lunes, 12 de febrero de 2018

EXIGENCIAS DEL GUION


Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá, montaban un drama bíblico por el motivo decorativo de la cortina de la ducha, se indignaban tumultuariamente al ser informados de que la piscina de la urbanización sólo podía usarse durante el horario laboral del vigilante, o lloraban desconsolados como párvulos abandonados en la puerta del colegio al comprobar que el tamaño del ascensor no permitía subir la vitrina que ella heredó de su abuela. Después, la pareja de octogenarios abrazaba al tipo desesperado de la inmobiliaria y se marchaban satisfechos de cómo les estaban quedando los ensayos con público real para la representación anual de la residencia de ancianos.

NOUVELLE VAGUE


Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá minutos interminables, a veces incluso horas, sin ninguna consideración por el resto del equipo que esperaba aburrido, tirado indiferente en el suelo o peleando por el escaso hueco que brindaba la cama. Ella, mientras los escuchaba repetir siempre los mismos argumentos sobre la incidencia lumínica desde la ventana, el espacio disponible para hacer encuadres contrapicados o el contraste cromático con la pared, creyéndose discípulos aventajados de Godard, se preguntaba con cada rodaje si su público realmente apreciaba tales sutilezas. Hastiada, solía pasear sin albornoz, para provocar, mientras releía el guion. El último se titulaba Nada comparable a un buen polvo.

domingo, 11 de febrero de 2018

NOELIA CONTRA EL MONSTRUO DEL CASPIO

Hace unos días unas compañeras de trabajo me pidieron que escribiera un relato para despedir a otra compañera a la que envían a trabajar unos meses a Baku, Azerbaiyán. Me pidieron que fuera un relato corto, de los que suelo escribir. Era un encargo exprés, de un día para otro, y dudaba que pudiera escribir nada decente. Además, yo esa tarde en cuanto saliera de la oficina había quedado casi inmediatamente para cenar con unos amigos, y la idea que se iba gestando en mi cabeza mientras regresaba a casa en la moto daba para una historia de más de las 100 palabras habituales de mis microrrelatos.

Llegué a casa y me puse a escribir. Salió casi de una forma verborreica esta pieza loca y surrealista que viene a continuación, con unas cuantas referencias a las circunstancias de nuestra oficina, y que al día siguiente interpreté frente a la homenajeada con el concurso de otros compañeros de trabajo haciendo los coros:



NOELIA CONTRA EL MONSTRUO DEL CASPIO


Cuenta una vieja leyenda conocida por los pescadores azeríes de la isla de Çirov que, más pronto que tarde, el monstruo del Caspio retornaría de su sueño semieterno para reclamar todo lo que los distintos pueblos ribereños de ese mar le habían ido arrebatando con los siglos.

Cuando caía la noche en las tabernas del puerto de Baku, los más ancianos relataban historias terribles que vivieron en su juventud lejana. Historias sobre barcos que desaparecían arrollados y engullidos por una bestia inmensa que arremolinaba el agua a su alrededor como si de un tifón infernal se tratase. Los taberneros servían vodka frío a todo aquel que aún retuviera en su memoria los hechos de esos días pasados, puesto que mientras más terrorífico era su relato, más público acudía a su establecimiento.

–¡Cuentos de viejos! –respondió una vez en uno de esos garitos decrépitos del puerto un joven millenial que con su Smartphone, su formación occidental y su depurado inglés, había roto con el pasado cultural de su país–. Del Caspio no sale más que caviar y petróleo, lo que nos ha hecho ricos. Dejad de escuchar esas historias absurdas. No hay monstruos en nuestro mar –sentenció antes de salir del local dando un portazo. Evidentemente un millenial allí no pintaba nada. Sólo había ido a hacer una foto para su Instagram y para enseñarla a continuación a sus colegas de los garitos de moda del paseo marítimo de Baku.

