidenses, que ha viajado hasta Palestina y se convierte en un seguidor del fundador del cristianismo.

 

Relacionado con la vida de Jesús hay también una obra alemana llamada El vídeo Jesús, de la que han hecho alguna película, que va de unos arqueólogos que encuentran en una tumba del siglo I en Jerusalén las instrucciones de una videocámara que aún no se ha fabricado…

Otra obra en la que los que interviene el Ejército norteamericano es El experimento Filadelfia de 1984, basado a partir de supuestos hechos reales: el proyecto Arcoiris, en el que la Marina quería hacer un barco invisible al radar. En la película, los protagonistas viajan desde 1943 a 1984.

Además también hemos vistos viajes en el tiempo en Star Trek¸ donde la nueva saga establece una línea temporal paralela que no invalida lo que ocurre en la primera saga de películas, una especie de homenaje y admiración hacia la obra original.

También tenemos paseos temporales en Lost, la Tardis de Doctor Who, la mítica Enano Rojo de los ochenta; e incluso en Futurama, en un capítulo en el que los miembros de Planet Express viajan hasta Roswell en 1947, cuando el famoso ovni de Roswell, que no es más que la nave de reparto interplanetaria de la «sensual y cíclope comandante Leela» (me gusta decir esto con la voz de Zapp Brannigan). Al final resulta que Fry es su propio abuelo, un tema recurrente en muchas de las obras de viajes en el tiempo.

¿Os lo imagináis que os pasara a vosotros? Ya os he jodido el día…

Por cierto, y estableciendo extrañas conexiones, ¿sabéis que el personaje Kate de Lost (la innecesaria elfa de El Hobbit Evangeline Lilly) participa en un atraco a un banco en Nuevo México al lado de Roswell? Ahí dejo el dato.

 

BIENVENIDO AL MUNDO DEL FUTURO

sábado, 3 de enero de 2015

«MURDERABILIA», UN CÓMIC DE MUERTE Y CREACIÓN (Crítica)


 
 
Sentarse a crear algo es difícil si estás vacío, porque crear es, al fin y al cabo, vaciarte, soltar lo que llevas dentro: a veces una expulsión traumática y otras una filantrópica contribución en la que compartes con quienes quieran leerte, escucharte, verte o incluso tocarte y saborearte, eso que de alguna forma u otra necesitas materializar.

Hay quienes tienen mucha vida interior y no necesitan grandes experiencias para ser un derroche creativo, mientras que algunos, entre los que me incluyo, y quizá por eso me identifico con el personaje más bien anodino de Murderabilia; necesitan acumular vivencias, verse envueltos en el meollo de la cuestión, robar retazos de realidad para poder armar y dar forma a eso que hay dentro pero que no encuentra cómo materializarse.

De la creación y de la destrucción va, entre otras cosas, Murderabilia la nueva novela gráfica de Álvaro Ortiz. Al igual que en su previa Cenizas, tenemos unos personajes que necesitan encontrarse, que no están ni donde ni como quisieran estar, y que de una forma u otra deciden dar un salto adelante para encontrarse con su destino.

Pero en Murderabilia ya no tenemos a los personajes entrañables de los que me encariñé en Cenizas. Esta vez, y según mi impresión, Álvaro Ortiz consigue, a pesar de usar la narración en primera persona, que la empatía con el personaje principal no sea tanta. Está igual de perdido pero quizá menos jodido que los de su anterior trabajo y aun así su historia es más dura, más fría y, a pesar de todo, más creíble por ser menos rocambolesca.

