martes, 31 de diciembre de 2013

2013: El año que no debió existir

Recuerdo que una vez escuché decir a alguien que los años impares eran peores que los pares. Sin duda, tal afirmación no se basaba en ningún estudio, puesto que ningún estudio sería capaz de resolver de forma objetiva qué año fue mejor que otro: nacimientos, muertes, catástrofes (universales o personales), rupturas, declaraciones de amor correspondidas, grandes aventuras, fracasos estrepitosos, el paro, ascensos...
 
Es cierto que aún incluso dentro de la dinámica de crisis en la que estamos inmersos, y donde los informativos se ceban con las malas noticias (la política del miedo que nos hace ciudadanos inmóviles, atenazados por la preocupación, incapaces de pensar o de rebelarnos, que tanto conviene a los gobernantes y a los medios de comunicación), no ha dejado de haber buenas noticias.
 
Para ser justos con 2013, el año que no debió existir puesto que según las interpretaciones catastrofistas del calendario maya el mundo se terminó el pasado 21 de diciembre de 2012 (¿quién sabe si todo lo que estamos viviendo ahora no es más que un sueño, o pesadilla, que está dentro de mí al escribir estas líneas, o de ti, lector de las mismas?), deberíamos ser sinceros con nosotros mismos y repasar la lista de acontecimientos, noticias y vivencias de los últimos 365 días cuando estemos de buen humor, para evitar que el recuerdo de lo malo nuble lo bueno de este año que, personalmente, para mí no ha sido el mejor.
 
Lo que para mí parecía comenzar como un año más de la vida placentera que llevaba en Valencia: mi grupo de amigos con los que salir a tomar una copa por las mil veces pateadas calles mediterráneas, ver el fútbol en el Wooden de Paula y Sebas con Luis y Pablo, las mañanas de sábado en el huerto de Alboraya, los 20 minutos a pie para ir al trabajo atravesando el barrio de Benimaclet, las dos horas cortas entre Valencia y los fines de semana ilicitanos, el olor del mar, las carreras por el Jardín del Turia, las tardes piscineras de verano en la piscina de la urbanización... Todo eso se ha venido abajo, se ha esfumado: El grupo de amigos está disperso por medio mundo, el Wooden ha cerrado (al menos queda el Café Infinito de Silvia y Frankie, que espero sigan esperando nuestra vuelta hasta el infinito y más allá), el vergel de la huerta valenciana al lado de casa es ahora una parcela  de verano a 30 km en la algo más dura vega del Jarama, he de caminar más de media hora por avenidas ninguneantes y contaminadas, comerme atascos kilométricos en las autovías que confluyen en este gran agujero negro o puerta del cielo que es Madrid, en el metro huele a estrés, la M30 es la peor compañía para correr por un parque y los veranos son duros lejos del mar...
 
Objetivamente he perdido en calidad y nivel de vida durante 2013.
 
Pero...
 
Siempre hay un pero, incluso para bien: el convencimiento de retomar proyectos literarios que dormían un sueño que no les correspondía, la puesta en marcha del proyecto de Aventureros Solidarios, la buena gente encontrada y reencontrada en Madrid (lo mejor de esta ciudad), el convencimiento de que hay que hacer algo para salir de esta situación, los viajes realizados, la nueva comunidad de la RCP, los proyectos viajeros alumbrados... La visualización de un camino por el que escapar hacia lugares y estados más plácidos... Eso está en el HABE de 2013.
 
Mejor no hacer balance entre DEBE y HABE, sino quedarse con lo bueno y esperar que 2014 nos dé la luz que buscamos.
 
 

martes, 17 de diciembre de 2013

ESE EXTRAÑO OLOR (1er finalista concurso relatos TR 2013)

El siguiente relato, presentado al concurso de relatos cortos de la empresa donde trabajo, ha sido galardonado con el segundo premio (es la segunda vez que escribo un segundo premio, tengo vocación de segundón). Vosotros me diréis si podría haber sido premiado ganador.


ESE EXTRAÑO OLOR



Estornudé como si no hubiera otro medio de comunicación entre la Tierra y los planetas más allá del cinturón de asteroides y saqué el último pañuelo de papel que me quedaba. Intenté economizar rácanamente el clínex, consciente del desastre incoming por la carestía de este adminículo. Así que con cierta aprensión volví a meterlo en el bolsillo de mi americana: guardaba la esperanza ilusoria de que me quedaran centímetros cuadrados para los próximos usos.

Seguidamente empezó a llover, por lo que con un mal humor arreciando protegí como pude el rollo de planos con mi cuerpo y me dirigí a paso vivo hacia la mole de Nuevos Ministerios. No había rastro del hombre que solía vender pañuelos en los semáforos de la Castellana, por lo que no tuve otra que encomendarme a la vitamina C del zumo de naranja del desayuno (intuyo que nula por tratarse de un zumo caducado dos días atrás, problemas de hacer seguidismo a un ministro tragaldabas). Y, con el seno nasal derecho saturándose nuevamente, esquivé los coches que por arte de birlibirloque se aparecen mágicamente cual mocos mecánicos congestionando Madrid cada vez que asoman las famosas cuatro gotas de lluvia: soy de la opinión de que a cada una de estas gotas habría que llamarlas como cada uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

El caso es que llegué a la arcada ciclópea de los Nuevos Ministerios, donde con la excusa de protegerme de la lluvia recuperé el aliento: respirar por media nariz, luchando además para que el moco que satura la otra media no deslice bigote abajo tiene un arte poco reconocido pero muy sacrificado. En ese momento mi teléfono móvil sonó alegre con el tono de los mensajes recibidos, inocente de la mañana de perros que se pronosticaba. Temía que, como muchas otras veces, la reunión se hubiera cancelado y por tanto mis divagaciones congestionadas entre el tráfico y bajo la lluvia hubieran sido vanas, pero no. Era mejor aún. Mucho mejor: mi jefe se descolgaba de la reunión, así que me tocaría defender, en una reunión a la que básicamente acudía sólo para llevar planos, un proyecto al que acababa de incorporarme.

El mal humor quedó sepultado por una ola de frustración, o por la falta de oxígeno, puesto que mi nariz estaba a punto de colapsar.

Y además se hacía tarde.

