viernes, 11 de septiembre de 2020

CONCURSO "UN RELATO PARA LA RADIO" (Quincena II)

A continuación podréis leer los relatos presentados en la 2ª quincena del concurso de microrrelatos que he organizado para mi sección de cada dos martes en Radio Elche 'Libros y música para un paseo en Vespa'. 

Pedí por las redes y a través de la web MeetUp que se me envíen microrrelatos que comiencen con la frase Mi vida paralela había desaparecido, frase con la terminaba el relato ganador de la quincena anterior.

Una vez finalizado el plazo de recepción, es cuando los hago públicos en este blog y pido a los propios autores que valoren los relatos y puntúen los tres que consideren más completos, con 3, 2 y 1 puntos.

Además, el resto de lectores puede votar también sus preferencias para tener el voto del público que en caso de empate entre dos relatos servirá para desempatar.

El relato ganador será leído en la sección de radio de la semana siguiente y su frase final será la de comienzo de los relatos de la próxima semana.

Tenéis de plazo hasta el domingo 13 de septiembre a las 12 de la noche para enviar las puntuaciones a mi correo electrónico (dareces@gmail,com). El relato ganador será leído el martes 15 de septiembre en el espacio "Libros y música para un paseo en Vespa" de Radio Elche, sobre las 13:45 del mediodía.

¡Suerte!


ACTUALIZACIÓN: Una vez finalizado el plazo de votación, añado el nombre de las autoras (mayoría) y autores.


DESPERTARES de María José Peña.

Mi vida paralela había desaparecido, me di cuenta al no escuchar tus ronquidos al otro lado de la cama.

Era tarde cuando me fui a dormir, quise apurar la última copa. Salí de la cama desorientada, no reconocía donde estaba, me llevó unos segundos darme cuenta. En el pasillo aún cajas por desembalar.

Bebí un sorbo de café, amargo y caliente, me recordó a ti, al tedio de tu presencia los últimos meses.

Abrí la ventana y como un vendaval el aire tiró una lámpara, empecé a reír. Me invadió una sensación morbosa y placentera de que si estuvieras a tiro, solo una bala necesitaría.

 

PROZAC de Inma Lara Velázquez.

Mi vida paralela había desaparecido a base de Prozac. Cerrando la única puerta que me llevaba a tu lado y me dejaba acurrucada en tu regazo, indefensa y ardiente de pasión.

Ahora cierro los ojos para verte. No estás. Ni compartimos la quietud del tiempo mirando el poso de mi taza de té. Maldito Prozac.

Maldita sociedad que piensa que mi locura son nuestros sueños de almohada, nuestras sábanas arrugadas y húmedas de pasión porque no está tu cuerpo a su vista. Maldito quien me llama loca tan solo por querer sentir tus caricias en mi espalda. Porque, solo eso, me incendia de amor.


INSURGENTE de Helenka Wolf.

Mi vida paralela había desaparecido...pues me fue terminantemente prohibido por padre y el consejo de los doce, el pasearme libremente por el mundo de los humanos. Aquellas criaturas ejercían sobre mí una fascinación inigualable, pues conocían el sufrimiento, la pérdida, el miedo...pero también la dicha y el amor...y de todas ellas exprimían hasta la última gota, pues no gozaban de nuestro innato don: la inmortalidad. Nosotros, como dioses olímpicos que éramos, desconocíamos gran parte de las emociones que a ellos sí los atrapaban. En mi mundo esto era considerado un claro signo de inferioridad, aunque yo, Hebe Juventas, nunca compartí ese precepto.




SABOR DE ORIENTE de Helenka Wolf.

Mi vida paralela había desaparecido. Tal vez, todo aquel sabor a oriente que aún paladeaba entre mis lejanas y confusas memorias, permaneciera al margen de la aceptable realidad... Sólo puedo decir al respecto que, cada vez que admiraba el mar Mediterráneo y mi vista se perdía en su vasto horizonte, sentía el susurro de aquella otra venerable vida. Entre mis vívidos recuerdos, ninguno como la apacible noche del desierto, cuando desplegaba, cual abanico, la riqueza de su cielo rebosante de estrellas, mientras mis huéspedes y yo las surcábamos, embriagados del deleite que emanaba aquella shisha compartida, en el exterior de la jaima. As Salaam Alaikum

 



KHADAE-ENGAÑO de Helenka Wolf.

Mi vida paralela había desaparecido, fruto del as que guardaba bajo su manga, aquel mítico ser. Al frotar aquella lámpara que hallé semi-enterrada en la arena, surgió de ella aquel majestuoso Jinn, que acabaría engañándome vilmente. Gasté mis dos primeros deseos; el primero en ser un hombre rico y poderoso y el segundo en adquirir los ocultos conocimientos que rebelaban los mecanismos del universo. Me sentí todo un dios...y gasté mi tercer deseo, pidiendo el don de la inmortalidad. El Jinn rió a carcajadas: «¡¡DESEO CONCEDIDO!!» –dijo– entonces, me sentí ligeramente mareado, empequeñecido, eternamente atrapado en el confín de esta, mi maldita lámpara.


 


A LOS DOS de Ana Montesinos.

Mi vida paralela había desaparecido en el preciso instante en el que él cogió el móvil. O tal vez en ese momento no desapareció, sino que salió a la luz después de mucho tiempo.

En unas milésimas de segundo a través de aquella pantalla táctil, mi marido y mi amante se encontraron por primera vez. Pedro supo de la existencia de Marcos y enmudeció. Marcos se acobardó ante el descubrimiento de Pedro.

Los amaba a los dos, adoraba mi doble vida. Tenía la vida familiar perfecta, segura, estable. Tenía al amante, el riesgo, la falta de compromiso.

Los amaba a los dos, me quedé sola…

 

INFIELES de Verónica Reche.

Mi vida paralela había desaparecido por un mágico instante.

Una cadena fina de plata colgaba de su cuello, rozaba mis labios y me recorría el pecho.

Ella, encima de mí, me acariciaba el pelo susurrando dulces mentiras.

Yo, hipnotizado por su forma de hablar, deje de atormentarme por un instante y caí en su embrujo para siempre.

¿Qué hora es? Levantó su mano derecha para mirar su reloj y observé el anillo presionando la vena amoris, que conecta directamente con el corazón. El mismo anillo que llevaba yo en el dedo anular de la mano izquierda.

Ella todavía estaba a tiempo.

Yo ya estaba perdido.

 

LUCES Y SOMBRAS (1) de Pablo Crespo.

Mi vida paralela había desaparecido, una vez más, en la oscuridad de la habitación al acostarnos.

Los días a su lado eran oscuros, fríos y miserables. Él apenas reparaba en mí presencia, y yo, que tanto necesitaba que me mirara, que me escuchara, que me quisiera, sufría por su desdén, que me resultaba ya insoportable.

Esa noche decidí abandonarle.

Me deslicé furtivamente hasta el baño y, al encender la luz, pude ver por primera vez mi rostro en el espejo.

La puerta se abrió entonces, y sonreí ante el reflejo de su cara horrorizada, contemplando cómo su sombra se desvanecía bajo la luz fluorescente.

 

DE CRISTAL de Verónica Reche Espada.

Mi vida paralela había desaparecido.

Corrí escaleras abajo dejando atrás esa mirada con la decepción dibujada en sus ojos.

Al llegar al coche me lancé a su interior como quien pierde el último tren. Una vez dentro y de vuelta a casa de mis hermanas, lloré.

Lloré tanto que mi vestido y mi elaborado recogido se empaparon de lágrimas hasta desvanecerse.

Desnuda, atravesé el umbral de la puerta hacia la chimenea para calentar mis pies mojados. El cristal del único zapato que conservaba conmigo se oscureció con las cenizas. Y sigue guardado en el desván, esperando a que él vuelva.


DESTINO: NUEVA YORK de Américo Fojo Ferretti.

Mi vida paralela había desaparecido. Fueron muchos años de dura supervivencia, desgastante y amarga, llevando dos máscaras que se ocultaban entre sí: la joven perfecta, cuidando de sus padres y la del envilecimiento nocturno en las calles del puerto. Pero ya he tomado una decisión y mi corazón me dice que tendré suerte.

Aguardando subir a la nave, negro coloso de cuatro chimeneas enhiestas, aprieto contra mi pecho mi pasaje a la libertad. La gente que me rodea espera y sonríe. Oigo a alguien que exclama:

‑¡A este barco, ni Dios lo podrá hundir!

En el mar me espera mi nueva vida.

  

SUSURROS de Carmina Seva Alemany.

Mi vida paralela había desaparecido. Vi como cruzaba las vías del tren y supe que ya no lo volvería a ver.

Estaba anocheciendo y una fresca brisa, acariciaba el entorno.

Desde mi lecho, escuchaba el dulce rumor de las olas…

Estaba clareando y un hermoso amanecer

apareció ante mí, dejándome fascinada.

Los placeres de la vida son tan inmensos… hay que saber disfrutarlos.

No me levanté del lecho, podía saborear desde mi ventana, esa luz tan deliciosa, que aparecía sobre el mar… 

¿Qué sonaba en mis oídos? Unos susurros, como suspiros de viento sobre los árboles.

A mi lado estaba Leal, mi fiel amigo. Regresó…


FALSA PAZ de José Salieto.

Mi vida paralela había desaparecido. Al principio me sentí bien, todo había cambiado, familia y amigos estaban más simpáticos y yo me sentía liberado, sin aquel peso que me oprimía. Todo era más nítido, estaba más centrado, menos huraño y con más plenitud.

Pero después todo fue cambiando. Amigos y familiares volvieron a comportarse con la rutina de costumbre y todo a mi alrededor se tornó gris, monótono y vacío. La vida volvió a ser aburrida, estéril, fría y sin sentido. Volvieron los reproches, las quejas, los desaires…

Un día abrí una botella de ron y comencé a beber.

Mi vida paralela había resucitado.


AUSENCIA de María Bastida.

«Mi vida paralela había desaparecido» -se decía a sí misma al aterrizar en esta realidad.

El día había amanecido lluvioso. De repente el cielo se despejó y una luz brillante se coló por la ventana. Se encontraba frente al espejo escuchando a su madre pedirle perdón por haberla abandonado cuando más la necesitaba. Por no haberla apoyado en sus dudas, temores y confidencias. En definitiva, por haberse perdido los momentos más transcendentales de su vida, como cuando dijo: «sí quiero» en el altar. Pero no pudo aplazar aquel viaje que se hizo eterno.

