sábado, 23 de septiembre de 2017

RUTINAS


–¿Otra vez por aquí? –preguntó la mujer mientras se sentaba en el taburete contiguo.

Él levantó la vista y sonrió.

–Dicen en el barrio que vienen chicas interesantes a este garito.

El camarero emitió un resoplido mientras secaba concienzudo un vaso con un trapo blanco impoluto. Miró a la mujer con cierta impaciencia.

–Ponle otra igual –respondió ella arrebatándole a su compañero de barra la copa recién servida.
–Y parece que es cierto lo que se comenta en el barrio sobre este lugar –dijo él obviando la copa perdida y lanzando una mirada ostentosa al cuerpo de la recién llegada.
–¿Es eso lo que buscas? –inquirió.

El hombre se limitó a arquear las cejas aprobando lo que veía y a continuación desvió los ojos hacia los de la mujer.

Ella, sin dejar de mantenerle la mirada, bebió divertida de su copa. En el hilo musical comenzó a sonar Lovesong de The Cure. Los ojos se le iluminaron.

El camarero puso una copa en las manos del hombre, guiñó un ojo desapasionado y se retiró al fondo de la barra, lejos de los focos tenues del local, a seguir con su hercúlea labor de secar todos los vasos que había junto al lavaplatos.

Whenever I’m alone with you –canturreó ella.
You make me feel like I am home again –concedió él.
–¿Llevas mucho tiempo fuera de tu casa?
–Quizá ya esté en ella –respondió abarcando con la mirada el bar.
However far away, I will always love you –cantó ella en voz baja acompañando a la voz triste de Robert Smith en el hilo musical.
–¿Cómo se ama a alguien?
–Se hace y ya está.
–¿Así de simple? ¿Cómo estás segura de que no es un engaño de autosatisfacción? ¿Cómo sabes que no es sólo un juego de prisioneros y síndromes de Estocolmo?

Ella saboreó la copa y buscó una respuesta entre los cubitos de hielo que tintineaban indiferentes a las dudas. Se encogió de hombros y volvió a tararear. Él movía inquieto su vaso entre las manos.

‑Quizá sea sólo una apuesta –aventuró al fin–. Un deseo hacia el que seguir avanzando.

Él no levantó la vista. Ella volvió a dar otro trago. El hilo musical les sorprendió con Fly me to the Moon.

–Y cuando no estés seguro de qué es eso detrás de lo que andas, simplemente vuela aquí –continuó.
Se levantó y lo atrajo hacía ella obligándolo a bailar.

In other words, baby, kiss me.

Él dejó que ella apoyara la cabeza en su hombro y le recitará con voz sedosa la letra de la canción, con los labios acariciando casi imperceptibles la piel repentinamente sensibilizada de su cuello. Sus pies encontraron el ritmo y por un instante las bombillas languidecientes del techo fueron estrellas entre las que jugaron a ser dos viejos amantes. Era fácil dejarse llevar por caminos ya transitados. Era sencillo ir de la mano de quien sabía guiar. Era factible desear lo que se quiere.

In other words, please be true‑ suspiró él.

Ella le dio un beso en el cuello y se separó, dejando que por unos segundos él continuara bailando solo.

–¿Te veré de nuevo aquí?
–Sabes que sí ‑le sonrió ella antes de dejar un billete en la barra y dirigirse al camarero–. Diego, cóbratelo todo de aquí. Sírvele sólo una más.

Recogió el bolso y la gabardina de la percha de la entrada, se la puso y, mientras se ajustaba el cinturón, le dedicó una última sonrisa antes de abrir la puerta.

–Antes de subir a casa, compra pan para la cena. Y tendrás que hablar con el mayor, ha vuelto a suspender Matemáticas.

In other words, I love you – fue la respuesta del hombre.

viernes, 22 de septiembre de 2017

REMEDIOS NATURALES


La casa ha comenzado a llenarse de hormigas. Las obreras, hacendosas y disciplinadas, se han dividido en varias columnas que ya están limpiando los restos de la fiesta de cumpleaños: bocadillos de Nocilla de los que sólo quedó el pan, cacahuetes pisoteados, confetis manchados con merengue de la tarta… Según mi hija el plan está funcionando y las hormigas son el mejor remedio para limpiar.

