miércoles, 5 de abril de 2017

BERLÍN

Sólo le quedaba un cigarrillo como único tesoro. Hasta ahora se había apañado trapicheando gracias a sus dotes persuasivas, fiando a la promesa de su belleza pura, lidiando la barbarie masculina con la muleta de su verbo suelto. Pero ya estaba cansada de esa lucha diaria, de aferrarse con las uñas a cada oportunidad de supervivencia asomando entre las ruinas y colas de hambrientos. Ya no había latas de arenques con las que negociar, así que acarició el cigarrillo pensando en regalarlo al primer tanquista ruso que apareciera por la esquina. Con suerte podría mantener intacto el otro tesoro que aún guardaba entre las piernas.



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