Salí nuevamente a la lluvia preguntándome por la sonoridad del arameo y, sorbiéndome los mocos discretamente, me dirigí hacia Fomento. En la puerta, y al mismo tiempo que estornudaba tirando por tierra toda la labor de contención nasal, tropecé con un mensajero con casco incorporado que salía corriendo del edificio. Quise disculparme por llenarle la visera de mocos, pero el tipo no se dio por aludido ni por salpicado, y continuó su camino dejando tras de sí un olor penetrante que incluso atravesó la barrera de mucosas de mi nariz.

No di al asunto más importancia de la que le daba el perjudicado y entré usando mi último trozo de clínex disponible para limpiarme el desbordamiento del último estornudo.

El vigilante no estaba, sólo una bedel que seguramente llevaba allí desde antes de que levantaran la mole ministerial y que, a pesar del trasiego de la calle, dormitaba plácidamente en el mostrador del vestíbulo. Le enseñé mi DNI soltando un buenos días gangoso y al borde de otro estornudo eyaculatorio. La señora abrió los ojos como platos y sonrió alegre mirando el documento.

–¡Es como tú! –exclamó entusiasmada señalando la foto.

Sonreí indiferente (mejor no llevarle la contraria a un bedel ministerial) y esperé a que hiciera las gestiones para darme el pase. Por dar conversación, aunque mi nariz taponada lo desaconsejaba, saqué a colación el extraño olor que vagamente percibía.

–¡Yo no he sido! –se limitó a decir mientras aporreaba esforzadamente el teclado.

Visto el éxito, y con mi nariz a punto de desbordar, dejé el tema y le pregunté por un pañuelo de papel.

–¡Entonces has sido tú, pilluelo!

Abrí los ojos al mismo tiempo que me ponía colorado sin ningún motivo y miraba a ambos lados para saber si había allí alguien más en quien apoyarme, pero mi soledad era total en aquel vestíbulo.

–Tranquilo rey, que no se lo diré a nadie –aclaró guiñándome un ojo al darme mi acreditación.

Aún impactado por la actitud de la bedel, me dirigí a los ascensores limpiándome indisimuladamente la nariz con el dorso de la mano derecha. Desde el otro lado de la puerta del ascensor llegaban voces y risas que se colaban desde las plantas superiores. Nunca había escuchado tanto jaleo en el Ministerio, y nunca había visto a dos personas jugando al tute en un ascensor, puesto que eso es lo que vi en cuanto las puertas se abrieron. Un técnico de Puertos y el Subdirector General de Transporte Aéreo me miraron sonrientes y me invitaron a entrar con cuidado para no tirar la pila de tomos de Recomendaciones de Obras Marítimas, que habían usado como mesa.

–Pase usted, buen hombre. Póngase aquí –me indicó el Subdirector–. ¡Arrastro!

–¡Qué suerte tiene el jodío! –se quejó el de Puertos–. Los hay que la flor les viene con el cargo, ¿eh? –y me guiñó un ojo antes de echarse a reír.

Sonreí tímidamente mientras las puertas se cerraban y pulsé al primer piso para bajarme lo antes posible. Aquellos dos se pusieron a contar sus triunfos sin hacerme caso, hasta tal punto que aunque un estornudo traicionero me sorprendió repentinamente sin que pudiera volver la cabeza, mis compañeros de viaje se limitaron a reír cuando el vendaval de mocos y saliva voló las cartas que descansaban sobre las Recomendaciones del diseño y ejecución de las Obras de Abrigo.

–¡Toma ya! Esto sí que es un Jet stream –se limitó a afirmar eufórico el Subdirector General mientras el otro recogía naipes del suelo.

Las puertas se abrieron y salí con unas goteras considerables en la nariz. En el primer piso era aún más fuerte el extraño olor que ya se notaba en el vestíbulo, pero no me dio tiempo a pensar qué era, puesto que el Jefe de la Oficina del Plan de Carreteras, con quien había quedado dos plantas más arriba, se me lanzó como si me estuviera esperando tras la puerta del ascensor y me arrebató los planos.

–¡Tú la llevas! –gritó como un crío travieso al mismo tiempo que salía corriendo por el pasillo.

–¡Las cuarenta en bastos! –escuché a mi espalda, con la puerta del ascensor ya cerrada.

Y eso pensé yo, que pintaban bastos y que ya no sabía si volverme por donde había venido y que le dieran por saco a la reunión, o si seguir la pista de mis planos a pesar de la congestión y la paranormalidad que parecía haberse instalado en el Ministerio. Fuera llovía y hacía frío, y además debía intentar sacar algo en claro de la reunión, ya que mi jefe no venía, así que decidí perseguir al funcionario con mis planos, que se había metido por una puerta en mitad del pasillo.

Antes me di una tregua nasal parando en el cuarto de baño en busca de papel higiénico, pero me encontré con la señora de la limpieza emboscada tras la puerta y amenazándome con el mocho.

–¡Atrás loco! –gritó agitando la fregona.

–Señora, necesito papel –imploré señalándome los lamparones que me volvían a colgar.

–¡No puedes pasar! –insistió golpeando el suelo con el palo de la fregona.

–Pero… ¿Qué demonios está pasando aquí? –logré gangosear.

–Algo huele a podrido en…–comenzó a decir mientras giraba la cabeza. Pero se calló y miró al urinario que había detrás de ella. Parecieron unos segundos eternos en los que esperé a que me señalara algo, que me diera un indicio de lo que ocurría, pero en lugar de eso hizo un movimiento rápido con el palo del mocho, ensartó un rollo de papel higiénico que había junto al lavabo y me lo lanzó furiosa a la cara.

–¡Corre, insensato! –y desapareció de mi vista dando un portazo.

Vencido por las circunstancias me dirigí a paso calmo por el pasillo, sin hacer excesivo caso a la fila de funcionarios que avanzaban sobre sus sillas de ruedas siguiendo las instrucciones del Subdirector General de Recursos Humanos.

–¡Boga de ataque! –gritaba desde lo alto de una cajonera enganchada a la última silla de la fila.

Lo saludé, por cortesía, con un arqueo de cejas. Saludo que fue respondido con una digna inclinación de cabeza, y continuó arengando a su muchachada. Sin darle más vueltas al tema me metí en la sala por donde habían desaparecido mis planos.

–Adelante, le estábamos esperando –me dijo el ladrón desde el otro lado del escritorio.

Le flanqueaban, como si se tratara de un tribunal, un conserje de la tercera planta y el cocinero del bar del Ministerio. Éstos observaban los planos atentamente y anotaban garabatos en sus márgenes.

