miércoles, 8 de junio de 2016

RETO EN VESPA. MARRUECOS 2016: Ciudad Real - Tarifa

El día anterior: Madrid-Ciudad Real

DÍA 2. Viernes 18 de marzo
CIUDAD REAL – VALDEVAQUEROS (TARIFA) (534 km)

UN DÍA EN ANDALUCÍA



Cuando desperté el dinosaurio seguía allí… Esto… No, me equivoqué de historia. Cuando desperté, la recepcionista de la tarde y noche anterior seguía allí (en recepción).


Desayuné en un bar cercano y seguí mi camino al sur saliendo de Ciudad Real por la autovía de Puerto Llano. No hay mucho tráfico en esta zona y no merecía la pena ir por la nacional

Es importante tener una HOJA DE RUTA

Pasado Puertollano, donde paré a echar gasolina, continué por la N-420 (Córdoba-Tarragona por Cuenca, de la que ya recorrí un tramo el verano pasado).

La ruta discurre por las últimas extensiones de la Meseta, primero unos 14 km hacia el oeste, y a continuación hacia el sur atravesando el valle de Alcudia, entre encinas que configuran una dehesa tranquila de suaves ondulaciones. Al final de la recta de casi 9 km que lo atraviesa se ven las primeras estribaciones de Sierra Morena, más concretamente Sierra Madrona. Desde la cara norte del puerto de Niefla (200 m más alto que la recta recién atravesada) se ve todo el valle allí abajo. Un paisaje excelente que anima a seguir adelante: los de Marruecos serán espectaculares.

Valle de Alcudia visto desde el puerto de Niefla

Pasada la sierra se entra en la provincia de Córdoba y la temperatura no consigue levantar, incluso cuando la carretera vuelve a serpentear por la siguiente sierra, el límite sur de Sierra Morena que marca el límite con el Guadalquivir, las brumas del río ascienden entre los olivares, pinadas, encinares y primeros pueblos encalados de blanco que aparecen en el viaje.

La carretera está en perfecto estado, circulo sin ningún problema. Tras parar en una zona de descanso anunciada como mirador de Montoro, no veo nada y sigo hasta la vía de servicio de la A-4 en esta localidad, donde aprovecho para volver a llenar el depósito y almorzar.

A partir de aquí el viaje cambia completamente y las carreteras comarcales predominarán en la ruta. Ya no sé qué tipo de trazado y firme me encontraré. Sin duda más divertido que las largas rectas y curvas suaves de las carreteras nacionales. Además, las variantes de pueblos y cambios de una carretera a otra harán que tenga que estar más pendiente de la señalización, no teniendo muy claro cuál es el próximo pueblo de mi camino.

Así, sigo por la A-309 hacia Castro del Río y Espejo en la N-432. El paisaje entre colinas suaves repletas de olivares es fantástico. Tengo mis dudas en la circunvalación de Bujalance, con varios cruces y desvíos.

Mientras tanto voy haciendo mis cábalas sobre el tiempo que me queda, a qué hora debería parar a comer o cuántas veces tendré que repostar antes de llegar a Tarifa, que aún queda lejos. Y de esa manera voy atravesando olivares y saltando entre cortos tramos de carretera nacional, evitando otros de autovía, como entre Montilla y Aguilar de la Frontera. Huele a la industria del aceite.

En la variante de Puente Genil, adelantando a una larga fila de camiones en la subida desde el río, pierdo la bufanda. Yo no me doy cuenta, es un camionero el que toca el claxon y descubro por el retrovisor que la prenda vuela en medio de la carretera. Menos mal, porque me será útil unos días más tarde atravesando el Atlas.

Decido parar a comer y descansar en la cafetería de una gasolinera y descubro que Rafa, que viene desde Valencia en su BMW-GS ha sufrido un alcance bajando Despeñaperros. Afortunadamente a él no le ha pasado nada, pero la moto ha quedado inutilizable debido al golpe que le ha dado un coche en una retención en la autovía. Tras el susto de la noticia, pienso que me quedo sin acompañante en moto, puesto que habíamos previsto hacer la ruta juntos por Marruecos.