–¡Ignorante! –gritó el viejo cuya historia se había visto interrumpida por el joven–. El monstruo del Caspio está a punto de volver. ¡2018 es el año! ¡Y está a punto de pasar! ¡Corred, insensatos!

Esa noche en la taberna estaba el vicealmirante Hasan Asfaraini, director adjunto de Servicio de Inteligencia de la república de Azerbaiyán, que se fue a su casa dándole vueltas a todo aquello, y pasó una noche de pesadillas en la que el monstruo del Caspio terminaba con las reservas de petróleo y caviar y sumía a todos los países ribereños en el caos y la pobreza.

A la mañana siguiente, el vicealmirante Asfaraini convocó a su consejo asesor en asuntos esotéricos y expuso sus temores en relación a la profecía del monstruo del Caspio.

–¡Señores! Investiguen, recaben toda la información y prepárenme un informe. ¿Está nuestra nación en peligro?

Los asesores salieron a investigar en todos los rincones del país, a todos los puertos allende el mar, se infiltraron entre las echadoras de cartas de Atyrau en Kazajstán, preguntaron a quienes leían en los capullos de los gusanos de seda de Astracán en el delta del Volga, arrancaron con crueldad los dientes de oro a los piratas aún más crueles de Turkmenbashi en Turkmenistán para obtener información, subieron a las cumbres iraníes de Mazandarán para leer en los pergaminos olvidados en las mezquitas de los primeros assassini; pero uno a uno, los asesores del vicealmirante Asfaraini fueron regresando a Baku, sin ninguna respuesta.

El vicealmirante convocó una reunión con los altos cargos de los ministerios de Energía y de Agricultura y Pesca, para exponerles la gravedad de la situación.

–¿Qué haremos? –preguntó desconsolado el Subsecretario de Pesca–. Nuestro caviar es el mejor de toda la región, es el que nos compra Putin para regalar a Trump.
–¿En serio? –preguntó el joven Pur Nesimi, el Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía.
–Efectivamente –confirmó el vicealmirante Asfaraini–. Putin tiene a Trump callado gracias a nuestro caviar. Si los esturiones desaparecen, Putin nos bombardeará como represalia, justo antes de que ese cowboy loco de Trump apriete el botón nuclear mientras grita “¡Dónde está my fucking caviar!”.
–Eso es un grave inconveniente –reconoció el señor Nesimi–. En ese caso creo que adelantaré mis vacaciones de Semana Santa, que lo que va por delante, va por delante.


Pero en ese momento la puerta del despacho del vicealmirante Asfaraini se abrió de golpe y el último de los asesores en asuntos esotéricos del Servicio de Inteligencia de la República de Azerbaiyán entró a la carrera arrastrando tras de sí a una anciana cabrera del monte Murovdag, cerca de la frontera con Armenia.

–¡No! ¡Un momento! –gritó el funcionario–. Esta mujer conoce la leyenda, es médium y tiene capacidades para traernos la solución.
–¿Será eso posible? –preguntó el Subsecretario de Pesca.

Pero la vieja cabrera no le escuchó. Se quedó mirando fijamente a Pur Nesimi, el Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía. Éste se incomodó por la mirada estrábica de aquella mujer que olía a cabra y que sería seguramente más vieja que el mismísimo monte Ararat donde encalló el arca de Noé.

–¡Tú lo sabes! –le gritó la mujer sonriendo con una boca en la que faltaban el incisivo superior izquierdo, tres molares superiores, dos inferiores y cinco premolares, tanto superiores como inferiores.
–¿Yo? –preguntó retrocediendo atemorizado.
–Sí, tú, hermoso joven –dijo la venerable señora lanzándose hacia él y propinándole un lascivo beso de tornillo.
–¡Por Alá! ¿Pero qué hace? –preguntó escandalizado el vicealmirante Asfaraini.
–No se apure, jefe –respondió el agente que la había traído–. Es su método para poner en trance a la gente, de forma que puedan canalizar la información que fluye a través de nosotros.
–¿En serio?
–O es eso, o que la vieja besa como los putos ángeles –intervino el Subsecretario de Pesca al ver cómo su colega el joven señor Pur Nesimi dejaba los ojos en blanco y empezaba a recitar algo incomprensible.
–¡Callen! –gritó la anciana relamiéndose y limpiándose la boca con el dorso de su mano callosa y arrugada–. La respuesta que buscan ya llega.