– Y, ¿a dónde va esta carretera? –preguntó el conserje.

–Es una variante de población –declaré.

– ¡Localidad, pueblo, municipio…! –enumeró con entusiasmo el del bar.

– ¡Ciudad! –puntualizó el Jefe de Carreteras.

–No un sinónimo –atajé–. Es la circunvalación de Villar del Río.

–¿Y adónde va? –inquirió de nuevo el conserje.

– ¿La carretera?

–¡No, el río!

–Qué sé yo –empecé a perder la calma, y el aliento porque volvía a congestionarme–, al Ebro.

–Mi primo tenía un furgón Ebro –declaró el Jefe de Carreteras–, pero yo no vi ningún río.

–¿Y la carretera? –continuó el conserje sin hacerle caso.

–¿La carretera qué? –pregunté gangoseando.

–¿Adónde va?

–A ningún sitio, ¡es una variante, una circunvalación! –estaba perdiendo la serenidad, y el aire–. ¡Va al principio!

–¿Y de dónde viene? –siguió el conserje sin inmutarse.

–¡De freír espárragos, la dichosa carretera viene de freír espárragos! –solté impaciente antes de sacar el rollo de papel higiénico y sonarme ruidosamente, sin pudor ninguno.

–¿Sabes con qué están muy buenos? –se interesó el cocinero–. Con reducción de Jerez.

–¡Jerecito! –exclamó el de Carreteras.

–¡Ole! –aprobó el otro.

–¡Espárragos fritos con jerecito! ¿Le parece bien? –me preguntó el funcionario mientras lo anotaba en el plano.

–Venga, vale –me di por vencido–. Y dos huevos duros.

–¡Ea, ya tenemos nombre para el restaurante! –sentenció.

–¿Restaurante?

– Sí –aclaró el conserje–, no irá usted a proyectar una carretera sin restaurante.

–Y oiga –intervino el cocinero–, ¿usted cree que yo podría trabajar allí?

–Bueno… depende –dudé valorando las posibilidades de un restaurante en las Tierras Altas de Soria–. Es una zona de buena gastronomía.

–¿Duda de mi valía, truhan?

–En absoluto señor –me puse en guardia

–Un modificado de doscientos mil euros a cambio de pintar la mancha para el restaurante de aquí mi primo en este plano –me espetó el Jefe de Carreteras señalando en el papel el lugar donde debería ubicarse.

–Más allá, más allá –sugirió el cocinero señalando otro punto–, que me dan miedo los dinosaurios.

– El caso es que… recapacité.

–Ni pa ti ni pa mí –volvió a tomar la palabra el conserje–, quinientos mil y no se hable más.

– ¡Hecho! –grité ufano.

–Ole, ole –celebró con júbilo el cocinero–. Os quiero un huevo.

Y se levantó bailando mientras improvisaba una chirigota. Los otros dos le siguieron y, tras rodearme un par de veces a modo de festejo con una reducida conga, en la que yo participé lanzando a modo de confeti trozos del rollo de papel higiénico, salieron por la puerta abordando la fila de funcionarios del Subdirector General de Recursos Humanos.

Yo, exaltado por las muestras de alegría y cariño, además de satisfecho por el trato, volví a sonarme ruidosamente mientras les seguía con los planos enrollados.

Mi móvil sonó, pero no hice caso al mensaje de mi jefe advirtiéndome de que no entrara al Ministerio por no sé qué historia de un detenido con un casco lleno de mocos. Era más divertido repetir las órdenes del Subdirector General usando los planos a modo de altavoz mientras los dos hacíamos equilibrios en lo alto de la cajonera.

Además, ese extraño olor… ¡era tan agradable!

martes, 10 de diciembre de 2013

La Literatura erótica y Anaïs Nin

Confieso, y sin rubor, que durante mucho tiempo fui miembro activo de los foros de la web petardas.com.

Entré allí invitado a participar en un certamen de relatos de lo imaginario y lo fantástico, y me metí sin pensármelo, sin saber de qué se trataba ese foro al que me inscribía (fue después cuando supe el asunto principal de la web en sí). Y he de decir que en aquella comunidad petarda encontré un grupo de escritores notables, gentes ingeniosas y libidinosos sanamente desvergonzados.
 
Gracias a este ingreso en aquel foro, me di a la escritura, más bien con poca fortuna, de relatos eróticos, de los que poco había leído hasta aquel momento. Y ahora, los miembros del mismo hemos sido invitados a participar en una antología de relatos eróticos, cuyos detalles iré desvelando en los próximos meses.
 
Así que, queriendo rendir homenaje a la literatura erótica, recuperé el siguiente artículo que hace unos años escribí para 100P una publicación mensual que vivió en Elche durante los años 2011 y 2012.
 
Informándome sobre los hitos de la Literatura erótica del s. XX, este articulista accidental que les escribe descubrió que entre la breve biblioteca que ha ido coleccionando en casa, guarda algunos de los títulos imprescindibles del género erótico. ¡Y yo sin saberlo!
Mi primera intención era hablar de Marguerite Duras, autora de El amante, un libro sugerente y turbador que se desarrolla en el siempre prometedor mundo colonial. Pero no quería pecar de francófilo, porque en el primer número hablamos de Blasco Ibáñez, que escribió su principal obra en París y murió en Francia; y en la segunda entrega nos dedicamos a un autor francés, y con bastantes referencias a autores de la misma nacionalidad. Así que me decanté por el irreverente escritor neoyorquino de Manhattan Henry Miller, autor de Trópico de Cáncer. Pero repasando su biografía me topé con su amante, la aún más interesante Anaïs Nin, y de nuevo hemos vuelto a París. Al fin y al cabo, y ya que estamos con el erotismo, un francés no es mala forma de empezar.
 
 
Anaïs Nin, francesa de nacimiento, pero de padres cubanos, con abuelos maternos franceses y daneses, y abuelos paternos catalanes.
 
De tanta mezcla seguro que no sale nada aburrido y convencional. Y así fue: un padre que desaparece a los 11 años, modelo y bailarina de flamenco en La Habana a los 20, casada con un banquero que la lleva a vivir a París, donde el aburrimiento de casada bon vivant de entreguerras le lleva a leer a uno de los referentes del erotismo y la irreverencia de las décadas anteriores: D.H. Lawrence.
 
