domingo, 23 de junio de 2013

MEMORIAS DE TECH HUAN. Cap 1: De la Casa de Aprendizas (III)

Desnudos sobre el mascarón de proa,
lamiendo con la punta de la lengua
el tinte que desprende la máscara.
Saldremos a la lluvia, Manolo García


Pasaron muchos momentos de esparcimiento similares, en los que las experiencias en grupo, terminadas con el premio a alguna de las muchachas, sirvieron para que el sexo real se introdujera como el juego en el que se había de convertir. Los calores del verano fueron el mejor acompañamiento para usar en algunas experiencias diferentes alimentos típicos de la estación, de forma que en el disfrute no siempre se usaran sofisticados artilugios biomecánicos o modificaciones transgénicas, sino cremas refrescantes, zumos de elixires afrodisíacos y frutas tropicales. Algunas de estas frutas, en ocasiones, eran originarias de los planetas natales de mis aprendizas. Una tarde de finales de agosto, con una tormenta amenazando en el horizonte, di una sorpresa a Antha y aparecí con un racimo de komboloi cultivado junto a las playas ecuatoriales de Troodos, su planeta. Los granos carnosos, perfectamente esféricos y tersos del komboloi se unían por pequeños filamentos flexibles. Los frutos más apreciados eran los que formaban como una especie de collar de cuentas. Los había de variadas longitudes, dependiendo de la situación del árbol en la playa, el tipo de arena y la intensidad del periodo de lluvias. Los que traje a Antha tenían sus granos del tamaño de una uva, con hasta quince de ellos multicolores en cada hilera. Su sabor era dulce pero con el punto ácido que hacía este fruto tan apreciado.
‑¿Habéis oído hablar de las bolas chinas? –pregunté una vez que Antha los había distribuido entre sus compañeras y les explicó cómo comer los granos.
Liberta, que sacaba despreocupadamente las hortensias a la rocalla del jardín exterior para que se regaran con el agua de la inminente lluvia, me miró aprobadora desde la balaustrada.
‑Provienen de la región de la Tierra de donde es originaria tu raza –apuntó ella.
‑Las bolas Ben Wa o bolas de geisha –siguió Cipango con la lección‑, son realmente del antiguo Japón feudal.
‑Y servían, entre otras cosas –continué‑, para aprender a controlar los músculos vaginales. Es muy importante –remarqué mientras iba desgranando los kombolois de dos en dos– conocerse a uno mismo, en todos los sentidos, para tener control tanto de cuerpo como de mente. Las bolas chinas originales tienen un sencillo mecanismo que produce vibraciones. Con mucha práctica se puede conseguir que vibren y rocen de la manera más placentera según el momento.
Antha miró los granos que tenía entre las manos con una sonrisa sorprendida. Sin duda estaba comprendiendo ciertas cosas que de pequeña en Troodos no entendió a sus mayores.
‑Usad vuestra imaginación –les pedí mientras me metía un grano en la boca‑. Y cuando queráis, nos contaremos qué tal se nos da.
Sonó un relámpago con un fuerte chasquido al otro lado de la colina y comenzó a llover con intensidad. Después de días de pesado calor y tras una mañana bochornosa, la brisa se levantó agitando los cortinajes blancos del salón y refrescando la estancia. Comenzó a escucharse el ruido del agua caer y Liberta vino a refugiarse al porche. Yo tuve una idea.
‑¿Saldremos a la lluvia? ‑les pregunté con una sonrisa pícara mientras con una orden inalámbrica activaba los reproductores musicales del jardín.
Cipango, siguiendo las instrucciones corporales que le envié disimuladamente (ella no disponía de receptor inalámbrico por expreso deseo de Norton San Luis), fue la primera en saltar a la carrera, riendo alegre en cuanto comenzó a sentir las gotas sobre su piel. Las chicas dudaron, volví a sonreír y salté hacia la puerta. Todas me siguieron con gritos, esquivando a Liberta, que se debatía entre seguirnos o guardar la compostura.
Abrazado a Cipango, comenzamos a saltar y cantar dejando que el agua tibia de la tormenta nos empapara. Todas nos rodearon formando una piña y compartiendo la explosión de alegría, apretando sus cuerpos jóvenes unas contra otras, abrazándose, riendo y cantando. Entonces besé largamente a Cipango de forma que todas nos contemplaran. Cuando logramos su atención, la solté y cogí de la cintura a Kiveli, que estaba junto a mí. La lluvia hacía que la blusa de fina gasa blanca de la resplandeciente rubia se trasparentara dejando ver la areola oscura de sus pezones. La besé sin dejar de abrazarla. No opuso resistencia, inmersa en la atmósfera que se creaba en estos momentos de comunión grupal. Cipango hizo lo mismo con la siempre atrevida Taris, poniéndose entre ella y Gagga, que aprovechó para acariciar el cuello de la androide. Mis manos soltaron a Kiveli y, sin dejar de besarla, buscaron las de Tünde, una muchacha de piel aceitunada y ojos verdes ligeramente rasgados. Guié sus dedos por mi pecho, de forma que quedaron aprisionados entre mi torso y la blusa de la explosiva Kiveli.
El agua se escurría entre nuestros cuerpos y el resto de chicas comenzaron a participar en las muestras de cariño. Cipango había propiciado que Taris y Gagga se tocaran entre ellas y ahora estaba junto a Mirena, que apretaba sus voluptuosidades contra Vataï. La androide las guió de forma que la pequeña boca de la segunda terminó sorbiendo entre los pechos de la mestiza, que reía de júbilo y acariciaba la espalda de su compañera. Mientras tanto me zafé del abrazo de Kiveli y Tünde y me dejé caer al suelo enredándome entre las largas piernas de Goritza. Ésta me imitó entre gritos divertidos dejando los pies en el aire, ocasión que Antha y Aireen no dejaron escapar para hacerle cosquillas. La besé reprimiendo la risa que le provocaban sus compañeras, hasta que éstas fueron deslizando sus lenguas desde los pies hacia los muslos, bebiendo el agua que se resbalaba por su piel clara y suave. Tardaron una eternidad en recorrer las piernas, transformando las risas en gemidos. Los intensifiqué haciendo juguetear mis dedos por el vientre de Goritza, en busca del encuentro con las bocas de Antha y Aireen, que seguían su excursión por los muslos de la escultural muchacha. Lola, Kassandra y Muluc también dieron en el suelo con sus juegos, imitando en los besos y caricias al resto de chicas. Los ciento ochenta centímetros de la primera se retorcían rebeldes en el césped intentando escapar a las cosquillas producidas por las caricias de las otras dos.
Liberta Adler, desde el balancín del porche contemplaba sonriente la escena. Disfrutó viendo a las doce jóvenes aprendizas jugando entre ellas, guiadas por mí y por Cipango. Poco a poco, en la distancia y bajo la lluvia, la acción se convirtió en un amasijo de piernas y brazos, besos, risas, y gemidos que claramente la erotizaron. Mientras Gagga me desabotonaba el pantalón para enseñar a Antha lo que había aprendido con el vibrador, observé a la ideología de todo aquello recostada en el balanción y tocándose bajo el vestido.
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