viernes, 23 de octubre de 2020

CONCURSO "UN RELATO PARA LA RADIO" (Quincena V)

A continuación podéis leer, por orden alfabético, los relatos presentados en la 5ª quincena del concurso de microrrelatos que he organizado para mi sección de cada dos martes en Radio Elche 'Libros y música para un paseo en Vespa'. 

Pedí por las redes y a través de la web MeetUp que se me envíen microrrelatos que comiencen con la frase Tenía que irme de allí, frase con la que terminaba el relato ganador de la quincena anterior.

Una vez finalizado el plazo de recepción, es cuando los hago públicos en este blog y pido a los propios autores que valoren los relatos del resto de participantes y puntúen los tres que consideren más completos, con 3, 2 y 1 puntos. Tienen que enviar su veredicto a mi correo electrónico (dareces@gmail.com) para que cada uno de ellos realice su votación sin saber cómo están votando los demás.

Además, el resto de lectores también podéis votar de la misma forma que los autores (3 relatos con 3, 2 y 1 puntos). Vuestras preferencias servirán para que, en caso de empate entre dos relatos, elegir la obra ganadora. Ya hemos tenido que recurrir dos veces de cuatro al voto del público.

El relato ganador será leído en la sección de radio de la semana siguiente y su frase final será la de comienzo de los relatos de la próxima semana.

Además, el autor/a del relato ganador se lleva de regalo un paseo en moto, de Scootatrip.

Tenéis de plazo hasta el lunes 26 de octubre a las 14 horas para enviar las puntuaciones a mi correo electrónico (dareces@gmail,com). El relato ganador será leído el martes 27 de octubre en el espacio "Libros y música para un paseo en Vespa" de Radio Elche, sobre las 13:45 del mediodía.

¡Suerte!


ACTUALIZACIÓN 1: Una vez finalizado el periodo de votación, incluyo

 el nombre de los autores.

ACTUALIZACIÓN 2: Se publican los relatos ordenados de menor a mayor puntuación. 


ALMA, de Miguel Arias.

Tenía que irme de allí. Toda una vida dentro del cuerpo en el que se había refugiado el alma y que ya no daba más de sí. La piel flácida, arrugada, las piernas débiles, el pulso trémulo, la espalda cada vez más encorvada, el pelo ralo, los dientes metidos en un vaso de cristal. Los ojos hacía tiempo que parecían querer salirse de sus cuencas por encima de las ojeras. Exhaló su último suspiro y cerró los ojos. Y curiosamente aún pudo ver cómo se elevaba, como un globo que había escapado de la mano de un niño despistado perdiéndose en el cielo.

 

RELATIVIDAD, de Raquel Sepulcre.

Tenía que irme de allí. Me agarraba al atril para no caer desmayado mientras resudaba y daba las gracias por el reconocimiento a toda una vida dedicada a la investigación.

Puede que dentro de mi ser el ego se enalteciera. Es posible como quizás en otras épocas más jóvenes y llenas de ambición lo hubiera disfrutado.

Pero en esta ocasión realicé mi papel y caminé despacio frente a la multitud que todavía continuaba con los aplausos acaloradamente.

Apenas podía andar con el bullicio. Pero sobre todo retumbaba en mi mente la llamada del hospital.

Mi padre, había muerto.

Y todo se volvió incertero.

 

SIETE, de Andrés Flores.

Tenía que irme de allí. Después de siete años y tantos esfuerzos, tantas tabletas de chocolate caro, tantos consejos para que vistiera mejor y cortarle la pelambrera de las cejas que parecía el abuelo de Los Munster… Después de todo eso, me dijo que solo éramos «amigos para pasar un rato». Que no me hiciera «ilusiones», que él ya había sufrido con uno que lo dejo plantado y «no creía en el amor». ¡Ah, y que no iba a salir del armario porque no le daba la gana! Irme de allí es lo que hice. Harto, derrotado y molesto por haber perdido el tiempo.

 

INCENDIO, de María José Peña.

Tenía que irme de allí, pronto las llamas empezarían a crecer, eché un vistazo y vi las copas, las chispas reflejadas en ellas, las mismas que, como siempre nos encendían cada vez que quedábamos.

Yacías tranquilo, sin darte cuenta de lo que pasaba.

El humo empezó a apoderarse del apartamento, notaba el calor. En mi mente tus preguntas, las mismas que no respondí.

Yo, te hubiera intentado, mucho y muy fuerte, porque no creo en los hubiera, pero hubiera hecho una excepción contigo.

Debía dejarte ir, por eso cerré con llave la puerta y dejé que el fuego lo devorase todo, incluido a ti.

 

LO SABIAS, de Martina Arreaza.

Tenía que irme de allí después de aquello. Como a diario, tú salías a trabajar. Aterrada de miedo y repulsión, solía recluirme en mi cuarto contando los minutos. Cinco… diez… mi respiración se acortaba por segundos.

Oía como, sibilinamente, él se acercaba a mi puerta; «ya no hay escapatoria» pensé. Mi cuerpo preso del tuyo, tratando de esquivar esas lascivas garras profanando mi pureza.

El leve ruido de la introducción de la llave en la puerta, hizo renacer mi única esperanza. Grité:

─¡Mamá, mamaaaa¡

Pero una mirada lacerante  me devolvió a la cruda realidad.

─Lo siento cariño, se me olvidó el bolso.

 

SON COSAS QUE PASAN, de África Estrella.

Tenia que irme de allí. Me apetecía estar sola. Estaba tomando un café mientras leía el periódico cuando escuché:

─¿Te importa que me siente contigo?

─De ninguna manera ─contesté.

Entablamos una conversación animada, profunda.

Pasó el tiempo volando mientras escuchaba a mi acompañante.