Con estas lecturas, nuestra protagonista se inicia en el camino de la sexualidad en la literatura, hasta el punto que empieza a escribir sus propias experiencias y termina por convertirse ella misma en otro referente de la literatura erótica, influyendo con sus diarios en el neoyorquino Henry Miller, que malvivía en París. Era tal la fascinación de Miller, que se convertiría en el amante de Anaïs Nin, al mismo tiempo que la mujer de aquél inicia a nuestra protagonista en el vouyerismo y las prácticas lésbicas.
 
Los felices 20...
 
Quien haya leído Suave es la noche, de Scott Fitzgerald, o haya visto la película de Woody Allen: Medianoche en París, seguro que siente, como yo, el deseo de vivir en primera persona aquellos años locos de la capital cultural del mundo, y quién sabe si encontrarse con estos vanguardistas.
 
 
Pero, ¿eso es todo? No. Tras 20 años de abandono, nuestra protagonista vuelve a encontrarse con su padre, Joaquín Nin, que fue miembro de la Academia Española y condecorado con la Legión de Honor de Francia.
 
Con él vive una relación incestuosa. Con este bagaje, no tiene otra que iniciarse en el psicoanálisis de mano de uno de los discípulos de Sigmund  Freud.
 
Pero en 1939, cuando las cosas empiezan a ponerse feas en Europa, emigra a Estados Unidos y junto con Miller empieza a escribir narrativa erótica y pornográfica para un coleccionista anónimo, a razón de un 1$ por página. De esta forma se convierte prácticamente en la primera escritora en publicar relatos eróticos, fundando su propia editorial de andar por casa en Nueva York, gracias al dinero de su marido, el banquero Hugo Guiler con quien sigue casada.
 
También en esta época da por terminada su relación de amante con Henry Miller, pero... Se casa con Rupert Pole, 16 años menor que ella y a quien conoce en un ascensor. Anaïs Nin mantuvo la bigamia, con sus dos maridos, uno en Nueva York y el otro en California, viviendo temporadas con cada uno de ellos y publicando sus diarios. Y sólo cuando el éxito puede ser motivo para que su delito salga a la luz, se divorcia de Rupert Pole, con quien seguirá viviendo a pesar de todo en California.
Esta mujer excepcional, pionera en la libración femenina, aclamada por la crítica, musa de muchos y vanguardista del surrealismo francés e incluso de la llamada Generación Beat, aún consiguió que tras su muerte, sus dos maridos se conocieran y fueran amigos.
De su obra, además de los Diarios de Anaïs Nin, entre los que podemos destacar Henry, su mujer y yo o la polémica Incesto, tenemos En una campana de cristal o El delta de Venus.
 
 

 
 
¿Por qué la literatura erótica?
Nunca ha tenido, oficialmente, buena prensa. En un mundo que ha comenzado a librarse de los tabúes religiosos en los últimos 100 años, es difícil encontrar una producción constante o reconocida de este género. Por eso sus autores, incluyendo al premio Nobel Mario Vargas Llosa con su Elogio de la madrastra, más que la depravación con la que muchas veces se les tachó, han de considerarse vanguardistas, adelantados de la libertad de pensamiento y de acción, almas libres e inocentes que ven en una de las pulsiones más humanas del día a día, un motivo para rebelarse contra los bienpensantes que se ponen nerviosos en un mundo fuera de sus normas domesticadas y predecibles.
 
No he leído las famosas 50 sombras de Grey, por lo que me dicen he de congratularme por ello, aunque si con ese libro se ha conseguido que hay lectores y lectoras que vayan olvidando los tapujos, pues bienvenido sea, aunque han de seguir el camino por otros títulos más alimenticios.
 
 
Trópico de Cáncer, de Henry Miller (1934)
 
 
Censurada durante 24 años en Estados Unidos por ser considerada obscena, esta pseudoautobiografía que fluye entre el monólogo interior y la descripción de anécdotas de su vida parisina, es parte de la batalla que Miller libra contra el puritanismo de la sociedad norteamericana. Como ejemplo, en el primer párrafo del libro podemos leer:
 
“Aquí estamos todos solos y muertos”.
 
Le seguiría en 1939 Trópico de Capricornio.
 
 
 
 
 
 
 
Delta de Venus, de Anaïs Nin (póstumo)
Recopilación de relatos eróticos que la autora escribió a partir de la década de 1940 para un coleccionista anónimo. Como el libro anterior, se ambienta en París, y hasta la década de 1970, junto con su otra colección Pájaros, no autoriza que se publiquen.
 
El amante, de Marguerite Duras (1984)
 
 
Con 70 años, esta autora nacida en la Indochina Francesa, publica los recuerdos de cuando a sus 15 años tuvo un amante, mayor que ella y de otra raza: chino, hijo de un rico hombre de negocios. Rompe así los tabúes de clase, interraciales y generacionales, con una sensualidad y un dramatismo brutal en los recuerdos de aquella habitación a orillas del río Mekong.
 
«Se vuelve brutal, su sentimiento es desesperado, se arroja encima de mí, como los pechos infantiles, grita, insulta. Cierro los ojos a un placer tan intenso. Pienso: lo tiene por costumbre, eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso.»
 
 
 
 
 
 
Lolita, de Vladimir Nabokov (1955)
 
 
«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse , en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
 »Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita.»
Así empieza este referente de  la Literatura del s. XX que ha dado nombre a todo un fenómeno y categoría del erotismo de nuestro tiempo. Una historia que se mueve en lo ficticio, en la percepción de un hombre condicionado por una fijación amorosa y sexual. Contado además con la asombrosa prosa de este ruso que hablaba inglés y francés.
 
El jardín perfumado, del Jeque Nefzawi (1535)
 
 

En Túnez en el s. XVI, alguien se atrevió a escribir un manual de amor y sexo. Con sentido del humor, el autor aconseja al hombre para que sea un amante atento y eficaz.
Comienza con la siguiente alabanza:
 
«¡Loado sea Dios, que ha situado la fuente del mayor placer del hombre en las partes naturales de la mujer, y la fuente del mayor placer de la mujer en las partes naturales del hombre!»
 
Toda una invitación a seguir leyendo.
 