Se giró para mirarse y solo vio reflejada su imagen.


DISTANCIADAS de Martina Arreaza.

Mi vida paralela había desaparecido. Toda mi vida soñé: con la libertad que te da el propio pensamiento que te lleva a lo más profundo de tu ser.

Desde que nací vivíamos juntas, y a la vez tan distanciadas… yo quería volar, salir de allí, “vivir” sin ella. No la soportaba. Ella en cambio era mucho más serena, más feliz y me adoraba, aunque yo no me daba cuenta.

Aún así, hubo tanto amor… que el día que Sandra dejó de vivir, el mundo se paró para mí entonces me pregunté: ¿por qué nunca llegamos a encontrarnos?

Era mi hermana gemela.


RENDIRSE A LO ÉTICAMENTE CORRECTO de Amalia de los Reyes.

Mi vida paralela había desaparecido. Llevaba mucho tiempo oprimido. Me dolía todo, tenía los ojos como chinos, apretados, apenas podía ver. Conforme pasaba el tiempo, mi angustia se hizo cada vez más insoportable. Contuve el aire todo lo que pude, esperando ese momento a solas, pero no había forma. Mi angustia se hizo mayor conforme pasaban los segundos. Empecé a pegar pequeños soplidos disimuladamente, pero estos no eran suficientes. Me puse rojo, amarillo y morado ¡No puede más! Decidí liberarme sin pudor alguno. Esto me costó su amistad, pero yo… me quedé muy a gusto.


LA LLAVE de María José Peña.

Mi vida paralela había desaparecido, los días se han agotado y lo anuncian en la radio,afuera llueve y el cielo gris me invita a pensarte, en tus palabras abriéndome la piel hasta tocar hueso.

Y me he preguntado qué harías si te olvido,si sentirías alivio, si entenderías el daño o si entonces querrías tocar a mi puerta y besarme con ganas.

Qué harías si un día cerrase la puerta para no abrirla más.

Tengo la llave en la mano y no sé qué hacer con ella, y se me hace raro, porque siempre has sido tú el que la llevaba en el bolsillo.


LAS SOMBRAS DEL PASADO de Ana Medina Martínez.

Mi vida paralela había desaparecido aquella tarde de verano. Durante muchos años me seguía sigilosa y callada. Siempre a mi lado, adelante o atrás. Al fin me acostumbré a su presencia. Al caminar sola en días nebulosos llegué a extrañarla. Ese verano me negué a escucharla. No soportaba los reproches que continuamente me hacía y, en un arrebato de furia la empujé al precipicio.

El pasado se fue con ella, llevándose los recuerdos que nos habían mantenido unidas. Una ráfaga de aire fresco, acompañada de un grito de libertad me salió de la garganta.


METAMORFOSIS de Paquita Márquez Ayuso.

Mi vida paralela había desaparecido. Lo comprendí cuando me vi reflejado en el charco que la lluvia había dejado a unos palmos debajo de mi refugio. Incrédulo, me acerqué para cerciorarme. ¡Era cierto! Se había acabado la espantosa sensación de tener que llevar mi vida a rastras, sin despertar más sentimientos en los demás que rechazo y, en la mayoría de las casos, repugnancia. Se había hecho tan insoportable y peligrosa la situación, que oculté mi sufrimiento en ese oscuro refugio que la lluvia nocturna deshizo. ¡Y el milagro por fin resultó cierto!

Desplegué mis preciosas alas y eché a volar.


RUPTURA de Paquita Márquez Ayuso.

Mi vida paralela había desaparecido. De nada sirvió poner en alerta máxima a todos mis sentidos, incluso a ese sexto que aparece a veces. Pero no hubo manera de encontrarla. Tenía toda la pinta de ruptura definitiva. Hice recuento de lo que había desaparecido con ella y me hundí en la miseria. Cierto que quedaban los cinco sentidos clásicos, e incluso el sexto, pero me percaté de que se había llevado consigo todos esos otros que hacen interesante una vida: el de la oportunidad, de la empatía, de la elegancia, hasta el del humor… Empecé a llorar.

Solo me dejó el sentido del ridículo.


NEFELIBATA de Raquel Zaragoza.

Mi vida paralela había desaparecido mucho antes de que los primeros rayos de luz se filtraran por la persiana. Cuando sonó el despertador ya era tarde. La lucidez me había abandonado…

Desde entonces ando siempre vagando por las nubes. Inmersa en las fantasías de una vida onírica, ignoro las adversidades de mi realidad.

Ya sé que todos se burlan de mí. Me llaman; «la nefelibata». ¡Lo sé! Pero nada me importa, mientras yo... ¡siga soñando!


DISOLUCIÓN de Marga Camacho.

Mi vida paralela había desaparecido.

Y no como aquellas veces en las que torpemente la hacía desaparecer. No como aquellas veces en las que sin éxito simplificaba mi existencia. Esta vez, sin duda, era diferente.

Había tocado fondo, como si el hecho de haber vivido el doble, me hubiese reducido a la mitad. No encontré juventud en mi rostro, ni en mis manos, ni un atisbo de fe en mi mismo. No había multiplicado nada, no era más rico ni más sabio. Hoy, que sigo tan perdido como entonces, he salido a buscarte. Porque sin duda, solo puedo recordar la vida que ya no tengo.


PARALELISMO ASIMÉTRICO de Paquita Márquez Ayuso.

Mi vida paralela había desaparecido. El espejo me lo dijo ese día: mi diestra ¡seguía siendo mi diestra! Se acabaron las mamarrachadas de mi ingobernable siniestra paralela que se empeñaba en fastidiarlo todo. Nunca una izquierda fue tan nefasta como la mía. Había costado, ¡ya lo creo! Ahora solo tenía que reeducar mi vida. Ardua tarea, lo sé. Pero a mi real mano izquierda le quedaba tanto por hacer y por decir…

Lástima que ya no pueda contar con la ayuda de la real diestra: tuve que arrancarla, borrarla del espejo. Ahora solo me queda la cicatriz.


LA PREFERIDA de Lourdes Díaz.

Mi vida paralela había desaparecido. Lo supe cuando la vi, desafiante al otro lado del espejo.

Siempre fue un poco más alta, un poco más lista, un poco más perfecta. Era yo, mi otro yo.

Debía acabar con ella. El mundo no estaba preparado para tanta perfección, yo no estaba preparada.

Sujeté con fuerza el carmín, pintándome los labios frente al espejo. ¡Madre! ¡Al fin seré la preferida!

Un certero puñetazo rasgó el cristal del baño. Mi imagen hecha añicos, el dolor lacerante, la sangre… Mi gemela en el suelo a mi lado, y el mundo fundiendo a negro. Por fin era libre.


TIEMPO CLARO Y DESPEJADO de América Martín.

Mi vida paralela había desaparecido. 

Las emociones se arremolinan en copos blancos, que juegan  entre ellas  sin cambiar al gris o al negro tormenta. La paz es luz en el vacío. Me llueve la esperanza de mejorar lo vivido para convertirme en algo más, donde las tormentas no me destruyan.  Y cuando el viento de la razón mueva mis copos ya no tan grises, ya no tan negros, el día siempre nacerá para volver a morir en los brazos de la noche, y mi vida con él. Los suaves cirros de mis sienes, que el viento ha dejado pasar, pronostican un tiempo claro y despejado.


MI SOMBRA de César Díaz.

Mi vida paralela había desaparecido. Hacía un año que ya no sentía el dolor de sus rodillas allá por noviembre; ya no tenía esa estupenda sensación de ligar con el mismo hombre que ella sin que él lo supiera. Ese espejo de carne y hueso en el que jugábamos a ser simétricas se había incrustado en su piel, desgarrando lo más parecido a mi vida. Su velocidad era superior en todos los aspectos de la vida, incluso naciendo doce segundos antes que yo. Y eso le mató.


Fuera de concurso:

SIN CONSECUENCIAS de David Reche Espada.

Mi vida paralela había desaparecido con ese gran truco final que los dejó estupefactos, a los doce. Nunca un arnés y unas cuerdas habían causado tanto revuelo, creo que alguno de ellos llegó a desmayarse después de que me escabullera por la claraboya. El caso es que ya estaba harto de engaños y de ir sermoneando de aquí para allá cubriendo las espaldas al crápula del hermanastro del gobernador, montando numeritos que ocultaran sus barrabasadas, nunca mejor dicho. Así que una vez finalizado el trabajo, con el susodicho en libertad, traspasé la carpintería y huí a India, esperando que no tomaran en serio mis discursitos.

 

EL PODIO

En 3ª posición, con 9 puntos:

ABOGADO de Ana Montesinos.

Mi vida paralela había desaparecido, se esfumó con el cierre de las luces de neón. Las autoridades sanitarias cerraban el excéntrico local que me sacaba cada noche del traje gris y la corbata.

Saber, que después de las interminables reuniones de mi prestigioso despacho de abogados, de tratar con clientes adinerados que querían amasar más fortuna, lidiar con divorcios millonarios donde se reclamaban casas, barcos y joyas, no podría escapar allí, era aterrador, demoledor.

Debía encontrar otro lugar, otro garito, otro club donde ponerme las medias de rejilla, subirme a los zapatos de tacón, pintarme con purpurina los ojos y bailar con mí boa carmesí.


En 2ª posición, con 11 puntos:

LUCES Y SOMBRAS (2) de Narcis Ibáñez.

Mi vida paralela había desaparecido y esa noche perdí mi sombra, deambulando por la oscuridad en Barcelona.

Definitivamente me encontraba desprotegido y busqué en el Whisky compañía.

BAR

CEL

ONA.

descomponiendo el nombre de la ciudad, siempre me salía un bar.

Junto al mejor “on the rocks” ¡por supuesto! conocí una mujer que me advirtió: me pegaré a ti y seré tu sombra... si me lo permites.

Subimos y bajamos, fuimos cómo una noria de bar en bar.

Las luces de las farolas proyectaban vida, qué se alargaba o menguaba al andar unidos, enlazado con ella hice mía su sombra al caminar.

Cerrando la noche...


En 1ª posición, con 12 puntos, hemos tenido un empate entre:

LEONES de Silvia Espina.

Mi vida paralela había desaparecido.

Antes yo era león y hombre. Ahora soy hombre solamente.