Es curioso, nos conocemos desde... no sé cuánto tiempo. Nos vemos casi a diario, y solo habíamos cambiado un saludo: buenos días... hasta luego...

Pero hoy hemos abierto nuestros corazones y hemos hablado de casi todo; ha sido todo muy agradable

Hoy he cambiado la opinión que tenia de esta persona.

Hoy la he conocido mejor.

 

ESPEJISMO, de Ana Medina.

Tenía que irme de allí. Una fría transpiración me recorrió el cuerpo cuando él me invitó a sentarme en el sillón de la consulta. Pasados unos minutos lo vi salir. Me incorporé y al girar la cabeza me encontré con la imagen en el espejo. La boca la tenía abierta y era imposible cerrarla a causa de la anestesia, logré con esfuerzo salir al pasillo, y lo vi que se acercaba con unos papeles en la mano, me los entregó diciendo:

─El trabajo estará listo en unos días.

Han pasado cinco meses, «hemos terminado» me dijo.

─¿Tan pronto, doctor? -pregunté al borde de las lágrimas.

 

NIÑA, de Miguel Arias.

Tenía que irme de allí, pero la verdad es que no salía. Ni parecía querer. Cálida, húmeda, ingrávida, en posición fetal, flotaba dentro del líquido que la nutría. A veces giraba, se volteaba y golpeaba las paredes del vientre de su madre desde dentro. Casi como hace ahora, dando vueltas por la cama. Habían pasado ya 42 semanas de gestación y su padre cada día se despedía del trabajo sin saber acaso si sería el último antes de la baja paternal. Pero nada, allí seguía ella; todos nosotros ahí, esperando que saliera y ella apurando el tiempo, como un adolescente retrasando la alarma del despertador.

 

DESORDEN, de Mª José Peña.

Tenía que irme de allí, estaba contra las cuerdas. Mis manos recorrían tu pecho ensangrentado, despacio, con cuidado, con placer.

Dibujé en tu vientre círculos con tu sangre, uno detrás de otro. En el fondo, no me conocías. Me advertiste que eras peor que un tiro a quemarropa al corazón.

Después de mí, otra quizás, y como yo, solo otra más, me dijiste mientras me acariciabas y te adentrabas en mí clavándome tu mirada fijamente.

Me estremecí de gozo y deseo.

Cerré los ojos y empuñé con rabia el cuchillo guardado bajo tu almohada, y en el último gemido antes de correrte, te lo clavé.

 

BANG!!!, de Raquel Sepulcre.

Tenía que irme de allí, de tus brazos, de tus caricias, de tu sabor aún latiendo entre mis labios y comenzando a desear de nuevo otro roce...tenía que salir corriendo otra vez con mi insoportable corazón maltrecho bajo el brazo y maldiciendo mis ganas de volver a amar...

La ruleta del amor había disparado su bala en la dirección opuesta.

Así que cerré la puerta tras mío y parada frente al umbral puse un pie en el suelo sabiendo que nunca olvidaría tus besos.

 

OPTIMISMO, de Paquita Márquez.

Tenía que irme de allí si no quería ahogarme. Las mareas vivas en casas junto al río, gastan malas pasadas. Esta estaba resultando altamente peligrosa para mí, que no era capaz de abrir la puerta para escapar. Ya me había sumergido varias veces intentando vencer su maldita resistencia, y nada. Las ventanas, descartadas; tienen rejas. Quedan apenas treinta centímetros de espacio entre el agua y el techo, y sigue subiendo. Floto boca arriba para poder respirar, pero el techo cada vez se acerca más. Cuando aparezcan los bomberos, me van a oír. ¡Mira que les advertí que esta casa no tiene bomba de achique…!

 

EL TÚNEL DEL PÁNICO, de Raquel Zaragoza.

Tenía que irme de allí; debía terminar con aquella pesadilla…

Sucedió durante una noche de Halloween en la que mis «supuestas amigas» me forzaron a entrar en una atracción de terror. Presa del pánico, la angustia claustrofóbica resultaba insoportable para mi acelerado corazón. Estaba a punto de escapar por un tétrico pasadizo, cuando apareció frente a mí un ser de rostro gélido: «¡¡¡Estás muerta!!!›› ─gritó al golpearme. Después, silencio…

Solo al sentir la fetidez de mi propio aliento, comprendí que había chocado contra un espejo; y que aquel zombi, sediento de venganza, que se reflejaba era ¡YO!

 

VOLVER A EMPEZAR, de Rosa García.

Tenía que irme de allí y me fui. Mi abuelo decía que jamás se hubieran conquistado los océanos sin haber perdido el miedo a alejarse de la orilla. Estaba asustada, pero él lo quería todo y yo, por fin, había comprendido que no tenía nada.

Nos despedimos sin palabras, estaba todo dicho. En aquella esquina y sin testigos, nos miramos y esa mirada fue el fin de una historia de amor como tantas otras.

Desde el autobús vi a su mujer abriendo la puerta de la farmacia. ¿Lo sabría? Pensé que la vida provee las oportunidades, pero el éxito depende de uno mismo.

 

NO TE AGUANTO, de Pablo Crespo.

Tenía que irme de allí.

Su boca se abría y cerraba sin parar, como una trituradora que, infatigable, iba a acabar conmigo.

A pesar del aburrimiento, del cabreo soberano, y de las ganas de irme, sonreí por un instante al comprobar que, aunque ya ni la oía, sus quejas, su mal humor, y su amargura seguían taladrándome el cerebro como un teléfono que no para nunca de sonar.

Si tuvieras un botón rojo en la frente lo apretaría con firmeza, pero no 3 segundos para apagarte, si no 10 para que vuelvas a los ajustes de fábrica.

 

FRANCISCO EL INMIGRANTE, de Raquel Zaragoza.