Buen susto se llevó el pobre de Rafa.

Más tarde, en Estepa, tuve que decidir cuál de las dos alternativas de ruta tomaba. En el último momento decidí tirar por la a-92 hacia el sur para desviarme en La Roda de Andalucía, donde me pasé de salida.

En Sierra de Yeguas, cuando entré en reserva seguí las indicaciones a una gasolinera fuera de servicio (la tercera vez que me pasa en moto), y en Campillos, en la A-384, elegí a la derecha (mi ruta) en lugar de hacia la izquierda (el centro del pueblo) para buscar la gasolinera del lugar.

Los siguientes 14 kilómetros los pasé haciendo cábalas sobre cada cuánto podía haber una gasolinera en una carretera autonómica de cierto nivel y sobre la autonomía límite de la moto en reserva. Afortunadamente no llegué al conocimiento de la segunda duda y los cálculos me salieron bien. Sólo tendría que parar una vez más a repostar antes de llegar a mi destino.

El empleado de la gasolinera mostró curiosidad por la manta. Tenía la idea preconcebida de que con las piernas tapadas tenía menos libertad de movimiento y costaba echar el pie a tierra, pero al verme aparecer y parar junto al surtidor sus dudas se disiparon. Le gustó el invento.

Me quedaban 220 kilómetros y eran las cuatro de la tarde. Aún tenía un paseo por delante, pero sin duda el más bonito: las sierras béticas y las campiñas gaditanas. A esta hora las carreteras que salían de Madrid estarían atestadas, pero yo pude disfrutar de un tráfico ligero en los casi 100 kilómetros que me restaban en la A-384 hasta Arcos de la Frontera.

En este pueblo recurrí al viejo método de preguntar por dónde se iba al siguiente. No me apetecía sacar el móvil y usar al navegador. Pues bien… Cuidado con preguntar en Arcos de la Frontera cómo se va a Medina-Sidonia. La primera persona a la que abordé parecía borracha, así que decidí no hacer caso a sus indicaciones. La segunda persona parecía dudosa y me envió al río, donde pregunté a otra persona que no tenía ni idea… Al final tuve que recurrir al navegador del móvil para descubrir que tenía que haber seguido las indicaciones del borracho. Al menos descubrí que el pueblo está en un paraje impresionante sobre el río Guadalete.

Y a partir de aquí, especialmente a partir de Medina-Sidonia (donde paré a echar gasolina por última vez en España) el paisaje verde de la campiña a punto de entrar en la primavera llenó mis ojos para combatir los tópicos de Norte igual a verde, Sur igual a marrón. Aquí la humedad del Atlántico es retenida por las cordilleras béticas dando lugar a la zona de más pluviosidad del país, justo en el pico sur, entre el océano y el Mediterráneo.

Disfruté de la soledad, con el paisaje sólo para mí, en los 22 kilómetros entre Medina-Sidonia y Vejer de la Frontera, donde afrontaba el último tramo de la etapa: 58 kilómetros por la N-340 (la más larga, la que más veces he transitado en la costa Este en diferentes tramos entre Murcia y Castellón). Aquí el océano no se ve pero se intuye: la humedad, los prados, los caballos.

A mitad de camino vi aparecer por mi retrovisor una moto grande con dos pasajeros y maletas. Me pregunté si serían algunos de los moteros que se apuntaban a nuestra iniciativa del Desafíoen las Dunas. Y casi. Tras casi 550 kilómetros de ruta por fin me encontraba con conocidos: Javi, uno de los miembros de Aventureros Solidarios, de Cádiz, apareció con su novia. Aunque no se venían a Marruecos compartirían con nosotros la previa. Terminaba el día escoltado.


FIN DE ETAPA


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Día 2: Tarifa - Chefchaouen

martes, 7 de junio de 2016

RETO EN VESPA. MARRUECOS 2016: Madrid-Ciudad Real

Para mí, empezar un viaje, un buen viaje, ha de significar abrir una puerta hacia algo completamente diferente y que, por más que lo hayas planeado, tenga siempre algunas concesiones a la incertidumbre.

Muchos de los viajes que he hecho desde que se me despertó en mí la enfermedad de viajar, han sido tachados de locura por parte de mucha gente con sentido común cuando los planteé.