Esa alegría de reconocer mi nuevo estado, me llevó a recorrer la inmensa sabana, con ansias de dominarlo todo.

Al llegar a un río, vi a un león saciando su sed; fui a hablarle y a beber con él.

Me devoró. No me había reconocido. 


EL TRIUNFO EN MI MIRADA de América Martín, que con 38 puntos del voto de los lectores, ha sido la vencedora (Aqui la sección de radio)

Mi vida paralela había desaparecido. Levanté mi sombra del suelo y encontré sólo polvo. El pozo de lo vivido tantas veces se había vaciado y en el fondo sólo brillaba el hedor de tu maltrato.

Con mi cara deformada y mis manos ensangrentadas, rasgué dentro de mí para buscar lo que me faltaba y marqué temblorosa aquella llamada, que por el estado de tu borrachera, te impidió ver el triunfo en mi mirada.

Y como nunca te imaginé pidiendo perdón o reconociendo nada, fue mayor mi placer cuando te vi salir de mi vida con las manos atrás y esposadas.

Ahora, vacía pero segura, avanzo.


Enhorabuena a todos, especialmente a los miembros del podio y sobre todo a América Martín.


Tenéis de plazo hasta el viernes 25 de septiembre a las 24:00 para enviar a dareces@gmail.com relatos de 104 palabras en total que comiencen con la frase «Vacía pero segura, avanzo».

miércoles, 9 de septiembre de 2020

CUANDO SEAS MAYOR, TE ACORDARÁS DE ESTE VERANO

 PREVIAMENTE: Cumpleaños feliz.



Los primeros recuerdos que tengo son del verano de 1980, con tres años recién cumplidos a comienzos de aquel agosto y mi hermano pequeño a punto de nacer al final de ese mismo mes. Mi hermana tenía un año y cumpliría dos en septiembre.

Ese año veraneamos con toda la familia paterna en Santa Pola: mis padres, las cinco hermanas de mi padre, los maridos de mi dos tías mayores, los dos primos que tenía por aquel entonces, menores que yo, y mis abuelos. E incluso tengo el recuerdo de una bisabuela vestida de negro que echaba la siesta en una habitación de aquella casa alquilada en la subida al Calvario de Santa Pola. No recuerdo cómo de grande sería, pero allí veraneábamos dieciséis personas, incluyendo ancianos, bebés, adolescentes y jóvenes (salvo mi tío Juan y los abuelos, nadie superaba la treintena). Recuerdo la escalera que había en el patio, que subía a alguna terraza u otra vivienda donde a veces había unos vecinos, recuerdo que era una planta baja en el lado izquierdo de la calle según bajabas hacia el mar, y recuerdo que alguna noche mis tías y mi madre decían de subir al faro a ver los ovnis. Pensado ahora, me pregunto qué concepto tendría yo a los tres años de los ovnis y los extraterrestres, pero el caso es que sí recuerdo que tenía alguna consciencia de que había noticias de seres de otros mundos u otros planetas. Seguramente no era así y fui añadiendo esos conceptos a mi recuerdo conforme ha ido pasando el tiempo.

El caso es que me quedó en la memoria el poso de aquel verano multitudinario con toda la familia. Cuarenta años más tarde, me he encontrado otro estío casi igual de confluido con la familia, esta vez una generación después. Después de los meses de confinamiento en Madrid al comienzo de la pandemia, regresé a Elche para convivir algunas semanas en casa de mi madre con otros tres adultos, dos adolescentes y una niña pequeña: mi sobrina. Ésta ha hecho este mismo mes de agosto el tránsito de los dos a los tres años, igual que yo hace cuatro décadas. Quiero creer que recordará este primer verano de consciencia en la casa de la abuela en Elche, lleno de playa, primos, sus tíos en casa, cumpleaños, tardes en el campo jugando con las mascotas de mis tíos, unos días en casa del abuelo e incluso una excursión en velero.

Así que durante las últimas semanas he estado haciendo el experimento de decirle en repetidas ocasiones que «cuando seas mayor, te acordarás de este verano». Al menos la frase la ha memorizado, porque cuando yo me acercaba a ella para decírsela, tras escuchar la primera parte gritaba con entusiasmo la segunda parte conmigo, señalándome contenta de saberse lo que su tío le decía. A veces me reconozco en su imaginación, en la capacidad que tiene de inventar cosas con tan solo tres años recién cumplidos.

Pero este verano que recordar prácticamente ha pasado. Estamos en septiembre, aunque dada mi nueva realidad, dado el giro que decidí dar a mi vida el pasado mes de junio, es ahora cuando han empezado para mí mis vacaciones, una vez que los ajetreos y planes familiares se difuminan. No es que haya trabajado demasiado, aunque he estado ligeramente ocupado con los primeros preparativos de mi proyecto de futuro; pero estos días, con el teléfono móvil fuera de combate, disfrutando a días de la soledad en casa, e instalado otros en el apartamento de la playa, están siendo las jornadas más tranquilas desde que empecé mi mudanza a finales de junio pasado. Ahora intento poner orden en mi proyecto de futuro y, a pesar de que las dudas son muchas, en realidad apenas hay desviación respecto de lo que supuse que ocurriría este verano cuando tomé la decisión de decir adiós a Madrid, pedir una excedencia en el trabajo y poner en marcha mi propio negocio de excursiones en scooter en mitad de una pandemia que ha matado al turismo. Sabía que este verano sería para hacer alguna ruta a amigos y conocidos, pruebas de lo que debe ser Scootatrip, y que pasaría otros meses en barbecho hasta la próxima primavera.

Las dudas de si he tomado la decisión correcta o no van y vienen, pero entonces recuerdo que en enero me dieron unos vértigos que me tiraron literalmente al suelo una tarde al salir de mi trabajo en el rascacielos más alto de España, entonces recuerdo que durante la baja por esos vértigos, debidos al estrés en última instancia, apareció la oportunidad para poner en marcha mi idea mucho antes de lo que tenía previsto, aunque luego la pandemia lo tiró todo por tierra; entonces recuerdo, cuando me asaltan esas dudas, las otras dudas terribles que tuve durante todo el fin del año pasado en Madrid, sobre qué estaba haciendo con mi vida en un lugar que no consideraba el mío y en el que no quería pasar el resto de mi vida, dudas sobre el sentido de todo esto.

Luego vino el paréntesis de las Navidades, pasé Nochevieja en Marruecos, escuchando el Atlántico tronar en Mirleft y amenazado por un mal intestinal, pero algo me decía en aquel viaje con amigos que 2020 sería un buen año que acabaría con los nubarrones que me rondaron en 2019. Y sigo creyéndolo a pesar de la mala prensa que se ha empeñado en tener este 2020 del Fin del Mundo.

Ahora estoy sentado junto a la terraza del apartamento, escuchando el mar a lo lejos, pensando en salir a correr y darme un baño a última hora de la tarde en el Mediterráneo, y todo tiene otro color a pesar de las nuevas dudas. Me digo que seré capaz de despejar las soluciones a las incógnitas que me planteo y que, cuando sea mayor, me acordaré de este verano.


CONTINÚA: CONFESIONES.

viernes, 28 de agosto de 2020

CONCURSO "UN RELATO PARA LA RADIO" (Quincena I)

Con esta entrada pongo en marcha un concurso de microrrelatos para mi sección de cada dos martes en Radio Elche 'Libros y música para un paseo en Vespa'. 

Pedí por las redes y a través de la web MeetUp que se me envíen microrrelatos que comiencen con la frase Al final de aquel verano. Una vez finalizado el plazo de recepción, es cuando los hago públicos en este blog y pido a los propios autores que valoren los relatos y puntúen los tres que consideren más completos, con 3, 2 y 1 puntos.

Además, el resto de lectores puede votar también sus preferencias para tener el voto del público que en caso de empate entre dos relatos servirá para desempatar.

El relato ganador será leído en la sección de radio de la semana siguiente y su frase final será la de comienzo de los relatos de la próxima semana.

A continuación os dejo los relatos, por orden de llegada, que se han recibido para la primera semana del concurso.

Tenéis de plazo hasta el domingo 30 de agosto a las 12 de la noche para enviar las puntuaciones a mi correo electrónico (dareces@gmail,com). El relato ganador será leído el martes 1 de septiembre en el espacio "Libros y música para un paseo en Vespa" de Radio Elche, sobre las 13:45 del mediodía.

¡Suerte!


ACTUALIZACIÓN: Una vez finalizado el plazo de votación, añado el nombre de las autoras (la gran mayoría), y los autores.


AUSENCIAS, de Paquita Márquez Ayuso.

Al final de aquel verano aún seguían las golondrinas anidadas en el hueco de una de mis ventanas. Y allí se quedaron al marcharnos. Me despertaban con su temprana algarabía, y sus rápidos vuelos me transmitían alegría, sensación de vida, de continuidad…Hasta parecía que me miraban agradecidas. Pero ya no han vuelto. Nosotros sí, pero ellas se marcharían al finalizar el otoño y no han vuelto. Puede que a los demás el hecho de que ya no estén, les pase desapercibido, pero yo las echo de menos. Noto su ausencia. Cuando yo me haya ido, ¿me echará alguien de menos? ¿Se notará mi ausencia?


SEPTIEMBRE, de Ana Montesinos.

Al final de aquel verano era otra persona. Esos meses que habían parecido eternos se esfumaban como los atardeceres sobre la costa. El romper de las olas cambió todo, su manera de ver el mundo, de ver la vida, de verse a sí misma. La cambió a ella.

Fueron meses de transformación, de llanto en risa, de desolación en esperanza, de muerte en vida, encontrar la paz. Bajar a las oscuras profundidades y ascender distinta, libre.

La marea se había llevado los recuerdos y la reconstrucción y los nuevos cimientos llegaron al final de ese septiembre cargado de magia. Ese septiembre que llegó para quedarse.


TORMENTA, de Ana Montesinos.

Al final de aquel verano volvió a no querer volver. Todos los años por estas fechas, en el momento de abandonar la casa centenaria que su abuela le había dejado en herencia, rondaba esa misma sensación, pero este año, tras ese cambio existencial que te da llegar a la cuarentena, le horrorizaba más que nunca la idea de volver a la gran ciudad; horas interminables de atascos, calles grises, su mesa en la decimoquinta planta de un edificio impersonal de oficinas.