Si en Cenizas teníamos un tratado sobre la incineración, en Murderabilia lo tenemos sobre objetos cercanos también a la muerte pero de una manera bastante más macabra (el nombre de esta obra es un término acuñado por el Director de la Oficina de Víctimas del Crimen del Departamento de Policía de Houston, Texas, para referirse a la colección de objetos relacionados con asesinatos y crímenes).
La muerte vuelve a estar presente como elemento creativo y como chispa detonante de cada una de las decisiones fundamentales de esta historia. Gracias a una muerte, el personaje, Malmö Rodríguez, toma la determinación que le ayudará a salir del estancamiento creativo en el que se encuentra. Gracias a otras muertes, Marcy, el personaje femenino, está atrapada en su existencia en un hotel (no confundir con el viaje hacia el hotel Existencia, guiño que algunos entenderán). Gracias a su obsesión por la muerte, tenemos al personaje que ejerce de piedra alrededor de la cual gira toda la trama. Gracias a la muerte por supervivencia (un festival de caza) subsiste el pueblo, perdido en algún lugar imaginado por Ortiz entre EEUU y el norte de España, donde se desarrolla la historia.

Es la muerte lo que ha llevado a unos personajes comunes y corrientes que te cruzarías por la calle y en los que no repararías, a coincidir en el tiempo y en el espacio en unas circunstancias dramáticas mientras buscaban su lugar en la vida o subsistían a la misma. Es esa vida, quizá miserable, la que hace que se aferren los unos a los otros una vez que se encuentran y deciden que no tienen nadie mejor al lado con quien juntarse, la que provoca que no haya muchas preguntas sobre el pasado para encarar mejor el futuro. Y es al fin y al cabo el descubrimiento de las respuestas a esas preguntas no formuladas lo que detona en el desenlace inesperado de esta novela, más bien amarga, crepuscular e incluso tarantiniana (si se me permite la inventada), con pocas concesiones al buenrollismo de Cenizas.

Lamentablemente se lee en poco más de una sentada.

viernes, 2 de enero de 2015

Dos estaciones


Fue una de esas escasas noches en las que a las dos de la madrugada te dices que es mejor volver ya a casa a dormir, pero en las que se te hace de día en una habitación extraña escuchando mil historias, quién sabe si inventadas, de una mujer que decidió no llegar sola al amanecer del primer día de invierno. Así empezó.

‑¿Ya te vas? –preguntaste con tu suave acento cuando me escabullía de la fiesta hacia la puerta‑. ¿No me prestas tu bufanda, que tengo frío?

‑Tápame con tu rebozo, llorona, porque me muero de frío –acerté a replicar, sin sentido alguno, haciendo referencia a La llorona¸ canción que ninguno de los hípsters de aquella fiesta en la que nos presentaron con cortesía forzada hubiera reconocido.

Semanas después me confesaste que las rancheras no eran tu fuerte. Sin embargo declaraste que aquella noche en un entorno desconocido y tan lejos de casa, mis referencias menos tópicas que las de los otros buitres que te rondaban buscando hacer presa en tu exotismo, conjugado con mi fingido desinterés al irme tan pronto, te impulsaron a retenerme con un susurro mientras tironeabas de mi bufanda: «Tómate esta botella conmigo, y en el último trago nos vamos».

Eras demasiado bella, a pesar de las ojeras causadas por el jet lag, como para que un tipo como yo pudiera fijarse descaradamente en ti sin el fruto del desprecio manifiesto, pero quizá el hecho de coger mi sombrero nuevo del guardarropa, a juego con la bufanda, te llamó la atención lo suficiente como para atreverte a jugártela conmigo.

Generalmente buscamos personas sinceras con la ilusión de compartir el resto de nuestras vidas, pero nada incita más a jugar a eso que creemos que se llama amor que mil mentiras lo suficientemente bien dichas como para ser aceptadas. Aquella noche yo supe interpretar bien mi personaje de tipo de mundo, y tú tenías las historias más exóticas que había escuchado en mucho tiempo. Tu suave acento mejicano recién aterrizado engatusó a mi imaginación cuando me contabas sin rubor el argumento de La reina del sur como si tu vida fuera un narcocorrido. El tequila que habías llevado como presente a la fiesta hizo el resto: Nada de limón ni de sal, «pendejadas propias de gachupines», dijiste sin inmutarte. Mirada desafiante con cada una de tus invenciones descaradas y respuesta en forma de caballito de tequila Revolución. Tus ojos herían como si fueran las mismas pistolas dibujadas en la botella cada vez que volvías a depositar ligeramente, sin alharacas ni golpes, el vaso sobre la mesa antes de continuar la narración sosegada que yo no me creía.