Tenía que irme de allí. Necesitaba volver a mi tierra; no podía pasar el resto de mi vida sintiéndome inmigrante en un país extranjero.

En este largo viaje de regreso a mi pequeño pueblo, los recuerdos de la infancia consiguen sacar de mis desdibujados labios una párvula sonrisa. Y es que, en ocasiones, confundo la tenue luz del ocaso con la del amanecer…

Tenía que salir de allí, escapar del mundanal ruido, para poder disfrutar de las verbenas nocturnas de luciérnagas y cigarras. Y volver a ser: «El tío Paco».

 

PATADITAS, de América Martín.

Tenía que irme de allí porque la duda me atormentaba. En mi cuerpo no te quería, y no tenía otra opción que esa sala clandestina de vientres llenos y almas vacías. La enfermera busca la próxima que irá al quirófano, y con los audífonos puestos, escuchando solo mis reproches, sentí por primera vez tus pataditas... !Estoy aquí! Ahora me invade la ternura y el miedo, fantaseando con tus manitas aferrándose a mi cuerpo, a la vida...

─¿Tiene cita para hoy?

Ella me pregunta y el mundo se detiene, mientras mis piernas encuentran la salida. Ahora sé, que no habrá un final entre nosotros...

 

EL IMPERIO, de Américo Fojo.

¡Tenía que irme de allí, mi señor! La última muralla había caído y el enemigo festejaba en el corazón de tu ciudad. Yo soy el único superviviente, mi señor.

Kuan Do Xing, el jefe supremo de la dinastía, se pasó la mano por el rostro, como si alejara un mal recuerdo, y ordenó:

─General, reúna a la corte en pleno y anuncie que la ciudad imperial se mantiene firme y victoriosa, pero antes lleve este hombre al verdugo.

 

INMOLACIÓN, de Miguel Arias.

Tenía que irme de allí; intentando recordar lo que pasó, me parece haberlo vivido desde fuera, como cuando ves una peli.

Serena, calmada, dócil, como un corderito yendo al matadero. Creo que tuve uno de esos momentos de iluminación total, como un yihadista inmolándose entre una multitud. Lo reconozco, no lo pensé dos veces; ni en él, ni en mi familia, ni en los invitados, ni en qué pensarían al verme correr, agarrando la cola del vestido para no tropezar, impulsándome sobre los zapatos de tacón, empujando con fuerza la pesadísima puerta de madera y lanzando por los aires aquel puto ramo de flores…

 

ESCONDITE PERFECTO, de Paquita Márquez.

Tenía que irme de allí, pero la tapa del baúl se había encasquillado y no pude abrirla. Chillé con todas mis fuerzas, pateé y golpeé el maldito trasto, pero nadie me oyó. Claro, me empeñé en buscar un escondite donde jamás me pudieran encontrar… Llevan seis meses buscándome, de día y de noche. Yo los veo, no sé cómo ni por qué, pero los veo cada día; en grupos y con perros, rastrean el inmenso campo que rodea el caserío. Les grito que estoy aquí, delante de ellos, pero no me oyen, ni me ven. Dadas las circunstancias, creo que me he vuelto invisible…

 

AIRE, de Narcís Ibáñez.

Fotografía de Narcís Ibáñez

Tenía que irme de allí, estaba más delgada cuando llegué, el viaje fue placentero a ratos, nefasto y tortuoso en otros, fue vida. Cual “Tiovivo” de subidas y bajadas, esas que todas celebramos, eufóricas, al reflejarnos en escaparates, paseando en calles transitadas, viendo pasar a los autobuses, nuestros reflejos se van con ellos.

Cuerpos erguidos con el vientre plano y esbelta silueta, ahora, mi imagen encorvada y la vista fija en el suelo, fiel reflejo de mi ánimo y del tiempo que ha tocado vivir, ese día a día, que me devoraba.

Deseo pasar el umbral, abrir la ventana de par en par y respirar.

 

NADAR, de Ana Montesinos.

Tenía que irme de allí, el bullicio de la gente me estaba enloqueciendo, las risas de los invitados me parecían graznidos, la música me taladraba el cerebro, y la idea de encontrármelo cara a cara, me estremecía.

Me dijo que no vendría, pero noté su presencia en la mirada de los demás, en las palabras de compasión de amigos y conocidos, en los corrillos que callaban con mi presencia.

Debía huir, desaparecer, pero como hacerlo, imposible, no había escapatoria. Habíamos dejado la costa hacía ya varias millas, las luces del puerto se habían alejado demasiado.

Verlo con ella sería morir en vida.

Salté al agua.

 

FATALIDAD, de Isabel Núñez de Arenas.

Tenía que irme de allí, si lograba doblar la esquina estaba a salvo. Me apresuré, mi angustia iba en aumento, el corazón latía con desenfreno, no podía ser, otra vez me había pasado. Giré la vista y me pareció ver una sombra…

Uno, dos, uno, dos, vamos, vamos,¡más aprisa! Estamos alcanzando la esquina, ¡doblamos! ¡llegamos! Saco las llaves del bolso sin poder contener mis nervios, abro y entramos. ¡A salvo!

Ya en casa, y sonriendo aliviada, me prometo no olvidar nunca más las bolsitas de recoger las cacas de mi perra.

 

REMEMBRANZA, de Ana Medina.

Tenía que irme de allí. Lo pensé en el momento de ver su rostro reflejado en el cristal de aquel escaparate. ¡Habían pasado tantos años, que me costó reconocerlo! Lo encontré atractivo con la tupida barba que cubría su cara. Tratando de saber si era él, me acerqué y le pregunté la hora, fue entonces cuando vi sus ojos, esos ojos color del cielo que fueron locura en mi juventud.

Me alejé apresuradamente por temor a que me hubiese reconocido, porque no podría haber evitado la pregunta:

─¿Cómo estás, mi amor?

