viernes, 14 de junio de 2013

MEMORIAS DE TECH HUAN. Cap 1: De la Casa de Aprendizas (I)


Sería altamente improbable que quien plasma estas memorias sintiera alguna vez amor, piedad, pena, compasión o cualquier otra clase de sentimientos que continuamente interfieren en la actividad de las personas y en la eficiencia de dichas actividades. Sin embargo son ya muchos los años que llevo recorriendo, en circunstancias muy diversas, todos los rincones del universo conocido. Y durante estas singladuras ya casi incontables he aprendido tales emociones, he observado las reacciones de una innumerable cantidad de seres humanos ante hechos de lo más dispar, he acompañado en la victoria, en la derrota, en la soledad, en la guerra y en la paz a comandantes, gobernantes, comerciantes, mercenarios, exploradores y desocupados hedonistas. Es por ello que no sólo he aprendido, sino que también creo haber aprehendido, los mecanismos que gobiernan la mente humana y que condicionan, según las circunstancias y el historial vivido, los sentimientos de cada uno de los amos que tuve. Aún así no me atreveré, en éstas, mis memorias, a equiparar los días vividos con las emociones propias del común de los mortales. Ya les he puesto sobre aviso en la primera frase: yo no experimento emociones, así que no esperen mis juicios de valor o mi piedad: carezco de ellos, aunque comprenda lo que experimenten quienes me rodean.

Mi nombre es Tech Huan 24.676, y éstas son mis memorias:


CAPÍTULO 1: De la Casa de Aprendizas

Es un hombre que tiene hábitos, pienso de repente respecto a él,

debe de venir relativamente a menudo a esta habitación, es un hombre que debe de hacer

mucho el amor, es un hombre que tiene miedo, debe de hacer mucho el amor para luchar contra el miedo.

El amante, Marguerite Duras


Mucho se ha especulado y escrito sobre qué es lo que mueve el universo. Cuestiones astrofísicas aparte, siempre se ha dicho que es el amor, el dinero, la ambición, el sexo o el poder. Quizá son diferentes caras de la misma moneda. Creo estar en condiciones de adelantarles que en este primer capítulo podré narrarles cómo vi todos estos elementos combinados en uno de los episodios de mis vivencias.

Fue hace sesenta años estándar, durante las guerras de Nímë, las que confirmaron el colapso de la Liga Planetaria, episodios que les contaré en próximos capítulos. Yo trabajaba al servicio de mi amo, que se dedicaba al comercio y transporte de hielo del sistema exterior Finlid. Como ya deberán saber, se trata de un sector peligroso, pero el negocio era realmente beneficioso gracias a la ceguera absurda que la ostentosa decadencia del momento creaba en las clases más adineradas de los planetas metropolitanos. Según mi amo el negocio valía la pena aunque mi análisis fuera a todas luces desfavorable.

Desafortunadamente para él tuve razón en mis valoraciones. La ausencia de cualquier clase de vigilancia de la Liga Planetaria u otra autoridad en aquel sistema exterior había dado alas a contrabandistas y piratas. Éstos, gracias al corrupto beneplácito de los delegados comerciales de la FTLTFC1, saltaban de sistema en sistema recogiendo los beneficios del desgobierno ocasionado por la guerra, y se cebaban especialmente en los sistemas exteriores, mucho más vulnerables a sus pillajes.

De esta forma, en nuestros viajes éramos atacados frecuentemente, pero bien nuestra velocidad, bien nuestro armamento o bien mi propia pericia como piloto, nos sacaban indemnes o con daños menores. Esto fue así hasta, evidentemente, nuestro último viaje, en el que nos tendieron la trampa perfecta. Con ayuda de algún hábil mecánico de tierra sabotearon los sistemas de navegación y armamento, y piratearon los módulos de seguridad de la Inteligencia Navegadora, impidiendo que yo pudiera detectar cualquier señal anómala en la consola de control. Y cuando creíamos llegar a nuestro destino nos tendieron una emboscada. Antes de que pudiéramos reaccionar nos abordaron sin posibilidad alguna de defensa exterior ni de escapatoria. Entraron a sangre y fuego, mataron a toda la tripulación excepto a mi amo, que podía proporcionarles mucho dinero si pagaba su propio rescate. Yo me libré, como en casos anteriores, aplicando el Protocolo Asimov 2.