Fue ese autodominio, esa fe ciega de que mi «Me tengo que ir ya» era la única mentira que yo era capaz de contarte, lo que me ató a tu estela una vez que el dueño del piso dio por terminado el evento y nos vimos todos en la calle sin saber si continuar la fiesta en algún lugar oscuro o si disolvernos cada uno en su casa.

‑¡Vamos, carajo! –exclamaste desde tu apenas metro cincuenta y cinco de altura‑, ustedes no saben la suerte que tienen de poder caminar a estas horas de la noche por el centro de la ciudad sin preocupación alguna. ¿No son tan machos ustedes los españolitos?

Y ésa fue la frase que escuché tantas otras noches cuando yo me quería ir ya a casa pero tú prolongabas la espera y la ronda por las calles de Madrid, hasta que por fin decidías invitarme a tu cama para tomarte la venganza por lo que, decías, os hizo Cortés. Nunca te repliqué que, según otra de las mentiras que me creí gustoso, por tus venas corría sangre de todos los continentes.

Aquella noche inaugural casi perdimos el primer metro de la mañana. Me dijiste, buscando en el plano de la red tu destino, que te quedabas conmigo sólo dos estaciones, que sería la única promesa que debería tomarme en serio; pero tuve la audacia de apearme contigo y terminamos subiendo la escalera de tu casa cantando Paloma negra para espantar al último moscón que pensó podía apuntarse a un trío improbable. No, la reina del sur había elegido ya compañero discreto que le enseñara algo más que las calles atestadas de Malasaña.

Sin embargo, en la oscuridad de tu cuarto seguiste hablando y hablando, describiendo el D.F., rememorando los veraneos en Baja California con tus tíos de San Diego o el road trip que hiciste en 2008 hasta Panamá, describiendo el sabor del mole de tu abuelo Nicanor y del chile en nogada que solía preparar tu madre por el Día de la Independencia. Te pusiste triste al hablar de esa Navidad que llegaba, la primera lejos de casa. Me avasallaste a preguntas sobre mi origen, mi ciudad y qué hacer siendo forastero en Madrid, hasta que se hizo de día y callé a besos tu locuacidad de tequila, entonando el Amanecí en tus brazos de un tal José Alfredo... Y así pasaron muchas, muchas horas; y muchos, muchos días en los que yo despertaba llorando de alegría por tu entrega rabiosa y tú me regalabas con Las mañanitas aunque no fuera mi cumpleaños.

Pasó el invierno entre mantas y paseos abrazados, vivimos la primavera en la calle y descubriendo otros rincones de lo que con sorna llamabas la madre patria. Me contagiaste tu entusiasmo y tu sensibilidad artística ante cada fachada, cuadro e incluso paisaje que yo te enseñaba interesado. Me prometiste que me llevarías a México, que en El Zócalo no había rincón donde no te saludaran, que sabías dónde tomar los mejores chilmoles de Mérida, y que incluso habías descubierto una galería subterránea bajo la pirámide de Teotihuacán que tan solo tú conocías.

Y también me jurabas al oído que me dejarías sin aliento cada noche y cada mañana gracias a los más de dos mil metros de altura a la que estaba el D.F. Eso era lo único que a mí me importaba: tener tus ojos, oscuros como siglos de brujería, frente a los míos, incrédulos como los de un niño ante un almacén de juguetes para él solo.