A lo que él contestaría: «Como flor de primavera, cariño».

Nunca logré olvidarlo.

 

LOS BÁRBAROS, de Silvia Espina.

¡Tenía que irme de allí rápidamente! Sin notarlo, me habían rodeado los bárbaros.

Con sigilo había conseguido esconderme y esperaba el momento apropiado para huir y refugiarme en casa.

No cesaban de hablar en su incomprensible lengua y sus cuerpos se hinchaban y deshinchaban acorde a su verborrea, mientras su único ojo giraba veloz dentro de su órbita.

Aproveché una distracción para reptar por entre los matorrales y evadirme. Consideraba esencial conocer sus planes para advertir a mis vecinos pero de cualquier manera, aunque los entendiera y dada mi fama de fantasiosa, nadie me hubiera creído.

 

ESA TARDE, de Américo Fojo.

¡Tenía que irme de allí ahora mismo!

Ya no soportaba el calor agobiante, la transpiración que me nublaba la vista y el griterío destemplado de la gente que se había agolpado a mis espaldas.

Decidido, cogí la toalla, la botella de agua y comencé a caminar hacia el túnel, alejándome de ese infierno.

Pero una voz potente me paró en seco:

─¡Qué haces, imbécil! ¡Vuelve a tu puesto, cretino!

Era el entrenador que, usando su sutil lenguaje habitual, con el rostro rojo y desencajado, me gritaba desde el lateral:

─¡Eres el portero del equipo! ¿Dónde crees que vas?

 

 

Y el podio queda esta quincena como sigue.

El bronce se lo lleva, con 8 puntos:

CERVEZA, de Ana Montesinos.

Tenía que irme de allí, la policía no tardaría en llegar. En apenas unos minutos todo se precipitó.

Quería tomar una cerveza tranquila, desconectar del agotador día en la oficina, respirar un poco de aire en esa terraza escondida de ese barrio alejado de casa.

Segura de mi misma, con mi traje ejecutivo blanco impoluto y mis tacones de aguja, creía comerme el mundo.

Aquella mujer sacó su arma y me exigió el pequeño brillante que colgaba de mi cuello, me levanté tranquila para irme y de pronto aquel estruendo, la cerveza desparramada, mi ropa manchada de sangre y la ladrona muerta en el suelo.

 

La segunda posición es, con 9 puntos, para:

EL DESPERTADOR, de Mari Bastida.

Tenía que irme de allí, salir pitando si no quería volver a llegar tarde al trabajo. No era la primera vez que el despertador me dejaba tirada. Para colmo, el ascensor estaba averiado. Empecé a correr escalera abajo como si no hubiera un mañana. Alcancé el último escalón trastabillando, sin aliento y no me torcí un tobillo de milagro.

Por fin salí a la calle. ¿Dónde dejé aparcado el coche? ¡Dios mío, todo me pasa a mí! Intentaba recordar cuando de repente sentí que algo no iba bien. ¡No puede ser!

Una bofetada de realidad me frenó en seco. Casi me mato y era domingo.

 

Y esta quincena, el relato ganador que leemos en la radio y se lleva la excursión en scooter, con unos aplastantes 16 puntos es:

BIBLIOTECARIA, de Paquita Márquez.

Tenía que irme de allí a todo correr. Desde que nos visitó el mago, los libros de la biblioteca se habían vuelto locos; ¡estaban dejando salir de sus páginas a los protagonistas malvados de los cuentos infantiles! Parecían confabulados contra mí, todos querían atraparme: la madrastra de Blancanieves con su manzana, el ogro de Pulgarcito, la bruja de La casita de chocolate, el temible Barba Azul…

Pude traspasar la puerta y traté de cerrarla, pero no podía porque ellos la empujaban. Menos mal que alguien me ayudó. Con un suspiro de alivio me volví a dar las gracias. Era el lobo de Caperucita. Se relamía.

 

 

Fuera de concurso

ESPEJO, de David Reche.

Tenía que irme de allí tal y como había entrado: sin hacer ruido y sin que nadie se diera cuenta de mi huida. Maldita la hora en la que mi padre se dejó embaucar, como buen calzonazos que es, por esa arpía falsa y egocéntrica con tendencias homicidas. Por culpa de su enchochamiento me vi perdida en aquella mierda, «secuestrada» en ese bosque infame. Me pregunto cuánto cobró el cazador por conseguirle una chacha a esos siete mequetrefes. Me escabullí de allí, no me fiaba un pelo de ese supuesto príncipe que aseguraban que vendrá a casarse conmigo. ¡A mí me gustan las mujeres, copón!

 

lunes, 12 de octubre de 2020

CONFESIONES

 PREVIAMENTE: Cuando seas mayor, te acordarás de este verano.



Que tu mano izquierda nunca sepa lo que hace la derecha, y viceversa, añado. Pero muchas veces me pregunto si alguien como yo, a quien le da por contarlo todo, e incluso escribirlo, puede aplicarse esa recomendación. El maldito ego del autor es en general incompatible con la discreción.

Es quizá por eso que siento un pequeño placer malévolo y culpable cuando logro mantener algunos pequeños secretillos que consigo no transmitir a mi círculo de confesoras. Y mientras escribo esto me viene a la cabeza la duda de si al buscarme confesoras me estoy buscando censoras, porque al menos ése es uno de los fines del sacramento de la confesión: la censura de actitudes y actos mediante el arrepentimiento al tener que contar lo que has hecho. Pero bueno, esto es una paja mental que me ha salido al paso ahora mismo.