A continuación se dirigió al anonadado Pur Nesimi y le preguntó.

–Y ahora, ¿quién nos salvará?
El joven comenzó a hablar.
–Hay una chica que es igual.
–¿Igual a quién? –preguntó el vicealmirante
–Pero distinta a las demás.
–¡No me fastidie! ¿La ha visto?
–La veo todas las noches.
–¿Dónde? –preguntaron todos.
–Por la playa pasear –respondió el joven en trance.
–Cuéntenos más, por el profeta. ¿Qué más sabe?
–Y no sé de dónde viene... Y no sé a dónde va.
–¿Eso es todo? –el vicealmirante se estaba desesperando.
–Hace tiempo que sueño con ella –continuó Pur Nesimi.
–¿Y? –preguntaron todos al unísono, a punto de darles un ataque.
–Y sólo sé que se llama Noelia.
–¿Pero sabe quién es?
–Hace tiempo que vivo por ella.
–¡Déjese de historias! ¡Por el camello de Mahoma! ¿Qué más sabe?
–Y sólo sé que se llama Noelia, Noelia, Noelia, Noelia. Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia…
–¡Qué alguien busque a esa tal Noelia! –estalló el vicealmirante Asfaraini sacando del trance al Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía.
–¿Noelia? –preguntó éste al volver a la realidad.
–Eso es –dijo la vieja cabrera–. Noelia es la elegida para derrotar al monstruo del Caspio.
–¿Y quién es Noelia? –preguntó el Subsecretario de Pesca–. Los esturiones necesitan a Noelia.
–¡Lo sé! –gritó Pur Nesimi, Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía–. La estoy viendo en mis sueños…
–¡Hable de una vez, por Fátima y todas las sobrinas del profeta! –perjuró el vicealmirante.
–Es una joven ingeniera española que trabaja en uno de los proyectos que tenemos.
–¡Qué la traigan!


Media hora después, una comitiva de coches de policía, camiones de bomberos, tanques del ejército, e incluso un furgón de helados requisado por el vicealmirante, se dirigió a las oficinas de Técnicas Reunidas en Baku para buscar a Noelia, la elegida.

Irrumpieron todos en Técnicas Reunidas, el vicealmirante, el joven Pur Nesimi, la vieja cabrera, el asesor de asuntos esotéricos, el Subsecretario de Pesca, y también la señora del café del Servicio de Inteligencia, a la que le gustaban los saraos más que a Mariano, acompañados de policías municipales, soldados, bomberos de servicio y el repartidor de helados.

La secretaria de recepción preguntó que de parte de quién venían y luego guiñó un ojo a Pur Nesimi y dijo.

–No, qué va, pasen, que estoy tonta, que tenemos aquí a todo un vicealmirante. ¡I got it! Y eso en Burgos no se ve todos los días.

Sin terminar de entender de qué hablaba la secretaria, todos subieron en el ascensor (era muy grande, ni tuvieron que hacer turnos ni usar las escaleras), a buscar a Noelia.