Yo os dejo aquí algunas sugerencias mías:
 
 
 

viernes, 15 de noviembre de 2013

Los viajes literarios: JULIO VERNE


No sé si alguna vez lo he comentado antes en esta plaza, pero si soy ingeniero de caminos se lo debo en parte a Julio Verne. Y si la fiebre de viajar o el ansia de conocer nuevos lugares prendió en mí, también se lo debo en parte a Julio Verne (Nantes, Francia 8-02-1828 ‑ Amiens, Francia 24-03-1905). Así que aquí va un poco de saber wikipédico sobre uno de los grandes autores/divulgadores del siglo XIX.
 Y es que no diga viajes, diga Julio Verne. No diga técnica, ni diga ciencia ficción, diga Julio Verne. Uno de los padres, junto a H.G. Wells (de quien seguro hablaré aquí algún día, puesto que el primer libro que me impactó en mi infancia fue su Guerra de los mundos), de la ciencia ficción y que dedicó una buena parte de su obra a la serie Viajes extraordinarios.

 
Verne, aplicando el conocimiento científico existente a mediados del siglo XIX, y tamizando estos conocimientos con su gran imaginación e inventiva, fue capaz de anticiparse al desarrollo de la técnica y predecir gran cantidad de inventos, máquinas y conceptos hasta entonces desconocidos, con una cantidad de detalles abrumadora. Todos hemos oído hablar del submarino eléctrico del capitán Nemo en 20.000 leguas de viaje submarino o la acertada elección de los detalles del lanzamiento del cohete de De la Tierra a la Luna, pero incluso llego a anticiparse a otros muchos detalles de la vida diaria en su novela París en el siglo XX, cuyo manuscrito fue descubierto por un bisnieto suyo en una caja fuerte hace un par de décadas. Dicha novela fue escrita en 1863 y, dado el rechazo del editor, estuvo oculta durante 130 años. En ella Verne se adelantó a lo que habría de venir, describiendo los motores de combustión interna de los automóviles y casi toda la maquinaria pesada actual, los trenes de alta velocidad, la silla eléctrica, las calculadoras e incluso una red de comunicación mundial parecida a lo que hoy es internet.

Pero, ¿quién era Julio Verne? Fue sin duda un estudiante ejemplar, una mente privilegiada para almacenar datos, comprender materias nuevas e investigar todo lo que se le ponía por delante, poseyendo además una gran inventiva. Por ello, el traje de abogado con el que le quería vestir su padre le venía estrecho, puesto que sus fronteras y sus inquietudes estaban mucho más allá de lo que un trabajo de procurador o notario en Nantes, o aún incluso en París, podrían proporcionarle. Así que durante su periodo de estudiante de Derecho en París comienza a frecuentar los círculos literarios (donde conoce por ejemplo a los Dumas, padre e hijo) y a escribir sus primeras obras, sin dejar de atender a sus estudios para ser abogado.


Pero su obsesión por la literatura y la geografía es tal que se gasta sus ahorros en libros, mapas y pasar el tiempo en las bibliotecas, absorbiendo nuevos conocimientos. Incluso su padre dejó de financiarle y sus problemas económicos antes de convertirse en un escritor de éxito le ocasionaron trastornos digestivos y nerviosos que llegaron a provocarle parálisis facial.
 Ni siquiera el éxito y el matrimonio conseguirían apaciguar su mente inquieta, siempre ideando un próximo viaje, incluyendo conferencias por Estados Unidos, navegar por el Mediterráneo en su yate y viajes al norte de Europa, sin duda buscando o descubriendo ambientaciones para sus siguientes novelas.

A él debemos, además de las obras ya mencionadas, trabajos geniales de viajes y aventuras, de los que no puedo dejar de recomendar unos cuantos:
 
Cinco semanas en globo (1863)
Primera novela de Verne, la que lo lanza a la fama, permitiéndole vivir de la literatura. En esta obra encontramos ya los elementos clave de muchos de sus libros, con el excéntrico y despistado genio en algún campo científico, el gran invento o adelanto técnico, la descripción minuciosa, tanto geográfica como técnica y naturalista de los avatares del viaje, y la exploración de algún territorio desconocido.
En esta ocasión será el globo el gran adelanto técnico que Verne usa como vehículo y elemento clave de su viaje, un viaje por África para explorar las manchas vacías que aún quedaban en el mapa del continente.

Viaje al centro de la Tierra (1864)
Julio Verne no sólo imaginó viajes por toda la superficie de la Tierra, fuera de ella o bajo el mar, sino que también exploró las profundidades de la corteza terrestre.

Han sido tantas las revisiones a la obra de Verne, que este libro fue incluso llevado al cómic, con una fantástica historieta de Superlópez.
  
Los hijos del capitán Grant (1865)
En esta aventura, los protagonistas dan la vuelta a la Tierra recorriendo el paralelo de latitud 37 Sur. Esto lo hacen porque siguen la pista de un mensaje encontrado en una botella en medio de mar. Quien encuentra ese mensaje de socorro del capitán Grant, se lanza a la búsqueda de éste junto con los hijos del mismo.
Este viaje le sirve a Verne para describirnos los Andes, las pampas australes, el sur de Australia y la isla de Nueva Zelanda.


La vuelta al mundo en ochenta días (1872)
Un viaje con todos los medios de transporte disponibles en la época a excepción del globo, aunque en la película de Cantinflas y David Niven, se toman la licencia de usar también este medio de desplazarse.
Una carrera contra el calendario en la que el excéntrico y acomodado Phileas Fogg, perseguido sin él saberlo por un sabueso de Scotland Yard que le cree autor del robo del Banco de Inglaterra; monta en tren, buque de vapor, taxi, trineo, elefante,... Un recorrido por el imperio británico en el hemisferio norte, o por antiguas posesiones de dicho imperio (a excepción de Japón), demostrando cómo dicho imperio empieza a controlar el mundo, articulando la comunicación entre cada uno de sus dominios por eficientes medios de transporte (que a veces pueden fallar, es cierto).
En este viaje atravesaremos el túnel ferroviario bajo los Alpes, el canal del ingeniero francés Lesseps en Suez, las joyas británicas en la india de Bombay y Calcuta, las coloniales y aún no convertidas en monstruos de hormigón y acero Singapur, Hong Kong y Shangái, Yokohama, San Francisco en pleno desarrollo por la fiebre del oro e inmersa en un proceso electoral y la ciudad de Chicago recién devastada por el incendio que la convertiría en la primera capital de los rascacielos, antes que Nueva York, que aún es una tranquila ciudad muy lejana a la mítica metrópoli actual. Todo esto sin despeinarse mientras salva a una princesa hindi montando en elefante y se enfrenta a los indios norteamericanos cuando intentan asaltar el tren que une el Pacífico y el Atlántico.