El caso es que es contradictorio el sentido de necesidad de airear y ventilar contando algunas de las mierdas que pasan por tu cabeza, que podría decirse que es algo higiénico desde el punto de vista psicológico; digo que es contradictorio con la visión de que también es sano y aseado guardar cierta compostura en relación a la expresión sin filtro de lo que produce tu pensamiento: hay que procesar antes, ¿no? En referencia a esto me estoy acordando ahora de una divertida conversación a la que asistí hace años entre unos compañeros de trabajo de Irene, la pareja que tuve durante ocho años en Valencia y mi primera etapa madrileña: trabajaba en un ambiente internacional, con compañeros y compañeras de toda Gran Bretaña y Francia, también de Irlanda, Australia, México. Eran una francesa ácida y muy femme fatale y un británico de los de flema inglesa, lanzándose pullas amistosas en castellano que al final derivaron en un reconocimiento del inglés de que toda esa flema, esa corrección, ese ocultamiento jodidamente protestante de los sentimientos (aunque por qué negarlo, también es muy de la Castilla profunda), se traducía en uno de los países con más cáncer y depresiones del mundo. La verdad es que era un tipo muy divertido y educado al mismo tiempo. Verlos a estos dos discutir era tan entretenido como ver al australiano y a la escocesa hablar en valenciano entre ellos, que lo hacían muy bien. Es más, la escocesa, a la que aún mantengo en Facebook, hace gala de su dominio de las lenguas romances de este rincón del Mediterráneo.

Tengo dudas de si yo desarrollaré un cáncer por el mal rollo que da quedarse algunas cosas dentro y no soltarlas, o si por el contrario estoy curado de eso porque como dice alguna de mis confesoras soy transparente. Creo, y lo digo sin seguridad, que a pesar del trabajo que he hecho en los últimos años de aprender a expresar sentimientos, a hablar y a sacar mis cosas, actitud que comencé a desarrollar cuando recapacité con que ése era uno de los motivos por los que aquella relación con Irene tuvo fecha de caducidad anterior a que terminara (uno de los motivos, no el motivo); a pesar de eso, temo que sigue habiendo algo de fachada en mi exposición de actitudes. Lo digo porque sin darme cuenta soy bastante selectivo en lo que cuento y a quién lo cuento, mucho más de lo que algunos creen. Y pienso que eso es bueno, pero también me hace sentir alguna vez como insincero o que puedo llegar a herir a personas que no merecen ser heridas. Si una cosa tengo clara es que no quiero dejar victimas por el camino, aunque alguna he dejado, que una cosa es predicar y otra es dar trigo; pero me es difícil alcanzar un grado de sinceridad o de desnudez con personas por las que no llego a sentir una conexión de verdad especial, en un sentido que me cuesta explicar, y aunque hace tiempo que me prometí no caer en parcialidades, de una forma u otra vuelvo a lo mismo, y no me gusta, porque me hace sentir culpable sin pensar que en realidad sea culpable de nada.

En resumen, que es muy complicado.

La mujer que no se estaba enamorando de mí está retomando un primer nivel de amistad, que es algo que no me molesta ni que creo que tenga consecuencias serias puesto que aunque en el fondo me haya quedado un pequeño remanente de querer «algo más», sé que eso está controlado: después de habernos vuelto a ver y tomar algo juntos, no sentí ningún dolor ni ninguna pena por lo que pudo haber sido y no fue tras la intensidad con la que vivimos el comienzo de nuestra protorrelación, algo con lo que sí estuve a vueltas hace dos meses, cuando hablé de la tierraestéril. Por supuesto que el deseo sexual y la querencia por tocar estuvieron presentes, pero sentí que era algo más físico que sentimental, con lo que puedo decir con cierta seguridad a mis censoras que no se han de preocupar por el mal que esto me pueda hacer. Aunque como firmes guardianas de la integridad emocional de su amigo, y en un arrebato de cosanguinidad, han jurado odio eterno a esa mujer, con lo que yo ahora he de manejar sus posibles apariciones, literales o figuradas. Intento hacerlo de forma que al menos de divierta, ya que no voy a follar, pues qué menos que reírme, con lo que oculto y desvelo los encuentros a conveniencia para crear caos (el pequeño placer culpable del que hablé al comienzo).

Hablando de follar... Tengo una vecina que me da mucha envidia los lunes.

Y tengo que contar algo de mi última cita Tínder, pero me espero a la próxima entrada de esta serie.


CONTINUARÁ...


viernes, 9 de octubre de 2020

CONCURSO "UN RELATO PARA LA RADIO" (Quincena IV)

A continuación podréis leer los relatos presentados en la 4ª quincena del concurso de microrrelatos que he organizado para mi sección de cada dos martes en Radio Elche 'Libros y música para un paseo en Vespa'. 

Pedí por las redes y a través de la web MeetUp que se me envíen microrrelatos que comiencen con la frase Sueña el pueblo, frase con la que terminaba el relato ganador de la quincena anterior.

Una vez finalizado el plazo de recepción, es cuando los hago públicos en este blog y pido a los propios autores que valoren los relatos y puntúen los tres que consideren más completos, con 3, 2 y 1 puntos. Tienen que enviar su veredicto a mi correo electrónico (dareces@gmail.com) para que cada uno de ellos realice su votación sin saber cómo están votando los demás.

Además, el resto de lectores puede votar también de la misma forma que los autores (3 relatos con 3, 2 y 1 puntos). Sus preferencias servirán para que, en caso de empate entre dos relatos, elegir la obra ganadora.

El relato ganador será leído en la sección de radio de la semana siguiente y su frase final será la de comienzo de los relatos de la próxima semana.

Tenéis de plazo hasta el lunes 12 de octubre a las 14 horas para enviar las puntuaciones a mi correo electrónico (dareces@gmail,com). El relato ganador será leído el martes 13 de octubre en el espacio "Libros y música para un paseo en Vespa" de Radio Elche, sobre las 13:45 del mediodía.

¡Suerte!