–¿Eres Noelia? –preguntó el vicealmirante Asfaraini al tenerla frente a él.
–Sí, ¿qué quieren? –preguntó un poco contrariada puesto que habían interrumpido la lección magistral que le estaba dando su sabio compañero de trabajo Santiago.
–¡Eres la elegida! –gritó la vieja cabrera del monte Murovdag, cerca de la frontera con Armenia.
–¡La elegida! –gritaron todos los soldados, bomberos, policías, el repartidor de helados y la señora del café del Servicio de Inteligencia.
–¿Yo? Qué va, mujer. Yo soy ingeniera de caminos, canales y puertos.
–¡Perfecto! –asintió el vicealmirante–. Tú canalizarás las fuerzas con las que vencer al monstruo del Caspio, y hallarás el camino para llevarnos a buen puerto.
–Miren, no sé de qué me hablan.
–¿Qué sabes del mar? –preguntó el vicealmirante sin prestarle atención.
–Bueno, yo soy de Madrid, sólo voy en verano –explicó Noelia–. Pero tengo unos compañeros de trabajo que curran en temas dedicados al submarinismo.
–¡Excelente! – dijo el vicealmirante–. ¡Que alguien los busque y los traiga al puerto!


Sin dejarle decir nada más, y dejando a Santiago con la palabra en la boca, salieron todos del edificio con ella: el vicealmirante, Pur Nesimi, Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía, la vieja cabrera, el asesor de asuntos esotéricos, el Subsecretario de Pesca, los municipales, los soldados, los bomberos, la señora del café y el repartidor de helados, que aprovechó la ocasión para regalar a Noelia un Calippo, que lo aprietas y sube, lo sueltas y baja…

–¡Adiós, adiós, vuelva cuando quieran! –sonrió desde la puerta la secretaria de recepción.

La comitiva, con sus camiones de bomberos, tanques, coches de policía y furgón de helados, se dirigió al puerto a toda prisa y montaron a Noelia en un barco.

–¿Y ahora qué hago? –preguntó ella‑ Qué he quedado luego con los de Gestión de Contratos.
–Déjese de gaitas y dirija el barco al centro del Caspio –ordenó el vicealmirante–. Mire, por aquí llegan sus amigos los del submarinismo… Que ellos busquen en el fondo del mar al monstruo del Caspio.

Así que Noelia, sus compañeros expertos en submarinismo y Pur Nesimi, Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía, pusieron la embarcación en marcha y enfilaron la proa hacia el centro geográfico del mar Caspio, en busca de su famoso monstruo.

El horizonte amenazaba tormenta, los esturiones nerviosos saltaban a uno y otro lado del casco del barco. Toda la tripulación vigilaba, estaba alerta, con los nervios de punta, en todas direcciones, esperando que en cualquier momento surgiera de las profundidades del mar algún ser terrorífico contra el que no sabrían cómo enfrentarse.

Pur Nesimi, el joven Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía, para ahuyentar al miedo, empezó a tararear la canción que desde el momento del trance se le había quedado en la cabeza.

–Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia…

Entonces, como si respondiera a esa llamada, un coro de viento metal y potentes voces levantinas surgieron de entre las olas, atronando por encima del ronroneo cansando del viejo barco. A continuación una columna de agua se irguió frente a ellos, y bailó al ritmo de la canción que Pur Nesimi no podía dejar de cantar.

–Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia…
–¡Qué te calles, copón! –gritó ella–. Me vas a gastar el nombre, y encima tenemos al monstruo ese ahí delante.


Pur Nesimi, el joven Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía enmudeció, y con él la columna de agua, que se quedó quieta. Entonces una voz cálida y amable retumbó por todo el cielo.

–¿Quién es Noelia? –preguntó la voz.
v¡Yo soy Noelia! –gritó ella un poco harta de tanto circo.

La columna de agua, en cuyo seno nadaban miles de esturiones, se desvaneció en una gran lluvia de huevas de caviar que cayó sobre toda la tripulación del barco, impregnándolos por completo. Entonces la voz respondió.

–Y sólo sé que se llama Noelia…

Como un flash, en el cielo se dibujó la cara de Nino Bravo, que entre aplausos y ovaciones de todos los muchachos del submarinismo, les dedicó la canción Noelia antes de desvanecerse en el cielo y prometer no volver nunca más.