La isla misteriosa (1874)
Quien escribe este blog decidió ser ingeniero en parte gracias a este libro que empieza con un viaje en globo para huir de una ciudad confederada en la guerra de Secesión norteamericana. Un libro que es todo un compendio de la capacidad técnica de la segunda mitad del s. XIX y una muestra de la confianza que tuvo Verne en la capacidad humana por salir adelante en cualquier circunstancia, a pesar de que en sus últimas obras Verne no deja de ser pesimista por el comportamiento voraz al que tendía ya entonces la sociedad. Pensamiento que se ve reflejada al final del libro expuesto en el genial personaje del capitán Nemo.

Miguel Strogoff, el correo del zar (1876)
Un viaje de acción a lo largo de toda Rusia, desde Moscú hasta Irkustk, la capital de Siberia a las orillas del helado lago Baikal, en el que el protagonista ha de enfrentarse a espías tártaros y los elementos mientras huye de dos periodistas que le siguen por la estepa.

Hay quienes aseguran que el steak tartar, el filete de carne cruda picada, fue una invención de Julio Verne en este libro. De hecho, el restaurante de la torre Eiffiel, donde éste es uno de los platos estrella, fue bautizado con el nombre del escritor.
La esfinge de los hielos (1897)
Uno de los libros más completos y personales de Verne, rindiendo homenaje a Edgar Allan Poe y continuando la novela del nortemericano: La narración de Arthur Gordon Pym (1838). Sobre esta novela de Poe, el otro padre de la ciencia ficción, H.G. Wells, escribió: «Pym narra todo aquello que una inteligencia de primer orden era capaz de imaginar sobre el Polo Sur hace un siglo», tal fue el efecto que tuvo dicha obra entre los mejores autores de la época (sin olvidar En las montañas de la locura del turbador H.P. Lovecraft, también basada en la obra de Poe y que a su vez será inspiración para otras muchas obras).

La continuación de Verne es un viaje a la Antártida en busca de los protagonistas de Poe, con la premisa de que éste había escrito su historia a partir de un hecho real. A partir de este punto de partida, un familiar de uno de los componentes de la expedición narrada por Poe intenta ir al lugar de los hechos para conocer la verdad, llegando a participar en este viaje alguno de los protagonistas de la obra previa.
 
 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LOS VIAJES ANTERIORES



El primero fue hacia arriba, muy alto, altísimo, tanto que me dio la impresión de que dejaba a las estrellas debajo de mí, como si me saliera del recipiente finito en el que imaginamos nuestro Universo infinito. Tuve la certeza de tener ante mis ojos la Verdad más absoluta. Y eso me desconcertó. Tanto que un vértigo violento vino a envolverme cruel.

Mareado por las alturas, dejé que ese vértigo tirara de mí hacia abajo, descendiendo en un vuelo picado de halcón milenario que no teme ni al viento ni a la antimateria primigenia en la cara. El pequeño punto azul que nos alberga brilló allá abajo y corrió hacia mí, acercando desierto y oasis a mis ojos. Aquéllos dejaron de ser manchas lejanas para convertirse a una velocidad preocupante en los miles de azulejos del Registán de Samarcanda.



Luego, en silencio, me estiré estáticamente hacia delante y hacia atrás. Quedé sentado en un rincón de la plaza, protegido del sol por un gorro tártaro. Allí, escondido de las miradas curiosas entre la multitud, vi pasar al croata Marco Polo, discutiendo con su tío sobre los precios de sus mercaderías; descubrí al madrileño Ruy González de Clavijo rehusando el vino que yo acepté tiempo después; tragué el polvo que levantaban en el camino las tropas del emir, atravesando la ciudad camino de los puestos imperiales rusos más allá del río Amu Daria; contemplé la imprudencia de los soviéticos al abrir la tumba del gran Tamerlán desafiando así la profecía de su sepulcro: «Aquel que abra esta tumba se enfrentará a un enemigo más cruel que yo», justo antes de que Hitler se volviera contra Stalin...

Entonces una corriente de aire inoportuna me enfrió y estornudé; y volví al tranquilo quiosco barecillo, junto a la plaza del Registán. Mi copa de vino aún estaba a mitad, y el camarero me sonreía impenetrable con una botella de vodka en la mano.

jueves, 31 de octubre de 2013

Halloween más allá del sótano

Se da la casualidad de que la víspera de Todos los Santos de este año coincide con la emisión de El Sotano, así que aquí va este post sobre la forma en que Halloween se nos ha colado por la ventana.


Algo nos pasa con lo macabro y la víscera que nos pone. Si no, ¿cómo es que una festividad hecha para honrar y recordar a nuestros difuntos se convirtiera en una exaltación del horro y del miedo?

Porque realmente, los orígenes de la fiesta anglosajona de Halloween no se distancia mucho de nuestra festividad de Todos los Santos. Al fin y al cabo Halloween proviene de una variación escocesa de la expresión inglesa "All Hallows' Even" que significa «víspera de todos los Santos», es decir «Noche de difuntos».

Hay mucha crítica hacia la importación de costumbres anglosajonas que desbancan «nuestras» celebraciones católicas, pero es que la festividad de Todos los Santos desde su inicio fue un intento de la Cristiandad de suplantar celebraciones paganas previas, algunas relacionadas y otras no con el tema del recuerdo de los difuntos.

El verdadero origen de toda esta historia está en la festividad celta del Sanhaim, cuyo motivo era el mismo de la fiesta de la cosecha de los romanos, en honor a la diosa Pomona. Sanhaim era la fiesta del fin del verano, cuando se conmemoraba la finalización de la temporada de cosechas y empezaba la estación oscura (que curiosamente en la actualidad coincide con la época del cambio de horario y la noche nos pilla aún en el trabajo a los que tenemos suerte de seguir trabajando ).

Así, durante estas fiestas de la cosecha, como si se tratara de las hormigas del cuento de La cigarra y la hormiga, se hacía recuento de las provisiones para pasar el invierno, preparándose para los momentos de menor producción agrícola, en los que las horas de oscuridad y el frío camparían por sus fueros.

Además, y relacionado con esta cuestión de la luz natural disponible, que es lo que ayuda a que la imaginación y el mito dé el punto sobrenatural a la celebración es que los celtas pensaban que la línea que separa este mundo de el de los muertos se estrechaba en esta fecha, en la que las horas de oscuridad empiezan a alargarse ostensiblemente. Por tanto, la comunicación entre ambos lados se había más sencilla y los espíritus, tanto buenos como malos pueden cruzar de aquí para allá más fácilmente.