Nuestros asaltantes resultaron ser traficantes al servicio de una organización mafiosa amplia y fuerte que se extendía, gracias a la guerra, como un tumor por todo el universo habitado. Me separaron de quien ya era mi ex-amo y fui conducido a mi nuevo destino. Fue en el planeta Semlöh, en el sistema planetario exterior Nostaw, donde entré al servicio de Norton San Luis. Éste, como todos mis lectores con unos conocimientos mínimos en la historia reciente sabrán, era el famoso senador y empresario que durante tantos años ocupó puestos preeminentes en los gobiernos de los últimos estertores de la Liga Planetaria. Después se ha sabido que durante esos años amasó una ingente fortuna y tejió una formidable red de influencias y favores con la que edificó la organización mafiosa más poderosa que jamás ha visto cualquier civilización. Por aquel entonces yo aún no conocía esta estructura en toda su magnitud, ni siquiera sospechaba que fuera el mismo Norton San Luis quien, tras su retiro de la vida política, estuviera detrás de la misma. Éste sería mi nuevo amo, a quien serví en su misma mansión, en un paraje apartado del planeta, cerca de un puerto espacial de segunda categoría, donde todo atisbo de autoridad era ejercida por los hombres de San Luis.

Consciente de mi valía, mi nuevo amo no quiso destinarme a actividades que supusieran un peligro o el riesgo de mi pérdida, así que fui puesto al corriente de la estructura de la organización que Norton San Luis dirigía. Él sabía que el Protocolo Asimov me obligaba a serle fiel y útil hasta que otra situación manifiesta de muerte me llevara a cambiar de amo; y aún así sus secretos nunca serían revelados en vida suya o de su obra si estos afectaran a las mismas. Me unió a su grupo de consejeros, con nivel de Mentat. Ya sé que es una clasificación ambigua, pero la ciencia-ficción del siglo xx creó unos mitos que han perdurado hasta nuestro días; y fuera de los círculos técnicos hay una gran confusión entre las denominaciones populares de Mentat, Cylon y Replicante.

La actividad de consejero de una organización mafiosa de nivel interestelar amplió bastamente mis conocimientos, especialmente al tratarse de tiempos de guerra, pero la esposa de Norton San Luis me tenía reservadas otras labores complementarias, no menos enriquecedoras.

Liberta Adler era, objetivamente hablando, una mujer bella. Su piel perfecta envolvía un cuerpo de dimensiones proporcionadas. Su rostro era severo como el retrato de una mártir, pero al hablar transmitía, con la extraña luminosidad de sus ojos y la sensualidad de unos labios geométricamente impecables, la seguridad de quien se sabe bella y deseada. Su marido la admiraba, no sólo por sus pechos salvajes y desafiantes o por sus caderas creadas para fascinar el deseo masculino; tampoco por sus piernas largas, imponentes, ni por su piel tersa y fresca. Norton San Luis era consciente de la inteligencia de su mujer, de que tenía una ambición sólo comparable a la suya, y de que juntos formaban un equipo imparable en tiempos como aquéllos. Los largos años de matrimonio, con separaciones obligadas por la labor política del marido, habían ayudado a que entre los dos se forjara un pacto no escrito en el que funcionaban más que como matrimonio, como empresa, pero sin dejar de dedicarse el uno al otro un puesto especial en su escala de prioridades afectivas, como una concesión que se daban fuera de lo puramente comercial y dinerario.

Dentro de este pacto se incluía el sexo fuera de su relación, como una más de sus aficiones y vicios, aunque nunca con nadie de quien pudieran enamorarse. Tenían sus escarceos siempre con amantes de menor nivel intelectual y cultural, puesto que ninguno quería correr el riesgo de que un amor fuera del matrimonio rompiese su provechosa asociación. Comprendo que esto les pueda parecer una relación excesivamente liberal, e incluso peligrosa, pero funcionaba. Otra cuestión diferente era qué pasaba con los amantes ya desechados tras varios usos. El matrimonio San Luis-Adler no permitía que, las ambiciones de aquéllos les llevaran a hablar más de la cuenta.