–Verás tú los de Gestión de contratos cuando nos vean aparecer oliendo a pescado… –dijo Noelia.

Pero, ¿qué importaba lo que dijeran los de Gestión de Contratos si desde aquel día, y gracias a que ella salvó los sectores estratégicos del país, a propuesta del vicealmirante Asfaraini, el nuevo himno de la República de Azerbaiyán sería la canción Noelia de Nino Bravo, y su retrato ondearía junto a todas las banderas y escudos que se pudieran contemplar en esa simpática república ribereña del hermoso mar Caspio, un mar ya sin monstruos que atenazaran el sueño de los niños por la noche. A partir de entonces, todos esos niños, antes de dormir, en sus oraciones incluían un ¡Təşəkkürlər, Noelia!, que significa ¡Gracias, Noelia!



lunes, 5 de febrero de 2018

LA INOCENCIA DEL ESTEPICURSOR


Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada de los vecinos eran el lugar perfecto para recolectar las pelusas de polvo. Él sólo tenía que, como un explorador surcando mares ignotos, perseguir en su búsqueda al viento que se colaba por las ventanas desvencijadas. Y allí las encontraba, bolas de polvo acorraladas en los recovecos del pasillo, como estepicursores perdidos al final del desierto hogareño, cansadas de buscar a sus moradores. El niño las atesoraba en botes trasparentes robados en la cocina de casa, convencido de que en el próximo rastrillo de primavera sacaría una fortuna. Sólo confiaba en que fuera cierto lo que había escuchado a sus hermanas mayores: «Nada comparable a un buen polvo».

sábado, 23 de septiembre de 2017

RUTINAS


–¿Otra vez por aquí? –preguntó la mujer mientras se sentaba en el taburete contiguo.

Él levantó la vista y sonrió.

–Dicen en el barrio que vienen chicas interesantes a este garito.

El camarero emitió un resoplido mientras secaba concienzudo un vaso con un trapo blanco impoluto. Miró a la mujer con cierta impaciencia.

–Ponle otra igual –respondió ella arrebatándole a su compañero de barra la copa recién servida.
–Y parece que es cierto lo que se comenta en el barrio sobre este lugar –dijo él obviando la copa perdida y lanzando una mirada ostentosa al cuerpo de la recién llegada.
–¿Es eso lo que buscas? –inquirió.

El hombre se limitó a arquear las cejas aprobando lo que veía y a continuación desvió los ojos hacia los de la mujer.

Ella, sin dejar de mantenerle la mirada, bebió divertida de su copa. En el hilo musical comenzó a sonar Lovesong de The Cure. Los ojos se le iluminaron.

El camarero puso una copa en las manos del hombre, guiñó un ojo desapasionado y se retiró al fondo de la barra, lejos de los focos tenues del local, a seguir con su hercúlea labor de secar todos los vasos que había junto al lavaplatos.

Whenever I’m alone with you –canturreó ella.
You make me feel like I am home again –concedió él.
–¿Llevas mucho tiempo fuera de tu casa?
–Quizá ya esté en ella –respondió abarcando con la mirada el bar.
However far away, I will always love you –cantó ella en voz baja acompañando a la voz triste de Robert Smith en el hilo musical.
–¿Cómo se ama a alguien?
–Se hace y ya está.
–¿Así de simple? ¿Cómo estás segura de que no es un engaño de autosatisfacción? ¿Cómo sabes que no es sólo un juego de prisioneros y síndromes de Estocolmo?

Ella saboreó la copa y buscó una respuesta entre los cubitos de hielo que tintineaban indiferentes a las dudas. Se encogió de hombros y volvió a tararear. Él movía inquieto su vaso entre las manos.

‑Quizá sea sólo una apuesta –aventuró al fin–. Un deseo hacia el que seguir avanzando.

Él no levantó la vista. Ella volvió a dar otro trago. El hilo musical les sorprendió con Fly me to the Moon.