Recuerdo que algo tan sencillo como pillar un coche e ir a visitar a mis amigos de Belgrado, y de paso ver Sarajevo y Dubrovnik, fue considerado como una idea de bombero por parte de mi compañera de piso (por cierto, mis saludos al sacrificado colectivo de los bomberos que han de sufrir día a día el uso de esta expresión cruel que no hace justicia a la labor que desempeñan y a lo buen profesionales que son, también un abrazo cariñoso a Ana, la que era mi compañera de piso allá en 2005). Sin embargo yo hacía el siguiente razonamiento: si el padre de mi amigo Ángel me ha contado que fue en los setenta hasta Dubrovnik en coche (y no es la única noticia similar que me han contado), ¿cómo no voy a poder repetir yo treinta años después con un coche y unas carreteras que no tienen nada que ver con las capacidades y condiciones de hace tres décadas?

Ya no dudaron en mí cuando repetí a Montenegro en 2007, o cuando planteé un coast to coast en Estados Unidos en 2008; aunque sí con el Mongol Rally (enambulancia desde Elche hasta Ulán Bator) en 2011, o Atenas (para ir a una boda en Santorini) en 2013. Y ya no os cuento cuando, una vez propietario de una Vespa urbanita, decidí en 2014 y 2015 hacer mis viajes de vacaciones entre Madrid y Elche, recorriendo La Mancha con la moto. Aunque demostré que podía hacerlo, que son nimiedades tanto para hombre como para máquina si comparamos con otros grandes viajes que se han hecho por carretera; no queráis saber la que me montaron cuando anuncié que me iba a Marruecos con la Vespa como parte de la organización del Desafío en las Dunas 2016 (iniciativa de la asociación de la que formo parte: Aventureros Solidarios). Yo les respondía que conocía a gente que había ido en moto de 125 hasta Mongolia, así que ir aquí al lado a Marruecos no debería suponer ninguna complicación.

Como miembro de Aventureros Solidarios, en 2013 y 2014 había hecho el viaje en mi coche, para llevar material escolar a la ONG Camino al Sur junto con más voluntarios que querían dar a sus vacaciones un carácter solidario. En esta ocasión también tendría una componente de aventura.

Llevaba un tiempo rumiándolo, pero no terminaba de convencerme puesto que había muchos condicionantes que habían de cuadrar: planificación temporal, necesidad de transporte de material y distribución de amigos en coches.

Y al final las circunstancias concurrieron y decidí irme en Vespa a Marruecos desde Madrid, llegando más al sur del Atlas, enfrentándome a puertos de montaña en estado cuestionable, ciudades caóticas y tráfico menos disciplinado que el español.

En cada uno de mis viajes siempre ha habido algún elemento que, además de significar el descubrimiento de un lugar nuevo, suponía una incertidumbre, un reto que superar, enfrentarse a alguna circunstancia inédita. Y esto de ir a otro país en una scooter de 125 cc, aunque controlada, no dejaba de ser una locura como no paraban de recordarme familiares y algunos amigos. 



DÍA 1. Jueves 17 de marzo

UNA TARDE MANCHEGA



Esta primera etapa, la más corta del viaje, fue mi primera carrera contra el sol a lomos de la moto. En los viajes previos en la Vespa nunca llegué a tener la preocupación de que se me hiciera de noche, pero en esta ocasión comenzaba mi periplo un jueves por la tarde al salir del trabajo con el único objetivo de llegar lo más al sur posible, acercándome a Tarifa, desde donde cruzaríamos el sábado el estrecho de Gibraltar.

Me había fijado Ciudad Real como posible destino, aunque dependería de la hora a la que saliera del trabajo y el tiempo que me demorara en casa recogiendo el equipaje y distribuirlo en la moto. El extraño runrún previo a todo viaje que me había asaltado la noche anterior desapareció por completo cuando salí de la oficina y enfilé hacia la M-30, pensando en las rectas y las soledades del sur del Atlas. Me moría de ganas de estar ya en Merzouga.