Una mañana varios meses después de mi llegada a la mansión de los San Luis, Liberta Adler me hizo llamar para encomendarme mi nueva labor. Era una hora avanzada, toda la servidumbre de la casa (la señora Adler prefería el servicio humano antes que el robótico, puesto que afirmaba que a un circuito de silicio no se le podía controlar ni sobornar verdaderamente) estaba ya en pie; Norton había salido temprano a una cacería, y yo había estado ocioso parte de la mañana recorriendo, por indicación de la propia Liberta la noche anterior, los campos que rodeaban el viejo pabellón de invitados, acompañado de Cipango, la androide sexual de mi amo.

Los módulos de programación instalados en la inteligencia artificial de estos androides, y su refinado acabado me causaban una gran curiosidad (fruto, es cierto, de mis programas de autoaprendizaje). Cipango tenía un delicado aspecto oriental. Según su ficha técnica reproducía el tipo humano de la isla de Hokkaido en la Tierra, muy cercano a mi etnia original, los Huan de China; por lo que en cierta medida se podía decir que éramos medio primos (me sorprendió que Cipango entendiera la broma, sin duda su unidad de inteligencia artificial era de los más potentes del mercado, de los que, como no podía ser de otra manera, sólo se ensamblaban en androides de guerra o sexuales). Complaciendo mi curiosidad, Cipango me estaba desvelando algunas de las rutinas de su programación para complacer al amo cuando recibí en mi módulo telepático la llamada de Liberta Adler.

Ésta se encontraba aún en sus aposentos, recién levantada. Vestía una bata de gasa fina, semitrasparente, que no ocultaba ni un ápice de su cuerpo. Tanto la temperatura interior como exterior de la casa eran las propicias para pasear todo el año medio desnudo, y Liberta se tomaba esas licencias en sus espacios privados, que tan sólo mi amo, sus doncellas de confianza y yo podíamos franquear sin autorización. Desde mi llegada había intentado seducirme, a veces sospeché que se le pasaba por la cabeza tomarse una especie de pequeña venganza con su marido: si él tenía a Cipango, por qué no podía ella gozar del nuevo sirviente. Pero tras ese primer periodo de mi nuevo servicio tuve la convicción de que la franqueza con la que ella me trataba se debía más bien a la… fiabilidad…, sí, esa es la palabra, a la fiabilidad del tú a tú entre ella y yo que a cualquier otro tipo de motivación. Cualquier hombre estaría asustado por su poder o su belleza arrogante; o se sentiría nervioso ante la posibilidad de poseer a una mujer de su talla. Este narrador, ya lo dije, no se dejaría llevar por los sentimientos ni las emociones. Eso fascinaba a Liberta, que no perdía ocasión en buscar algún fallo en mi comportamiento para desmentir a la realidad.

Aquella mañana no iba a ser menos y me recibió prácticamente desnuda, seguramente excitada, según deduje de sus pezones y del vibrador de última generación que aún deambulaba húmedo por encima de la cama.

‑Dime Tech, ¿de verdad no desearías poseer a una mujer como yo? –preguntó sentándose de nuevo en la cama, y mostrándome que bajo la bata no llevaba ninguna otra prenda.

‑¿Por qué iba a desearlo, señora?

‑¿No me crees bella? –preguntó de nuevo sin inmutarse, atrapando con sus manos al asustado vibrador y evitando que cayera al suelo.

‑No señora –respondí con tranquilidad‑. No lo creo, lo sé. Es usted una de las mujeres más bellas que he conocido, que unido a su inteligencia y a su estilo, la convierten sin lugar a dudas en una mujer deseable.

‑¿Entonces?

‑Ya sabe, señora. El hecho de desear algo o alguien es muy diferente al hecho de saber objetivamente que ese algo o alguien es deseable.