Las tormentas de los últimos días de agosto la invitaron a bailar bajo la lluvia cálida, y decidió quedarse, decidió que aquí, era regresar.


UNA VIDA CON PROPÓSITO, de María Sánchez García.

Al final de aquel verano, me sentí más plena que nunca: mi vida tenía propósito.

«Hagas lo que hagas, todos los días son iguales», decía Luis. Y sentí que era cierto. Sin darnos cuenta, nos habíamos dejado arrastrar por «lo normal».

«¿De qué quieres MÁS en tu vida?» fue la pregunta clave, para que abriera los ojos. Escribí mis prioridades en una libreta:

  •        Estar bien yo.
  •        La salud de cuanto me rodea: hogar, personas, planeta…
  •     Cumplir el propósito para el que he nacido.

Desde entonces, cada cosa que hago, entra en una de esas tres categorías.

 

LA SOLEDAD NO DESEADA, de María Sánchez García.

Al final de aquel verano, la soledad tenía otro sentido para mí.

Había estado mucho tiempo probando grupos de personas con las que salir a «divertirme». El final siempre era el mismo: noche, conversaciones intrascendentes, risas forzadas, miradas de reojo para descubrir si me miraban…

Fui a ver a una mentora que me habían recomendado: «¿Qué harías feliz, aunque no te pagaran por ello? »

No fue difícil encontrar la respuesta: escribir, cuidar un jardín y tener conversaciones interesantes.

El proceso: repartir mi tiempo en una agenda, buscar un grupo cohousing, respirar conscientemente y meditar.


LO QUE NO TE DA ENERGÍA, TE LA QUITA, de María Sánchez García.

Al final de aquel verano, mi energía era otra. Pasaron esos días de incertidumbre, indecisión, inseguridad y tristeza.

Mi inconsciencia al comer, comprar y juzgarme, me llevaban a que mis reservas de energía se las llevaran.

Mis digestiones, al comer casi diariamente proteína animal y casi no salivar la comida.

Estar rodeada de cosas pequeñas por todos lados, que apenas utilizaba y no paraban de coger polvo.

Mi baja autoestima, al no entrenar mi mirada y reconocer lo que transmitía con mi presencia.

¿Adivinas qué ha cambiado?

 

ÉXODO, de Helenka Wolf.

Al final de aquel verano, en el que los avistamientos se habían sucedido de un modo masivo sobre la sierra del Maigmó, la prensa especializada entrevistó a diferentes testigos. Todos ellos parecían coincidir en sus relatos: naves muy similares entre sí, entraban y salían de la sierra sobre las 19:14, surcando los cielos y desapareciendo misteriosamente. La verdadera intención de aquellos desconocidos seres resultaba inquietante, muchos pensaron en una invasión... Pero lo cierto es que los restos de la civilización Maya se preparaba para un éxodo sin precedentes debido a una inminente llamarada solar de nivel ELE, predicha muchos siglos antes por sus venerables ancestros.


HISTORIA DE UN VERANO AL SOL, de Lourdes Díaz.

Al final de aquel verano de risas, baños en calas paradisíacas y conciertos de guitarra a la luz de la luna, no quedaban más que deudas, cartas sin abrir en el recibidor y polvo en toda la casa. Éramos felices a pesar de todo. Inconscientes, lujuriosos, caprichosos, pero felices. Sabíamos que aquello no podía durar siempre, que vendrían a buscarnos por aquel estúpido error, pero, ¿qué más daba? Éramos libres aún, y tal vez pudiéramos seguir siéndolo por algún tiempo.

Max masajeaba mi espalda, untando con esmero la crema solar cuando oímos que sonaba el timbre. Nuestro destino acechaba tras el vano de la puerta.

 

EL SIMÚN, de Helenka Wolf.

Al final de aquel verano, las arenas del desierto despertaron bajo el fuerte influjo del  simún. El Sahara, Palestina, Jordania, Siria y buena parte de los desiertos de Arabia, contaron su ancestral historia a través de las ruinas desenterradas, ajenas hasta entonces a los atónitos ojos del hombre moderno. Una edad de oro siquiera intuida, en donde los altos conocimientos en matemáticas, ciencias, filosofía y astronomía, entre otros, rebosaban una sabiduría que sobrepasaban a cualquier erudito de la llamada edad de hierro. Su paradójico mensaje de grandeza y humildad enviaba una elocuente misiva al soberbio hombre contemporáneo: tú también perecerás bajo las arenas del tiempo...

    



LA OSCURIDAD, de Silvia García Blasco.

Al final de aquel verano dirían adiós a la luz. Las montañas habían crecido tanto que apenas unos pocos rayos lograban alcanzar la ciudad, antes tan alegre y llena de vida. Cuando lo descubrieron era tarde, la tierra había despertado y se reproducía sin control; las rocas inertes cobraban vida, crecían y se multiplicaban ganando altura y dejando el valle sumido en una profundidad por minutos más sombría.

Morían sin remedio las plantas en los huertos, los frutos en los árboles. El hambre empeoraba robándoles más aliento cada día. Ni siquiera tenían fuerzas para salir de allí. La oscuridad llegaba.

 

MAPAS TEMPORALES, de Pitt Berkemeyer.

Al final de aquel verano el mapa había cambiado. Cartógrafos con experiencia en la reflexión sobre superficies vacías, dibujaban las primeras marcas marrones, islas redondas y solitarias, en el fondo de formica, aisladas en un mar de nada. Más alegres, los anillos de color rojo aparecían en parejas o en pequeños grupos. Manchas entrelazadas por almas gemelas o vidas simbióticas. Archipiélagos de ocio ruidoso. A la geología del mapa le faltaba esencia, le faltaba la tierra firme de sustancias pegajosas plasmadas por los dedos de los niños, aburridos de los adultos alrededor. Estos cartógrafos inocentes del futuro que nunca piensan en él.

 

SOLEDAD LIBRE, de Pitt Berkemeyer.

Al final de aquel verano la maleta todavía estaba en el maletero del coche. Ella no encontraba la ocasión de bajarla. Su intención era mantenerse separada de los otros, pero sabía que no podía estar sola. Quería un lugar que la mantuviera alejada de todo, una burbuja de máxima libertad. Más tarde, caminando por la playa, pronunció su deseo al mar, como una petición, pero las olas eran demasiado altas y el viento devolvía las palabras a su boca. En la playa nadie la miraba, pero estaban allí, como vigilantes, para evitar que ella pudiera entrar en su burbuja. En su espacio de libertad.

 

PLAN DESCABELLADO, de María José Peña.

Al final de aquel verano
tan incierto como extraño,
el transcurrir del tiempo inexorable,
lento pero firme,
descubrí, no para mi sorpresa,
que es inútil huir de aquello que te persigue,
que la única certeza que tenemos
es que tarde o temprano todo termina,
y que lo importante es dejarse la piel
en la siguiente partida.
Hazlo, aunque sea temblando.
Ser vulnerable es valiente.
Deja el miedo, sal de casa,
búscale, llama a su puerta
y mirándole dile lo que tu boca calla:
«Quédate e intentémonos lo que queda de tiempo
hasta que venga la muerte o el fin del mundo, lo que llegue antes» 


IRENE, de Pablo Crespo.

Al final de aquel verano su hijo pudo volver a pasear con ella, los martes por la mañana.

Empujando su andador, bajaban primero hasta la plaza y subían (más lentamente) de nuevo a casa, con la lotería y una barra de pan.

De bajada jugaban a crear palabras con las letras de las matrículas (ella solía ganar), y también a sumar y restar los números (eso no le gustaba nada, era muy difícil)

De subida trataba de recordar qué día era, cómo se llamaba esa novia tan guapa de su hijo, y si ese verano comenzaba, o estaba ya a punto de terminar.

 

AMOR PARA SIEMPRE, de Martina Arreaza. 

Al final de aquel verano cruel, fluían de sus ojos gotas contenidas. Bloqueados sus sentimientos  y sus ansias de vivir.

El mes de junio  nos conocimos, era tan guapo y viril que nada más verlo quedé atrapada en su mirada; nunca nos separamos en aquellos meses estivales.

Yo estaba prometida por intereses familiares, y él venía de un país lejano. Mis padres prohibieron volver a verle.

Días antes, pletóricos de felicidad; acordamos huir de la vida que habían elegido para mí . Pero pasaban las horas y nunca llegaste.

El cruel destino lo impidió. Tu vida… quedó atrapada en el asfalto.

 

AL FINAL DE AQUEL VERANO 2, de Andrés Flores.

Al final de aquel verano… me encontraba igual, decía. Sentía que no lo había aprovechado bien, que había pasado más tiempo del necesario con la familia y deseaba volver al trabajo. Un verano perdido.

Si siente nostalgia por volver al trabajo es que no sabe tener vacaciones. No hay manera de disimular este hecho, no ha nacido para el ocio, para vivir y filosofar.

Me dice que las circunstancias ahora son diferentes, y que con el maldito COVID, las cuarentenas, la distancia social y todo lo demás, se siente alienado y necesitado del contacto humano.

Su problema no tiene arreglo, es un poco tonto.

  

TODO VUELVE A EMPEZAR, de Meritxell Panadès.

Al final de aquel verano que pretendía no terminar nunca, se sentó en su hamaca, miró por la ventana perdiendo la mirada en el baile inquieto de unas palomas y sintió como estos últimos meses su vida se le había escurrido completamente entre tanto bombardeo de cambios y emociones. Le viene el vano recuerdo de cuando, recién sonadas las 12 campanadas, brindó eufórica por un 2020 prometedor, acogedor y lleno de ilusión. «Ingenua» se dice a si misma mientras vuelve la desagradable punzada en la boca del estómago que, hacía ya unos meses, se había convertido en su única compañía. Todo vuelve a empezar.

 

LA MUDANZA, de Mari Bastida.

Al final de aquel verano comenzó un nuevo otoño, en el que después de un no parar, estrenábamos nuestra nueva casa de planta baja, arquitectura que aún poblaban las barriadas de las ciudades, con las puertas abiertas todo el santo día por las que entrábamos y salíamos a la calle sin temor. Tenía un buen patio trasero, y de la casa colindante, separada de la nuestra por un alto muro, se colaban las frondosas ramas de un enorme melocotonero que tenían plantado, asomándose como sombrillas en racimos y de las que brotaban los melocotones más hermosos y dulces que he comido en toda mi vida.


