domingo, 11 de febrero de 2018

NOELIA CONTRA EL MONSTRUO DEL CASPIO

Hace unos días unas compañeras de trabajo me pidieron que escribiera un relato para despedir a otra compañera a la que envían a trabajar unos meses a Baku, Azerbaiyán. Me pidieron que fuera un relato corto, de los que suelo escribir. Era un encargo exprés, de un día para otro, y dudaba que pudiera escribir nada decente. Además, yo esa tarde en cuanto saliera de la oficina había quedado casi inmediatamente para cenar con unos amigos, y la idea que se iba gestando en mi cabeza mientras regresaba a casa en la moto daba para una historia de más de las 100 palabras habituales de mis microrrelatos.

Llegué a casa y me puse a escribir. Salió casi de una forma verborreica esta pieza loca y surrealista que viene a continuación, con unas cuantas referencias a las circunstancias de nuestra oficina, y que al día siguiente interpreté frente a la homenajeada con el concurso de otros compañeros de trabajo haciendo los coros:



NOELIA CONTRA EL MONSTRUO DEL CASPIO


Cuenta una vieja leyenda conocida por los pescadores azeríes de la isla de Çirov que, más pronto que tarde, el monstruo del Caspio retornaría de su sueño semieterno para reclamar todo lo que los distintos pueblos ribereños de ese mar le habían ido arrebatando con los siglos.

Cuando caía la noche en las tabernas del puerto de Baku, los más ancianos relataban historias terribles que vivieron en su juventud lejana. Historias sobre barcos que desaparecían arrollados y engullidos por una bestia inmensa que arremolinaba el agua a su alrededor como si de un tifón infernal se tratase. Los taberneros servían vodka frío a todo aquel que aún retuviera en su memoria los hechos de esos días pasados, puesto que mientras más terrorífico era su relato, más público acudía a su establecimiento.

–¡Cuentos de viejos! –respondió una vez en uno de esos garitos decrépitos del puerto un joven millenial que con su Smartphone, su formación occidental y su depurado inglés, había roto con el pasado cultural de su país–. Del Caspio no sale más que caviar y petróleo, lo que nos ha hecho ricos. Dejad de escuchar esas historias absurdas. No hay monstruos en nuestro mar –sentenció antes de salir del local dando un portazo. Evidentemente un millenial allí no pintaba nada. Sólo había ido a hacer una foto para su Instagram y para enseñarla a continuación a sus colegas de los garitos de moda del paseo marítimo de Baku.

–¡Ignorante! –gritó el viejo cuya historia se había visto interrumpida por el joven–. El monstruo del Caspio está a punto de volver. ¡2018 es el año! ¡Y está a punto de pasar! ¡Corred, insensatos!

Esa noche en la taberna estaba el vicealmirante Hasan Asfaraini, director adjunto de Servicio de Inteligencia de la república de Azerbaiyán, que se fue a su casa dándole vueltas a todo aquello, y pasó una noche de pesadillas en la que el monstruo del Caspio terminaba con las reservas de petróleo y caviar y sumía a todos los países ribereños en el caos y la pobreza.

A la mañana siguiente, el vicealmirante Asfaraini convocó a su consejo asesor en asuntos esotéricos y expuso sus temores en relación a la profecía del monstruo del Caspio.

–¡Señores! Investiguen, recaben toda la información y prepárenme un informe. ¿Está nuestra nación en peligro?

Los asesores salieron a investigar en todos los rincones del país, a todos los puertos allende el mar, se infiltraron entre las echadoras de cartas de Atyrau en Kazajstán, preguntaron a quienes leían en los capullos de los gusanos de seda de Astracán en el delta del Volga, arrancaron con crueldad los dientes de oro a los piratas aún más crueles de Turkmenbashi en Turkmenistán para obtener información, subieron a las cumbres iraníes de Mazandarán para leer en los pergaminos olvidados en las mezquitas de los primeros assassini; pero uno a uno, los asesores del vicealmirante Asfaraini fueron regresando a Baku, sin ninguna respuesta.

El vicealmirante convocó una reunión con los altos cargos de los ministerios de Energía y de Agricultura y Pesca, para exponerles la gravedad de la situación.

–¿Qué haremos? –preguntó desconsolado el Subsecretario de Pesca–. Nuestro caviar es el mejor de toda la región, es el que nos compra Putin para regalar a Trump.
–¿En serio? –preguntó el joven Pur Nesimi, el Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía.
–Efectivamente –confirmó el vicealmirante Asfaraini–. Putin tiene a Trump callado gracias a nuestro caviar. Si los esturiones desaparecen, Putin nos bombardeará como represalia, justo antes de que ese cowboy loco de Trump apriete el botón nuclear mientras grita “¡Dónde está my fucking caviar!”.
–Eso es un grave inconveniente –reconoció el señor Nesimi–. En ese caso creo que adelantaré mis vacaciones de Semana Santa, que lo que va por delante, va por delante.