Terminó la primavera entre todas esas promesas que no valen nada, y quise llevarte a mi mar Mediterráneo, tan lejano de tu Caribe querido. Elegí para ello la noche de San Juan, para saltar contigo en una playa escondida las primeras olas del verano. Era como retornar a la infancia pero acompañado de la sabiduría de tus caderas, del susurro cálido de tu acento trasatlántico. Había un grupo de jóvenes al final de la playa tocando guitarras a la luz de una hoguera, qué más podía pedir para ambientar esa noche. Te seguí hasta ellos, como siempre que buscabas conversación e historias inventadas de bocas de desconocidos.

La noche de San Juan tiene algo de etéreo, se contagia de la provisionalidad de la noche más corta, es principio y fin de muchas cosas. Exactamente igual que aquella otra noche de comienzo del invierno, cuando nos conocimos y me contaste todas aquellas historias que sabía no debía creerme. Y allí, a la luz del fuego, en los ojos de un muchacho con el torso descubierto y nuevamente entre los vapores del tequila, descubrí por fin que todo había sido verdad, debía haber sido verdad, especialmente cuando cantamos en la escalera aquello de «¡Quiero ser libre, vivir mi vida con quien yo quiera…!»; pero que las dos estaciones que me prometiste ya habían pasado, que el verano no era para mí y que esa noche por fin volvería solo a casa.

Desde entonces sé que la vida es una ranchera amarga y arrastrada... Pero bella, ¡carajo!

lunes, 22 de diciembre de 2014

Premios

‑¡Atención, que se mueven los bombos! –dijo Raquelita entusiasmada.

El resto de niños dejó lo que estaba haciendo y todos dirigieron su mirada fascinada hacia el movimiento pendular, vibrante e hipnótico de aquellas dos esferas grandes y generosas que se podían ver al otro lado del cristal anunciando premios y fantasías deliciosas.


Todos se amontonaron en la ventana observando con sus ojos la promesa de una recompensa a toda una mañana de espera. Allí, más allá de la verja del patio del colegio, la enorme churrera de sonrisa perpetua, moño alto y pechos imposibles de La Valenciana, acababa de abrir su puesto en la plaza de Barcelona. Una mañana más, algunos niños saborearían el premio gordo del cartucho de a docena.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Borroso

‑Te echaré de menos –dijo administrativamente mientras manipulaba la manija de la puerta del coche.
‑Y yo a ti –cumplimenté, eficiente, mi respuesta.
Abrió la puerta y desplegó graciosamente el paraguas, esquivando hasta la última gota de lluvia que acechaba fuera para acariciarle la piel, tan suave en mis dedos.
El frío de la calle frenó cualquier otra expresión remotamente cálida que se aventurara a saltar desde mi lengua.

Me dirigió una última sonrisa antes de cerrar, con un amago de beso en los labios, y se perdió entre las luces de los coches bajo la lluvia, emborronándose tras el vaho del cristal. Me gustaba pensar, más bien me acostumbré a pensar, que no la volvería a ver nunca más y que no la quería. Era el mejor antídoto contra el amenazante momento en el que terminara aquel juego de provisionalidades forzadas; pero al mismo tiempo favorecía que cada vez que ella decidía darme audiencia fuera como un domingo sin colegio el día siguiente.

martes, 16 de diciembre de 2014

El sabor frío de las pequeñas venganzas improvisadas


‑Su puta madre –mascullé contra el radio-despertador cuando sonó ajeno a mis deseos diarios por su pronto ingreso en el cielo de los despertadores.

Remoloneé dos segundos por encima de mis posibilidades, que eran nulas dado el apretado horario impuesto por el cambio de oficina, y salí de la cama odiando a todos los responsables de los casos de corrupción que escupían las noticias: ¿Por qué yo no podía tener una cuenta en Suiza de cifras obscenas y tramar un plan para huir a Bélice en lugar de tener que encomendarme como cada día al omnipresente Dios del Atasco de la M-30? No era de mi agrado asistir todas las mañanas al sacrificio ritual de litros de gasolina y minutos de vida como ofrenda sumisa y piadosa.