JUEGOS INFANTILES, de Mari Bastida.

Al final de aquel verano nos instalamos en nuestro nuevo hogar y lo recuerdo como uno de los veranos más felices de mi infancia. Descubrir nuevos rincones donde esconderse, tirar polvos de talco por el pasillo cuando nuestro padre se iba a trabajar y nuestra madre a hacer la compra, después de haber dejado la casa limpia y ordenada, y por el que mis hermanos y yo nos deslizábamos patinando con los pies descalzos. Recordar la cara de nuestra madre al volver y ver convertida la casa en todo un parque de atracciones. Escondernos con risotadas pensando que sus regañinas también formaban parte del juego.


MI PRIMER ATARDECER, de Mari Bastida.

Al final de aquel verano empecé a ser consciente de que el tiempo cambiaba, de que el aire se disfrazaba de suave brisa fresca que acariciaba mi cara. Tenía tan solo seis años y aún tengo grabada en mi memoria aquella imagen en el horizonte montañoso y arbolado mucho antes de que fuera invadido por un enorme bosque de ladrillos y asfalto, era el Sol con su cara redonda y anaranjada delante de unas cortinas que iban cambiando de color entre rosa y violáceo según se iba escondiendo para irse a dormir. Para aquella mente infantil era casi como contemplar los confines de la tierra.


COSAS DE VERANO, de Ángel Lara Navarro.

Al final de aquel verano le faltaba algo. Un poco de luz, un poco de vida, el barco de Chanquete o unos mejillones al vapor. Le pesaban los besos que no había dado, las copas que no había tomado, los baños que no se pudo dar. Al final de aquel verano le faltaba espacio, y aire que respirar.

Miró las vigas del techo. Resistirían. Cogió la cuerda y colocó con mimo la carta encima del aparador. No iba a permitir que al final de aquel verano le faltase también un cadáver en su salón.


ENCUENTRO, de Narcís Ibáñez.

Al final de aquel verano, mi primer festival; hacía unos días había terminado con mi novia: Susana, quería estar donde nadie me conociera, ser anónimo por cinco días.

Las expectativas eran grandes llegué de madrugada y me mezclé en la vorágine del pueblo, las calles eran una gran cama con miles de jóvenes acurrucados en las aceras, creando un lienzo de ángeles en reposo.

Concierto estrella de la noche; Chemical Brothers explosión de luz y sonido, la energía me absorbe cincuenta mil gargantas aullando, giro mi cabeza, y enfrente de mí dos mujeres besándose apasionadamente: Susana con otra mujer, avergonzando a los ángeles... ¡bellísimas!


SIN TÍTULO 6, de Inma Lara.

Al final de aquel verano terminamos de la misma forma.

Esta vez guardamos las medidas de seguridad y nuestras mascarillas no pudieron ocultar la tristeza de lo que se acaba. Mis ojos vidriosos miraron los tuyos y juntos se prometieron, por lo menos, no olvidar los besos furtivos que te robé bajo la luz de la luna.


VOCES, de Américo Fojo Ferretti.

Al final de aquel verano, cuando le avisaron que la casona de la abuela se vendía y había que vaciarla, decidió volver.

Al abrir la gruesa puerta de roble, sintió un estremecimiento por el silencio profundo, la soledad que penetraba en la piel contemplando la galería de vidrios verdes.

Quería llevarse un recuerdo, pero experimentaba algo insólito, como si un cristal lo separara de cada objeto que veía.

Angustiado, quiso huir.

Al transponer la puerta, escuchó a sus espaldas voces llamándolo.

Sin girarse, levantó el brazo, saludando.

Cerró violentamente.

El deslumbrante sol le hizo entrecerrar los ojos.


COSECHANDO RECUERDOS, de Raquel Zaragoza.

Al final de aquel verano maravilloso, en campo de mis abuelos, aprendí que, si quería que los pájaros acudieran a mi ventana, primero tendría que ponerles agua. Aprendí que, a las flores silvestres no les gustan los jarrones. Aprendí que, si mataba a las hormigas, ya no podría jugar con ellas. Aprendí que, la sensibilidad no está reñida con la fortaleza… 

Y ahora, cincuenta veranos después, sé que los recuerdos sembrados durante la infancia, alimentan nuestra memoria durante toda la vida.


EN EL PÓDIUM:

Tercera posición con 10 puntos para:

SEMPITERNA SONRISA, de Raquel Zaragoza.

Al final de aquel verano de vida disoluta… ¡me detuvieron! Y yo sonreí.

Y mientras me quitaba la corbata para entregarla con mis pertenencias, recordé las sabias palabras de mi madre: «Nunca olvides que un nudo bien hecho será tu primera tarjeta de presentación en una cita. Y si además ofreces una sonrisa…, entonces no habrá puerta que se te resista».

─Quizá todo había sido demasiado fácil. Quizá se me abrieron demasiadas puertas… ─pensé esbozando una amarga sonrisa, antes de cruzar el umbral de mi celda.


Segunda posición con 15 puntos para:

CENIZAS, de Débora García.

Al final de aquel verano me llegó un duro invierno.

Pocos días antes de la despedida leí en sus ojos lo que se siente cuando las puntas de los pies asoman en un acantilado. Una niebla fría y húmeda me agarró por dentro, me sentía como una vasija desbordada por el agua de lluvia mientras los recuerdos se escapaban calle abajo sin poder hacer nada.

Llegué unos minutos tarde a nuestro último café y puedo jurar que nunca probé café más amargo. Sólo recuerdo ese «amigos» saliendo de su boca y quemando todo a su alrededor. La lluvia se convirtió en cenizas.


Relato ganador, con 22 puntos:

VIDAS PARALELAS, de Silvia Espina.

Al final de aquel verano, al llegar a mi casa y abrir la puerta, me vi salir. Intrigada, decidí seguirme.

Caminé varias calles observándome; me espié entrando en un sórdido bar y comenzando a beber, mientras alguien intercambiaba conmigo papelinas por dinero.

Me vi salir del bar y llegar a la estación de tranvías. Muy nerviosa, me situé detrás de mí y allí, sin pensarlo, cuando entró el primer vagón, me empujé con fuerza hacia las vías.

Sorpresa y horror se apoderaron del público, confusión que aproveché para alcanzar discretamente la salida.

Mi vida paralela había desaparecido.


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Con este resultado, tenéis hasta el viernes 11 de septiembre a las 24:00 para escribir y enviar relatos que comiencen con la frase final del relato ganador y otras 100 palabras más como máximo, es decir: «Mi vida paralela había desaparecido» + 100 palabras. El relato ganador de la segunda quincena será leído en la radio el martes 15 de septiembre. Aquí los relatos de la siguiente edición.



Fuera de concurso:

PROMESAS DE SAN JUAN, de David Reche Espada.

Al final de aquel verano mentiroso la promesa del amor era soledad pegada de nuevo al alma, como esa humedad de las tardes del agosto crepuscular, que te envuelve con la familiaridad del abrazo de una novia que te dejó hace tiempo y a la que decidiste no olvidar.

Añoraba septiembre y que su rutina sepultara inconsciente el recuerdo de risas y gozos de aquella noche sanjuanera, cuya resaca seguía martilleándome dos meses después. Pero contra toda lógica, al final de aquel verano regresé a la que pudo ser nuestra playa, a brindar por un futuro inventado que, como decía la canción, simplemente no existía.

 

Enviados en plazo pero olvidados por el organizador:

LA APUESTA, de La Última de Filipinas.

Al final de aquel verano caminaba hacia el portal dos de mi calle, mascullando, cual demente, lo que podría parecer el tormentoso código de aquella serie titulada Lost.

-Tienen que ser estos siete números- me susurró el último día de agosto.

Me atendió una señora que sabía más de mí que yo de ella. Yo nunca había jugado con el azar y cuando eres muy joven el tabaco lo compras donde no te conocen.

-¿Qué tal estáis tu papá y vosotras tres?

-Traigo sus números memorizados.

El cinco de septiembre dejé de comprar tabaco, pero vuelvo cada semana para apostarlo todo al tres...



ÉRASE UNA VEZ, de La Última de Filipinas.

Al final de aquel verano vestía con apariencia de experto despreocupado, como quien vive arañando cada segundo de la vida sin ataduras pasadas ni presentes. Fumaba tabaco de liar curiosidad con aventura, atrayéndome así como la miel a las moscas en cada calada…

Entonces llegó el tercer gin tonic y con él apareció frente a mí un ingenuo preocupado, sin valor para salir de sus ataduras pasadas que sí resultaba cargar aún sobre sus hombros. Su barba me seguía pareciendo seductora, pero no era libre, no era valiente. Bebía lo que todos: gin tonic.

Encontré un «érase una vez» sin puntos suspensivos.









sábado, 8 de agosto de 2020

CUMPLEAÑOS FELIZ

PREVIAMENTE: Tierra estéril.


Apenas una hora antes del día de mi cumpleaños, la mujer que tomó la decisión de difuminarse porque no se estaba enamorando de mí, me envió una pre-felicitación por whatsapp.

Hace años celebraba mi cumpleaños con la vocación de ser la novia en la boda y el muerto en el entierro, pero poco a poco se me fue marchitando esa ilusión por hacer fiesta. Coincidió con el periodo madrileño, con la sensación, falsa o real, qué más da, de soledad; o quizá fue un vicio adquirido de la pareja que tuve hasta entonces. Al fin y al cabo todos vamos asimilando actitudes, por ósmosis o por imitación, de aquellos que nos rodean, especialmente de las personas más importantes de nuestro entono, es nuestra naturaleza. De aquella pareja que tuve durante ocho años me quedé muchas cosas, algunas que le tengo que agradecer y otras quizá no, pero quién soy yo ahora se debe en parte a ella, igual que las interacciones con nuestra familia cuando somos niños explican el adulto que seremos. El caso es que cuando nos separamos y quedó más patente mi soledad en Madrid empecé a huir de las celebraciones de cumpleaños, imitando en este campo una de sus actitudes frente a la vida: pasar desapercibido. No es que yo haya sido nunca un especialista en no hacerme notar, pero a partir de aquel agosto de 2014, hace seis años, dejó de hacerme gracia cumplir años, y redescubrí el post-púber o pre-adolescente que fui hace treinta años, que vivía con incoherencia y confusión lo de dar otra vuelta al Sol. Quizá a partir de aquel 2014 en el que llevaba perdidas unas cuantas cosas desde el traslado forzoso a Madrid quise engañar al tiempo, veía que los cuarenta años se acercaban como una amenaza real, y pretendí pasar desapercibido, al menos durante los días que rodeaban a la fecha de mi cumpleaños, como una forma de intentar engañar al tiempo, que no se diera cuenta que yo estaba por allí, a ver si me regresaba a los años anteriores, cuando pensaba que tenía el control de mi vida. Puede ser que se tratara de los síntomas visibles de la midlife crisis, acechando al final de mi cuarta década en este mundo. El caso es que inventaba tretas para no estar disponible, mi teléfono se averiaba sorpresivamente un día antes, o iniciaba un viaje de vacaciones sin tener claro el destino o lugar donde pasaría el día de mi cumpleaños. Huía de celebraciones y de fiestas, pero cuando ésta se producía, alguna cena contra mi voluntad, no tenía más remedio que sonreír y no quitar la ilusión a quienes me habían organizado la sorpresa con toda su buena voluntad, mostrarles mi agradecimiento sincero (ellos no podían ser culpables de mis mierdas internas).