Ella, por más respuesta a mi afirmación, abrió las piernas y comenzó a jugar con el vibrador, que sumiso se deslizó lentamente sobre su clítoris. Yo permanecí en silencio observándola, comprendiendo que mi mirada curiosa le excitaba. Se tumbó totalmente en la cama, con las piernas fuera de la misma y abiertas mientras incrementaba gradualmente el ritmo del juguete. Sus labios se abrían al contacto del mismo, mostrándome su interior rosado y brillante por la humedad del flujo vaginal.

‑Tech –me interpeló repentinamente.

‑¿Señora?

‑¿Qué sabes del sexo? –preguntó en un suspiro cuando el aparato decidió introducirse por completo en su interior.

‑Todo señora, ya lo sabe.

‑¿Y cómo crees que lo estoy haciendo? –continuó interrogando sin dejar de estimular al vibrador en su interior.

‑Correctamente señora. Su excitación es evidente, aunque eso es independiente del uso de elementos mecánicos externos. Ya sabe que su excitación está principalmente influida por su propia libido –respondí académico‑. Y respecto a la intencionalidad externa de sus actos, ya hubiera conseguido que cualquier hombre estuviera junto a usted, bien bebiendo de su sexo, bien librando al autovibrador de su trabajo para jugar con su clítoris y pezones, bien penetrándola impaciente. Sería lo más probable.

‑¿Y tú qué harías?

‑Siento contrariarla, pero yo no soy presa del deseo, señora.

‑¿Pero si te ordenara que me complacieses y no tuvieras impedimentos?

‑Sin duda, señora, y visto el nivel de su excitación actual, pero conocedor de sus habilidades, no inventaría nada nuevo sino que haría las tres cosas que ya le he enumerado. Lamería y mordería su clítoris con mi lengua sin sacar el vibrador de su interior, y cuando su excitación pidiera más, la penetraría, consciente de que estos nuevos aparatos que imitan perfectamente el pene, no son comparable a un hombre entrando y saliendo a ritmos variados de su sexo.

‑Así que eres un hombre… ‑apostilló sin esperar mi respuesta.

Continuó jugando con su vibrador mientras que con la otra mano recorría su estómago y su cadera hacia sus pechos, para pellizcarse los pezones. Durante dieciséis minutos y cuarenta y siete segundos continuó haciendo lo mismo, moviendo las piernas, cada vez a mayor ritmo, y descoordinando gradualmente sus movimientos, hasta que los suspiros fueron gritos con los que llegó al orgasmo. Luego se quedó quieta durante un minuto, olvidándose de todo lo que la rodeaba. Pasado ese tiempo, durante el cual sus pezones volvieron a su situación normal y su clítoris se relajó, volvió a reparar en mí.

‑Tech.

‑¿Señora?

‑¿Crees que el sexo es un arma poderosa?

‑Señora, cualquier pasión, cualquier necesidad, cualquier elemento susceptible de convertirse en vicio, cualquier instinto, puede convertirse en una debilidad que tus adversarios usen en tu contra. Y el sexo es todas esas cosas. Objetivamente, el sexo es un arma muy poderosa.

Liberta Adler, posiblemente la mujer más poderosa del universo, me sonrió con sus ojos post-orgásmicos.

‑Mi buen Tech –susurró cómplice y con divertida malicia‑. Norton y yo tenemos un plan que sólo tú y tu infinita paciencia sexual podéis iniciar.

‑Estoy a su disposición, no es necesario decirlo, señora.

Se incorporó para apoyarse en el cabezal de la cama, y me invitó a sentarme junto a ella. Cuando se tomaba esas confianzas, sin la intención de comprobar mi fiabilidad emocional, significaba que iba a contarme algo muy importante y delicado para ella. Era parte de su código de comunicación: Liberta Adler solía ser fría y altanera en público, y sólo cuando quería que su interlocutor se sintiera cómplice de sus proyectos permitía, y propiciaba, esa cercanía.

‑Ya sabes que dentro de la organización que dirige mi marido, los temas relacionados con la psique, en los que ésta pueda incrementar el beneficio de nuestros negocios, los manejo yo –comenzó‑. Al proyecto que voy a contarte ahora le damos mucha importancia y sin ti será prácticamente imposible llevarlo a cabo.

‑Ya sabe que no dejaré de estar a la altura, señora –respondí.