Una vez elevado mi mal humor a su nivel óptimo habitual y con las legañas todavía entorpeciendo mis percepciones visuales, desplegué mi catálogo de trompicones matutinos por el pasillo camino del baño. Obvié el encendido de las luces del corredor, dado que la excelente calidad de mis mucosas oculares frenaban cualquier tipo de energía, incluso más allá del espectro visible, y avancé a ciegas hasta el lavabo para sentarme a reinar por unos instantes en el único trono que el destino me tenía reservado. No se asusten, no entraré en detalles, simplemente les aclararé que tiempo atrás adopté la recomendabilísima costumbre de miccionar sentado (cosas de la época de estudiante lejos de los desvelos higiénicos maternos, cuando me di cuenta de que esa postura espaciaba en el tiempo los intervalos de limpieza obligatoria del inodoro). El caso es que cuando casi había vaciado toda la vejiga vislumbré sobre el lavabo el bote de la orina en el que supuestamente debía estar vertiendo la mía: ¡el reconocimiento médico anual de la empresa!

Corté en seco la descarga, para disgusto de los músculos de mi bajo vientre, y terminé la faena en el frasquito, apurando hasta la última gota, como suelo hacer habitualmente, ojo.

Tras ejecutar, insatisfecho, el resto de mis abluciones matutinas discutí con el armario, y con el recuerdo de mi madre echándome en cara mi abstinencia con la plancha, qué ropa ponerme y salí corriendo escaleras abajo: llevaba veinte imperdonables segundos de retraso.

Acumulé otro minuto de demora, y medio kilo más de enfado, mientras esperaba en la puerta del garaje a que el empanado del tercero C decidiera ponerse el cinturón, ajustar los retrovisores, quitarse el cinturón, bajar del coche, quitarse la americana, plegarla y dejarla en el asiento trasero, volver a meterse en su vehículo, ponerse nuevamente el cinturón de seguridad, descubrir que tenía un grano en la frente mientras ajustaba otra vez los retrovisores (¿pero este capullo no se mira en el espejo cuando se levanta?), buscar el mando de la puerta del garaje en todos los bolsillos a su alcance, esperar a que ésta se abriera completamente, calar el coche en la rampa de salida, volver a encender el motor mientras la puerta se cerraba, rebuscar de nuevo el mando y sorprenderse de que yo me dirigiera vehemente hacia él desde el interior de mi coche.

‑¡Vamos ya, coño! –grité lo que creía que sólo estaba pensando‑ ¡Mira que eres petardo!

Una vez en la calle, con peineta incluida del empanado del tercero C, me automaldije todo lo que sabía al pasar junto a la farmacia de dos portales más allá, donde el día anterior compré el tarro para la orina que se aburría, solo y lleno, encima del lavabo de mi casa.

Dejé el coche en doble fila y subí por la escalera (los dos ascensores estaban en el piso once, y yo tenía calculado que para subir a mi sexto era más rápido ir a pie si aquéllos estaban más allá del décimo). Sudé como un pollo la camisa barata, pero sin arrugas, del Carrefour, pero no tenía tiempo para cambiarme porque ya llevaba dos minutos y veinte segundos de retraso cuando recogí el puñetero bote amarillo. Para mi suerte, mala, los ascensores estaban ahora en el bajo, así que usé de nuevo las escaleras como si no hubiera un mañana hasta tropezar con el portero, que venía a advertirme de que la grúa se me llevaba el coche.

Me vi muy tentado de hacer un Aguirre y huir con el coche de la acción implacable de los agentes de la ley, que nunca acudían a mis llamadas desesperadas cuando, a las cuatro de la madrugada de un martes, algunos niñatos hacían botellón en el parque bajo mi ventana. Pero para qué lanzarles mi discurso sobre el uso que se daba a mis impuestos, hubiera servido para perder otros tres minutos más (lo tenía muy ensayado) además de que el coche ya estaba enganchado y camino del depósito municipal de vehículos (ese contenedor de mil injusticias cotidianas y urbanas). Así que desestimé mis mociones y firmé la multa vencido y cabizbajo mientras calculaba la mejor combinación de bus y metro para llegar a las inmediaciones de la tierra oscura de Mordor, donde habían trasladado la oficina.