–Y cuando no estés seguro de qué es eso detrás de lo que andas, simplemente vuela aquí –continuó.
Se levantó y lo atrajo hacía ella obligándolo a bailar.

In other words, baby, kiss me.

Él dejó que ella apoyara la cabeza en su hombro y le recitará con voz sedosa la letra de la canción, con los labios acariciando casi imperceptibles la piel repentinamente sensibilizada de su cuello. Sus pies encontraron el ritmo y por un instante las bombillas languidecientes del techo fueron estrellas entre las que jugaron a ser dos viejos amantes. Era fácil dejarse llevar por caminos ya transitados. Era sencillo ir de la mano de quien sabía guiar. Era factible desear lo que se quiere.

In other words, please be true‑ suspiró él.

Ella le dio un beso en el cuello y se separó, dejando que por unos segundos él continuara bailando solo.

–¿Te veré de nuevo aquí?
–Sabes que sí ‑le sonrió ella antes de dejar un billete en la barra y dirigirse al camarero–. Diego, cóbratelo todo de aquí. Sírvele sólo una más.

Recogió el bolso y la gabardina de la percha de la entrada, se la puso y, mientras se ajustaba el cinturón, le dedicó una última sonrisa antes de abrir la puerta.

–Antes de subir a casa, compra pan para la cena. Y tendrás que hablar con el mayor, ha vuelto a suspender Matemáticas.

In other words, I love you – fue la respuesta del hombre.

viernes, 22 de septiembre de 2017

REMEDIOS NATURALES


La casa ha comenzado a llenarse de hormigas. Las obreras, hacendosas y disciplinadas, se han dividido en varias columnas que ya están limpiando los restos de la fiesta de cumpleaños: bocadillos de Nocilla de los que sólo quedó el pan, cacahuetes pisoteados, confetis manchados con merengue de la tarta… Según mi hija el plan está funcionando y las hormigas son el mejor remedio para limpiar.

 Pidió ese regalo de cumpleaños, ¿cómo negarme a sus deseos? El problema son las exploradoras aventurándose al dormitorio. A ver cómo le contrargumento que para acabar con la plaga la solución más natural no será ir al zoo y secuestrar al oso hormiguero.