‑Por eso mismo confiamos en ti, Tech. La Liga Planetaria está a punto de desmembrarse, es ingobernable, y como ya ha pasado múltiples veces en la historia de la Humanidad, cuando un gran imperio o sistema de gobierno predominante cae todo se ve afectado: los equilibrios de poder y de riqueza, el comercio, la aplicación de las leyes, la seguridad. Hay quien saca tajada de esa situación y quien se hunde con el sistema. Mi marido y yo vamos a estar entre los primeros, y con nosotros todos los que estén a nuestro servicio o en nuestro bando. Habrás podido comprobar estos meses que nuestros negocios se encaminan desde hace años en esa dirección. Los hechos se están acelerando y la gran guerra terminará en breve, no porque se llegue a una solución, sino por agotamiento de los propios contendientes. De ella saldrán múltiples poderes fraccionados, pequeños gobiernos que durante un tiempo harán nuevas guerras y alianzas entre ellos, algunos invocarán las antiguas leyes de la Liga, otros harán tabla rasa y usarán la fuerza para ganar espacio, muchos caerán. Sólo los más fuertes, los más inteligentes o los más hábiles se mantendrán o mejorarán su actual posición.

‑¿Quieren gobernar algún sistema? –pregunté consciente de que tenían la capacidad política, militar y financiera para ello.

‑No Tech, aún no. Pueden pasar años hasta que sea seguro ser la cabeza de algún sistema. Preferimos hacer negocio y controlar desde fuera los resortes que podamos.

‑Se me plantean muchas proyecciones –sonreí calculando posibilidades‑, en las que usar el sexo como arma. Pero ilústreme.

Liberta Adler acercó su cara a la mía hasta prácticamente rozarme con sus labios. Sentía en mi piel su respiración, volvía a excitarse. De entre sus piernas se desprendía de nuevo el olor tan característico de su deseo sexual.

‑Tech –susurró con sensualidad‑, vas a tener tu propio harén.

El apetito que volvía a apoderarse de Liberta me ayudó a comprender y a proyectar nuevas posibilidades de utilización del sexo para fines determinados.

‑Y lo vas a crear tú. Por ahora será exclusivamente femenino, y en función del éxito pensaremos en añadir dotados efebos. Tú elegirás a tus concubinas, tú las prepararás, tú las instruirás, tú las harás depender de ti, tú crearás a tus propias esclavas, dispuestas a lo que sea con tal de complacerte. Habrán de ser mujeres bellas, chicas jóvenes y dispuestas, que sean la envidia de todos los personajes influyentes del nuevo orden universal, a los que convenientemente manejaremos Norton San Luis, Liberta Adler y Tech Huan 24.676 a través de sus concubinas. Y tendrás que partir de cero, ¿comprendes?

‑Entiendo señora –asentí‑. No nos valen las prostitutas de los puertos espaciales, que han de abrir las piernas para no morir de hambre, ni las lujosas damas de compañía con pretensiones propias, ni siquiera los androides sexuales como Cipango, que no dejan de presentar algunas limitaciones. Supongo que busca chicas que estén en “sintonía” con nosotros, y a las que no se les planteen más aspiraciones que las que les ofrezcamos.

‑Eso es Tech –sonrió‑. ¿No te parece excitante tener la posibilidad de moldear a tu medida a un grupo de jovencitas para que dependan de tu sexo y hagan cualquier cosa por ti?

‑Sé que muchos hombres matarían por eso, señora.

‑Y por esto también –añadió cogiendo mi mano y llevándola hacia su vagina, introduciendo mis dedos en su interior.


CONTINUA AQUÍ:
Cap 1: De la Casa de Aprendizas (Parte II)
Cap 1: De la Casa de Aprendizas (Parte III)
Cap 1: De la Casa de Aprendizas (Parte IV)


1La Compañía de Viajes y Cargo Supralumínicos o Faster Than Light Travels&Freight Company.

2Protocolo de actuación adoptado para todos los elementos cibernéticos autónomos y dotados de inteligencia artificial, con la finalidad de asegurarse su perduración en caso manifiesto de destrucción. Recibe su nombre en honor al autor de ciencia-ficción del siglo XX creador de las Reglas de la Robótica

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