Llevaba un retraso de ocho minutos. En condiciones normales ahora mismo estaría imprecando a algún listo que se saltaba una línea continua en el kilómetro seis de la M-30, pero caminaba a toda prisa, con mi bote amarillo en la mano, hacia la boca de metro más cercana a casa. El metrobús caducado, mi falta de monedas sueltas, la avería de la máquina expendedora de billetes con tarjeta de crédito, la ausencia del tipo de la taquilla, y el despiste del vigilante de seguridad, centrado en chatear por whastapp en lugar de controlar que yo no saltara clandestinamente los tornos de entrada; dieron como resultado que me sintiera igual que un inmigrante ilegal saltando una valla hacia el Valhalla de las profundidades rugientes del metro. Y oigan, sin ningún sentimiento de culpa, como esos pobres africanos de Melilla y Ceuta. Eso sí, yo al menos tuve la decencia de sonreír a la cámara que desde una esquina del techo registró mi fechoría, que una cosa es ser un descamisado muerto de hambre y otra muy distinta un ciudadano blanco, joven y sobradamente preparado que trabaja en una gran corporación, aunque con un bote de orina en la mano.

Recordé la canción de Sabina: «El metro huele a podrido, a carne de cañón y soledad» cuando vi las caras de los viajeros que, como yo, se apretujaban en el coche sin necesidad de tener que agarrarse a las barras: saturación de cuerpos, desconocidos rehuyendo miradas, mezcla indiscriminada de jóvenes en traje del Zara, inmigrantes vistiendo ropa de hipermercado, secretarias disfrazadas de fiesta en Bershka, limpiadoras de manos encallecidas y estudiantes dormidos como angelitos. En estos sitios y a estas horas es cuando hay que desconfiar de la gente que sonríe o va perfectamente maquillada y peinada: nadie que no oculte algo puede ir tan maqueado de madrugada en el metro. Estoy seguro. Yo, sin ir más lejos, sonreía pensando en el contenido amarillo de mi frasco, luchando subrepticiamente para que nadie lo tocara.

Perdido en estas reflexiones y repasando la lista de barrios y paradas del suburbano de Madrid que aparecen en las letras de Sabina, me pasé de parada: diez minutos más de retraso. Se me llevaban los demonios, así que me puse a pensar en cómo optimizar mis tareas cuando llegara a la oficina. Que al menos mis desventuras matutinas no provocaran que aquellos cuyo trabajo dependía del mío se quedaran parados en espera de mi feeding, como les gustaba decir a los capullos que tenían que justificar su MBA usando términos en inglés perfectamente traducibles.

Prioricé las tareas, anoté mentalmente aquello que no necesitaba de mi presencia física frente al ordenador, recordé la hora de entrada de los compañeros y los últimos correos recibidos el día anterior, y en cuanto regresé a la superficie para esperar al autobús comencé a telefonear a aquellos que ya estarían en la oficina. Pedía excusas, daba instrucciones, preguntaba resultados y consultaba opiniones mientras gesticulaba con la mano en la que llevaba el tarro de orina. Parecía tan absorto en el desempeño telefónico de mi trabajo, como un yuppie recién llegado de 1985, que un quinqui contemporáneo no dudó en intentar arrebatarme el frasco.

El colega, abrumado por el primer colocón del día, debió de pensar que mi preciado bote llevaría algún bálsamo de fierabrás que le lanzaría hacia el estrellato que tan aparentemente lucía a pesar de los chorretones de mi camisa barata.

‑Cuánto daño han hecho las drogas –pensé con la voz de mi abuela mientras de un manotazo forcejeé con el chungo que quería mis orines.