jueves, 13 de julio de 2017

UN HUERTO EN LAS MONTAÑAS

Me desperté cuando el primer rayo de sol que asomó tras la duna me abofeteó en la cara. El crujido de la arena entre los dientes retumbó en mi cabeza, como si fuera mi propia existencia desmoronándose bajo el peso de la resaca. Así que antes de abrir los ojos recité mis maldiciones matutinas, a modo de mantra reconfortante que me recordara el tipo de persona que era; y cuando creí estar en condiciones me enfrenté al cielo limpio y generosamente vacío que lo llenaba todo. El día se desperezaba, como yo, de mala gana sobre aquel desierto cruel en el que era una patraña eso que nos contaron en la escuela: ¡no en todos los desiertos hace frío de noche!
Mi cerebro me traicionó y, con la loable intención de refrescarme, hurgó entre los recuerdos hasta encontrarme en la piscina del jardín, disfrutando de una limonada y evadiéndome de la pelea entre mi mujer y los niños a propósito de las horas de la digestión.
Sí, no se extrañen. Yo tuve, o quizá aún tengo, una casita con jardín, una esposa amantísima pero fuerte e independiente, dos hijos y un perro al que saco a pasear los domingos cuando voy a comprar el periódico. O puede que sea un recuerdo inventado por mi cerebro para vengarse de los excesos de anoche, quién sabe. El caso es que encontré las fuerzas para levantarme penosamente, controlando el bombeo de sangre para que no me estallara la cabeza. Sólo cuando estuve de pie me di cuenta de que llevaba una botella de whisky agarrada en la mano izquierda, por eso me había costado tanto incorporarme. Maldije al figura que incluyó esa bebida en la cesta de Navidad de la empresa (¡yo odio el whisky!) y volví hacia la planta de extracción de gas, perdida en el mar de arena de un desierto que sólo conocían sus habitantes y otros desgraciados como yo.
Con la botella en una mano y la otra en el bolsillo del pantalón, buscando la caja de aspirinas que suelo llevar encima, escalé a trompicones la duna que me separaba del campo de extracción. Aún se veían indicios de la juerga de Navidad que nos montamos la noche anterior: el Jeep del gerente atascado fuera de la pista de entrada a la planta y con el motor en marcha, los pilotos rotatorios de las señales de emergencia diseminados alrededor de los módulos dormitorio; todas las puertas abiertas de par en par y ni un alma en la caseta de vigilancia. Parecía que no era yo el que había terminado la noche en peores condiciones, incluso la torre de extracción estaba en silencio. Meneé la cabeza incrédulo y aventuré que el director nos machacaría con las horas extras que podríamos cargar al proyecto. Le dediqué con el pensamiento un saludo “cariñoso”, recordando lo absurdo de su decisión de no poder volar de vuelta a casa para Nochebuena, y me dirigí al módulo de control para ser el héroe del día. Pondría de nuevo la planta en funcionamiento y manipularía convenientemente el servidor informático para hacer creíbles los datos de la explotación durante esa noche.
No sé ustedes, pero yo tengo una capacidad innata para ir cabreándome poco a poco mientras mi pensamiento va dándole vueltas a algún asunto estúpido. Desde la sonrisa irónica para demostrar condescendientemente cómo me toca las narices una actitud mentecata de un tercero, hasta querer arrasar con todo bicho que se me cruce por el camino; sólo necesito unos minutos, tres o cuatro razonamientos resentidos y algún deseo reprimido hacia el ya mencionado tercero estúpido y toca narices. Así que cuando llegué al módulo de control, la resaca había mutado en feroz resentimiento hacia mis superiores y hacia toda la sociedad en general por criar en su seno sabandijas indeseables que ven premiadas sus idioteces.
Entré a la caseta barruntando alguna terrible venganza contra la putrefacción del sistema cuando me topé de bruces con la nariz de un desconocido. El tipo, un chaval joven de aspecto centroasiático que apenas habría empezado a afeitarse el mostacho, se asustó al verme aparecer con mi cara de resaca y lo ojos inyectados en sangre. A mí no me dio tiempo a preguntarme quién era, ni siquiera a asustarme. Simplemente tuve una reacción violenta al toparme con un desconocido que cargaba con un fusil y que pisoteaba el cuerpo de Mijaíl, nuestro guardia ruso, el único cabrón que me caía bien en aquel desierto caluroso e insufrible.
Antes de que el soldadito pudiera gritar nada o llevarse el arma al hombro, le reventé la botella de whisky en la cara soltando un improperio. Le quedó una bonita brecha en la cabeza mientras se derrumbaba sobre mi amigo ruso. No me detuve a comprobar en qué estado quedaban ambos, instintivamente le arranqué el fusil, un AK-47 más viejo todavía que el de Mijaíl, y salí excitado, invadido por un extraño sentimiento mezcla del pánico, la indignación y un gozo inexplicable.