Ahora, con la década de la cuarentena marchando a velocidad de crucero, no tengo más remedio que dejarme llevar, no opongo ningún tipo de resistencia más que haber ocultado mi fecha de cumpleaños en la red social por excelencia: para que sólo se acuerden quienes quieran acordarse.

Pues bien, esa noche previa a mi 43 cumpleaños hubo varias llamadas extrañas a mi puerta: la primera fue la mencionada al principio. De alguna forma quiere, o quería, seguir presente a pesar de no querer profundizar en la relación que creí estábamos empezando, más bien la cercenó. Despreocupada o ignorante de lo que ocurre, se ofreció a una cerveza alguna tarde para celebrarlo durante esa semana en la que no tendría a sus hijos a su cargo. Su ofrecimiento se diluyó en la vida atareada de una mujer con negocio propio.

La segunda fue otra mujer que esperó canónicamente a felicitarme a las doce de la noche, y a la que soy yo quien, con mi libido por los suelos, no le presta más atención para tener alegrías conjuntas y descomprometidas en este verano raro.

La tercera fueron dos sueños de signo muy distinto. En uno de ellos mis abuelos maternos telefoneaban a los paternos, para comer juntos. Los cuatro fallecieron hace más de un lustro o una década, y quizá acudieron a mi sueño convocados por la reflexión del día anterior al ver que mis tíos ya no son los treinteañeros que cuando era niño hacían fiesta en la casa de campo familiar, sino personas mayores que se parecen ya más a los abuelos que tuve de niño que a los tíos que aún perviven en mi imaginación desde hace más de tres décadas. También soñé con sexo, contradiciendo mi pensamiento de que tengo la libido desaparecida: una joven rubia y dispuesta se exponía en toda su intimidad para que yo hundiera mi cabeza entre sus piernas.

Casualmente cuando la mañana siguiente bajé a correr a la rambla del Vinalopó me salieron al paso cinco jóvenes gacelas de piernas largas y apetecibles a las que me creí capaz de seguir. Pero la realidad es más tozuda que mis capacidades físicas, y a los cinco minutos descubrí que corrían a un ritmo para el que este león no está preparado. Tuve que dejar escapar esa juventud y esa lozanía, asimilando que ese día cumplía un año más y mis límites, en según qué campos, estrechan mis horizontes plausibles.


CONTINÚA: Cuando seas mayor, te acordarás de este verano.


viernes, 17 de julio de 2020

TIERRA ESTÉRIL




Llevo unos minutos, o incluso unos días, dándole vueltas a cómo debería empezar la Gran Novela de mi vida, y no sé cómo hacerlo. Ni siquiera me creo capaz de escribir esa Gran Novela o de si es el momento de pretender una empresa que no sabré hacer. No es algo que me atormente, no ahora.

Ayer por la mañana, un jueves de julio de la nueva normalidad, y de mi nueva historia, salí a correr a la rambla del Vinalopó, como tantas veces hice antes de que el alud de las diferentes vidas por las que he transitado se empeñara en ocultar esa rutina deportiva, la única que he practicado con irregularidad hasta que el Fin del Mundo de 2020 nos hiciera cambiar algunas cosas importantes y otras prescindibles. Trotaba como un rinoceronte herido que no ha desayunado por la zona norte del paseo del río, un paisaje árido, con pocas concesiones a la belleza fácil. Allí me crucé hace años, creo que fue en mi tercera o cuarta vida, con la columna de hormigas que me proyectó hacia uno de mis universos literarios. Me gustan esos paisajes, me inspiran, y cuando los he descubierto lejos de casa me han reconfortado. No sé si es que soy parecido a esos territorios agrestes y espinosos y por eso me tranquilizan, al contrario que la sensación de estar ciego y desamparado entre los árboles susurrantes de un bosque, donde cualquier bestia o miedo antiguo puede estar acechándote a unos pocos metros. Mis pulsaciones bajan en los desiertos, que quizá son como yo: aspecto árido que requiere un esfuerzo del observador para descubrir sus matices, para conocer toda la riqueza que puede esconder, toda la historia que su tierra desnuda te cuenta si tus ojos aprenden a leerlo e interpretarlo.

Corría hacia el norte por la ladera este, con el sol de las nueve y media de la mañana atizando ansioso como si el día se le fuera a acabar ya. Delante de mí reposaba tranquilo el puente colgante del Bimilenario, una estructura grácil, esbelta, que salva la rambla sin interferir con ella pero en concordia con la geología; un puente cuya solución estructural (que sea colgante) se explica por el territorio que cose, y viceversa: ayuda a comprender el terreno, te cuenta cosas de él gracias a su diseño. Observaba el tablero del puente, sobrevolando con su aspecto frágil la vegetación que subsiste abajo, junto al río de aguas salobres, y entre resoplido y resoplido de mi trote cansino la formación de ingeniero de caminos de mis vidas anteriores se apoderó de la corriente de pensamientos. Al ver pasar allí arriba diversos vehículos de porte variado empecé a explicar al interlocutor ficticio que suele acompañarme en mi día a día que solo un camión hormigonera, o uno con la caja llena de tierras, podría llegar a equiparar la acción de su carga al del peso propio del tablero del puente en los puntos por los que rodara ese camión. La estructura se veía ligera debido a lo esbelto, a la longitud entre ambos extremos del barranco y a que no dispone de ningún apoyo, simplemente cuelga de los cables con cierta sensación de ingravidez; pero aun así le explicaba a mi interlocutor imaginario que el peso propio de la estructura es la principal acción a la que ésta ha de hacer frente. Sí, me pasa a menudo eso de explicar cosas a alguien que está en mi cabeza. No sé si es mi amigo imaginario o un ignorante imaginario que me he creado para parecer inteligente en mi fuero interno.

El caso es que, mientras mi estómago vacío empezaba a notarse en el ritmo cada vez más penoso de la carrera, me di cuenta de que las estructuras son como las personas, aquéllas que se soportan sólo a sí mismas, sin poder resistir la acción de ninguna otra fuerza externa, es decir, sin interaccionar con su entorno colapsan, o se vuelven insoportables, no pueden aportar más que belleza visual a su entorno (sólo en el supuesto de que sean esculturas hechas con gracia), pero también puede tratarse de mamotretos que lo único que hacen es invadir el paisaje. Y esto ocurre también con las personas, sean modelos engreídas, guapos egocéntricos o enfadados del montón: gentes que han nacido para aguantarse como mucho a ellas mismas puesto que sus dotes sociales son mínimas.

Con la lengua fuera mientras giraba de nuevo al sur, el hilo de pensamiento retrocedió con una puntada a un par de episodios recientes del actual periodo de tránsito entre mi última vida y la que se me dibuja por delante. Durante el confinamiento en el que nos vimos recluidos en casa debido a la pandemia de la COVID-19, me descubrí como un tipo solitario con grandes dotes sociales, esto es, aunque me desenvuelvo con facilidad entre mis grupos de amigos y compañeros de trabajo, aunque transmito una imagen de persona sociable y animosa, disfruté íntimamente la soledad de estar en casa con mis propios procesos internos, con la compañía de algunas videollamadas y del ignorante imaginario al que explicar cualquier cosa que se me ocurriera o que descubriera enlazando páginas de la Wikipedia. No necesitaba trato físico con nadie, no sufrí ningún tipo de trauma ni de ansiedad por estar recluido en mi pequeño apartamento alquilado de Madrid, sin obligaciones laborales pero con la seguridad de continuar cobrando un sueldo aceptable. Solos mi cabeza, quienquiera que haya ahí dentro, y yo. ¿Estaría transmutando en una estructura que no puede soportar cargas externas? ¿Y si me convertía en un puente que no puede usarse para comunicar dos extremos de un vacío, en un edificio al que nadie puede entrar ni a meter siquiera unos muebles porque con mi propio peso ya tengo más que suficiente? Cierto que durante el confinamiento conocí a alguien, una mujer a la que me moría de ganas de conocer. Ella fue el único motivo por el que se me hizo en algún momento cuesta arriba saber todo el tiempo que debería seguir en Madrid sin cambiar de provincia, sin poder ir a verla y materializar en el mundo de lo concreto todo lo que había levantado en el de las ideas. Alguien por quien quería mejorar, desterrar las partes de mi persona que no me tenían contento y reconstruirme a partir de todo lo reflexionado sobre mí en las vidas pasadas. Y nos vimos. En la noche de San Juan, donde terminaba mi relato Dos estaciones, comenzaba una historia en la que puse mucha ilusión, lo idealizado se materializaba, en lo bueno y en lo malo. Esa mujer y yo compartimos la noche de San Juan, nos miramos a los ojos, saltamos el fuego, metimos los pies en el agua, nos ensuciamos con la arena, nos tocamos, nos besamos, discutimos, defraudé, lo dimos todo por perdido, manchamos las sábanas de un hotel y nos despedimos cansados hasta la noche siguiente. Hubo más noches, hubo un comienzo de verano que quise asemejar al comienzo de invierno de los protagonistas de ese relato, Dos estaciones, pero me conjuré para que el recorrido no se limitara sólo a esas dos estapas (de hecho ya llevábamos una de recorrido virtual, la primavera que no existió en 2020).