La primera pregunta me surgió antes de llegar a casa: ¿quitaba la manta que me protegía del frío matutino en la Meseta o seguía con ella hasta que atravesara la cordillera del Atlas? Con las prisas, y viendo que me estaba entreteniendo demasiado en casa, decidí no perder el tiempo quitando la manta. Ya se la colocaría a mi hermano en su coche cuando me sobrara en los calores marroquíes.

Así que con el saco de dormir sobre el sillín, la mochila a cuestas, el top case y el espacio bajo el asiento llenos, y la manta protegiéndome las piernas salí pasadas las cinco y media de la tarde hacia la autovía de Toledo, atestada con el tráfico de cualquier tarde en hora punta en cualquiera de los accesos de Madrid.

Bailé entre ese tráfico hasta más o menos la M-50, cuando la carretera se despejó un poco y ya me tocó lidiar con los camiones y autobuses que iban a velocidades cercanas a la mía.

Viajar con scooter de 125 por autovía es un poco peñazo: te pasan casi todos los coches y según vayas hacia arriba o hacia abajo vas más lento o rápido que los vehículos pesados. Por eso cuando comenzó la bajada hacia el Tajo por Toledo me alegré. Hacía un año y pico que hice esa ruta para ir a Jaén, y la carretera N-401 por la que bajaría hasta la provincia de Córdoba recorriendo todo el borde oeste de La Mancha es un camino interesante.

Pare a echar gasolina a unos 20 km al sur de Toledo, metiéndome en Sonseca. Estaba aún a casi 100 km de Ciudad Real, me quedaba algo menos de una hora de luz y hacía frío: tuve que ponerme una sudadera más bajo el forro polar y la chaqueta de la moto. Elegí llevar la de verano en lugar de la de invierno, demasiado calurosa para Marruecos.

Pero estaba disfrutando: ¡Empezaba un viaje de diez días recorriendo Marruecos en una Vespa!

El resto del camino no tenía mucho truco: una carretera nacional con poco tráfico en la que se suceden las estribaciones más orientales de los Montes de Toledo, algo de dehesa brillando bajo el sol del atardecer, más bien anochecer, y un único pueblo atravesado por la ruta: Fuente el Fresno (donde paré hace un año a almorzar y repostar camino de Jaén); el resto de pueblos estaban rodeados por las variantes de la carretera.

El incendio del atardecer en el oeste se difuminaba en la oscuridad de la noche cuando, a 10 km de Ciudad Real, se me hizo de noche entre los mosquitos que siempre hay en el cruce sobre el río Guadiana. ¡Eso ya estaba hecho!

Por fin en Ciudad Real, tras ver en un buscador qué hoteles tenían plazas libres a un precio razonable, aún fui motivo de admiración de un paisano que en un semáforo se puso a hablar conmigo.

‑Tú no eres de aquí –me dijo desde su Renault Express al verme con la mochila y el saco de dormir.
‑Desde Madrid vengo –le respondí. Y al ver su sorpresa rematé‑: Y a Marruecos que me voy.
‑¡Vaya par de huevos!
‑Los dos que tengo.

Me alojé en el hotel Almanzor, donde tuve la mala suerte de coincidir con un grupo de adolescentes de Santa Pola (casi paisanos míos) que por la noche darían algo de faena.

Camino de tierra de infieles y en mi primera noche dormiría en manos de Almanzor...

En mi paseo nocturno por Ciudad Real terminé cenando en la plaza Mayor y luego tropecé con los ensayos de una procesión de semana santa. Curioso.

Al día siguiente me esperaba una jornada larga hasta Tarifa, y los santapoleros llegaron al hotel al mismo tiempo que yo. Menos mal que los profesores se apostaron en sillas en el pasillo a vigilar los posibles movimientos de sus alumnos. El follón no fue muy prolongado.


domingo, 5 de junio de 2016

VIAJE EN MOTO: Elche-RUIDERA-MADRID (2 de 2)

Previously in Viaje en moto: Día 1.




El final del camino, si es Madrid, aparece indicado en la señalización de carreteras de casi cualquier lugar de España, así que es difícil perderse cuando tu meta es el centro de un sistema radial de carreteras.