Se trataba de una fecha propicia para invitar a los ancestros y homenajearlos, pero claro, al abrir la puerta de casa, todo el vecindario aprovechaba para entrar a cotillear, incluyendo a los espíritus malvados.
 
Precisamente cuando esto ocurre, que el mundo del otro lado queda más cerca del nuestro y empiezan a aparecer los fantasmas, nacen argumentos como el del Cazafantasmas o Buffy Cazavampiros, cuyas tramas giran en torno a puertas que se abren y por las que empieza a entrar toda la basura del más allá.
 
 

Pero claro, estos celtas no tenían esta tecnología pero tampoco eran tontos, así que pensaron que si ellos también se disfrazaban de espíritus malignos, éstos no les molestarían porque les confundirían que serían de los suyos. Esto de disfrazarse de algo chungo para que te dejen en paz es una estrategia que tanto en la Naturaleza como en la historia de la humanidad se ha hecho siempre, incluyendo el tema sobrenatural.

¿Y qué ocurrió con la llegada del Cristianismo? Pues que tarde o temprano los Papas tenían que mosquearse con tanta fiesta pagana y decidieron, en los ss. VIII y IX sustituirla por una fiesta cristiana, una fiesta como Dios manda, moviendo la celebración de Todos los Santos desde el 13 de mayo al 1 de noviembre. De esta forma, se encontró una celebración cristiana que en su fondo, el del recuerdo de los seres queridos desaparecidos, encajaba muy bien con las celebraciones paganas.

Siglos más tarde (en el XIX) serían los irlandeses quienes llevarían su forma de celebrar esta noche al otro lado del Atlántico, donde poco a poco fue tomando fuerza a falta de fiestas propias. Tampoco se puede pedir más en un país de inmigrantes como EEUU, donde lo más antiguo que tienen es el Día de Acción de Gracias, de la que por cierto, muchos historiadores defienden que los que primero la celebraron fueron españoles en Florida (el único puente que tienen, porque siempre se celebra en jueves, y resulta que es una fiesta española, no podía ser de otra forma).

El caso es que la celebración se fue popularizando en EEUU durante el s. XX y finalmente esta tradición milenaria realizó el viaje de vuelta a casa gracias a la supremacía audiovisual de la cultura norteamericana.

Fue la película La noche de Halloween de John Carpenter la que en 1978, junto con todo lo que vino después, la que comenzara a impregnar el imaginario colectivo de toda una generación de medio planeta con las imágenes de Halloween. Sólo la saga Halloween consta de 10 películas.

Pero además de estas películas, tenemos escenas de Halloween en multitud de otras cintas, como por ejemplo E.T.

No recordaba el homenaje que se hace aquí Spielberg a su amigo Lucas con Yoda
 
Incluso en Batman forever con Tommy Lee Jones y Jim Carrey deseando un feliz Halloween
 
 
 
O el maestro en crear ambientes propios de esta celebración Tim Burton. Un ejemplo lo tenemos en el lugar donde transcurre Pesadilla antes de Navidad, que se llama Halloween.
 
Éste es uno de los mundos donde Burton se mueve como pez en el agua.
Y el mítico vídeo de Thriller de Michael Jackson, uno de los primeros videoclips musicales que dieron la vuelta al globo, y que aunque va más de zombies, nunca está mal para las noches de terror.

The walking dead con un poco más de funky

Otro clásico de estas fechas es El cuervo, que es un cómic del que salió la mítica película de 1994 (con actor muerto durante el rodaje para darle más morbo a la historia), y que transcurre en una noche de Halloween. Pero El cuervo es principalmente un relato de Edgar Allan Poe, otro maestro del terror del movimiento neogótico del romanticismo.

Y dijo el cuervo "¡Nunca más!"

Los especiales de Halloween de Los Simpsons suelen ser las ocasiones en las que escuchamos a Maggie hablar.



Sea lo que fuere, espero que si esta noche os tenéis que encontrar con los espíritus que vienen a darse una vuelta a este barrio, la posesión no pase de un bailecito como éste

Me gustaría poder hacer un día esto en casa

viernes, 25 de octubre de 2013

Guerra de sexos y comedias románticas


No falla, cada vez que mi señora quiere o necesita echar una bronca a alguien, soy carne de cañón. Siempre tiene alguna “pregunta trampa” (yo la llamaría pregunta cabrona) con la que no tengo ruta de escapatoria posible. Tanto el silencio como cualquier respuesta que dé serán motivo de reproche y chorreo de forma automática. Es una de las armas más poderosas de las que disponen las mujeres en la eterna “guerra de sexos”.

Y de eso va a ir este post, aprovechando que en El Sótano de Radio Jove Elx del jueves 24 de octubre de 2013 hablamos del tema (sólo por hacer chanza las unas con los otros), he rastreado el tema en mis recuerdos audiovisuales para dar algo de luz al tema.

Habría que escarbar mucho para encontrar los orígenes de la “guerra de sexos”, pero no es la función de este blog hacer profundos análisis históricos y sociológicos. De todas formas quien quiera encontrar el origen de nuestras diferencias pero sin necesidad de tesis sesudas y aburridas, no ha de perderse la obra de teatro El cavernícola.

 
Nacida en San Francisco, lleva representándose desde 1991 (¡22 años!), y aquí en España suma ya cinco temporadas de mano de Nancho Novo. Esta obra bucea en lo más profundo de la caverna humana para explicar, con humor, el porqué de las diferencias entre hombres y mujeres: nosotros cazadores en un entorno hostil de bichos grandes y peligrosos que podían matarte fácilmente, con la atención centrada en un único objetivo; vosotras recolectoras y criadoras, pendientes de mil cosas, recordando lugares, sabores y colores para recoger las bayas y las hierbas apropiadas donde estaban la última vez. Viendo este monólogo no dejaréis de reíros y reconocer muchas cosas.

Una de las mejores representaciones de la guerra de sexos corresponde a uno de los mejores autores teatrales, hablo de Mucho ruido y pocas nueces de William Shakespeare. Una comedia romántica donde dos parejas de lo más distinto: una joven de enamorados chorreosos y otra más madura de desencantados recalcitrantes. Los duelos dialécticos entre los dos últimos, Benedict y Beatrice, son de lo mejorcito que se puede leer en comedias románticas.