 Pidió ese regalo de cumpleaños, ¿cómo negarme a sus deseos? El problema son las exploradoras aventurándose al dormitorio. A ver cómo le contrargumento que para acabar con la plaga la solución más natural no será ir al zoo y secuestrar al oso hormiguero.

jueves, 13 de julio de 2017

UN HUERTO EN LAS MONTAÑAS

Me desperté cuando el primer rayo de sol que asomó tras la duna me abofeteó en la cara. El crujido de la arena entre los dientes retumbó en mi cabeza, como si fuera mi propia existencia desmoronándose bajo el peso de la resaca. Así que antes de abrir los ojos recité mis maldiciones matutinas, a modo de mantra reconfortante que me recordara el tipo de persona que era; y cuando creí estar en condiciones me enfrenté al cielo limpio y generosamente vacío que lo llenaba todo. El día se desperezaba, como yo, de mala gana sobre aquel desierto cruel en el que era una patraña eso que nos contaron en la escuela: ¡no en todos los desiertos hace frío de noche!
Mi cerebro me traicionó y, con la loable intención de refrescarme, hurgó entre los recuerdos hasta encontrarme en la piscina del jardín, disfrutando de una limonada y evadiéndome de la pelea entre mi mujer y los niños a propósito de las horas de la digestión.
Sí, no se extrañen. Yo tuve, o quizá aún tengo, una casita con jardín, una esposa amantísima pero fuerte e independiente, dos hijos y un perro al que saco a pasear los domingos cuando voy a comprar el periódico. O puede que sea un recuerdo inventado por mi cerebro para vengarse de los excesos de anoche, quién sabe. El caso es que encontré las fuerzas para levantarme penosamente, controlando el bombeo de sangre para que no me estallara la cabeza. Sólo cuando estuve de pie me di cuenta de que llevaba una botella de whisky agarrada en la mano izquierda, por eso me había costado tanto incorporarme. Maldije al figura que incluyó esa bebida en la cesta de Navidad de la empresa (¡yo odio el whisky!) y volví hacia la planta de extracción de gas, perdida en el mar de arena de un desierto que sólo conocían sus habitantes y otros desgraciados como yo.
Con la botella en una mano y la otra en el bolsillo del pantalón, buscando la caja de aspirinas que suelo llevar encima, escalé a trompicones la duna que me separaba del campo de extracción. Aún se veían indicios de la juerga de Navidad que nos montamos la noche anterior: el Jeep del gerente atascado fuera de la pista de entrada a la planta y con el motor en marcha, los pilotos rotatorios de las señales de emergencia diseminados alrededor de los módulos dormitorio; todas las puertas abiertas de par en par y ni un alma en la caseta de vigilancia. Parecía que no era yo el que había terminado la noche en peores condiciones, incluso la torre de extracción estaba en silencio. Meneé la cabeza incrédulo y aventuré que el director nos machacaría con las horas extras que podríamos cargar al proyecto. Le dediqué con el pensamiento un saludo “cariñoso”, recordando lo absurdo de su decisión de no poder volar de vuelta a casa para Nochebuena, y me dirigí al módulo de control para ser el héroe del día. Pondría de nuevo la planta en funcionamiento y manipularía convenientemente el servidor informático para hacer creíbles los datos de la explotación durante esa noche.
No sé ustedes, pero yo tengo una capacidad innata para ir cabreándome poco a poco mientras mi pensamiento va dándole vueltas a algún asunto estúpido. Desde la sonrisa irónica para demostrar condescendientemente cómo me toca las narices una actitud mentecata de un tercero, hasta querer arrasar con todo bicho que se me cruce por el camino; sólo necesito unos minutos, tres o cuatro razonamientos resentidos y algún deseo reprimido hacia el ya mencionado tercero estúpido y toca narices. Así que cuando llegué al módulo de control, la resaca había mutado en feroz resentimiento hacia mis superiores y hacia toda la sociedad en general por criar en su seno sabandijas indeseables que ven premiadas sus idioteces.
Entré a la caseta barruntando alguna terrible venganza contra la putrefacción del sistema cuando me topé de bruces con la nariz de un desconocido. El tipo, un chaval joven de aspecto centroasiático que apenas habría empezado a afeitarse el mostacho, se asustó al verme aparecer con mi cara de resaca y lo ojos inyectados en sangre. A mí no me dio tiempo a preguntarme quién era, ni siquiera a asustarme. Simplemente tuve una reacción violenta al toparme con un desconocido que cargaba con un fusil y que pisoteaba el cuerpo de Mijaíl, nuestro guardia ruso, el único cabrón que me caía bien en aquel desierto caluroso e insufrible.