Pero en ese momento la puerta del despacho del vicealmirante Asfaraini se abrió de golpe y el último de los asesores en asuntos esotéricos del Servicio de Inteligencia de la República de Azerbaiyán entró a la carrera arrastrando tras de sí a una anciana cabrera del monte Murovdag, cerca de la frontera con Armenia.

–¡No! ¡Un momento! –gritó el funcionario–. Esta mujer conoce la leyenda, es médium y tiene capacidades para traernos la solución.
–¿Será eso posible? –preguntó el Subsecretario de Pesca.

Pero la vieja cabrera no le escuchó. Se quedó mirando fijamente a Pur Nesimi, el Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía. Éste se incomodó por la mirada estrábica de aquella mujer que olía a cabra y que sería seguramente más vieja que el mismísimo monte Ararat donde encalló el arca de Noé.

–¡Tú lo sabes! –le gritó la mujer sonriendo con una boca en la que faltaban el incisivo superior izquierdo, tres molares superiores, dos inferiores y cinco premolares, tanto superiores como inferiores.
–¿Yo? –preguntó retrocediendo atemorizado.
–Sí, tú, hermoso joven –dijo la venerable señora lanzándose hacia él y propinándole un lascivo beso de tornillo.
–¡Por Alá! ¿Pero qué hace? –preguntó escandalizado el vicealmirante Asfaraini.
–No se apure, jefe –respondió el agente que la había traído–. Es su método para poner en trance a la gente, de forma que puedan canalizar la información que fluye a través de nosotros.
–¿En serio?
–O es eso, o que la vieja besa como los putos ángeles –intervino el Subsecretario de Pesca al ver cómo su colega el joven señor Pur Nesimi dejaba los ojos en blanco y empezaba a recitar algo incomprensible.
–¡Callen! –gritó la anciana relamiéndose y limpiándose la boca con el dorso de su mano callosa y arrugada–. La respuesta que buscan ya llega.

A continuación se dirigió al anonadado Pur Nesimi y le preguntó.

–Y ahora, ¿quién nos salvará?
El joven comenzó a hablar.
–Hay una chica que es igual.
–¿Igual a quién? –preguntó el vicealmirante
–Pero distinta a las demás.
–¡No me fastidie! ¿La ha visto?
–La veo todas las noches.
–¿Dónde? –preguntaron todos.
–Por la playa pasear –respondió el joven en trance.
–Cuéntenos más, por el profeta. ¿Qué más sabe?
–Y no sé de dónde viene... Y no sé a dónde va.
–¿Eso es todo? –el vicealmirante se estaba desesperando.
–Hace tiempo que sueño con ella –continuó Pur Nesimi.
–¿Y? –preguntaron todos al unísono, a punto de darles un ataque.
–Y sólo sé que se llama Noelia.
–¿Pero sabe quién es?
–Hace tiempo que vivo por ella.
–¡Déjese de historias! ¡Por el camello de Mahoma! ¿Qué más sabe?
–Y sólo sé que se llama Noelia, Noelia, Noelia, Noelia. Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia…
–¡Qué alguien busque a esa tal Noelia! –estalló el vicealmirante Asfaraini sacando del trance al Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía.
–¿Noelia? –preguntó éste al volver a la realidad.
–Eso es –dijo la vieja cabrera–. Noelia es la elegida para derrotar al monstruo del Caspio.
–¿Y quién es Noelia? –preguntó el Subsecretario de Pesca–. Los esturiones necesitan a Noelia.
–¡Lo sé! –gritó Pur Nesimi, Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía–. La estoy viendo en mis sueños…
–¡Hable de una vez, por Fátima y todas las sobrinas del profeta! –perjuró el vicealmirante.
–Es una joven ingeniera española que trabaja en uno de los proyectos que tenemos.
–¡Qué la traigan!


Media hora después, una comitiva de coches de policía, camiones de bomberos, tanques del ejército, e incluso un furgón de helados requisado por el vicealmirante, se dirigió a las oficinas de Técnicas Reunidas en Baku para buscar a Noelia, la elegida.

Irrumpieron todos en Técnicas Reunidas, el vicealmirante, el joven Pur Nesimi, la vieja cabrera, el asesor de asuntos esotéricos, el Subsecretario de Pesca, y también la señora del café del Servicio de Inteligencia, a la que le gustaban los saraos más que a Mariano, acompañados de policías municipales, soldados, bomberos de servicio y el repartidor de helados.

La secretaria de recepción preguntó que de parte de quién venían y luego guiñó un ojo a Pur Nesimi y dijo.

–No, qué va, pasen, que estoy tonta, que tenemos aquí a todo un vicealmirante. ¡I got it! Y eso en Burgos no se ve todos los días.

Sin terminar de entender de qué hablaba la secretaria, todos subieron en el ascensor (era muy grande, ni tuvieron que hacer turnos ni usar las escaleras), a buscar a Noelia.