ACTUALIZACIÓN 1: Una vez terminado el periodo de votación, publico los nombres de las autoras (y los cuatro autores).


ACTUALIZACIÓN 2: Reordeno los relatos según orden de menor a mayor puntuación.


PUEBLO CREYENTE, de América Martín.

Sueña el pueblo creyente

que Dios le dará una mano

ante el dolor mundano

del hombre en el continente.


Cuando el pueblo así diga

que el tener mucha conciencia

te enriquecerá la sapiencia,

tendrás hambre en la barriga.


Así cruje la tripa ansiosa

llegando al final del día

con unas pocas judías

resuelve el pobre la cosa.


Son muy pocos los valientes

que desmienten tanta injuria

más quieren callar su furia

con cargos intrascendentes.


No es el hambre corporal

la que el pueblo siempre sufre

la injusticia es el azufre

que envenena la moral.


Se levanta el sol naciente

y hay que trabajar.





SALTANDO EL DECORO, de Raquel Sepulcre.

¿Sueña el pueblo?... porque ayer iba camino a casa, como de costumbre, y sobre la acera y en un punto estratégico casi imposible de esquivar me topé con una mierda. El zurullo era hermoso y bien hecho, de color café y lustre íntegro. Pensé que la caca era un poco desproporcionada, obstaculizaba la mitad del paso y era raro que no le hubieran dejado huella ya, así que decidí saltarla con gracia y rapidez para no levantar mucha expectación, no fuera que me viera alguien y me hiciera quitarla.

Una vez ya me alejé del lugar del conflicto respiré aliviada....y es que en tiempos de suciedad es más fácil soñar la mierda que ser cívico.





MARÍA, de América Martín.

Sueña el pueblo creyente

que Dios le dará una mano

ante el dolor mundano.



Y muchos sin trabajo por la pandemia indecente y el encierro malsano, van a la calle conscientes del peligro que les acecha, porque el hambre crea brechas que son difíciles de saldar, y su familia deshecha ya no la puede ayudar. Sin sustento está dispuesto a currar todo el día y en la calle encuentra brea vestida de «María». Así cae el inocente por pasar tantas penurias, y no sirve ser valiente o llorar con tanta furia, que el error se paga caro, aunque toda no sea su culpa.





VIRUS, de Ana Montesinos.

Sueña el pueblo con volver a abrazar a sus gentes. Tras el estallido de la noticia todo era incertidumbre. Al principio incredulidad, rechazo, incluso sorna. Pero conforme la sombra de la muerte avanzaba rápida, veloz y sin piedad, el pueblo comenzó a sentir miedo.

Y como si de una película de ciencia ficción se tratara, como personajes futuristas viviendo en mundos inhóspitos, los ciudadanos nos encerramos en nuestras casas sin contacto exterior.

Y cada noche, asomada a la ventana, ese pensamiento en mi cabeza. Mi ciudad, mi país, la humanidad entera paralizada por el virus, cada noche sentía, que aquello no era real.





¿DÓNDE ESTÁN?, de Rosa Juan.

Sueña el pueblo dormido cuando se desvanece la noche.

Sueña el pueblo, cuando el sol lanza sus primeros rayos de luz en el horizonte y cambian los colores del amanecer del nuevo día.

A lo lejos se escucha algún gallo y los pájaros vuelan y anidan en fachadas y tejados.

Sueña el pueblo vaciado y añora tiempos pasados, aquellos en que los niños jugaban en la calle, correteaban por el campo y se escuchaban risas y alegrías.

Los escasos habitantes salen a la calle, siguen ahí un día más, pero, también un da menos, hasta que llegue el largo y definitivo viaje.





EL MAGO (1), de María Bastida.

Sueña el pueblo dormido, creyendo que está despierto, bajo la sombra del manto que ha desplegado el mago del engaño.

Con su aliento, esparce el veneno de la pócima nociva y una nebulosa, oculta el precipicio que los conduce hasta el abismo, donde quedarán atrapados apuntalando los cimientos que sostienen su torre de marfil.

Hipnotizados, caminan entre penumbras confiando en sus falsas promesas, sin sospechar que son arrastrados hacia un mundo sin salida.

Ya no buscan la luz, se han acostumbrado a vivir rodeados de tinieblas.

Mientras tanto, el mago asciende un peldaño más y disfruta desde su atalaya del poder más absoluto.





REY, de Ana Montesinos.

Sueña el pueblo con derrotar a ese villano que hace llamarse Rey. Sueña el pueblo con vivir en paz, sin dictaduras, sin promesas incumplidas.

Alejandro, harto de trabajar sin más recompensa que un puñado de arroz, harto de ver a sus hijos cargar leños hasta caer rendidos y harto de ver como su hermana, su vecina, su propia mujer es maltratada, vejada, violada, decide actuar en nombre del pueblo.

En la oscuridad de la noche, ballesta en mano, recorre a caballo el camino pedregoso entre su choza y el palacio.

Esa noche dispara y mata al Rey.

Esa noche el sueño es fiesta.





COSAS SENCILLAS, María José Peña.

Sueña el pueblo, recuerdo aquella película en aquel cine de verano, recuerdo tu mano cogiendo mi mano y el olor a palomitas.

Ese restaurante italiano al que tanto nos gusta ir, y veo, que en esta época que nos toca vivir, cuesta saber esperar. Pero entonces te miro, y sé que mis ojos brillan y sonrío.

Que es como ese libro prestado que nunca devuelves, como esa fotografía gastada guardada en la cartera. Que así quiero que estemos juntos, para siempre.

Que cuando toco las sábanas en las que te miro dormido, pienso que solo quiero un café y besos contigo.





COLORÍN COLORADO, de Mª Francisca Márquez.

Sueña el pueblo desde hace 100 años con la llegada del Príncipe Azul. Hoy debe despertar con un beso de amor verdadero a su princesa; así podrán salir todos del letargo en el que la quisquillosa Hada Negra los sumió.