Antes de que el soldadito pudiera gritar nada o llevarse el arma al hombro, le reventé la botella de whisky en la cara soltando un improperio. Le quedó una bonita brecha en la cabeza mientras se derrumbaba sobre mi amigo ruso. No me detuve a comprobar en qué estado quedaban ambos, instintivamente le arranqué el fusil, un AK-47 más viejo todavía que el de Mijaíl, y salí excitado, invadido por un extraño sentimiento mezcla del pánico, la indignación y un gozo inexplicable.
En la sala de entretenimiento y comunicaciones no había quedado nada entero, los ordenadores y el teléfono satélite estaban hechos pedazos por el suelo o agujereados a balazos. Eso explicaba los fuegos artificiales con los que creí haber soñado durante la cogorza. Rescaté una cerveza que sobrevivía en la nevera y salí dándole un trago para ayudarme a tragar otra aspirina. Había huellas hacia el oeste, y más allá de los inodoros químicos, alejados de las torres de extracción antiguas, vi un grupo de gente. Eran mis compañeros vigilados por dos tipos armados que discutían entre ellos. Otros dos intentaban desatascar un viejo furgón soviético de la arena, a unos diez metros de donde los dos primeros custodiaban al resto de trabajadores. Parecía un secuestro chapuza en toda regla.
“El alcohol te matará”, solía decirme mi madre cada vez que nos juntábamos a comer toda la familia en Navidad. Este año no pudo ser, pero sonreí triunfal al comprender que a pesar de las reiteradas advertencias maternas, en esta ocasión era el alcohol lo que me había salvado de aún no sabía qué. Qué rabia me dio no poder coger un teléfono para restregarle lo acertado de mi comportamiento la noche anterior.
Dejé las disquisiciones familiares, y aún enfadado me di cuenta de que los dos secuestradores que intentaban sacar el furgón de la arena habían dejado sus armas en el suelo, a los pies de los otros dos que vigilaban. “Día de suerte para el caballero”, pensé metiéndome en el papel de Harry El Sucio. Es curioso que, a pesar de todo lo que despotrico contra lo que me rodea, mi actitud física más agresiva hasta esa misma mañana había sido la de espantar moscas; y sin embargo en ese momento lo vi todo claro y sin ningún cargo de conciencia. Me había quedado sin mis regalos de Navidad en casa y todo me daba igual. Mucho. No pueden imaginarse cuánto.
El sol estaba detrás de mí, aún lo suficientemente bajo para deslumbrar a los secuestradores, pero calentando como un condenado; y la distancia de casi doscientos metros era perfecta para probar en el mundo real mi puntería legendaria en el universo de las videoconsolas.
Di otro trago a la cerveza, me acomodé en el suelo y apunté. Al poner la mano izquierda delante de mi campo visual, descubrí que en el anular brillaba un anillo, así que el recuerdo de la piscina y la limonada debía de ser cierto. Resoplé con fastidio y me lo quité para que no me molestara al disparar.
Primero lo hice a los dos que empujaban al camión, antes de que pudieran refugiarse tras el vehículo. Después a los otros dos, que pillados de improviso ni se plantearon siquiera esconderse entre mis compañeros para que les sirvieran de escudos humanos. Desde luego, cualquier indeseable con un arma puede conseguir, a pesar de su estupidez, muchas de las cosas que se proponga. Y no sé si ese pensamiento iba por mí o por los cuatro desgraciados que cayeron al suelo. ¿Quién los habría enviado aquí y cómo se podía ser tan idiota como para dejarse pillar tan fácilmente por aficionados? Esta pregunta sí iba dirigida tanto a los ex-secuestradores como a mis compañeros.
No me devané los sesos en buscar la respuesta, recuperé el anillo y la cerveza y me volví hacia las dunas. En el camino vi que Mijaíl la emprendía a puñetazos con el jovencillo a quien le había aplicado minutos antes el alcohol al mismo tiempo que le hacía la herida. Sin que me viera, dejé el fusil en la puerta de su garita sabiendo que si yo no aparecía él sabría atribuirse todo el mérito, y continué a terminar de pasar la resaca entre las dunas. Desafortunadamente, cuando llegué al lugar donde había pasado la noche, descubrí que no era tan acogedor como lo recordaba, y además ya había dado el último trago a la lata de cerveza. Sin duda el día no iba bien.
Mirando el envase en una mano y el anillo en la otra, recordé que odiaba la limonada y yo era más de gatos de que perros. Así que sin mirar atrás, me convencí de que había llegado la hora de volver a ser valientes y no preocuparme de que alguien me reprochara cada mañana que me dejara destapado el tubo de la pasta de dientes. Además, lo del corte de digestión es un mito que cualquier médico puede desmontar en medio minuto.