Y hubo una noche en la que esa mujer, antes de pasear de mi mano por las calles de Elche, antes de invitarme a su casa, tuvo también tiempo de reprocharme con toda su intensidad y toda su vehemencia mi aparente nulo interés en lo que estaba ocurriendo, mi inmutabilidad, mi incapacidad para transmitir las emociones, confirmando de alguna manera lo que Irene me dijo en una ocasión: soy un robotito, un cerebro de emoción inerte atrapado en un descriptor de cosas pero no de emociones.

Y ahora que ella toma la decisión de difuminarse es cuando dudo que alguna vez llegue a escribir una gran novela, dudo que sea capaz de escribir algo más que una sucesión de descripciones más o menos bien trenzadas, con acciones no metafóricas que viven personajes descritos sin maestría pero con chispazos de acierto. Reflejos de un ser plano, con profundidad mínima, sin peligro para la navegación deportiva junto a la orilla pero sin interés para una apneísta que prefiere las profundidades abisales.

O quizá sólo soy un desierto sin nada más que tierra estéril.



MORTADELA CON ACEITUNAS


(Este es el tercer relato de mi primer libro: Relatos improbables de la ciudad antropomorfa publicado en 2011. El relato es de 2006)

Se produjo una vez el hecho de que un niño de unos siete años, que aunque era todo lo responsable, e incluso más, de lo que se puede esperar de un niño de siete años; decidió no comerse el bocadillo de mortadela con aceitunas que su abuela materna, la señora María Asunción de la Paz Gómez, le había preparado para merendar aquella tarde. Era sabido por sus padres que a veces decidiera infringir conscientemente alguna norma que su entendimiento consideraba arbitraria. Lo pensaban rebelde, como su difunto abuelo.

    Era a finales del mes de julio, que se despedía con unos días tremendamente calurosos, tanto como que hacía cuarenta años que no se recordaban, según afirmaba la prensa local, temperaturas tan altas en ese mes. De todas formas no hay que olvidar que en ocasiones la prensa local peca de cierta exageración cuando habla de los asuntos más cercanos y que sabe que no van a tener trascendencia fuera de su ámbito de difusión.

    Estaban dando las seis y media en el reloj de la torre de la iglesia del barrio de Las Patas, y el niño, cuyo nombre obviaremos, corrió por el sendero que serpentea ladera abajo desde la plazoleta de la iglesia hacia el río. Cuando llegó a la confluencia con el camino de la rambla, antes de llegar al último puente, llevaba el bocadillo intacto en la mano. Ya antes de recibirlo en la cocina de su abuela había decidido que esa mortadela con aceitunas no le gustaba y que por tanto no la comería. No llegó a considerar la opción de comunicar su desagrado hacia la merienda de aquella tarde, puesto que conociendo el carácter de la señora de la Paz Gómez sabía que conseguiría una regañina, cosa que no le importaba demasiado; además de la incómoda vigilancia de su abuela durante todo el proceso de deglución. Estando junto a los arbustos, que en una franja de veinte metros esconden el apenas metro y medio de ancho del río, comprobó que no había nadie en las cercanías. Era consciente de que lo que iba a hacer era considerado una fechoría en ciertos ámbitos, así que tomó sus precauciones. A esa hora aún no había nadie haciendo deporte por los caminos que intentan seguir el curso del río por el fondo del barranco, ni siquiera nadie paseando al perro. Sólo se escuchaban los gritos de otros niños, allá arriba en el puente colgante, que intentaban acertar aviones de papel sobre el agua, pero estaban en la parte opuesta del tablero del puente y no podían verlo. Así que lanzó el bocadillo hacia la maleza, por encima del carrizo, y corrió resuelto por el camino rambla abajo, hacia el puente del Ferrocarril, para practicar puntería con las palomas que anidan bajo sus vigas.

    Es de suponer que cosas como éstas ocurren todos los días, quizá alguno de nosotros mismos lo hizo alguna vez, cuando éramos menos responsables pero más felices de nuestros actos.

    Y hasta aquí alcanzaría el relato si no fuera porque la realidad llega siempre más allá de donde queremos ver, y a veces son los pequeños detalles los que desembocan en actos que serán recordados en el tiempo dejando una huella impredecible en su comienzo. Y fue algo tan sencillo como que el bocata cayó en un sitio inaccesible para los gorriones que observaron el hecho, y sin interés para las ratas, que tenían comida más fácil en los comederos para los patos del parque municipal. Sin embargo una exploradora de un hormiguero cercano andaba por allí cerca, siempre en estado de alerta como el resto de exploradoras, para poder abastecer a la enorme colonia que había prosperado en aquel lado del río. Dicho hormiguero se situaba junto a un pequeño vertedero donde arrojaba sus desperdicios la población chabolista de lo alto del barranco, más allá del barrio del niño. Pero el Excelentísimo Ayuntamiento de la ciudad había expulsado de la zona al asentamiento y saneado el vertedero, por lo que la comunidad de hormigas se vería en serios apuros el próximo invierno si durante ese verano no conseguía recolectar suficiente provisión para alimentar a los nuevos miembros, fruto de la prosperidad existente hasta unos meses antes. Afortunadamente para la colonia la casualidad quiso que la exploradora de la que ya hemos hablado se encontrase buscando semillas a tres centímetros exactos del punto donde aterrizó el bocadillo. No bastaron ni diez segundos para que tras la confusión inicial por el impacto de lo que acababa de caer desde lo alto, el instinto de la hormiga despertase y fuese como la primera chispa del motor de la maquinaria entera del hormiguero.

    En diez minutos, a las seis y cuarenta y dos de la tarde, la exploradora estaba en la entrada del hormiguero mostrando un trozo de mortadela arrancada del bocadillo. En otros siete minutos, y siguiendo su propio rastro de ácido fórmico, guió a una decena de hormigas al punto donde estaba el bocadillo. A las siete y cinco de la tarde esa decena de hormigas volvía de nuevo al tesoro de pan y embutido tras dejar sus primeros cargamentos en la colonia, seguidas ya de una fila de insectos que poco a poco, y a la llamada de la actividad que empezaba a desarrollarse en la puerta del hormiguero, era cada vez más definida.

    A las siete y media de la tarde toda una compacta columna de obreras, de una longitud de más de doscientos metros, estaba activa en una tarea de la que dependía la supervivencia de la colonia. Atravesaba por dos puntos el camino paralelo al río, saliendo de entre la maleza para volver a internarse en ella, siguiendo el titubeante rastro que la exploradora describió en su primer recorrido. Cálculos realizados posteriormente arrojaron una cifra de aproximadamente medio millón de hormigas realizando la tarea, a razón de veinte insectos por cada centímetro de longitud, en una columna que tenía cinco centímetros de ancho; y fue mucho más tarde cuando se puedo realizar una estimación mucho más ajustada de la población total de la colonia.

    A esa hora de la tarde el calor se hace un poco más llevadero y empiezan a bajar paisanos al río con el fin de hacer deporte, bien montando en bicicleta, bien corriendo; o simplemente caminando mientras pasean al perro. Los corredores, por algún extraño motivo, evitaban pisar la formación de hormigas, cosa que para los ciclistas no era posible. Aquella tarde, tal y como ya se ha expuesto que registró la prensa local, el calor fue más intenso de lo normal, y la fortuna quiso que tan solo dos ciclistas recorrieran el circuito existente en el camino del río. Así que fueron cuatro ruedas en dos localizaciones distintas las que por unos instantes sembraron el caos y la muerte en ocho puntos de la columna. Aproximadamente unas seiscientas hormigas perdieron la vida por aquel hecho. Se produjeron momentáneas histerias colectivas en esos ocho puntos, pero debidas principalmente a la pérdida del rastro de ácido fórmico más que a la muerte de las compañeras. Aún así la maquinaria no se iba a detener por un incidente tan insignificante, poco más del uno por mil de la formación causó baja. Los gorriones, por su parte, preferían no acercarse al camino porque siempre había un humano a la vista y optaban por rebuscar entre la tranquilidad de los arbustos. Esa noche su cena se compondría de semillas, mariposas y cigarras, que cantaban despreocupadas pensando en la ilusión de una próxima pareja.

    A las ocho y cuarto, diez minutos después del incidente con los ciclistas, pasó por allí, en la primera de las cuatro vueltas que daba en su carrera por el río, Héctor Mendía, futuro ingeniero a falta del proyecto final de carrera. Para tal proyecto había comenzado a desarrollar la idea de acondicionar como paseo ese tramo del río, el que quedaba más al norte, lindando con los límites de la ciudad y que estaba aún por urbanizar. Héctor Mendía, en la semana que llevaba aquel verano bajando a correr al río había estado almacenando ideas sobre cómo debería ser el itinerario, respetando en algunos puntos la enmarañada vegetación, con acondicionamiento de las caminos mediante adoquinado y alumbrado hasta la vieja presa dos kilómetros aguas arriba, plantando una fila de palmeras para dar sombra y paneles explicativos de la vegetación y la geología local: secas paredes verticales de hasta diez metros de altura en algunos puntos, formadas por limos con algunos estratos de gravas y arenas, sin duda pertenecientes a episodios más caudalosos del río. Éste era ahora una pequeña corriente mediterránea alimentada por depuradoras municipales, pero que a lo largo de los siglos había ido configurando un paisaje singular, hostil y bello en la falla por la que circulaba.

    Héctor Mendía, igual que el resto de corredores, evitó pisar la formación de hormigas. Y tuvo conciencia de que algo importante para ellas estaba ocurriendo cuando veinte metros más allá volvió a encontrarse con la compacta fila de insectos. Pasó tres veces más por allí, en las que tuvo ocasión de hacer mentalmente un cálculo aproximado de la densidad de hormigas e incluso del desastre que habían supuesto las dos bicicletas cuyas huellas todavía eran visibles. Por unos minutos, más de los estrictamente necesarios debido al cansancio y los múltiples estímulos externos que recibía durante la carrera, estuvo entretenido realizando esos cálculos mentales. A las nueve menos diez de la noche Héctor Mendía, intentando controlar sus pulsaciones, volvía a casa camino de la ducha. No dio más importancia al fenómeno de las hormigas.

    A las siete de la tarde del día siguiente, la señora María Asunción de la Paz Gómez preparó a su nieto un bocadillo con queso de leche de cabra, de fabricación local, que gustaba especialmente al niño. Esta vez el infante no sintió la necesidad de bajar al río a deshacerse de la merienda. Se quedó en la plaza con sus amigos. Las hormigas no fueron importunadas, puesto que todavía no habían terminado su trabajo del día anterior, tal era la densidad del pan que compraba doña María Asunción de la Paz Gómez en el horno del barrio y el tamaño de los bocadillos que preparaba a su nieto.