La versión cinematográfica de Kenneth Branagh es una maravilla, una de mis primeras películas favoritas

Y hablando de comedias románticas, ésta es una de las cosas que atestigua la diferencia entre hombres y mujeres. Es curioso que gusten tanto a las mujeres y menos a los hombres, porque si os fijáis, el patrón típico de todas estas comedias es el de la chica lista, trabajadora, inteligente, capaz y objetivamente autosuficiente pero que no puede vivir sin un hombre o que, si vive feliz en su soltería es porque aún no sabe que lo que ella necesita es un hombre. A ser posible este hombre ha de ser un tanto canalla, malote. Porque ésos son los hombres que según las comedias románticas típicas gustan a las mujeres: los malotes que les hacen sufrir, los que las mantienen en vilo. Cualquiera diría que el instinto maternal les obliga a buscar al niño malo al que educar y meter en cintura.

Como gran exponente de esa filosofía: Chica que redime al malo malísimo y hace que el amor cure la zombificación sentimental que sufrimos los hombres, tenemos esta rareza que fusiona el género de la comedia romántica y el triunfante género de los zombies:

Impagable. Citando a un crítico de cine: "Romeo se encuentra con Romero"

Aparte de esta excentricidad, podríamos encasillar las comedias románticas en estos grupos:

·         La pobrecita indefensa que necesita a un hombre que la cuide

Hola, soy una chica de la calle, soy una perdida que necesita un príncipe azul que la lleve por el buen camino (el de la Visa, of course)

·         La independiente que se muere por encontrar pareja que, quién me lo iba a decir, acaba por ser el truhán que nadie esperaba
¿Quién no resistirse a Hugh Jackman? Ese lobezno al que domesticar, ni la cotizada Ashley Judd podría

·         La solterona convencida que ve a lo largo de la película que no puede vivir sin ese capullo presuntuoso al que redime.
Sobre todo si hay bebé incluido

Porque ésta es otra: los malotes siempre se redimen. Cometen infidelidades, hacen auténticas barrabasadas, pero al final el amor triunfa y ella traga con las ruedas de molino que haya que tragar para tener a su vera a su macho reproductor.

Y es así en casi todas las comedias románticas, empezando por ejemplo con las de Rock Hudson (Confidencias a medianoche, 1959; Pijama para dos, 1961 y Su juego favorito, 1964) y llegando a uno de los grandes éxitos del cine de finales del s. XX: la cenicienta de Pretty Woman (1990).

Las primeras crearon tal escuela hablando del mundo de la publicidad en la avenida Madison del Nueva York de los años 60, que hoy en día tenemos la genial serie Mad Men retratando fenomenalmente aquella época, incluyendo el papel que hombres y mujeres tenían en esa sociedad, donde la liberación de las segundas apenas estaba empezando. Incluso en 2003 se rodó la película Abajo el amor con Renée Zellweger y Ewan McGregor, haciendo mofa-homenaje de estas películas de los años 60.

 
 
Más reciente tenemos algunas divertidas escenas de terapia matrimonial en Sr. y Sra. Smith con ellos, las perfectos, divinos, sonrientes, inigualables e irreproducibles Brangelina.

 

Pero, frente a la previsibilidad de estas películas donde siempre triunfa el amor de la forma más convencional, yo prefiero otro tipo de comedias románticas donde no se sigue el típico guion de chica que cae rendida a los pies del canalla adorable de turno. Puedo citar títulos como:

·         Cuatro bodas y un funeral (1994)

Una de las primeras comedias en la que el tema de la soltería, encontrar o no a alguien, quién dice qué y luego hace qué, es la reflexión continua pero sin establecer una posición de poder de un sexo sobre el otro, simplemente habla de lo perdidos que podemos estar a veces. La película en la que conocimos al dubitativo Hugh Grant.

·         Persiguiendo a Amy (1997)

Ahondando en lo anterior, otra de las buenas películas de Kevin Smith (Mallrats, Cleks, Dogma,…) donde esta vez el protagonista, Ben Affleck, es un dibujante de cómics que se enamora de una colega de profesión, a la que mira tú por donde no le van los tíos. Así que la historia de amor no es posible, pero en esta película vemos los caminos por los que pueden desarrollarse las relaciones entre hombres y mujeres.
Creo que nunca olvidaré lo de la mano...

·         100 chicas (2000)

Una comedieta supuestamente menor donde el protagonista conoce al amor de su vida en un ascensor de una residencia femenina (donde viven 100 chicas) durante un apagón. Tienen un tórrido encuentro pero no llegan a verse las caras. Y será él, el chico, quien se tire toda la película buscando a la mujer de su vida entre las 100 chicas de la residencia: cada una de su padre y de su madre, investigando en los diferentes tipos femeninos, buscando a la propietaria de las bragas que le quedaron de aquel encuentro a oscuras en un ascensor. Una comedia divertida donde los tópicos son usados de una forma un tanto más inteligente.

·         Love actually (2003)

Otra clásica comedia romántica inglesa que sin duda bebe de la tradición de Cuatro bodas y un funeral, en la que siguiendo diferentes parejas potenciales y reales, en diferentes estratos sociales y sociológicos, se da un repaso a las cosas, buenas y malas que hacemos por amor.
 Es cierto, tiene demasiado azúcar, pero yo en Navidad siempre uso su villancico canalla para felicitar las fiestas en mi muro de Facebook.

·         (500) Days of Summer (2009)

Una comedia independiente narrada desde el punto de vista masculino, donde es él quien cree en el amor y ella (Summer) quien no quiere saber nada del caso. Un delicioso repaso no lineal a los 500 días que, a pesar de sus diferencias, pasaron juntos.
Boys don't cry... Or maybe they do...
 

 
Y retomando de lo que hablábamos al principio, la guerra de sexos, no puedo dejar de mencionar la gran batalla entre sexos que hubo en los años 80, y que no es otra que la que se dio entre la peligrosa e inteligentemente malvada lagarta de Diana, y el macho alfa dominante y protector que era Mike Donovan en V. Aquello sí que era una guerra de sexos encubierta, en la que se desataba la lucha entre dos poderes de género contrario, cada uno gobernando con mano de hierro su bando.
 
 
 
 
 
Él era Mike Donovan                               
 Qué mala era pero como molaba Diana. Os recomiendo que leáis este artículo de la revista Jot Down Spain en el que se analiza su mito. No tiene desperdicio ninguno.