Conocía un poblado miserable en las montañas, a una jornada de camino, en la que un viejo campesino una vez me ofreció a su hija a cambio de hacerme cargo de sus tierras; o quizá era al contrario, tampoco importaba mucho. Dejé que el anillo se me escurriera de las manos y sonreí al darme cuenta de que yo siempre había querido tener un huerto en las montañas.

lunes, 3 de julio de 2017

ESCUSAS SIN FUGA


Debería huir de las tardes que entierran días agotados de deambular perdidos en el mapa de recuerdos ya difusos en mis ojos.

Debería huir de los ojos que me miran acusadores de un olvido impremeditado fruto del desdén que crece en el cubo de la basura de un amor que no supo que era mortal.

Debería huir del amor que revolotea con las alas de las ensoñaciones irresponsables de una noche atiborrada por los cuentos de quién sabe si quizá.

Debería huir de los cuentos improbables que se deslizan bajo el resquicio de la entrada a la caverna de Platón y sus cuarenta ladrones.

Debería huir de los ladrones que prisioneros de escusas sin fuga me devuelvan las tardes, tus ojos, nuestro amor, mis cuentos.

lunes, 12 de junio de 2017

REPLICANTE

Lo que usted diga doctor Frankestein –sonrió la paciente pizpireta.

Con esta frase, acompañada de una fanfarria, finalizó la película, arrancando la hilaridad del público.

Nos levantamos de nuestras butacas y me abrazó entregada cuando apareció mi nombre en los créditos. Señaló orgullosa y me dedicó una sonrisa claudicante.

Cuando la conocí era rebelde, espinosa, jamás le llevaron la contraria; pero tras mi “intervención” incluso aceptó el mote que le otorgué: ella era «mi Pris».

¿Cenamos? –pregunté saliendo del cine.
Como digas. Y, si quieres, ¿puedes contarme cómo se te ocurrió el guion? –suplicó.
No.
Como digas –replicó sonriente.
Todo un éxito –murmuré. Es «mi Pris».

viernes, 26 de mayo de 2017

DESCONEXIÓN

‑¡A tomar por culo!

He de reconocer que no estoy muy orgulloso de que ésas fueran mis últimas palabras, pero también les confieso que lo que de verdad me pinza el recuerdo algunas noches y me impide conciliar de nuevo el sueño, es el remordimiento por el pobre infortunado que usé como vehículo necesario para llevar adelante mi plan.

Desde ese día, y a pesar de los momentos en los que la culpa hurga mi conciencia por aquel «evento», la vida ha sido mucho más sencilla. Al comienzo pensé que sería complicado, que no conseguiría mantener mi actitud inalterable, que alguna jornada tendría un pequeño despiste y alguien me escucharía hablando conmigo mismo, que habría alguna palabra traicionera que saldría de mi boca con la naturalidad habitual previa a mi desconexión voluntaria. Pero finalmente todo parece que ha salido según el plan.

Bajé del coche y me quedé mirando con asombro, con los ojos bien abiertos y una sonrisa inocente y deslumbrada. Hubo quien me increpó, los agentes de tráfico se desesperaron ante mi actitud pasiva y obediente, ante el silencio amable con el que respondía a todos sus requerimientos.