En la sala de entretenimiento y comunicaciones no había quedado nada entero, los ordenadores y el teléfono satélite estaban hechos pedazos por el suelo o agujereados a balazos. Eso explicaba los fuegos artificiales con los que creí haber soñado durante la cogorza. Rescaté una cerveza que sobrevivía en la nevera y salí dándole un trago para ayudarme a tragar otra aspirina. Había huellas hacia el oeste, y más allá de los inodoros químicos, alejados de las torres de extracción antiguas, vi un grupo de gente. Eran mis compañeros vigilados por dos tipos armados que discutían entre ellos. Otros dos intentaban desatascar un viejo furgón soviético de la arena, a unos diez metros de donde los dos primeros custodiaban al resto de trabajadores. Parecía un secuestro chapuza en toda regla.
“El alcohol te matará”, solía decirme mi madre cada vez que nos juntábamos a comer toda la familia en Navidad. Este año no pudo ser, pero sonreí triunfal al comprender que a pesar de las reiteradas advertencias maternas, en esta ocasión era el alcohol lo que me había salvado de aún no sabía qué. Qué rabia me dio no poder coger un teléfono para restregarle lo acertado de mi comportamiento la noche anterior.
Dejé las disquisiciones familiares, y aún enfadado me di cuenta de que los dos secuestradores que intentaban sacar el furgón de la arena habían dejado sus armas en el suelo, a los pies de los otros dos que vigilaban. “Día de suerte para el caballero”, pensé metiéndome en el papel de Harry El Sucio. Es curioso que, a pesar de todo lo que despotrico contra lo que me rodea, mi actitud física más agresiva hasta esa misma mañana había sido la de espantar moscas; y sin embargo en ese momento lo vi todo claro y sin ningún cargo de conciencia. Me había quedado sin mis regalos de Navidad en casa y todo me daba igual. Mucho. No pueden imaginarse cuánto.
El sol estaba detrás de mí, aún lo suficientemente bajo para deslumbrar a los secuestradores, pero calentando como un condenado; y la distancia de casi doscientos metros era perfecta para probar en el mundo real mi puntería legendaria en el universo de las videoconsolas.
Di otro trago a la cerveza, me acomodé en el suelo y apunté. Al poner la mano izquierda delante de mi campo visual, descubrí que en el anular brillaba un anillo, así que el recuerdo de la piscina y la limonada debía de ser cierto. Resoplé con fastidio y me lo quité para que no me molestara al disparar.
Primero lo hice a los dos que empujaban al camión, antes de que pudieran refugiarse tras el vehículo. Después a los otros dos, que pillados de improviso ni se plantearon siquiera esconderse entre mis compañeros para que les sirvieran de escudos humanos. Desde luego, cualquier indeseable con un arma puede conseguir, a pesar de su estupidez, muchas de las cosas que se proponga. Y no sé si ese pensamiento iba por mí o por los cuatro desgraciados que cayeron al suelo. ¿Quién los habría enviado aquí y cómo se podía ser tan idiota como para dejarse pillar tan fácilmente por aficionados? Esta pregunta sí iba dirigida tanto a los ex-secuestradores como a mis compañeros.
No me devané los sesos en buscar la respuesta, recuperé el anillo y la cerveza y me volví hacia las dunas. En el camino vi que Mijaíl la emprendía a puñetazos con el jovencillo a quien le había aplicado minutos antes el alcohol al mismo tiempo que le hacía la herida. Sin que me viera, dejé el fusil en la puerta de su garita sabiendo que si yo no aparecía él sabría atribuirse todo el mérito, y continué a terminar de pasar la resaca entre las dunas. Desafortunadamente, cuando llegué al lugar donde había pasado la noche, descubrí que no era tan acogedor como lo recordaba, y además ya había dado el último trago a la lata de cerveza. Sin duda el día no iba bien.
Mirando el envase en una mano y el anillo en la otra, recordé que odiaba la limonada y yo era más de gatos de que perros. Así que sin mirar atrás, me convencí de que había llegado la hora de volver a ser valientes y no preocuparme de que alguien me reprochara cada mañana que me dejara destapado el tubo de la pasta de dientes. Además, lo del corte de digestión es un mito que cualquier médico puede desmontar en medio minuto.

Conocía un poblado miserable en las montañas, a una jornada de camino, en la que un viejo campesino una vez me ofreció a su hija a cambio de hacerme cargo de sus tierras; o quizá era al contrario, tampoco importaba mucho. Dejé que el anillo se me escurriera de las manos y sonreí al darme cuenta de que yo siempre había querido tener un huerto en las montañas.