–¿Eres Noelia? –preguntó el vicealmirante Asfaraini al tenerla frente a él.
–Sí, ¿qué quieren? –preguntó un poco contrariada puesto que habían interrumpido la lección magistral que le estaba dando su sabio compañero de trabajo Santiago.
–¡Eres la elegida! –gritó la vieja cabrera del monte Murovdag, cerca de la frontera con Armenia.
–¡La elegida! –gritaron todos los soldados, bomberos, policías, el repartidor de helados y la señora del café del Servicio de Inteligencia.
–¿Yo? Qué va, mujer. Yo soy ingeniera de caminos, canales y puertos.
–¡Perfecto! –asintió el vicealmirante–. Tú canalizarás las fuerzas con las que vencer al monstruo del Caspio, y hallarás el camino para llevarnos a buen puerto.
–Miren, no sé de qué me hablan.
–¿Qué sabes del mar? –preguntó el vicealmirante sin prestarle atención.
–Bueno, yo soy de Madrid, sólo voy en verano –explicó Noelia–. Pero tengo unos compañeros de trabajo que curran en temas dedicados al submarinismo.
–¡Excelente! – dijo el vicealmirante–. ¡Que alguien los busque y los traiga al puerto!


Sin dejarle decir nada más, y dejando a Santiago con la palabra en la boca, salieron todos del edificio con ella: el vicealmirante, Pur Nesimi, Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía, la vieja cabrera, el asesor de asuntos esotéricos, el Subsecretario de Pesca, los municipales, los soldados, los bomberos, la señora del café y el repartidor de helados, que aprovechó la ocasión para regalar a Noelia un Calippo, que lo aprietas y sube, lo sueltas y baja…

–¡Adiós, adiós, vuelva cuando quieran! –sonrió desde la puerta la secretaria de recepción.

La comitiva, con sus camiones de bomberos, tanques, coches de policía y furgón de helados, se dirigió al puerto a toda prisa y montaron a Noelia en un barco.

–¿Y ahora qué hago? –preguntó ella‑ Qué he quedado luego con los de Gestión de Contratos.
–Déjese de gaitas y dirija el barco al centro del Caspio –ordenó el vicealmirante–. Mire, por aquí llegan sus amigos los del submarinismo… Que ellos busquen en el fondo del mar al monstruo del Caspio.

Así que Noelia, sus compañeros expertos en submarinismo y Pur Nesimi, Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía, pusieron la embarcación en marcha y enfilaron la proa hacia el centro geográfico del mar Caspio, en busca de su famoso monstruo.

El horizonte amenazaba tormenta, los esturiones nerviosos saltaban a uno y otro lado del casco del barco. Toda la tripulación vigilaba, estaba alerta, con los nervios de punta, en todas direcciones, esperando que en cualquier momento surgiera de las profundidades del mar algún ser terrorífico contra el que no sabrían cómo enfrentarse.

Pur Nesimi, el joven Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía, para ahuyentar al miedo, empezó a tararear la canción que desde el momento del trance se le había quedado en la cabeza.

–Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia…

Entonces, como si respondiera a esa llamada, un coro de viento metal y potentes voces levantinas surgieron de entre las olas, atronando por encima del ronroneo cansando del viejo barco. A continuación una columna de agua se irguió frente a ellos, y bailó al ritmo de la canción que Pur Nesimi no podía dejar de cantar.

–Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia…
–¡Qué te calles, copón! –gritó ella–. Me vas a gastar el nombre, y encima tenemos al monstruo ese ahí delante.


Pur Nesimi, el joven Jefe del Servicio de Supervisión de Proyectos del Petróleo del Ministerio de Energía enmudeció, y con él la columna de agua, que se quedó quieta. Entonces una voz cálida y amable retumbó por todo el cielo.

–¿Quién es Noelia? –preguntó la voz.
–¡Yo soy Noelia! –gritó ella un poco harta de tanto circo.

La columna de agua, en cuyo seno nadaban miles de esturiones, se desvaneció en una gran lluvia de huevas de caviar que cayó sobre toda la tripulación del barco, impregnándolos por completo. Entonces la voz respondió.

–Y sólo sé que se llama Noelia…

Como un flash, en el cielo se dibujó la cara de Nino Bravo, que entre aplausos y ovaciones de todos los muchachos del submarinismo, les dedicó la canción Noelia antes de desvanecerse en el cielo y prometer no volver nunca más.

–Verás tú los de Gestión de contratos cuando nos vean aparecer oliendo a pescado… –dijo Noelia.

Pero, ¿qué importaba lo que dijeran los de Gestión de Contratos si desde aquel día, y gracias a que ella salvó los sectores estratégicos del país, a propuesta del vicealmirante Asfaraini, el nuevo himno de la República de Azerbaiyán sería la canción Noelia de Nino Bravo, y su retrato ondearía junto a todas las banderas y escudos que se pudieran contemplar en esa simpática república ribereña del hermoso mar Caspio, un mar ya sin monstruos que atenazaran el sueño de los niños por la noche. A partir de entonces, todos esos niños, antes de dormir, en sus oraciones incluían un ¡Təşəkkürlər, Noelia!, que significa ¡Gracias, Noelia!



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