Más tarde los psicólogos forenses terminaron por rendirse y los expertos en Psiquiatría de la Facultad de Medicina incluso propusieron mis apellidos para identificar este nuevo desorden de la conducta que les tenía desconcertados y perdidos, tanto como mi actitud.

Ninguna de las numerosas pruebas que hicieron a mi cerebro conseguía desvelarles la anomalía que me había hecho callar y sonreír, escuchar y obedecer, pero no entender nada de lo que nadie me decía. Yo me limitaba a levantar las cejas y los hombros, a negar asombrado y a no reconocer nada del pasado.

El juez creyó la versión desesperada y por descarte del comité médico que le asesoró durante todo el proceso: colapso psicosocial cognitivo por estrés laboral, o nuevo «Síndrome de Martínez B.». Desde luego fueron cruciales las cadenas de correo electrónico del trabajo en las que los cuchillos afilados destriparon el proyecto sin sentido que habían puesto bajo mi responsabilidad. Mi última respuesta a esa conversación epistolar de técnicos incompetentes salvando el culo, en la que llevé sus diferencias al terreno personal, mordiendo la yugular de cada uno de ellos, así como sus reacciones furibundas, colaboraron de una forma decisiva y eficaz para que el juez y los asesores médicos decidieran que lo mejor era que cumpliera mi condena en un penal psiquiátrico.

Han pasado ya diez años desde el día del accidente, una década sin decir ni una sola palabra, de sonreír a los doctores y de colaborar de forma aleatoria a los ejercicios mentales que me proponen. Soy todo un reto para ellos y sé que nunca me dejarán ir.

Me dan a probar toda clase de fármacos como quien reparte palos de ciego, pero nunca en cantidades que puedan llegar a ser perjudiciales. Es más, algunos de esos medicamentos incluso me resultan placenteros. Reconozco que es divertido decidir qué cosas quiero aprender y olvidar a sus ojos cada día. Aunque a veces los frustro, es cierto que son unos grandes profesionales, inasequibles al desaliento de mi incomprensión incoherente.

Les he dejado descubrir que me gustan los trabajos manuales y las actividades al aire libre, así que cuando llega la primavera transformamos un rincón del patio del pabellón de los leves en un huerto. El próximo paso será que me dejen entrar en la cocina, pero he de ser prudente y evitar que piensen que puedo llegar a resultar una persona productiva y útil a la sociedad.

¡No, nada de eso! Se acabaron las responsabilidades. Estos diez años de vida semimonástica, sin aspiraciones pero aburridamente tranquila y sin esperar nada de nadie es lo mejor que me ha pasado nunca.

Me quedan todavía unas cuantas décadas hasta que la muerte llegue, pero me dejan leer todo tipo de libros, revistas, periódicos e incluso navegar por internet. Y los nuevos médicos residentes que llegan cada curso también constituyen una novedad que ayuda a no caer en el ostracismo absoluto.

Me basta tan solo con eso: esta sencillez y la certeza de que año a año cada vez es más impreciso el recuerdo de aquel fulano al que atropellé de forma aleatoria para poder enviarlo todo a la mierda.


Les prometo que siento un fuerte arrepentimiento por aquel acto cobarde y criminal, seguro que había otro método menos lesivo de implementar mis intenciones, pero sé que en el futuro terminaré olvidándolo igual que ustedes me olvidarán a mí.

lunes, 22 de mayo de 2017

SENTIMIENTOS QUE UNEN





El crujir de las hojas les recuerda lo solos que están en este otoño “incaduco” que se coló en el calendario y sepultó las alegrías primigenias del verano febril. Éstas quedaron aplastadas por mentiras sincericidas dichas a contrapié; encerradas en el cacharro de la ropa sucia, cuyo olor contagia las galas dominicales; ahogadas como sabor de chicle barato que pereció entre los dientes pero mascamos con inercia suicida.

Anochece y el frío húmedo repta hacia sus pechos. Se levantan del banco escondiendo el odio común que sienten hacia las parejas que pasean felices sobre hojas de árbol caduco: ese sentimiento es ya lo único que les une en este invierno infinito.