    Una hora más tarde Héctor Mendía de nuevo bajaba al camino del río. Esta vez acompañado por Cristina Marco, estudiante de Biología. Cuando pasaron sobre las hormigas la densidad de éstas había disminuido considerablemente, pero mantenían la formación en los dos puntos del camino. Cristina Marco realizó un par de observaciones sobre el comportamiento de los insectos que Héctor Mendía comenzó a asociar con algunas de las ideas que fraguaban en su cabeza sobre el proyecto final de carrera. Pero eran ligeros esbozos.

    Tan solo dieron dos vueltas al circuito porque Cristina Marco no estaba lo suficientemente entrenada y Héctor Mendía no albergaba demasiadas esperanzas de obtener algo más de ella. A las nueve menos cuarto salía de la ducha pensando en las hormigas, la ciudad, el río y su proyecto, pero sin saber muy bien qué clase de relación podría encajar todo aquello. Puso en marcha el ordenador y se conectó a Internet para conseguir más información sobre los insectos, y encontró a alguien que le podía ayudar. Olga Zornoza estaba también a la falta de un proyecto para ser Licenciada en Ciencias Ambientales, y compartía con Héctor Mendía el mismo interés por la Naturaleza, aunque cada uno de ellos había transitado por caminos muy distintos, que sin embargo se encontraban frecuentemente.

    A las nueve y diez, la luz solar aún permite pasear sin necesidad del alumbrado público. Olga Zornoza y Héctor Mendía, de cuclillas en el camino del río, bajo el último puente, discutían sobre la cantidad de hormigas que en cada momento atravesaban el camino, y sobre qué era lo que había movilizado a aquella masa. No pudieron llegar al origen impulsor del fenómeno debido a que no llevaban ropa adecuada para intentar introducirse en los matorrales, pero en cambio decidieron averiguar la localización del hormiguero, una empresa que se les antojaba sensiblemente más fácil. Al pie de una de las paredes verticales de limo encontraron la colonia. Comprobaron que eran más de una las columnas que confluían en él, siendo la mayor de ellas la que Héctor Mendía descubrió la jornada anterior. Desde lugares cercanos donde había restos de comida o algún arbusto dando frutas también llegaban formaciones de afanosos insectos recolectando para el próximo invierno. Una primera estimación de Olga Zornoza, conociendo los números hechos el día anterior por Héctor Mendía, le llevó a considerar que la colonia podía tener un volumen de más de diez metros cúbicos, que en un ámbito semiurbano y bajo las cimentaciones de las casitas del barrio de Las Patas, que en aquella parte se asoma sobre el río, no dejaba de configurar un hecho de cierta relevancia.

    El día siguiente, los nuevos corredores que bajaban su primera tarde al río no vieron nada, ningún indicio que les hiciera sospechar que algo de cierta importancia había ocurrido allí. Ni siquiera el niño, que bajó con sus amigos a cazar cigarras, pudo tener conciencia del efecto que en el futuro causaría su bocadillo de mortadela con aceitunas.

    En septiembre, Héctor Mendía presentaba a su tutor del proyecto, el profesor Alonso Matilla algunas de las ideas que había empezado a desarrollar sobre la urbanización del tramo norte del río. Había una de ellas, que aunque hasta cierto punto le parecía disparatada, prácticamente le venía impuesta. Olga Zornoza, en colaboración con algunos de sus profesores y compañeros, había empezado a estudiar el hormiguero bajo el barrio de Las Patas y barajaba la idea de llevar a cabo alguna especie de protección para la colonia. Rebuscando entre la legislación medioambiental había encontrado un par de supuestos que podían llegar a servirle, según qué interpretaciones se hiciesen de algunos términos del texto legal. Héctor Mendía, previsor y llevado por su sentido de la amistad, decidió incluir en su proyecto paneles sobre la zoología en ámbitos de riberas semiurbanas. Esto complementaría a los paneles divulgativos ya previstos sobre la hidrología, geología y botánica local, además de un Aula de la Naturaleza; con lo que dotaba de una componente cultural y ecológica su proyecto. También acotaría una zona alrededor del gran hormiguero como ejemplo de lo que tales insectos pueden beneficiar al equilibrio natural en un entorno tan presionado. El profesor Alonso Matilla escuchó incrédulo las propuestas de su alumno y durante varias semanas, mientras éste iba desarrollando los aspectos principales del proyecto, pactaron dejar aparcado ese tema. Alonso Matilla dudaba de que el tribunal de la Escuela aceptara como socialmente beneficioso aquella estrafalaria idea: la protección de un hormiguero.

    Pero los trabajos de Olga Zornoza y de un amplio equipo de su Facultad habían avanzado hasta tal punto que incluso la prensa local, con su política ya comentada, se hizo eco de la existencia de una gran colonia de hormigas bajo el barrio de Las Patas. El Ayuntamiento se vio obligado a acotar la zona a petición de la Universidad para evitar que el goteo constante de ciudadanos pudiera causar algún daño. Eran muchos los curiosos que se acercaban a ver lo que hacían allí los científicos, nombre que había usado la prensa. Alonso Matilla, desde su despacho en la Universidad Politécnica de la capital, recibía con asombro los recortes de prensa que Héctor Mendía, con encogimiento de hombros, le facilitaba puntualmente cada semana. Esto ya no es decisión suya o mía le decía con la mirada cada vez que le traía una nueva colección de titulares o un avance de los trabajos de Olga Zornoza.

    Y fue a principios de noviembre, cuando por motivo de un festival de cultura medieval el Alcalde se dejaba ver más por las calles, que Cristina Marco, militante en el partido que gobernaba la ciudad, se acordó de Héctor Mendía y aprovechando un encuentro casual le presentó una tarde al primer edil. Hablaron del río, del hormiguero, de su proyecto y de la repercusión que cosas así podían tener para el municipio. Dos días más tarde el Alcalde se presentaba junto con su Concejal de Medio Ambiente bajo el barrio de Las Patas, donde fueron recibidos con sorpresa por Olga Zornoza y su directora de proyecto Carolina Ruiz. Héctor Mendía tampoco dejó escapar la oportunidad de presentarse enarbolando los planos realizados para su proyecto sobre la urbanización general del río, el Aula de la Naturaleza y las medidas de protección alrededor del hormiguero. El político era consciente de la expectación que el descubrimiento de aquellos dos jóvenes había creado en la ciudad. La población comenzaba a tomar partido a favor de la protección del hormiguero, aunque también eran muchos los que pensaban que el asunto era simplemente una chaladura. Pero todos los líderes políticos locales habían hecho ya alguna declaración sobre el tema, la prensa nacional mostró cierto interés, hasta tal punto que los reporteros de una cadena de televisión cubrieron la visita del Alcalde. Éste, que sabía capitalizar para sí gran parte de los acontecimientos que ocurrían a su alrededor, no pudo evitar la tentación de dar en primicia, y frente al júbilo de investigadores y público, que el Ayuntamiento de la ciudad se iba a comprometer de forma decisiva en la protección del hormiguero, que aquello podía ser un reclamo importante dentro de las políticas ambientales que por parte del Consistorio se estaban llevando a cabo, y que por tanto asumía como propios los proyectos de Olga Zornoza y Héctor Mendía. El Alcalde incluso los apoyaría con su presencia en los actos de lectura de sus respectivos proyectos de final de carrera.

    Fue un catalizador que aceleró los acontecimientos. En diciembre, tras las oportunas modificaciones, Héctor Mendía hizo lectura de su proyecto contando con la presencia del Alcalde de su ciudad entre el público. Alonso Matilla sonreía irónico al ver las caras de los componentes del tribunal, que contra toda lógica se vieron impulsados a premiar a Héctor Mendía con una Matrícula de Honor por la coherencia que dentro del esperpento presentaban ciertos aspectos de su trabajo. Olga Zornoza, también con el apoyo del Alcalde, a regañadientes de su directora Carolina Ruiz, recibió similar trato. Y tres meses más tarde se incluían ambos proyectos en los presupuestos municipales de aquel ejercicio, con subvención adelantada de fondos europeos para ayuda al desarrollo. Los dos jóvenes fueron contratados por la administración local para colaborar en la dirección técnica de las obras, que durante su duración recibieron visitas de investigadores y catedráticos de toda Europa. Uno de aquellos prohombres de la ciencia llegó a proponer la petición de Declaración de Patrimonio de la Humanidad del conjunto. Al Alcalde le brillaron los ojos.

    Fue el Rector de la nueva Universidad privada que había abierto ese curso sus instalaciones en la ciudad, quien vio la perfecta ocasión para apuntarse un tanto en la vida local; y comenzó los trabajos de recopilación de información para la UNESCO. Olga Zornoza y Héctor Mendía asistían atónitos a la escalada internacional de su hormiguero y a la fiebre pro-hormigas que se desató entre la población. Todos los niños de la ciudad tenían en su casa un pequeño hormiguero, los colegios de toda la provincia hacían excursiones a la localidad, donde los encargados del Aula de la Naturaleza del río aprovechaban para hacer publicidad de las magnificencias de los tesoros ambientales que se escondían en el término. Poco a poco y gracias a la curiosidad del tema de las hormigas, la ciudad se convirtió en una excursión usual dentro de los paquetes turísticos de las agencias de viajes que desde el extranjero operaban en las localidades costeras cercanas. Para un holandés, o un británico, tiene algo especial volver a Ámsterdam, o a Edimburgo, y contar que había visto una gran colonia de insectos en una de esas ciudades del sur.

    En noviembre del año siguiente, Héctor Mendía y Olga Zornoza brindaban con cava en París, locos de júbilo, cuando asistieron al acto en el que la UNESCO declaró al hormiguero del barrio de Las Patas la primera comunidad animal considerada Patrimonio de la Humanidad.

    El niño, todas las tardes en las que la señora de la Paz Gómez le prepara bocadillo de mortadela con aceitunas, baja al Aula de la Naturaleza y dona parte de su merienda a las hormigas, colaborando así en la campaña Alimentemos nuestro Patrimonio. Piensa con orgullo que con sus bocadillos contribuye de una manera especial a la ciudad.