Con puntualidad suiza llega el Príncipe, la besa embelesado y ella abre lentamente sus preciosos ojos; lo mira, da un respingo y enseguida se encara con el desconcertado personaje:

¡Tú no eres el Príncipe Azul!

¡Sí, claro que lo soy! Si no, no te hubieras despertado.

¡Pero tú no eres azul!

¡Ya…! Es que el Hada Negra era daltónica…





REBELIÓN, de Ana Medina.

Sueña el pueblo con volver a soñar. Desde el balcón que asoma a la plaza, emerge la figura del orador. La muchedumbre lo recibe en forma exaltada. Él, elevando los brazos saluda y agradece la presencia de sus seguidores; dando comienzo al discurso: Estoy aquí para explicar las medidas llevadas a cabo por mi gobierno y que van a ser beneficiosas para todos. Los ojos de los presentes miran al cielo y exclaman ¡otra vez las mismas promesas de siempre ¡Es en ese momento cuando estalla la rebelión en la plaza! El pueblo sometido quiere volver a soñar.





ETERNO ANHELO, de Silvia Espina.

Sueña el pueblo su ansiado sueño, mientras las botas de los salvadores resuenan sobre el adoquinado ennegrecido.

Perduran en las calles los ecos de la refriega y las gentes celebran, eufóricas, convencidas de que con la alcanzada libertad vendría un soplo de bienestar.

Pero mis años me advierten que otra ferocidad seguiría a la anterior.

¡Qué ingenuo es el pueblo! La doctrina de odio y vileza ya había sido aplicada, muchos siglos antes, por los opresores de turno.





LA MANCHA DELATORA, de Isabel Núñez de Arenas.

Sueña el pueblo con piojos y miseria, piensa la madre peinando la larga y morena cabellera de Loli.

Avíate, el señorito te espera.

Loli sintió unas dolorosas punzadas en el vientre, miró a su madre en busca de ayuda pero ésta agachó la mirada.

El día que Loli dio a luz, el señorito se jactaba ante sus amigos contertulios de que «esas» le querían endosar la paternidad del niño. Jajaja, ¡piojosas!

Lo que no sabía es que el bebé había nacido con una mancha en forma de fresa igualita y en el mismo sitio que la de él.





EPITAFIO, de Mª Francisca Márquez.

Sueña el pueblo con poder volar alto; lograr desprenderse de las raíces que lo anclan al suelo y navegar por el aire como una isla flotante. Quiere alcanzar a Quino, porque se ha ido sin despedirse de su tierra. Comprende que «lo urgente no deja tiempo a veces para lo importante», y en el fondo se alegra de que al fin haya podido «parar este mundo para bajarse». Pero tiene que pedirle que le indique el «lugar por donde hay que empujar para seguir adelante» y poder así avanzar. Y sigue el pueblo soñando que, con su herencia, todos «pasamos a mejor vida».





PENUMBRA MENTAL, de Martina Arreaza.

Sueña el pueblo y avanza otra noche en una penumbra incierta, llena de miedos e infinitas tristezas.

Finas arrugas surcan sus ojos, marcando el río seco de lluvia sin lágrimas que no le quedan. Las vertió en la cárcel perpetua de su mente.

A pesar de su generación, creció y vivió libre como los pájaros, nadie pudo frenar ese instinto de independencia.

A su manera fue feliz, pero la vida no siempre es justa; la enfermedad te marcó de una manera brutal. Y un mal día perdiste lo que más querías, «TU LIBERTAD»

Tu destino cruel se llama Alzheimer.





EL PODIO

Y en el abigarrado podio de esta quincena tenemos:

En el tercer escalón, con 5 puntos obtenidos, un quíntuple empate con las siguientes obras:



IMPOSIBLE, de Rosa García Panera.

Sueña el pueblo con abrazarse, con recuperar espacios donde los niños corran, donde los mayores jueguen al dominó en el Hogar del Jubilado, que se aleje el miedo y la desconfianza. Pero esta mañana ha dicho el alcalde que el confinamiento continuará y que no se sabe hasta cuándo. Manuel anhela ver a Mariuca, verla del todo, no solo sus ojos y de lejos; pasan los días y solo piensa en esa boca que se esconde bajo la mascarilla y sueña con la dulzura de sus besos. Mariuca respira a través de un tubo en su garganta y solo sueña con vivir.





O LÁGRIMAS O SUSPIROS, de Mª Francisca Márquez.

Sueña el pueblo con el laurel de la victoria. Nunca un pueblo fue una sola voz, una sola idea, un solo esfuerzo compartido como en este. Por unanimidad se acuerda hacer entre todos lo posible o lo imposible por conseguir ganar la batalla al mar. El esfuerzo está siendo agotador, mas los sueños cuestan y la lucha merecerá la pena: Con los escombros del último desastre han construido el enorme muro, poderoso e indestructible que los protegerá.

Nunca más se verán arrasados por la furia demoledora de las gigantescas y mortíferas olas.

Solo que ahora el pueblo ya no sueña mirando al mar.





EL PUEBLO DEL PANTANO, de Raquel Zaragoza.

Sueña el pueblo con la sequía estival, para que el nivel del agua baje, y emerja la centenaria torre de su campanario.

Resulta paradójico: «El pueblo que soñaba calmar su sed con las frescas aguas de un río serpenteante…, despertó abandonado e inmerso en el fondo de un pantano».

Allí, desde hace más de cincuenta años, para no estar solo, cobija en sus casas destechadas a los bancos de peces asustados.

El pueblo perdió a sus habitantes, se llevaron… ¡hasta los muertos! Perdió su nombre; lo borraron del mapa. ¡Perdió hasta la sed!, pero él sigue soñando…





EL NAUFRAGIO, de Ana Medina.