  El año pasado ya hice casi la misma ruta aunque saliendo más tarde puesto que aproveché la mañana en Ruidera para visitar la cueva de Montesinos, donde el caballero Don Quijote de la Mancha vivió una de sus aventuras. Las visitas guiadas no sólo te permiten bajar a la cueva, donde te explican, además de la geología e historia del poblamiento de la misma, la conexión entre lo relatado en El Quijote con la realidad física de la cueva; sino que te hacen una pequeña presentación del paraje con su fauna y flora. A mí me mereció la pena aquella visita. Por fin, tras tantos años visitando la zona y dos intentos fallidos, conseguía bajar a la cueva.


Panel explicativo de la cueva.


Hacia el interior de los sueños de Don Quijote, 


 Espeleólogo de trapillo.


  Ruidera está en la carretera N-430  a mitad de camino entre las ciudades de Albacete y Ciudad Real. Esta ruta comunica el Mediterráneo con la frontera portuguesa, casi una línea recta horizontal que va de este a oeste en la Península Ibérica. Por ella, desde Ciudad Real, llegué por primera vez a las lagunas en 1983, aunque en el resto de ocasiones casi siempre llegué desde el este, desde Albacete.

  En esta ocasión me iba hacia el norte por la carretera CM-3115 hacia Argamasilla de Alba y Tomelloso, una ruta muy divertida con todo tipo de curvas pero en la que hay que prestar atención al intenso tráfico ciclista. Era un jueves de finales de agosto y encontré varios grupos de bicicletas de carretera y montaña así como otras tantas unidades en solitario.



  A mitad de camino a Argamasilla de Alba se encuentra el castillo de Peñaroya, sobre el embalse del mismo nombre, y con un centro de interpretación notable de la comarca y la Ruta del Quijote.

Don Rechote de la Vespa


  Más adelante, en cuanto te alejas del río, el terreno se estira como si estuviera recién planchado, perfectamente almidonado con viñas y más viñas; y algunas plantaciones de patatas y cebollas que estaban siendo recogidas por cuadrillas de jornaleros bajo el sol del mediodía.

  A partir de aquí el paisaje se vuelve monótono, pero de una belleza singular. No es la vastedad engañosa de un desierto de arena, en el que quién sabe qué o quién puede haber tras la siguiente duna, o la extraña sensación entre la orfandad y el temor que puede despertar un bosque tupido con sus sonidos, murmullos y árboles viejos que te lo ocultan todo. En estas extensiones sin fin de La Mancha, al igual que en las estepas de Asia Central o las Grandes Llanuras norteamericanas, tienes el horizonte despejado y lejano, el cielo limpio e igual de infinito. Lo ves todo. Y te sientes solo. De repente es como si todo el mundo hubiera desaparecido e incluso la estela de tierra levantada por algún tractor en la lejanía casi parece amenazante. Cada kilómetro de la carretera es igual al siguiente, es la misma sucesión de cereal o de viñedo, la misma secuencia de árboles aislados y casetas para los aperos de labranza, como si estuvieras en un bucle, atrapado en una recta que se repite infinitamente y de la que jamás podrás salir.

  Y metido en estas paranoias, es cuando ves despuntar a lo lejos el campanario de la iglesia del siguiente pueblo y te das cuenta de que el horizonte no está en el infinito, sino sólo a tres o cuatro kilómetros de distancia y Tomelloso está a la vuelta de la curvatura terrestre.

  Tanto el año pasado como éste me tocó callejear por Tomelloso sin tener muy clara por dónde estaba la salida hacia Pedro Muñoz. Tenía la creencia equívoca de que estos pueblos manchegos en mitad de la llanura van a ser una malla ortogonal de calles rectas por las que será fácil orientarse... Y no es así. Sus tramas urbanas atienden a trazados de antiguos caminos y el capricho del urbanismo musulmán, con lo que si no conoces el lugar y no estás atento al sol no es raro desorientarse... Por segundo año consecutivo.

  Con esta lección aprendida, y recordando que en Pedro Muñoz me ocurrió igual el año pasado a la hora de la siesta, sin nadie a quien preguntar por dónde se iba hacia El Toboso, en esta ocasión cuando llegué de nuevo a Pedro Muñoz tomé directamente la ronda oeste del pueblo buscando la carretera hacia el hogar de Dulcinea.