Desde luego, haberme criado en un barrio complicado de provincias tenía algunas ventajas, como la de aprovechar la confusión de la discusión con el drogata para colarme en el bus sin pagar (no llevaba monedas y mi colega, el miembro en riesgo de exclusión de la comunidad, me había proporcionado el fuego de cobertura necesario para cometer otra fechoría sin importancia).

A pesar del tráfico del nudo de la M-30, el autobusero era un profesional del macarreo al volante y buscó eficientemente el hueco en cada incorporación para, valiéndose de su tamaño y haciendo oídos sordos a los juramentos de tipos que podían ser yo mismo en mi coche, no alargar más el retraso imposible que ya traía de casa.

Entré con media hora de demora a la ciudad empresarial donde el sistema nos recluía eficazmente (prefiero no opinar de la eficiencia del lugar). El furgón del reconocimiento médico estaba aparcado al otro lado del recinto, y vi que algunos compañeros con los que comparto apellido estaban ya haciendo cola. Miré mi frasco, comprobé por enésima vez en la mañana la hora, dudé dos segundos y finalmente decidí que a pesar del esfuerzo hecho por llegar con el bote sano y salvo, primero debía subir a la oficina a poner en marcha todo lo que dependía de mí. Me moría de hambre y debía seguir en ayunas hasta que me sacaran sangre para el reconocimiento médico, pero ya encontraría un hueco para bajar luego a entregar mi frasco y someterme al examen.

En el ascensor fui cazado por Hurtado, el director de Operaciones Externas, animoso jefe ejerciente fuera de su jurisdicción. Él llegaba también a esa hora, pero no tuvo impedimento en aprovechar el viaje de diez pisos en ascensor para lanzarme un chorreo monocromático (gama de grises, aclaro) dudando sobre mi implicación en el proyecto para el que trabajaba: dada la hora a la que llegaba a pesar de las urgencias en las que estábamos quedaba claro que no me estaba comportando de manera proactiva.

‑Con esa actitud no estás en el gap de profesionales que buscamos para conseguir los targets fijados por el deputy –me soltó, entre otras cosas, seguro de lo efectivo de su discurso. Él era uno de esos capullos con MBA que habían olvidado su idioma‑. Así que lleva cuidado con tus próximos pasos o estás out.

Recordé el incidente con el quinqui, que casi me robó el tarro de orines gracias a mi empeño telefónico de iniciar mi trabajo. Sonreí para mis adentros.

‑Tienes razón –agaché las orejas‑, es posible que últimamente haya meado fuera de tiesto –improvisé con júbilo disimulado‑, lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir –zanjé regio.

‑Espero que así sea, man –amenazó ufano de su dominio del idioma del Bronx.

‑Mira –agregué conciliador‑, pongo todo en marcha y luego voy a tu despacho a reportarte el management state –había que usar su lenguaje‑. Mientras tanto, y en señal de paz, te ofrezco un té frío de la cafetería de abajo. No recordaba que hoy tenía el examen médico y he de estar en ayunas hasta que me reconozcan.

Salió del ascensor, henchido de orgullo de jefe inmisericorde y con mi ofrenda en las manos, dando órdenes y embravecido por la pequeña victoria conseguida.

Yo pulsé el cero y me fui pensando en llamar a mi abogado para preguntarle qué supuestos incluían el despido procedente.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Como un disparo


El mensaje era claro, conciso, breve y letal: no insistas, decía tajante, escrito con su caligrafía dura, esa letra retadora que tan bien conocía, que tanto me fascinó al principio y que ahora marcaba el epílogo de algo que creímos que iba a durar para siempre. Levanté la cabeza, espoleado por los ojos fijos en mí, parecía que pestañeaban al ritmo del monitor de constantes vitales. Éstas se aceleraban con mi pulso y mis náuseas: finalmente había cumplido su amenaza, minuciosa y perfeccionista al mínimo detalle.

‑Doctor –interrumpió la enfermera‑, la perdemos: hay que cerrar ya la herida.

‑Efectivamente –confirmé volviendo a leer el mensaje grabado en la bala recién extraída.