Sueña el pueblo mirando el mar tranquilo y sosegado. La tormenta había pasado.

El vendaval estalló a media tarde. El cielo se oscureció como si fuera noche, el viento doblegaba los árboles hasta lamer la tierra con sus ramas.

Un hombre cabizbajo sale de la casa y sube al acantilado, allí en un banco desvencijado se sienta y llora en la oscuridad de la noche. Su barco había salido esa madrugada capitaneado por su hijo en un amanecer claro y cuajado de estrellas.

Él, subió y esperó en el acantilado toda su vida. El barco con su hijo nunca regresó al puerto.





SUEÑA EL PUEBLO, de Miguel Arias.

Sueña el pueblo que el cielo es de los justos. ¡Serán gilipollas! No saben lo que yo sé…, que el mundo lo mueve la pasta, que para que esto funcione tiene que ser engrasado, que las reglas están para ser violadas. ¿Tengo que sentirme culpable por haber trincado este sobre?

Ricardo guardó sus papeles, se puso el abrigo y apagó la luz. Abrió la puerta y quizá dudase un momento porque una vocecita interior le pregunto… «¿y si te pillan?»….pero tuvo que ser poca cosa porque ya cuando cerraba detrás de si murmuró entre dientes «¡pues que les den!».





El segundo escalón del podio con 6 puntos, la plata, es compartido por los dos siguientes relatos:



DESPIERTA, JUAN, de Pablo Crespo.

Sueña el pueblo, todos duermen.

Sueñan los mozos y las mozas. Sueñan los ancianos.

Sueñan las vacas, las gallinas, los perros.

Todos duermen, todos sueñan.

Menos Juan.

Juan afila su navaja bajo la luz del candil. Repasa el filo despacio, con un suave y lento movimiento de ida y vuelta. Sonríe levemente, imaginando. Casi, casi soñando. No del todo despierto, no del todo dormido. Juan camina por las orillas de la vigilia, arrastrando los pies por las húmedas arenas del sueño. Todos le querrán cuando les salve con su navaja. Está tan contento que no puede evitar orinarse encima.





SIN REMORDIMIENTO, de María José Peña.

Sueña el pueblo, sonaban aquellos vítores en la calle, los puede oír a través de la ventana entreabierta, mientras subía la cremallera del vestido apoyada en el quicio de la puerta.

Antes de irme de allí, me volví a miraros, dormíais plácidamente los dos, la respiración calmada, sosegada. Estabais muy cerca pero no llegabais a tocaros.

Quién diría que horas antes esa calma, había sido vapor ardiendo que emanaban nuestros cuerpos acompasándose en un vaivén de gemidos y caricias, tres cuerpos formando uno solo, hasta vaciarnos.

Mientras llamaba al ascensor, me lo volví a repetir.

No puede volver a ocurrir.





Y en el escalón más alto del podio, con 8 puntos y triple empate, lo ocupan esta quincena estas obras:



INMERSIÓN, de Narcís Ibáñez.

Sueña el pueblo con aprender y crecer como ente, las personas que lo habitamos también, vital principio y fin. Surgimos del mar y al fin de los tiempos volveremos a él, es la vida.

Un lugar habitado.

El pueblo en ciernes y arrabal de misterios, desvelados a veces, escondidos otras, en el umbral del bien y del mal, mi pueblo es el mar y la playa; cuando me sumerjo, en sus aguas, me siento pleno, vivo, viendo la armonía perdida en la superficie, a cámara lenta y con luz tamizada.

Al atravesar el azulado elemento…

Mi inmersión en la arena es ingrávida, silenciosa.





EL MAGO (2), de Américo Fojo.

Sueña el pueblo en la noche callada; puertas atrancadas y ventanas cerradas, gruesas cortinas clausurando la luminosidad de la luna y los reflejos en las fuentes de agua.

Sólo una luz permanece alerta, en lo alto del acantilado.

Es la alta torre del mago, el insomne, el tenaz, el obsesivo.

Insensible al cansancio y a la piedad, dirige y controla los sueños de los habitantes del pueblo.

Genera y entremezcla las imágenes, los pensamientos, las sensaciones y es el dueño del tiempo.

Sólo necesita que cada persona tome asiento, mansamente, frente a la TV o al ordenador.



Y el relato ganador gracias al voto de los lectores del blog es:



PÓLVORA, de María José Peña.

Sueña el pueblo, escuchaba aquella canción en el coche, cerré de un portazo, sonó como un disparo al corazón, estaba en doble fila y llovía incesantemente.

Olía a pólvora, lo prometo. En cada poro que, antes, tú habías prendido. Se arremolinaron todas las palabras y los silencios, los dedos recorriendo, los susurros, las miradas. Todo, se convirtió en un sueño.

Me retumbaban aquellas palabras, «somos diferentes, es complicado, no somos de la misma rama».

Y mientras, yo me repetía «no somos de la misma rama, y sin embargo, quiero echar raíces contigo».

Un autobús empezó a pitarme.

Tenía que irme de allí.



 Fuera de concurso:

LO QUE SUEÑAS de David Reche.

Sueña el pueblo con la normalidad, señor –dijo el primer ministro evitando los ojos del rey.

El soberano, como respuesta, se levantó y caminó hacia las ventanas que desde el salón del trono mostraban las avenidas de su capital, engalanadas de fiesta y pobladas por el gentío cantando y bailando. Permaneció así durante unos segundos, interminables para el primer ministro. Al fin, éste se atrevió a carraspear.

¿No soñaba mi pueblo una fiesta permanente? –preguntó el rey. ¡Aquí la tiene!

Señor… Llevan así un mes, necesitan atender sus casas, campos y talleres… Quieren que los guardias no los maten si dejan de bailar.