  Tras El Toboso (sin rastro de la amada de Don Quijote) la ruta sigue por la sucesión de rectas interminables (quizá las más largas de España) de la N-301. Fue un tramo de 45 kilómetros por un paisaje que tras la llanura monótona y aparentemente interminable poco a poco se va ondulando entre los campos suaves de viñedos y dehesas abiertas tachonadas de encinas hermosas y sabias que te hacen sentir como un hidalgo solitario y enloquecido de la carretera (Don Rechote de la Vespa, me dijeron una vez) luchando contra los gigantes materializados en el tráfico constante de camiones de esta carretera.

  Este tramo es por la provincia de Toledo, pero más al sureste, entre La Roda y Mota del Cuervo hay otras zonas donde la N-301 ofrece una visión muy peculiar de lo que le pasa a una carretera cuando deja de ser una vía principal (en su momento fue la que canalizó todo el tráfico desde Cartagena, Murcia, Elche y Alicante con Madrid a través de Albacete, hoy dirigido hacia la A-3 o desviado por la de peaje AP-36): En primer lugar, de las gasolineras que había en casi todos los cruces hoy no quedan más que los esqueletos, y de las ventas que jalonaban el camino muchas han ido desapareciendo o, lo que no es muy reconfortante, se han convertido en clubes de carretera.

  Pero vuelvo a mi recorrido: En Villatobas salí de la N-301 hacia Villarrubia de Santiago con la intención de ir a Chinchón (el año pasado seguí la ruta hasta Aranjuez). Aquí es donde La Mancha se rompe y, atravesada por el valle del río Tajo, obliga a la carretera a serpentear por las vaguadas descendiendo hacia el río para saltarlo y volver a subir por la ribera norte, bastante más abrupta, hacia el páramo del sur de Madrid. Además, la carretera no ha sido renovada en el lado de la comunidad de Madrid, que es donde aparecen las curvas y el firme en mal estado; pero dejando ver un paisaje espectacular de todo el valle del Tajo.

  A continuación se atraviesa Colmenar de Oreja (llevaba casi 100 kilómetros sin atravesar ningún pueblo, gracias a las variantes de la N-301) y se llega a Chinchón, donde acabo visitando la plaza mayor llena de arena y convertida en ruedo taurino.

Muy bonito Chinchón, pero más rica la oreja que comí. Si el viaje empezó comiendo oreja, terminó igual.

  Chinchón se encuentra al otro lado del páramo, encaramado sobre la vertiente sur del valle del Tajuña, con una preciosa plaza mayor y centro urbano que ha conservado el encanto sin sufrir los destrozos del desarrollismo, aquí tan cerca de Madrid. Precisamente al abandonar Chinchón para comenzar a bajar hacia el Tajuña por una carretera igual de revirada que la subida desde el Tajo, se divisa al norte la gran aglomeración de la gran ciudad con las cuatro torres de la Castellana amenazando al fondo. Esta bajada hacia la comarca de las Vegas es otro recorrido peculiar y hermoso a través por laderas de badlands áridas que contrastan con las tierras fértiles del fondo del valle, donde además huele a anís...

  A continuación se repite la operación: ascender desde un valle para ir a la siguiente vega, esta vez la del río Jarama. El día era caluroso y en las rampas la aguja de la temperatura del agua del motor subía un poco por encima de lo normal, hasta que comenzara el siguiente descenso hacia San Martín de la Vega con un fuerte viento entre el Jarama y el Manzanares.

 A partir de este punto, con Madrid ya claramente a la vista y la sierra de Guadarrama allá al fondo, el paisaje habitual de todos los días en la ciudad, uno es consciente de que el viaje ha terminado y ya empieza a planificar las rutinas de la llegada a casa: deshacer mochila, ropa por lavar, regar las plantas, si no han muerto, revisar nevera y armarios e ir a hacer la compra...

  Ya se ven las indicaciones de la M-30. El viaje ha terminado. Bienvenidos al infierno.



SE ACABÓ